«Queridos Reyes Magos:
No sé si me recordarán: soy esa niña que aprendió a escribir hace ya años, que pedía todo lo que no recibió y se conformaba -bueno, se conformaba…- mis padres me decían …hay muchos niños a repartir pero todos los años, sin perder ni una hoja de esperanza, volvía al papel, y lápiz para poder borrar si me equivocaba … reyes y magos de mi infancia, de mi niñez, aquella niñez que al final acababa siempre igual …jugando con mis hermanos, al exin castillos o algún juguete para los tres, no llore nunca al ver que no llegaban los juguetes pedidos de todos los 6 de enero vividos con conciencia , les escribo no para que me traigan lo que nunca me llegó, sino para que me devuelvan lo que fue mío, mío, egoístamente mío, y que se perdió en las huellas de sus camellos, en los sueños de Navidad, y es que quisiera recuperar el tiempo de mi infancia -sin juguetes, sin lujos, escribo con esa esperanza de hallar lo perdido, lo arrancado sin que apenas me diera cuenta. .. hallar las voces de mis padres que se fueron un día …quiero que me traigan las noches de mi familia reunida, debe de estar en algún sitio ,sois magos y eso debe ser sencillo para vosotros , y no se puede comprar en ningún sitio, tráiganmelo, los días «especiales» empiezan a contar ausencias, sin piedad, y descubrimos que estamos más solos de lo que creemos. …
hace muchos años que tan sólo os escribo mentalmente… pero nunca la plasmo en un papel, y la meto en un sobre, y la deposito en un buzón, quizá por eso, a pesar de ser magos, pues no os ha debido llegar bien el mensaje y no me lo habéis traído. O, igual cabe la posibilidad …a lo mejor sí que lo habéis hecho..y es sólo que yo no he sido ni soy capaz de verlo. Ya sabéis, a veces los humanos no vemos más allá de nuestras narices.
Este año creo que he sido casi buena de verdad, aunque no negaré que ha habido momentos en los que he olvidado que el rencor no sirve de nada y he querido vengarme pensando que en realidad hacía justicia. Me ha resultado curioso, las veces en que he estado agobiada y estresada por nimiedades y luego he pensado fríamente y he mirado a mi alrededor y ,por un instante, la vida me ha revelado lo estúpida que soy por sentirme así cuando tengo lo más preciado: personas que me quieren y me apoyan incondicionalmente y a las que yo adoro. Me ha hecho gracia lo inconformista que somos que una vez conseguido algo, siempre queremos más o queremos otra cosa. Eso es lo mágico de la vida, ¿no? Que por muy mal que vaya todo, siempre encontramos un motivo para ver las cosas de otro modo, llorar, apretar dientes, consolar y pensar que somos más fuertes que todo eso y que los malos tiempos pasarán.
Pensar en qué quieres que te traigan los Reyes Magos cuando vas siendo mayor, se me antoja más complicado. Selecciono una lista y después hago una criba de esa misma lista. Bueno, ya lo sabéis, me conocéis desde siempre. Me quedo con lo esencial y eso es lo que os pido: que nunca me falte lo esencial. Que siempre pueda ver con claridad, y que cuando no pueda, no me falta alguien que me ayude a hacerlo y me encienda una luz que me acompañe.
Este año me he pegado de bruces buscando donde no había, también donde no debía y lo peor, buscado sin saber qué quería encontrar. He aprendido y he desaprendido. Me he cuestionado y me he puesto en jaque a mí misma. En fin, toda una batalla épica que por lo visto aún no ha terminado y que por el camino me va dejando sabiduría inconsciente que más tarde he caído en la cuenta que se llama “experiencia”. He aprendido que debemos perdonar, incluso a nosotros mismos por muchas veces no ser capaces de hacerlo.
Y Me acuerdo, -y permitid que por un momento incluya a alguien más y especial para mí como destinatario de esta carta,- me acuerdo de aquel año, aquel 22 de diciembre, lo triste que estábamos y a pesar de ello tú siempre tenías una pensamiento generoso para los demás. Recuerdo el calor del ordenador portátil encima de mis piernas y por el contrario el frío helado de mis manos, que no me abandonaba. El soniquete de los niños de San Ildefonso por la televisión cantando una combinación de números que en algún lado del país resultaban ser la esperanza para algunas personas que tenían ese décimo premiado. Yo pensaba en el concepto tan abstracto y a la vez tan concreto en que durante aquellos meses se había convertido para mí la “suerte”. Suerte. ¿En qué consistía la suerte? Ganar la lotería era suerte, no ganarla, mala suerte. “La suerte está echada”… y efectivamente así era, la suerte estaba echada. Para mí en aquellos días la suerte era estar a su lado, y la mala, que fuera porque eran los últimos que podría estarlo. Grabé cada segundo contigo en lo más profundo de mi alma, como instantáneas que siempre me acompañarán y que recuerdo como si fueran ahora mismo. Recuerdo tu cara, tus palabras, tus gestos, tu valor, tu voluntad de hierro y tu instinto de protegerme por encima de todo, e incluso de ti. Aquellos días no pudimos salir a rebuscar libros a las librerías, ni a comprar tartas, ni siquiera a hacer una compra normal al super. Nuestros paseos más largos abarcaban el espacio del pasillo de la casa y la radio, la música y las pelis antiguas en blanco y negro o del oeste eran nuestro pasatiempo “más feliz”. Esperábamos. A veces en silencio, a veces con el trasfondo de nuestros pensamientos. La Nochebuena siempre me traía esperanza y en cambio esa Navidad sabía que mi único deseo no me iba a ser concedido jamás. Sentía extrañamente calma. Tampoco esa vez os escribí nada…tal vez de haberlo hecho … Ese año no os pedí nada para mí, pero más adelante supe que me habías dejado igualmente, el mejor regalo que podían hacerme dadas las circunstancias; se me había concedido aprender una de las lecciones más grandes que puede dar la vida y especialmente poder tomarla de su mano. Tú, sí tú. Me diste el mejor ejemplo y siempre te estaré agradecida y te admiraré por ello aún más de lo que siempre lo he hecho y lo hago.
Ahora ha pasado el tiempo, y en algún lugar dentro de alguno de mis latidos, la ilusión lucha por salir en torrente y brillar como tú me enseñaste y por suerte a veces lo consigue.
Así es como termino esta carta por este año, pidiéndoos que siempre me permitáis tener muy presentes que los verdaderos regalos de la vida son siempre esos que no podrían comprarse nunca en ninguna parte y cuyo valor es incalculable y que verdaderamente son un regalo cuando se comparten y se convierten en algo todavía más bueno.
Supongo que algo de carbón me habré merecido sin duda también… pero por favor… traédmelo del dulce.
Hasta el año que viene mis queridos Reyes Magos y que llevéis buen viaje.