Todo apuntaba a que sería un día normal en los comedores compartidos de la universidad, las conversaciones de jóvenes que no sabían modular el volumen resonaban fuertemente en uno de los extremos, al rincón, cerca de los grandes arcos de salida del extenso salón.
Quien fuera que quisiera privacidad encontraba ahí la peor opción y es que el comedor compartido de las facultades era un lugar para socializar, convivir, hablar, chismear y reír.
Eran las risas lo que hacía el lugar alegre, las risas y las expresiones monosílabas que los jóvenes utilizan para resaltar su diversión (o a veces su disgusto) Estaban quienes fácilmente serían apodados «amargados» y que se rendían a la esperanza de que las chicas bajaran el volumen y preferían irse por cualquiera de las cuatro salidas, otros se alejaban lo más que pudieran, casi al otro extremo. Pero a la mayoría le gustaba ese ruido y el sentimiento poderoso que la risa provocaba.
Como si todo estuviera bien.
Justamente lo que él necesitaba. Irving pensó que el ambiente jovial ayudaría a Miguel con su depresión melodramática que tenía desde la mañana. Supuso que las charlas con los amigos le ayudarían a olvidarse de todo, ya que él es su mejor amigo. Poco confiable y a veces estúpido, pero el mejor de los estúpidos y poco confiables amigos.
Pero hasta para él las risas fuertes y expresiones divertidas fueron como un balde de agua fría que le heló el optimismo esperanzador y lo convirtió en una ligera, muy ligera, culpa.
¡Tenía que traerlo aquí! ¡Claro, Irving, muy inteligente!
Si era el lugar donde todos se encontraban, por supuesto que la encontrarían a ella, a Agatha. Allá, donde provenían las risas, sentada de frente a ellos, rodeada de chicos y chicas que se empujaban y contaban chistes. Con el cabello sobre los hombros y las manos en el estómago. Preciosa, claro, de bonitos ojos, vistiendo femenina ropa, cruzando una pierna con delicadeza y acomodándose la falda sutilmente. Dejó de reír cuando un chico le dio una soda y reanudó la conversación con un “
¿Y recuerdan el…?” para que todos lo recordaran y empezarán a reír.
¿Recuerdan el…? ¡Claro que lo recuerda! Miguel se perdió en los encantos de la bella castaña de recientes reflejos dorados. Oh, cierto, esos reflejos dorados eran nuevos. ¿Cómo no los había notado? Ah, sí, no los vio porque, mientras lo decía, solo la miraba a los ojos, fijamente y sin titubear, en ningún momento miró otra cosa, solo a los ojos.
Esa mañana la buscó por los pasillos con su gesto más decisivo, tenía el discurso, las palabras y bajo el brazo una ingeniosa excusa con forma de libreta para iniciar la conversación. La llamó y se dio cuenta al verla de frente, que lo tenía todo menos lo más importante: el coraje. Le dio la libreta y emprendió huida chocando con otra chica, el golpe y el resonar de los libros en el suelo lo trajeron de vuelta al mundo, activando su aún no se explica qué cosa en él. Se dio la vuelta y la llamó de nuevo, esta vez no cometió ningún error en ninguna oración.
Fue lo típico, un chico y una chica y muchos sentimientos, frases bien pensadas aunque poco creativas, lo cliché y lo original, las intenciones verdaderas y todo el amor juvenil que pudiera expresar. Lo dijo todo, desde el principio, lo clásico y lo distinto, no se retractó, no se equivocó, las palabras no se golpearon, no se rascó el codo, ni se mordió la lengua, todo fue perfecto, hermoso y típicamente romántico.
Lo único que salió mal fue su temor más grande haciéndose realidad.
Solo me gustas como amigo.
Ella se disculpó, le sonrió y se fue. Así nada más.
Ahora que lo pensaba, un cumplido de sus reflejos color oro pudo haber faltado.
Pero ya no importaba, había pasado. Ahora era el presente e Irving trataba de animarlo, debía dejarse animar.
Pero, en serio, ¡reía! ¿Cómo podía estar riendo? ¡Le rompió el corazón a un chico esa mañana y ahora reía!
Miguel suspiró, todas las esperanzas de un segundo intento se esfumaron con esas risas.
Irving vio ese martirio en la cara de su mejor amigo y lo empujo a una banca al otro extremo de los extremos de la sala. Casi saliendo por uno de los arcos limitantes, cerca de un árbol cuya sombra se revelaba ante las bardas y se colaba para cubrir dentro del comedor. Lo plantó con un golpe y le ofreció comida, este no contestó, seguía pensando en lo idiota que fue al no ver que sus sentimientos no eran mutuos. Ese era su problema y quizá el más grande, la sobre actuación y el drama de Miguel podían ser su dos más grandes defectos (o virtudes, depende de quien lo vea) Siguió lamentándose y su amigo fue por comida, al menos él si se moría de hambre.
Miguel dejó caer la cabeza a la mesa de cemento dándose un golpe que seguramente le haría chichón, aunque tal vez esa era la intención ya que el dolor le relajó el corazón y le zarandeó la tristeza. Escuchó las risas a lo lejos y miró de reojo a Agatha, esta vez estaba enojado.
¿Cómo demonios lo permitió? Claro, era culpa de ella, él solo fue el chico malinterpretando las risitas y los coqueteos ligeros de una joven muy normal. Era su culpa ya que, seguramente, tendría los años de experiencia sabiendo que esas risitas y esos coqueteos harían que cualquier hombre hiciera cualquier cosa por él.
Sí, eso era.
Se lo diría, sí, le diría que la amaba pero que ya no lo haría, o que si lo haría pero ya no lo demostraría, o no, sí, lo demostraría para que quedara en su conciencia que fue ELLA la que lo provocó en él. Ella y sólo ella.
Se dejó el chichón y se giró sobre su lugar, pisó con fuerza haciendo un ligero “¡crack!” casi inaudible. La molestia fue lo que lo distrajo de su ira, el pie le estorbaba y debajo del zapato sentía texturas redondas e inestables. Retrocedió un paso y, aún sentado, encontró un libro, pequeño como para ser transportado, grande como para no ser ignorado.
Al principio creyó que sería de algún alumno que estaría haciendo sus tareas, pero estaba muy doblado y maltratado gracias al pisotón asesino que Miguel hizo sobre él. El pobre era viejo, de hojas amarillas, una portada a medio despegar y una hoja rota, aun así soportó la carga de su cuerpo aunque las hojas se doblaron.
Miguel notó apuntes en él, sobre leyó sin prestar mucha atención y vio algunas frases subrayadas y algunas preguntas en tinta negra y con una caligrafía muy bella. Las páginas dobladas le permitieron ver tres palabras, en la primera leyó “necesidad”; en la segunda, “corazón”; y en la tercera “conmigo”.
Ignoró la casualidad y tomó el libro algo dudoso, el título estaba desgastado y casi borrado en su totalidad, sólo alcanzó a leer “encontrarte a ti” que sería la frase final y pertenecía a algún escritor que no conocía.
Trató de acomodar las páginas lo mejor que pudo y se detenía en cada apunte y cada frase resaltada convenciéndose de que eran notas vagas de quien fuera que lo leyera. Al final encontró la ficha de la biblioteca y el enorme sello del departamento de letras de la biblioteca principal de toda la universidad, había muchas fechas de renta y entrega, pero la última estaba incompleta. No le quedó duda, quien lo perdió seguramente desearía encontrarlo.
—¿Qué tienes ahí, hermano? — Llegó Irving con unos nachos grandísimos al igual que su sonrisa, le ofreció pero Miguel se negó.
—Lo encontré—dijo—, aquí tirado. Alguien debió haberlo olvidado.
Tan olvidado como ahora estaba Agatha.
Este es otro de esos escritos que se te vienen a la cabeza. Aunque, de ser sincera, no estoy segura de porqué llegó ahí. Simplemente apareció en medio de mis pensamientos y dije «tengo que escribirlo» pero la idea se esfumó justo a la mitad. ¿Y ahora que hago? Pensé, no podía dejar que se me escapara.
Sé que algo debe continuar a partir de ahí pero no sé cuando. Sé que debe haber algo más, pero no sé qué, o quién. Lo que estoy segura es que Miguel se quedará conmigo y espero pronto completar su historia.
Buscaba nada y encontró un libro. Nos vemos.