
Que me mueva la risa
Que me ponga canciones en el alma
Que me roce y me encienda
Que lo toque y me tiente
Que me llene de chocolates la gaveta,
y de estrellas la terraza.
Que me ame con todos los acentos.

Que me mueva la risa
Que me ponga canciones en el alma
Que me roce y me encienda
Que lo toque y me tiente
Que me llene de chocolates la gaveta,
y de estrellas la terraza.
Que me ame con todos los acentos.

Eso que llaman amor
para vivir…
Ocho mil kilómetros de nostalgia se han colado
por la misma ventana de la luna nueva.
El Ramadán y los cuatro años llegaron juntos,
como si necesitara un recordatorio de este ayuno de tus besos.
Y me he sentado al borde de la cama a mirar aquella foto en Casablanca
con tu mirada conquistando la ciudad, y tus labios de sal devorándome el alma.
Ocho mil kilómetros transoceánicos, y hoy solo quiero perderme en tu abrazo,
una vez más.
Aunque sea una vez más.

Una campanada.
Mi orgasmo es una campanada seguida de un río,
alrededor de tu erección,
de lo que queda de ella después del último compás.
Tú lo sabes, pero igual buscas esa confirmación
en la felicidad de mi sonrisa.
Y me preguntas,
aun a sabiendas de que toda la adrenalina se me escurrió,
poco a poco,
dentro de cada uno de tus besos,
en la jugosa humedad de tu mordida.
Mi orgasmo es una campanada rebelde y sin horario
cómplice de tu memoria muscular.
Lo mejor de las despedidas
es que tienen un «bis»
hasta el penúltimo gemido.

Una puede mentirse todo cuanto quiera,
pero no escapa.
Puede pararse en medio de la avenida y gritarle
a los zombis que ya no le importas,
que está exhausta de verte venir,
pero nunca llegar.
Una puede cerrar los oídos y taparse los ojos,
con la misma fuerza de voluntad retadora
que ha usado como aliada para no extrañar.
Puede incluso abrirse el pecho de un zarpazo
y hacerse añicos el corazón con su propio puño
hasta que el dolor lo desmaye.
Una puede hipnotizarse y creer que aquello es pasado.
Pero la verdad,
la cruda,
la que no se comparte,
es que entregaría todos sus poemas por verte aparecer,
atravesar la reja
postrar la cabeza entre sus piernas
y confesar.

Un cuerpo se despide de otro cuerpo
por partes,
y el mundo duele.
Un cuerpo dice adiós desde los besos
y se va, lento, desarmado, languideciente,
huérfano de abrazos.
Un cuerpo se marcha con su voz a escribir otros versos
lejos de la sordera y la ceguera.
Un cuerpo se va,
gritando en el silencio.

Me miras con ojos de gato en celo
y yo sé que tras ese segundo viene la pléyade de besos
con esa boca que me devora mientras la mía desciende pícaramente
hasta que mi garganta le da las buenas tardes a tu erección de las tres.
¡Las tres! Esa fue siempre nuestra hora.
La del primer orgasmo compartido,
la del antifaz,
la de las cuerdas atrevidas: la hora de «Lola», que murió-
y no la mataron como mal reza el refranero popular-
una tarde caliente de 1948, flechada de éxtasis.
Las tres… son las ocho- cuento mentalmente mientras tú me hablas de economía y política.
Te pones el sombrero, y te vas.
Las tres en La Habana son las ocho al otro lado del Atlántico.
Es mayo, pero hoy solo ha llovido dentro de mí.

«Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo
lo que me gusta de tu sexo es la boca
lo que me gusta de tu boca es la lengua
lo que me gusta de tu lengua es la palabra» (Cortázar)
Se abre el Malecón bajo mis pies
y tú sigues ahí, incólume,
aun con las mordidas del tiempo que han llegado para quedarse.
Abres tus manos y haces un remolino de mi cuello, que se entrega febril, cual si fuese el último domingo del siglo.
Traes, luz y poesía,
sensatez y lujuria
música, y silencio,
un silencio elocuente que evoca los sueños que te debes,
y que has visto en mis ojos.
La Habana no se resiste, y nos presta su olor,
pera que no te pierdas de regreso.
Para que siempre encuentres el camino hasta mí,
aun a las 12 de la noche.

Un día después de tu adiós, las llamas devoraron Matanzas,
y me dolieron-mucho-los cuerpos que jamás regresaron de ese exilio terrible
que es la muerte.
Pero más me arrasó tu ausencia abierta, abrazada a mi cama,
torturando a la taza de café, vacía,
que ya nunca más ha despertado en tu bandeja.
Y te grité cada noche a las 11, pero no me escuchaste
(O sí, pero no respondiste).
Y se me fue clavando la madrugada dentro, como la espina caprichosa de un cactus que se seca antes de florecer.
Escondí las canciones, las calles, y las fotos, junto a tu confesión preñada de nostalgia.
Se me desdibujaron tus besos, tu abrazo, tu mirada … Tu hueco de la espalda.
Dejé de escribir y de escuchar el pódcast de cada domingo.
Y justo cuando llegaba un soplo de luz
supe que mis recuerdos ya no son los preferidos en tu repisa.

El sol calienta en el hemisferio contrario
y mis ojos se pierden en el frío del pasillo.
No es viernes 13,
es martes y canto esa canción de invierno que ya sé de memoria
y que se deja seducir al son de la libertad.
Juego sedienta a que no te extraño
mientras me gritas en silencio que tenemos una partida pendiente,
la del descontrol, la que ella jamás comprenderá,
la de cada erección desafiante que me he tragado en cada esquina de la casa,
feliz de tu traición fecunda;
La de las ganas de tomarte hasta el infinito.
Te veo llegar.
De tus labios se configura un verbo, dos, tres.
Maldices la adicción que nos desarma y arrancas, de un tirón, la última pluma del cisne negro
que deja al descubierto la lírica sensual que llevo tatuada en mis entrañas.
Touché, ingeniero.
Faltan 14 días, para el último día de febrero.

Es mentira eso de que el dolor desaparece
La última voz
El último verso
La nostalgia, esa perra infernal
La deuda eterna de la libertad
Mis últimas señales
en una canción de invierno.
Esta mujer rebelde sin sombrero
desafiando la gravedad.
La última erección
perdida en mi nube.
La última palabra.
La última partida.
Una mariposa sin disciplina
volando desarmada,
hacia el infinito.
Una supernova
en primer plano.
Las últimas ganas
de tomar (te)
Carpe diem (en plural)
La última invitación
a encontrar la luz,
de casi todas las maneras.
El último puerto
la tregua inconmensurable.
El último domingo.
La última guerra (sin trofeo).
La última hache
El último día de febrero.
El último vuelo del cisne.