Convocada al vacío
por vibrantes campanillas
de lengua violeta y tráquea amarilla,
que volaron un día
sin ser aprehendidas
(porque soy complicada para lo simple
y simple para lo complicado),
desperté en el útero oscuro
de una mamushka infinita.
La lluvia callejera derretía los faros
y dispersaba multitudes
con dardos de plata,
mientras yo, tras las persianas bajas,
¡con los ojos bien cerrados!,
igual te observaba.
Cinco falsos despertares
depreciaron mis sentidos
e invirtieron los caudales rojos y azules
de más de un río.
Me trajo de regreso un grito
(o quizás me oíste balbucear).
Tu perfil en la penumbra,
cordillera lejana,
delimitaba el mañana
que no esclarecía.
E inmersa en la oscuridad,
—¿sueño o verdad?—
¡todavía te veía!
NATALIA DOÑATE










