Se llamaba José Marlo, el Mirlo. Jugaba conmigo al fútbol cuando éramos chicos. Después fue un personaje conocido del barrio. Es extraño comenzar así cuando se tiene que describir a alguien, pero no hay otra forma, la definición es perfecta: El Mirlo era el tipo más feliz del mundo. Siempre estaba sonriente y feliz. Nunca vi a un tipo tan alegre.
Irradiaba felicidad, la contagiaba. Era siempre un placer hablar con él, un señor con todas las letras. Alguien lo bautizó Mirlo y quedó…muchos se adjudican el bautizo, pero la verdad es que ni él sabía quién había sido.
Tenía muchísimos amigos y se la pasaba visitándolos, de a 2 y 3 por día aún en sus últimos días. Charlaba, jugaba al billar, siempre con su copetín y su ginebrita. Ya debía andar por los 89 años.
Viajaba siempre en colectivo, y sabía los recorridos de todos. La gente que lo conocía lo paraba por la calle y le preguntaban recorridos. Dicen que los sabía todos, pero para mí ni en pedo los sabía todos. Un recorrido del Mirlo era un cuento…si hasta se juntaba gente! Además del recorrido calle por calle, te contaba datos históricos, las vistas más lindas del recorrido, y el mejor momento del día para hacerlo…los hipnotizaba a todos con su relato. Su fama comenzó por eso y por su conocimiento de fútbol.
Qué fanático! Siempre que podía estaba mirando fútbol. Un verdadero apasionado. Discutía y opinaba con autoridad. Era un archivo el hijo de puta…sabía todo! Podía describir con lujo de detalles cuánto gol se le preguntara. Amaba el fútbol del toque, pelota al piso, de gambeta elegante y extrema caballerosidad. En los picados, anulaba goles de nuestro equipo para que haya justicia! Un fenómeno! Aunque…para qué mentir, había algunos que lo querían matar…pero era tan bueno el Mirlo que se la dejaban pasar, si hubiera sido cualquier otro, no sé si la cuenta.
Era un verdadero amante del fútbol. Lo comparaba con la poesía, con la danza, con el teatro, lo disfrutaba en cada gesto técnico, en cada resolución majestuosa o impensada. Se volvía loco por un pase en la mitad de la cancha y nunca gritaba un gol si no era lindo. Decía que amaba tanto al fútbol que no podía ser de ningún cuadro en particular, y es verdad…nadie sabe de qué cuadro era. Es parte de su secreto.
El Mirlo amaba tanto al fútbol, que iba a ver siempre al que jugara mejor. A veces, el equipo al que iba a ver ni siquiera salía campeón, pero sus principios permanecían intactos.
«¿Mi secreto? El buen fútbol me hace muy feliz.» -me dijo una vez.
Yo le creí.