Mercedes y Manuel

No se me ocurre comienzo más perfecto para contar una historia. Mi abuela y mi abuelo.

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Miranda lee tu alma

I

Sola y aburrida, en esas tardes interminables del invierno de 2020, tuve la ocurrencia de ponerme a jugar un poco. Había visto infinidad de videos en las redes, más o menos serios, de gente que se mostraba haciendo todo tipo de cosas para paliar estos terribles momentos que nos estaban tocando: desde cantar en los balcones, hasta hacer coreografías familiares; pasando por llevar diarios cuasi literarios, dar clases de todo tipo, cocinar, e incluso divulgar -y creer- cualquier teoría que llevara alivio o terror al prójimo.

Pero ese no sería mi juego. En un rapto de inspiración se me apareció la idea de convertirme en una adivina: una pitonisa alegre y despreocupada que aliviara a las almas apesadumbradas.

Lo primero sería conseguir un buen nombre. Eso me entretuvo un buen rato: barajé nombres exóticos, nombres simples, nombres sugerentes… Después pensé que tendría que estar relacionado con el arte que mentiría dominar. ¿Las cartas? A ver, ¿podría llamarme “Reina de corazones”? No, además de trillado, sólo atraería personajes solitarios, con miles de historias tristes y deseos imposibles. ¿”Espada victoriosa”? Menos. Vendría a mí gente con sed de venganza, personas oscuras y envidiosas. ¡Yo sólo quiero divertirme, pasarla bien!

Después pensé en otras alternativas, posibles de realizar a través de una web-cam, hasta que de repente surgió la idea salvadora, que sería atractiva por lo innovadora: ¡adivinaría la suerte a través de los ojos! ¡Sí! Y me puse enseguida a diseñar un banner de estilo moderno, con el dibujo de un ojo que tendría un iris de colores dispuestos concéntricamente, y en la pupila, otro ojo igual, y dentro de éste, otro igual. Debajo ¿o arriba? la frase: “Tu mirada no engaña si se sabe leer. Atrevete a saber”. Todo el mundo sabe que lo primero es el marketing, el contenido es lo de menos.

Bien, ya elegido el imaginario arte de la “miradamancia” –uy, qué feo suena-, o la “optomancia” –peor-, o la “oftalmomancia” –uf-… mejor dejar al nuevo arte adivinatorio sin nombre. Pero la que sí debía tenerlo era yo: ¿Qué tal “Miranda”? Este me gustó de inmediato y a continuación quedó “Miranda lee tu alma” como título del banner. Lo mandé por las redes y me olvidé del asunto. Ya eran las ocho de la noche y me fui a cocinar, satisfecha y divertida.

A la mañana siguiente, prendí el celular y encontré mi Instagram estallado de mensajes. ¡Cuánta gente al pedo como yo! –pensé. Y largué una carcajada. Había de todo: gente angustiada, gente esperanzada, gente divertida y media docena de pícaros con pretensiones de levante. Casi todos pedían link de acceso y preguntaban por la tarifa. Córcholis, no había pensado en eso. Ante semejante panorama, decidí que haría una selección, y los afortunados diez elegidos tendrían la primera consulta gratis. Nunca pensé en continuar y mucho menos en cobrar. Ahora quedaba el tema del criterio de selección. Mientras ponía a tostar las últimas rebanadas de pan lactal,  puse varias posibilidades sobre la mesa y, ya después de desayunar, se me ocurrió hacerles resumir en una frase corta qué era lo que los motivaba a querer saber lo que se veía en su mirada, dándoles veinticuatro horas como plazo para postularse. Lo comuniqué convenientemente en las redes, y ocupé el resto del día en pensar cómo implementaría las entrevistas, qué preguntaría, ¡qué cuernos inventaría como respuestas! Me preocupé un poco, pero como mi objetivo era divertirme, opté por desechar las consultas “serias” y quedarme con las livianas.

Y ya suficiente con esto. Me puse a hacer un poco de yoga on line y después de una hora de videollamada con amigas, pasé el resto de la noche mirando viejos videos de rock nacional en youtube.

II

Al otro día, probablemente por la ansiedad, me desperté a las ocho e inmediatamente abrí el Instagram. Había más de cien respuestas, ¡y todavía faltaban cuatro horas para que se cumpliera el plazo! Hice una rápida lectura y comprobé que había de todo, desde “Quiero conocer mis zonas oscuras”, “Descubrir en qué puedo ser exitosa”, “Sacar al seductor que hay en mí” hasta “Saber cuál es el motivo que me aferra a la vida” y “Cómo hacer que la gente me quiera”. Algunos me asustaron, otros me aburrieron, pero, esperando algo mejor, seguí leyendo hasta que encontré lo que buscaba: “Quiero un juego divertido que encuentre mi lado interesante e inteligente”. Seleccioné otros nueve como para respetar mi propia regla, pero decidí que me concentraría en esta propuesta.

Dediqué un par de horas a hacerme un usuario de Skype -mientras revolvía la alacena buscando las últimas galletitas de agua para ese final de mermelada de frutilla-, y lo configuré de manera de ser sólo yo la que viera a las personas elegidas, no dejándome ver en vivo. Sólo mostraría el logo del ojo, para mantener el misterio y de paso no resultar expuesta.  Envié los links a los que participarían del experimento, con horario y duración de la entrevista, y disculpas al resto de los solicitantes.

Cuando terminé el desayuno, agenda en mano y mate en el otro, pasé en limpio la grilla de entrevistas: durarían media hora, separadas entre sí por una hora, tiempo suficiente para permitir evaluar cada una y corregir errores para la próxima. Lo haría en dos días, cinco personas en cada uno, y después vería qué hacer. Como última tarea, hice un cuestionario tentativo de diez preguntas, con dos respuestas alternativas para cada una. Cerré la agenda sintiéndome importante, y a la vez, que me estaba tomando las cosas demasiado en serio. Igualmente, pensé sacudiendo la cabeza que no dejaría de ser divertido: me prometí que jamás lo permitiría. Eran las tres de la tarde, y, sin almorzar, me fui a ver una serie, previo paso por la heladera, de donde rescaté tres salchichas y cuatro fetas de queso de máquina. Suficiente para un par de capítulos.

III

A las seis de la tarde, buscando unos bizcochitos inexistentes en la alacena, me di cuenta de que se me habían acabado las provisiones alimenticias, y también las de limpieza. A toda velocidad me puse la indumentaria obligatoria en esos momentos de zozobra: mis botas de enfrentar lo desconocido, los guantes de látex, barbijo, máscara facial y la campera resistente a alcohol al 70%. Salí entonces, con mi chango con bolsa lavable ya desteñida por la lavandina.

Una vez en el pasillo, veo ante mis ojos cómo el ascensor se me escapa, llamado desde el sexto piso. Con resignación, lo llamo y espero pacientemente la parada en el mío, el tercero, rogando que haya lugar para mí y mi chango.

Dios oyó mis plegarias: dentro del ascensor venía solamente el nuevo y misterioso vecino del sexto B, igualmente ataviado como para ir a la guerra. Nos saludamos con una inclinación de cabeza –por lo menos no fue audible ningún sonido- y cada uno siguió con sus pensamientos mirando hacia abajo.

Como sucede en esas ocasiones incómodas, me sentí observada de arriba abajo, sin ningún motivo que justifique semejante pensamiento. A lo mejor, fue como un reflejo de lo mismo que yo había hecho: en una milésima de segundo calculé altura, peso, edad y hasta color del pelo y de los ojos. Otro saludo con la cabeza al salir, en la planta baja, me sirvió para agregar otro dato: un leve susurro revelaba una cálida voz varonil.

Ya en la calle, y rumbo al supermercado, me reí mucho de lo sucedido en el ascensor. Pero pronto volví al tema que me ocupaba los últimos días, y atribuí esta locura del súbito interés por las artes adivinatorias al aburrimiento de la cuarentena, y el afán por poner mi cabeza al resguardo de tremendismos, teorías conspirativas, recetas de cocina y otras catástrofes propias de esta época. Una vez en la fila para entrar al súper, guardando distancia social, me propuse sacar el máximo provecho de esta aventura expedicionaria.

IV

Delante de mí en la fila, una señora de ochenta y pico, se esforzaba por darme charla a través del barbijo, y rápidamente nos hicimos amigas. Era un maravilloso torrente de anécdotas, una más interesante que la otra, y sus palabras floridas eran una mezcla de estilos que me causaban gracia e infinita ternura. Como si todo el cosmos estuviera alentando mis locas aventuras, las anécdotas derivaron al mundo de la magia y la adivinación. Me contó que dedicó gran parte de su vida a tirar las cartas de tarot y tenía toda clase de trucos y consejos para llevar a cabo el trabajo con gran profesionalismo. O sea, como ella mismo lo dijo, a «hacer caer a los clientes como chorlitos».

– Ay, nena, si no anduviera este bicho de porquería, yo te invitaba a mi casa y te mostraba todas las chucherías y porquerías que me ponía encima para disfrazarme de bruja- y largaba una dulce y a la vez sonora carcajada, mientras su mirada a través de los finos lentes se perdía en el pasado. Por supuesto no quería perder semejante joya de sabiduría, entonces me armé de valor y le pedí el teléfono, para que pudiéramos seguir conversando y matando las horas de aislamiento. Me costó, pero al cabo de quince minutos de explicarle cómo desentrañar los secretos del celular, logré que me diera su número y la agendé como «Marga Tarot». Ella me agradeció con un brillo emocionado en los ojos, que retribuí con un brillo sonriente en los míos. Y nos perdimos en las góndolas entre paquetes de galletitas, grisines, café, tés de variadas mezclas, yerba y varias docenas de inciensos.

De vuelta en casa, mientras revolvía la polenta con queso, me quedé reflexionando en lo importante de una mise en scène apropiada para las videollamadas. Si bien había pensado en no mostrarme, en principio, también dudé si no sería más confiable para mis seguidores encontrarse con la tradicional y esperable imagen de la típica adivina, con turbante, collares, anillos y amuletos, en un ambiente de semipenumbra, con cortinas oscuras y lámparas de sal. ¿No será mucho? ¿No estoy, acaso, tratando de dar una imagen casual y divertida, sin rollos ni estereotipos? Decidí dejar este pensamiento para el día siguiente. La luz, el sol y unos buenos mates me darían la respuesta correcta.

V

A la mañana siguiente, ocho de la mañana, me despierta el celular. ¿Qué desubicado/a se atreve a llamar a esta hora? Con un ojo abierto y otro no, veo con terror que no era una llamada, sino la alarma. ¡Hoy es lunes, y es el fatídico día que empieza el home-office! ¡Cómo pude olvidarme! En un instante pasaron mínimo doscientos pensamientos, unos alarmistas y otros tranquilizadores, que deseché hasta tanto entrara en la ducha. Allí es mi lugar favorito para lavar, champú mediante, las ideas.

Tropezando con los muebles, abrí la puerta del lugar sagrado, y, como predije, comenzó a hacerse la luz. Recordé mientras abría la canilla que debo estar conectada de 10 a 12 a.m., momento en que me asignarán las tareas del día y tendré tiempo hasta las 18 para enviarlas. Bien, -me dije- esto no altera para nada mi cronograma. Me volvió el alma al cuerpo, y lo celebré cantando mi canción preferida de Serú Girán: «Adela en el carrousel», a los gritos como corresponde.

CONTINUARÁ
EN PERMANENTE CONSTRUCCIÓN

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Ay amor

Ay amor
que lucha contra mi
Amor
que duele más que el
Dolor
que razona contra toda
Razón
que camina fuera de todo
Camino

Que habla repitiendo toda
Habladuría
que piensa negando todo
Pensamiento
que vive contradiciendo la
Vida

Que sin embargo
reacciona, cuando es preciso
Reaccionar
que para eso
trabaja, cuando es urgente
Trabajar
y que finalmente
triunfa, cuando es necesario
Triunfar.

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El árbol de la vereda

Hace un año que no pasaba por allí. Buscaba dar mil vueltas para evitarlo. Era demasiada historia para tener que ver cómo se venía abajo en unos pocos meses: me parecía que se desvirtuaba el sentido que le había dado origen.

Pero un día tenía que pasar y me armé de coraje. Después de todo, ya habíamos tomado la decisión y, supuestamente, el duelo estaba cumplido. Había costado lágrimas, cajas llenas de recuerdos y largas conversaciones mientras embalábamos y decidíamos el destino de muebles, vajilla, ropa, discos de pasta, libros, cuadros… Las fotos fueron para mí, y aún están guardadas a la espera de algún proyecto.

El duelo, por mi parte, había coincidido con un curso de fotografía donde la propuesta era reflexionar sobre aquello que ellas cuentan aunque no muestren, las “imágenes latentes”, y que me dio las herramientas para elaborar mi adiós. Allí pude volcar todo lo que sentía en ese momento, y en la muestra compartida, exteriorizar y mostrar todo lo que sentía.

Entonces, pasé. Decidí enfrentar el dolor y el miedo, y caminé por la vereda de la que fue mi casa por más de cincuenta años. Aún en los períodos en que no viví allí, siempre había algo de mí todavía dentro de esas paredes, construidas con tanto amor por mis padres y habitada con tanta felicidad durante muchos años. El jardín, que mi papá cuidaba cantando, el fondo, donde jugaron nuestros hijos, y mucho antes mis hermanas y yo, la máquina de coser, donde mamá creaba maravillas.

Y ahí entonces, comprendí que toda esa vida que allí transcurrió nunca terminaría mientras hubiera algún recuerdo de esos momentos felices, y aún de los dolorosos, que pasamos en esa casa, y que jamás dejaría de serlo.

Desde entonces, vuelvo a pasar, pero ya no significa nada para mí la fachada, que ahora es un muro y una puerta que no dejan ver nada del interior. Sólo el árbol de la vereda y yo, sabemos cuál fue la verdadera historia.

21/02/24

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Carnavales de pueblo

A principios de los años setenta, la vida, las costumbres y la gente eran muy diferentes de lo que son ahora.

Por lo menos, en mi caso, había que esperar a las vacaciones de verano para poder salir de casa. Muchas veces se aprovechaba la visita a un familiar para tomarse unos días, pero si ese destino estaba cerca de un lugar turístico, ¡ese familiar era doblemente apreciado!

En mi caso, contábamos con la suerte de tener a mi tía viviendo a escasos kilómetros de la ciudad de Miramar –apenas una estación de tren, de larga distancia, claro- más precisamente en un pueblo que llevaba el rimbombante nombre de “Comandante Nicanor Otamendi” –seguramente bautizado así en épocas más recientes y con ceremonia religiosa, desfile y marcha militar-. Por supuesto, los pobladores más viejos aún se resistían al cambio de nombre y seguían llamándolo como cuando aún era el paraje Dionisia.

Después de un enero largo y caluroso, donde las únicas ocupaciones eran desarmar el arbolito de Navidad, preparar la ropa para las vacaciones, jugar a la paleta en el patio, y manguerearnos mutuamente, mis hermanas y yo esperábamos ese primer día de febrero para partir con mucha alegría al destino esperado. Bueno, diré que para esas fechas, también me distraía tratando de sacarle algún sonido a la guitarra de mi hermana mayor, y pasaba las tardes practicando acordes y descomponiendo canciones de Sui Generis.

La salida desde Constitución era toda una aventura, -donde más de una vez tuvimos que correr al micro que ya partía- y la llegada a Mar del Plata de madrugada, se convirtió para mí en el inolvidable recuerdo del ritual del café con leche a la espera del ómnibus a nuestro destino final.

Este año, 1973, Otamendi se preparaba para el gran evento del Carnaval. Estábamos en épocas de esplendor para el pueblo: se había convertido en el orgulloso centro de la producción papera de la zona, que viajaba en trenes de carga –e incipientemente en camiones- a repartirse por toda la República. Y por ese motivo debía tener una fiesta acorde a esa prosperidad.

Cuando llegamos, el pueblo ya estaba adornado con guirnaldas y globos de colores, y los afiches prometían una gran fiesta con carrozas, comparsas y, como broche de oro, la elección de la Reina del Carnaval. A la tarde, después de la hora de la siesta, empezaba a sonar la música por los altoparlantes situados en las principales esquinas del pueblo. Una de ellas era, precisamente, la de la casa de mi tía abuela Raquel, hermana de la  abuela Sofía y de edad y lenguaje indeterminados. A escasos metros vivía mi tía Isabel, y en medio de las dos casas, sobre la calle lateral, la tienda familiar, ahora cerrada tras la muerte del tío Miguel, y llena de misterios insondables.

Isabel se había mudado de Florencio Álvarez para cuidar a mi tía, llevando al abuelo Graciano consigo, primero a una pequeña casita cercana y después de la muerte del abuelo, a ésta que ahora nos alojaba, con la misión de cuidar a Raquel en sus últimos años.

Ambas casas eran tipo chorizo, y estaban unidas improvisadamente por un hueco en la pared que nunca se convirtió en puerta. El patio que las separaba era escenario de juegos de pelota y de agua, de risotadas y de canciones que llenaban esas tardes. Cada tanto, aparecía Raquel por el hueco para retarnos por haberla despertado de la siesta: mis primos solían reventar las pelotas de vóley contra la pared, provocando ruidos insoportables para la endeble salud de la anciana. 

Por fin llegó el fin de semana de carnaval: puntuales a las seis de la tarde –para esquivar el terrible calor del verano- comenzaron a desfilar las carrozas y a sonar la música de cuarteto en los parlantes. Era el auge del Cuarteto de Oro y su nuevo hit: “Cortate el pelo, Cabezón”, totalmente pertinente como fondo para las carrozas con sus típicos muñecos cabezones. Nosotros cinco, mi prima y mi tía recorrimos las pocas cuadras del centro para ver las carrozas y recibimos toneladas de papel picado, serpentinas y descargas de bomberos locos y espuma. Pero el plato fuerte se guardaba para el final: el martes de carnaval sería la emblemática quema del Rey Momo.

Nos preguntábamos qué cuernos sería el Rey Momo, hasta que lo pudimos develar: a dos cuadras de allí, en la bocacalle de una paralela, para no generar desastres, se erguía la figura de un muñeco de papel maché, un simpático personaje de color negro, ataviado con vestimentas reales y con una corona dorada en la cabeza. Previamente había presidido el último desfile, y llegando a la plaza del pueblo, hizo las veces de juez en la elección de la Reina del Carnaval. Este año, la suerte le había sonreído a la rubia más cotizada del pueblo, por la que suspiraban todos los adolescentes, y no tanto, que la aclamaron al saberse el resultado. Desde allí llevaron a Momo a su destino final, donde la flamante reina sería la encargada de encender la mecha de su destrucción. Las llamaradas iluminaron el principio de la noche, y la fascinación del fuego envolvió a la multitud que saltaba y cantaba despidiendo al Carnaval hasta el próximo año. Cada uno, en su corazón, pidió que ese fuego nunca apagara esos hermosos y felices días de infancia.

19/02/24

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Junto con vos

En la oscuridad del hospital, el silencio se hacía más profundo. Todavía retumbaban en la sala de guardia las palabras de mi madre. Desde allí, a la tarde, había venido a este cuarto, donde la volvimos a ver cuando todo ya había pasado.

Nos dieron su cadenita, su dentadura postiza, su camisón. Nos dieron explicaciones. La edad, la caída, todo se desencadena muy rápido.

A la mañana, ella me había dicho al oído su última voluntad: «Junto con vos».

Esa misma noche la cumplió.

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El ojo de la cerradura

Juan pasó por la vieja casa abandonada como hacía todos los días. Ayer, anteayer y la semana pasada, venía hablando por teléfono, o escuchando con los auriculares la música que más le gustaba en un alto volumen. Podía ser rock viejo, metal o trap, o lo que fuera, preferentemente ruidoso.

Pero hoy no podía. El día anterior se le había caído el celular en el inodoro –tengo que dejar de llevarlo al baño, pensó- y se encontró haciendo el camino hacia la estación de tren en silencio. Pensó que era una buena oportunidad para escuchar los sonidos de la calle, pero se encontró además observando los detalles del trayecto, tantas veces recorrido, por primera vez.

Así fue que reparó en la vieja casa. Había una leyenda en el barrio, según los vecinos más antiguos. Algunos decían que se escuchaban ruidos de cadenas a la medianoche, otros que los que trataban de entrar quedaban traumados para toda la vida. Juan no creía nada de estos cuentos, seguramente los herederos habían hecho correr el rumor para desalentar a los posibles intrusos, y para disuadirlos de cualquier intento, agregaron una gruesa cadena en la puerta.

Era una construcción de fines del siglo XIX, que daba al frente, con la puerta y las ventanas directamente a la calle. Tenía una entrada de coche al costado, con un portón de chapa por donde sobresalía una Santa Rita llena de flores color sangre. En el techo, se podía ver la típica vegetación que crece con el abandono y el descuido. La casa estaba en litigio desde hacía muchos años.

Todo eso pudo observar mientras se acercaba. Finalmente al llegar a la puerta, y casi sin pensarlo, decidió asomarse dentro de ese mundo misterioso. Se agachó y miró por el agujero de la cerradura. Corrió un frío por su espalda al recordar los rumores que circulaban y echó la cabeza para atrás un instante. Pero la curiosidad le hizo sacudir los miedos infantiles y retomar su posición para seguir mirando.

Lo primero que vio fue la oscuridad del zaguán, típico de esas casas, y al final, la luz del patio que entraba por una puerta ventana.  Se alcanzaban a ver macetas viejas, donde convivían arbustos secos y yuyos inmensos, que se agitaban con el viento que soplaba presagiando tormenta. Las paredes descascaradas, alguna vez tuvieron un color que hoy era imposible de descifrar.

De repente una sombra atravesó el patio, muy rápido. –Una paloma, pensó Juan. O algo más grande. Demasiado grande para volar. Y se quedó pensando, perplejo. Otra vez, pero más lento, pasó la sombra en sentido contrario, aunque no tan lento como para que pudiera descubrir de qué se trataba. Ahora percibió con más seguridad que era grande y volaba, porque no tenía pies. Y otra vez más. Pero esta vez parece detenerse un segundo, como observándolo. La sombra también tenía curiosidad.

Conteniendo la respiración, y muy quieto, Juan sostuvo, durante lo que le pareció una eternidad pero fueron apenas dos segundos, la mirada o lo que reconoció como tal, y sintió un soplo helado que le recorrió el cuerpo. La curiosidad se trenzó entonces en una pulseada contra el miedo, pero fue derrotada. Con la excusa de haber recordado en ese momento la próxima partida del tren, se incorporó de un salto y se fue, casi corriendo.

22/11/2023

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Las cartas de mi abuelo

Tengo muy pocos recuerdos de mi abuelo paterno.

Me quedan sólo un par de fotos de él. Una de ellas es en la rambla de Mar del Plata, la vieja, la de madera. Se lo ve feliz, con su traje y su sombrero, acompañado de su hermano Pedro con hábito de sacerdote.

En cambio, mi recuerdo es el de un señor muy viejo, hablando en un lenguaje extraño, revoleando una muleta en el patio de mi casa, y en su rostro un gesto indescifrable, entre enojo y tristeza. Yo lo miraba escondida detrás de la falda de mi mamá, muy asustada, pensando que el reto era para mí. Probablemente no lo fuera, nadie puede saberlo ya.

Sin embargo ese no es el primero. Hay otro, seguramente anterior, pero menos marcado en mi memoria. En él, estaba mi abuelo en la cabecera de una larga mesa en la casa de mi tía Isabel. Allí vivía habitualmente, en Florencio Álvarez, en una casita amplia y luminosa, con una gran huerta y un jardín. Estaba almorzando, muy alegre, rodeado de la familia: nosotros, que estábamos de visita, mi tía, y mi tío Ángel –el favorito de mis primos- que también vivía con él. Pasamos un hermoso día, y lo que más quedó en mi memoria es la anécdota de las pesadillas: mi abuelo solía gritar dormido, ¡cuando cenaba huevos fritos! Esta característica fue heredada por mi papá –son famosos los relatos de mi mamá- y también por mí misma.

Ahora, atando cabos, me doy cuenta por qué estuvo mi abuelo en casa algunos días. Mi tía se mudaba a un pueblito del interior llamado “Dionisia”,  cercano a Miramar. Con el correr de los años el nombre fue cambiado por uno menos poético, aunque sus pobladores siguieron llamándolo así. En fin, mientras duraba la mudanza, mi abuelo se quedó en casa y de ese momento es la escena de la muleta en el aire.

Es muy difícil para mí relacionar esos recuerdos infantiles con el hombre de la foto. La explicación posible es una vida llena de dificultades, privaciones, heridas mal curadas, mala atención de su salud, seis hijos y la viudez que llegó inesperadamente.

Este podría ser su relato, en el que nos contaría su vida, sentado en el sillón cama que teníamos en el comedor:

 “Nací en un pueblito de Siria, donde fui a la escuela y aprendí a leer y escribir. Vivía tranquilamente con mi familia: mi padre Simón, que era sacerdote, mi madre y mis hermanos. Un día estalló la guerra y con ella, mis sueños y los de mis amigos y parientes. Mi madre lloró de horror y angustia al saber que también reclutarían a los más jóvenes, aún a los de quince años. Yo era el mayor, y me miró pidiéndome entre lágrimas que me fuera lejos, lo más lejos que pudiera, para buscar un refugio para mis hermanos menores.  Tuve que ir solo, ya que Pedro, que era un año menor que yo, se encaminaría al seminario para seguir los pasos de mi padre. Así fue como emprendí un viaje muy largo, incierto y lleno de peligros. Cuando finalmente zarpé rumbo al sur, ya había pasado lo peor: salir clandestino, escapando en la noche y arriesgando la vida.

A medida que el barco se alejaba, y a pesar de la tristeza de dejar atrás a la familia, la vida apacible del pueblo con sus sonidos, paisajes y olores cotidianos, y un país arrasado, me fui habituando a las nuevas circunstancias. Empecé a relacionarme con los otros compañeros de infortunio, nos consolábamos contando nuestras historias, tan parecidas unas de otras. Así me hice muy amigo de uno de ellos, Elías, que tenía familia en Argentina y de quienes hablaba constantemente, tanto, que cambié mi plan inicial de quedarme en Brasil para seguir viaje con él. De a dos es más fácil, pensé, y más seguro. Ellos habían empezado a formar parte de mi vida. Mis preocupaciones me fueron abandonando al comenzar a imaginar un futuro más feliz, con el resto de mis hermanos y mi madre viniendo a mi encuentro.

Pero al llegar, la realidad no era como la soñaba: la llegada, el hotel de los inmigrantes, tuvo la complicación adicional del idioma. A pesar de un traductor improvisado entre los pasajeros, ya no pude reconocer ni mi propio nombre. “Graciano Cura” escribieron al oírlo, como pudieron, los funcionarios de inmigración.

Luego, el viaje ajetreado en tren y carro, al pueblo de la familia de Elías, llamado González Chávez, a 600 km del puerto de Buenos Aires. Los parientes de mi amigo no nadaban en la abundancia. Trabajaban en el campo, y allí fuimos nosotros, a sumar nuestros brazos para lo que hiciera falta: arar la riquísima tierra de la pampa húmeda, desmalezar, cosechar…

Elías empezó a recibir con regularidad cartas desde su hogar. Me llamaron la atención porque estaban escritas con una caligrafía perfecta, armoniosa y con un estilo esmerado. Estaban llenas de cariño y melancolía, con noticias de su patria, El Líbano, pero a la vez eran alegres y esperanzadas.  Pude conocer muy bien su contenido porque él me pedía que se las leyera: era analfabeto. Así supe de su familia, y sus seres queridos fueron pronto también los míos a través de esas líneas. Pero sobre todo descubrí a la redactora de esas cartas, que era su hermana Sofía, de apenas 13 años. Ella también empezó a conocerme, ya que fui el encargado de contestarlas, al dictado de Elías. Poco a poco, a lo largo de dos años, fui incorporando párrafos más personales, presentándome y contándole mi propia historia. Las últimas antes de su viaje ya eran entre ella y yo.

Cuando el barco atracó en Buenos Aires, allí estábamos Elías y yo, esperando verlos aparecer en la cubierta, los dos con ansiedad. Pero había un corazón desbocado, que esperaba conocer por fin esos ojos y esa sonrisa que me acompañarían el resto de la vida.”

Tengo otra foto más, la del casamiento de Sofía y Graciano. Es en el estudio fotográfico del hermano de ella, Antonio Tahuil. Él está sentado en una baranda, con su bigote de los años 20. Ella se apoya en su hombro, con el sombrero ladeado. Así prefiero recordarlos.

Una noche de 1969, mi papá armó la valija para ir a darle el último adiós.

20/11/2023

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Palabras de amor

Solía tener una frase “Serrat ya lo dijo todo”

A partir de un día no determinado de 1969, empecé a amar a Joan Manuel Serrat. Mis hermanas estaban fascinadas con él, con sus canciones, con su voz. Yo todavía no había cumplido 7 años y ellas ya eran adolescentes. ¿Qué podía saber de enamorarme de alguien? Mucho menos, ¿cómo entender sus letras?

Sin embargo, todas las tardes en clase, después de responder rápidamente las consignas de la señorita Laura –que tenía más años que los que yo tengo ahora- me quedaba, como en sueños, imaginando que Joan entraba por una puerta del aula y venía a buscarme, para llevarme de la mano hacia la salida del Colegio. Allí terminaba mi sueño, ¿con qué otra cosa podía soñar una nena que estaba aún en primer grado?

No recuerdo si para esa época ya teníamos nuestro primer disco de Serrat. Ese en el que aparecía en la tapa con el pelo corto y un saco de cuello Mao. Durante los años que siguieron, antes y después de tener ese disco, el Nano se podía escuchar en todas las radios, y luego, en los canales de televisión en su primera visita a la Argentina. Me aprendí íntegramente las letras de aquel disco, y lloré, aún sin saber a fondo qué significaban, con “Manuel”, “Poco antes de que den las diez”, “Poema de amor”…

Con los años, tuvimos que escucharlo casi clandestinamente: en esa visita en los tempranos 70, se relacionó y entabló amistad con el sector político que luego sería perseguido por la dictadura y además muchas de sus canciones –luego lo comprendí- tenían posturas muy definidas y él mismo había sido censurado en la España franquista.

Pero sus discos siguieron sonando en casa, y aunque no estuviera en la radio y la televisión, siguió estando presente en las paredes del cuarto, en nuestras viejas revistas y en nuestro corazón. La calidad de sus letras propias, y la musicalización de poemas de otros autores, nos hizo subir increíblemente la vara de nuestros gustos. Así pudimos conocer –antes de las clases de Literatura- a Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti…

Luego llegó el momento del regreso: en 1983 fui a verlo al Luna Park con mi amiga Norita, y en esa emocionante y mágica noche pude estar por primera vez frente a ese amor de tantos años.

2/11/2023

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Ceguera

Ella se preparó para salir como todos los días. Buscó la llave, que no estaba en su lugar, para variar, en todos los rincones de la casa. Pensó en todos los lugares posibles: la mesa del living, el estante del baño, el cajón de la cocina. Hasta buscó en el bolsillo del pantalón. Luego recordó que había ido a comprar pilas al kiosko con la camperita azul que usaba para salir por el barrio. Ahí estaba, en el bolsillo derecho, junto con el vuelto de las pilas. Al llegar, se había ido a bañar directamente sin ordenar nada, muy molesta porque un auto que pasaba a toda velocidad le salpicó toda la ropa con el agua sucia y estancada de la otra cuadra.

-Tengo que ser más cuidadosa – pensó-. Un día de estos me voy a quedar encerrada para siempre.

Parecía a propósito. Cuando más necesitaba salir a caminar para pensar y aclarar todos esos nubarrones que le oscurecían la mente, más sucedían estos episodios que la desesperaban.

Abrió la puerta, y finalmente, de cara al sol, sintió que las penas la abandonaban, las nubes se disipaban y las dudas se convertían en certezas.

*****

Habían estado juntos cinco años.

Una mañana no sonó el despertador. Se levantó apurada y se vistió con lo primero que encontró: una pollera de jean y la remera negra con rayitas azules. Estaba tan apurada que olvidó ponerse la venda en los ojos. Entonces, fue a la cocina y lo vio: sentado en la mesa, tomando un café, estaba el camaleón. Lo vio por primera vez, y en sus ojos, descubrió todos sus trucos. Vio al bueno, al débil, al egoísta, al todopoderoso, al brillante y también al opaco.

Se dio cuenta que conocía todos sus costados, todos sus gestos, sus tonos, ¿pero qué era lo que le impedía verlo? ¿De qué estaba hecha la venda?

Con la excusa de llegar tarde, salió rápidamente de la cocina, tomó la cartera y se fue a trabajar. Durante el camino a la oficina no podía parar de pensar y horrorizarse de su ceguera.

*****

Las semanas que siguieron, fue como una autómata. Trabajo, compras, casa. Evitó toda conversación, salió con cualquier excusa, se enfrascó en una larga novela. Fue sola al cine, no habló con nadie. No atendió a sus amigas, lo menos posible a su madre. Necesitaba pensar y entender. O mejor, no entender y no pensar, para seguir viviendo, ¿o para seguir flotando?

El camaleón la dejó hacer. Sabía que a la larga “volvería al pie”, que no podía estar sola, que necesitaba de él.

Sin embargo, la venda tardaba en volver a crecer. Otras veces, había sospechado que había algo que no quería ver. Pero fue tan brutal la revelación, que no podía hacer como que no existía. Y esta vez decidió que ya no la quería.

9 y 10/10 y 22/11/23

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