• «El misterio es lo que más amo, es el magnetismo de la vida, y me resulta maravilloso saber que de la mayoría de las cosas no conocemos absolutamente nada»
    —David Lynch

    Vampiro desnudo con guantes, tintipo sobre plata, 1864. Autor desconocido.

    En la ducha me asaltó una fastidiosa revelación: quizá nunca he buscado el amor. Tal vez jamás tuve la decencia de entregarme sin condiciones a hombre o mujer alguno, y por eso mismo tampoco sentí la urgencia de recibir nada a cambio. Puede que sea verdad. Puede que yo sea, simplemente, un egoísta con buen vocabulario.

    ¿Y todas esas relaciones, esas aventuras románticas? No las busqué por amor sino por el efecto secundario. Yo era adicto al enamoramiento. La sonrisa eufórica y estúpida del enamorado no la derrota ninguna marihuana. Y el orgasmo —con el cerebro empapado en oxitocina y la sangre saturada de adrenalina— era un argumento químico irrefutable. Cada abrazo, cada beso, cada mirada de tórtolos funcionaba como un chute breve de heroína. Pero no. Me desmentí enseguida. Yo sí he amado.

    La última vez que me enamoré casi me mató la decepción. Para seguir vivo tuve que eliminar toda evidencia: fotos, videos, contactos, amigos de amigos, empleos, ciudades, países. Olvidé tanto que, con el tiempo, ya no recordaba las palabras más básicas para comunicarme. Mi idioma había quedado reducido a una imagen dolorosa: ojos, labios, rostro, casa, cama. Todo mi vocabulario servía únicamente para nombrarla a ella. Las palabras también habían dejado de existir. Incluso palabras respetables —esternocleidomastoideo, otorrinolaringólogo, desoxirribonucleoproteína, esofagogastroduodenoscopia— escaparon de mi lengua.

    Ese tipo de deterioro no lo causa una enfermedad rara. Solo el amor.

  • Fernando Molano Vargas.

    Esta es una historia de amor, no una historia de maricas. Adán y Eva fueron expulsados del Edén, dice el Génesis, y con ellos empezó este desastre. “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Todo por una manzanita (in)significante, y hasta a mí me ha alcanzado esta cuenta. Yo pienso en sus hijos, en los varones. Abel aplastado por una piedra, Caín errante y maldecido, y los que vinieron después siguiéndose a golpes, matándose con entusiasmo, obedientes a la herencia. Qué desastre la historia de esta parejita original; qué mala semilla nos tocó. Entre tanto, algunos varones no se mataron, se amaron en secreto. Y eso tampoco gustó. Porque el amor entre hombres es fraterno, dicen, y desear a otro hombre entonces sería incesto, una abominación más entre tantos ascos. Entonces repugnante soy mientras reflexiono, pues, perdido me he hallado en los senderos torcidos que me llevan una y otra vez al pecho de mis hermanos. Gran decepción he sido para los padres de mis padres.

    ¿Por qué, Dios? ¿Por qué haces que me enamore de mis hermanos varones? ¿Por qué despiertas el deseo y luego lo declaras sospechoso, indecente, castigable? ¿En qué momento se te ocurrió este dolor que me brota de amar a otro hombre?  Ese amor que no estaba previsto, ese amor que no debería existir, ese amor que aprende a esconderse antes incluso de saber que existe. Para ti nada es oculto, eso también lo repiten, pero algo debió fallar, algo erraste en el diseño, porque no puedes exigir rectitud y sembrar el temblor. A veces pienso que no sabes lo que es esto. Que te hiciste hombre en Cristo Jesús, sí, pero no así. No con este cuerpo pretencioso. No con este deseo traicionero. No con esta obsesión que no se corrige ni elevando cantos hacia ti.

    Desde que dijiste hágase la luz —y todavía me pregunto cuál luz, porque el sol y las estrellas los creaste cuatro días después— y armaste tu jardincito con animalitos y flores, peces y arbustos, la parejita y el árbol, y luego de que nos sacaste a patadas de tu maqueta para mandarnos a comer cardos, después de tantos ríos de sangre de hermanos traicionados, aquí estoy yo, lidiando con mis hermanos prójimos y mis hermanos amantes. Yo sí puedo hablar de traiciones. Rápido me resigné, obstinado como tú, con este asunto de la traición. Yo no voy de víctima, lo sabes, me he entregado al amor varonil sin vergüenza. Adán y Eva también me sacaron a patadas de su jardincito artificial. Exilio del exilio. ¿Acaso los querías castigar aún más dándoles varones que entorpecieran su expansión? ¿Qué tengo que ver yo en este sabotaje? ¿No calculaste el daño que me harías? ¿Te ofrezco disculpa por su rebeldía? ¿Les imploro perdón por lo que tú has hecho de mí? ¡Doble culpa!

    Como he amado a un hombre, lo he dicho en voz alta, lo he publicado, y entonces los prójimos me llamaron a la sombra y, transformados en amantes, vinieron a contarme algo: codiciaban mi amor. Habían enloquecido encubiertamente por mi verbo. Declararon su deseo por mi cuerpo. De rodillas, como pordioseros desnutridos, se aferraron a mi miembro. Como abrían los ojos. Sorprendidos y alucinados por esa dura otredad. Habían descubierto un pene real en sus manos, el de ellos era ficticio. Pero estas súplicas por mi virilidad no superaban su ruego: ¡no se lo digas a nadie! Así se mueven por dentro, como Caín y Abel matándose una y otra vez, al son del dormir y el despertar.

    Sueno muy viejito y experimentado; pero hoy no soy más que un jovencito que nada sabe y nada podrá saber, salvo la pasión que un hombre despierta en su corazón. Una pasión que hoy se enfadó, se indignó y arremetió contra la Creación —y contra su creador—, y pensó en Fernando Molano Vargas y en Un beso de Dick, y en lo bonito del amor, y en cómo no dejan que dos jovencitos, en la cúspide de la belleza y la virilidad juvenil, se amen, se deseen y se disfruten. Ahí estoy yo, apretujado entre las frases poéticas de Molano. ¿No sería acaso yo feliz para siempre si el secreto, la culpa y la vergüenza no me hubiesen alejado de mi amor juvenil? Imagino a Molano, con su suave vocecita, como Felipe contándome su amor por Leonardo. Felipe y Leonardo no existen, pero no importa, porque yo soy ellos. Molano me cuenta y no lo supo. ¿O sí?

    Si no me hubiesen embaucado con ese cuento del amor fraternal, no habría sentido náuseas y deseo en la misma lengua con la que besaba a mi amor. A veces pienso que por eso besar a un hombre se siente raro al principio, como si el cuerpo dudara, como si la boca se preguntara si eso está bien. El beso del hermano. Algo así. Y no es asco exactamente; más bien una incomodidad, una náusea leve que se disipa si uno insiste. Dos muchachitos se aman porque no pueden amarse. Se aman rápido. Se aman con miedo. Se aman como si alguien los estuviera mirando. Como Felipe y Leonardo. ¡Pero se aman! Y es una historia de amor, no una historia de maricas; y esta historia de amor entre dos varones es la historia de todo amor imposible. Un amor original porque es pura creación. El amor impredecible que se abre paso contra toda profecía.

    ¿Historia de maricas? ¿Será por eso que, cuando alguien hace el ridículo o dice cosas sin sentido, le dicen no haga maricadas? ¿El amor marica es una maricada? ¡Es amor! ¡Y qué amor!

    Un beso de Dick es una historia de amor. Yo pensaba en mi historia y terminé pensando en la de Felipe y Leonardo y también en Fernando. La de ellos es la mía. Fernando Molano Vargas: El escritor. El poeta bogotano. Bellos poemas desliza en el cándido monólogo de Felipe. La poesía ocurre en su tierna obstinación «De verdad: lo que yo más quisiera es sacar a Hugo del cementerio y abrazarlo. Así: con todos sus gusanos. Para que él sepa que yo lo quiero. Todavía…Pero ¿para qué? Si él ya no va a sentirlo.» Ve la poesía en el mundo, es solo un muchachito enamorado: «La luna cuando está delgada, como los ojos cuando están dormidos». Es poeta y no lo sabe, para él, el poeta es su amado. Dos hombres que se aman, dos poetas inspirados en el otro «Y entonces, cuando uno habla de un partido, uno como que vuelve a ponerse contento o de mal genio, como cuando lo estaba jugando. Pero uno nunca habla de la técnica, ni nada; sino de la emoción. Y yo quería eso: hablar de un poema, pero no de su forma, y casi ni de su contenido; sino de la emoción que yo siento con un poema…»; «En cambio, en el final me volvió a gustar lo de unos ojos que no ven, pero que miran y aman: eso es una contradicción. Pero esa contradicción de no ver y mirar, ahí al lado de la palabra amar, a mí me hizo pensar en el momento cuando uno cierra los ojos para dar un beso, y uno como que puede ver al otro por los labios y no por los ojos» El beso como forma de conocimiento. Cerrar los ojos para ver mejor. El amor es un sentido nuevo, un órgano imprevisto. Tan joven y ya sabe amar. Desvela el secreto de la idea del amor, la gran idea de donde surgen las grandes ideas. El intelectual no le teme al amor. «Cuando él se murió a mí me dieron ganas de morirme con él.
    Porque él se iba a ir solo. Eso era lo que más me dolía. Dios debería matarlo a uno con dos o tres amigos para no irse uno tan solo. Yo sí me hubiera muerto con Hugo… Lo malo es que, si me hubiera muerto, no me habría enamorado de Leonardo. Ni siquiera lo habría conocido. Mejor dicho: no estaría vivo. Lo malo de morirse es que uno ya no va a estar vivo. Eso es lo más malo… Claro que yo pienso: ¿de qué me sirve estar vivo si mi vida no es mía?»
    Y también es filósofo «La vida siempre está aquí, mi frío siempre va a seguir aquí. Siempre…»; «Pero yo digo: cómo podría enamorarme de Libia, si yo vivía enamorado de Leonardo… Esta vida es tan rara: ¿por qué se enamorará uno de alguien?»; «¿Por qué tendré solo deseos de él? Como si no hubiera más nadie a quien desear…»; «Yo solo me enamoré de él… Y es tan raro eso: cómo se le va metiendo a uno el amor así: como a escondidas, despacio: como si fuera a doler.»

    Leonardo es el poeta que enamora a nuestro tierno narrador: «El otro día me dijo…que sería bonito una historia de amor muda: porque el amor no tiene ruidos, me dijo.» Y de pronto, el arte, la pintura, el amor y el miedo se vuelven una sola cosa:

    «… las rocas, y sentir que no es uno el que las mira, sino que son ellas las que nos miran a nosotros. Y entonces dice que él ha sentido lo que dice el poema: que esas mujeres de las rocas, ahí tranquilas como están, nos miran con pesar y con amor, a nosotros y a las desgracias que nos pasan… ¿Por qué dirá esas cosas Leonardo?…pensar que cuando uno se enamora es como estar en esa pintura de las rocas. Porque el mundo sigue triste, y la gente se mata, y hay gente que lo odia a uno… O sea, todo sigue igual de mal; pero uno se enamora, y se enamora alguien de uno… y eso es como estar en un lugar como ese: donde a uno lo alumbra el sol como a esas figuras de las rocas. Y allí uno puede estar tranquilo y no tener miedo… “Claro que uno se enamora y también se siente miedo…: de que al otro el amor se le acabe…, o que se vaya, o que se lo lleven, y uno otra vez quede solo, y todo oscuro…»

    Pero el mundo vuelve. La ley habla. Retornan las frases del destierro:

    —«Es que no se puede ser feliz con quien no se debe.»

    —«¿Pero por… por qué no se debe, pa?»

    —«¡Porque todo tiene un orden, Felipe! Un pájaro no se puede enamorar de un gato; ¿cómo puede ser feliz con un gato?!»

    —«¿Un pájaro?!: por Dios…»

    —«A su edad no se pueden entender… Además, uno no se enamora a esa edad.»

    —«Pero usted y ma…»

    —«¡Sí, ya sé! Pero es distinto.»

    —«…»
    —«¡¿Usted sabe de quién se enamoró ese muchacho?!»

    —«…»

    —«Él no se enamoró de un gato.»

    En el diálogo Molaniano hay silencios, muchos silencios. ¡Que no se dice mientras se dice! Esos silencios se sienten. Lo alcanzan a uno. Lo paralizan. Uno se vuelve ese silencio. Molano es un genio. Ironía poética:

    —«No sé. Es que a usted me lo sé de memoria. Todo lo suyo me lo sé.»

    —«Olvídeme.»

    El amor imposible encuentra su combustible y su comburente en el secreto, el anonimato y la intriga. Una reacción explosiva. Deflagración. «Perder con Leonardo es muy rico: porque ahora que me tumba me coge a besos. Y nos besamos mucho. Y no se nos da nada que el celador nos pille y nos grite “Maricones”…» Pero el residuo es la culpa, un veneno lento que termina por aniquilar al amado. Los amantes clandestinos hablan en claves invisibles. Una mirada insolente quiere decir te extraño, no sabes cuánto. Dar la espalda equivale a te necesito esta noche. Un buenos días encierra un anoche soñé contigo. Un lenguaje infantil, ingenuo. «Inocente con todo lo que nos está prohibido, y me maravillé de las cosas que uno puede esconder bajo las bromas.»

    Con Felipe y Leonardo me excité como ellos se excitaban. Qué erótico es amar; el cuerpo se expande, se llena de cosquillas, y el corazón parece descender. El miembro late porque ama. Saber amar se impone a la imagen pornográfica. Quien ama puede percibir la sensualidad del mundo. «Pero abrazarlo muy largo para poder pensar despacio: «lo tengo abrazado»»; «Leonardo es moreno, pienso, pero también se le marca la sombra de los pantaloncillos en la piel: ayer tuve sus pantaloncillos en mi boca: ¡qué delicia!: solo con recordarlo me da sed y corrientazos en la espalda: mejor me compro otra gaseosa: qué vicio.»;  «Y él se boga un sorbo grandísimo: se le enrojecen los ojos, y se le encharcan, y… ¡maldición!: yo siento por debajo de los brazos, o atrás por mi cuello, que él es el muchacho más hermoso que yo haya visto…» La imaginación enamorada todo lo erotiza, «Me entran deseos de ir a acariciarlo: al menos acariciar su asiento, me digo.»; «Me quedo pensando que cuando Leonardo regrese se sentará sobre mi beso: al menos.»; «También son suaves los de Leonardo (los labios), pero son más carnositos. Y es distinto un beso de Leonardo a un beso de Libia. Claro que… Libia nunca me dio un beso, ahora que recuerdo: yo siempre la besé a ella…» El morbo amoroso conserva inocencia. «Dios debe estar mirándonos desde arriba: como un espejo en el techo. Pero Leonardo me abraza. Así no se siente miedo…»; «Entonces yo lo miré a la cara, y a mí me pareció que su cara era linda, y pensé en su culo y le dije de una que él también estaba muy bueno. Y a él le dio mucha risa.»; «…que se la chupe; y a mí me encanta: porque él me coge duro del pelo y yo me siento como si fuera de él… Pero cuando recuesto la cabeza sobre su vientre, y me quedo chupándosela, es más bonito: porque así yo le veo las piernas hacia abajo, y él las mueve y las recoge, como en una cámara lenta. Y eso da muchas ganas de acariciárselas…».

    Así llevé mi amor de jovencito: oculto e inflamado. En la calle éramos apenas compinches; a puerta cerrada, sucedía lo inimaginable. Gemidos de un hombre cuando otro hombre lo acaricia, el tintinear de las hebillas , el descenso lento de las cremalleras. Sonidos de pecado. «El ruido de la ropa también se escucha: los pantalones son un escándalo si uno mueve las piernas para que no se duerman debajo de las piernas…» El secreto pesa. Asfixia. Es una agonía silenciosa. Todo esto ocurre porque
    «Yo solo me enamoré de él… Y es tan raro eso: cómo se le va metiendo a uno el amor así: como a escondidas, despacio: como si fuera a doler.»

    Me escucho, y escucho a Fernando Molano:

    —«No me deje ir.»

    —No, Fernando: tú nunca te irás.

  • Caravaggio, San Francisco en éxtasis, 1596.

    —…le encontraron esta carta en el bolsillo de la chaqueta:

    Me reclamas que te he olvidado, que no te recuerdo. Piensas mal. ¿Qué tienen que ver los recuerdos con el olvido? En algo tienes razón, no te recuerdo. Los recuerdos aparecen cuando alguien ya no cabe cerca. A ti te he dejado ser en mí.

    Ignoras las veces que has guiado mis pasos, que has sido tú quien ha tomado las decisiones y me ha salvado. Porque tú sí sabes lo que me conviene. Siempre busqué tu pecho y postraba el oído sobre tu corazón. Qué hermoso suena tu corazón. Oír tu vida. Oír el amor.

    Dicen que el amor es ciego. Yo creo en el amor que escucha. El amor que cierra los ojos para ver por dentro. Mis latidos se sincronizaron con los tuyos.

    Te desespera no saber qué soy para ti: ni tu amigo, ni tu amante, ni tu pareja. ¿Acaso los amigos se la meten, se tragan las babas, se bañan juntos? ¿Los amantes se aman sin medida? No soy tu pareja porque temes. Temes que pueda pudrirme dentro de ti.

    Por eso me evocarás hasta tu último día, mientras yo te invoco. Tú y yo. Somos.

    Sé que me has escuchado decir una y otra vez que no vuelvo si me marcho. Que soy radical. Que la mayoría de las personas que han pasado por mi vida no volverán a verme: familiares, amigos, conocidos, colegas. Que le he dicho a mi madre que, si fallezco primero que ella, no me entierre; que no deseo tumba ni funeral; que no avise, que no pretenda frenar el mundo. Que me creme al séptimo día y lance mis cenizas al mar.

    Me niego a recibir mis primeras flores justamente el día de mi muerte.

    Pero no temas, tú no eres ellos. Estamos eclipsados. Cuando te desconozcas y seas un mendigo en el mundo, solo yo podré reconocerte, como Ulises y Argos. Cuando pierdas la fuerza de tus manos, yo te guiaré. Te prestaré mis ojos y mi aliento.

    Este amor es ignoto. No podrá esfumarse ni siquiera si ambos perecemos. Mientras uno siga llevará al otro.

    No hay distancia.

    —¿Lo extrañas?

    —…
    —¿No?
    —Sigo vivo. Estás.

  • Pieter Brueghel el Viejo, Juegos de niños, 1560.

    Allá en mi tierra los niños tienen un solo sueño: «comprarle una casa a mi mamá». Entre brincos y juguetitos ya se saben adultos, muy sabiondos. Nada los saca del sendero de esa promesa sagrada. Compiten por las mejores calificaciones, cruzan la escuela, llegan a la universidad, cuelgan títulos en paredes ajenas. Consiguen un trabajo. El medio para cumplir la gran añoranza de su vida.

    Luego el amor los sorprende desde afuera. Les encuentra agotados. Llega entonces el momento agrio de elegir: la casa para mamá o el hogar para los hijos. En silencio quiebran la promesa y arrastran sus fragmentos como lastre. Descubren que las promesas son indestructibles, insolubles en el tiempo. Caen en desgracia. La vida se arruga. Todo se vuelve rutina. Una larga noche. Envían a sus hijos a la escuela. Allí las maestras los interrogan:

    —Niño, ¿cuál es tu sueño? ¿Deseas ser como tu padre cuando crezcas?

    —No. Mi único sueño es comprarle una casa a mi mamá.

  • Michael Wolgemut, La danza de la muerte, 1493.

    —Ufff… ¿qué fue todo eso que me hiciste? Nunca había sentido algo así. En un momento sentí miedo. ¿Tienes algún complejo de hombre lobo? ¿O una desviación caníbal?

    —No. Si fuera caníbal, tú —especialmente tú, con ese aroma que desprende tu cuerpo— no estarías haciéndome esa pregunta ahora.

    —Pero eres raro. Es que… los huesos. No sé.

    —Mira: los huesos están recubiertos por una membrana fina e inervada llamada periostio. Por eso duelen cuando te golpeas con una mesa o contra un muro. Es extremadamente sensible; el dolor que produce es desproporcionado en comparación con otras zonas del cuerpo. Y cuando un hueso se fractura, el dolor puede ser insoportable. Toda parte del cuerpo donde converge una red nerviosa compleja genera dolor intenso, pero también posee el potencial de producir placer.

    —¿Y cómo sabe uno cuándo es placer y cuándo es dolor?

    —Casi nunca se sabe con exactitud. Es una superposición sensorial, depende de la presión ejercida y de la sugestión psicológica del momento. Cuando se estimulan estas zonas, algunas personas experimentan un dolor placentero. No hay una manera precisa de explicarlo. Las palabras no fueron hechas para descifrar el placer erótico; siempre se quedan cortas.

    —Ajá… ¿y entonces qué pasa con los huesos?

    —Lo que sentiste depende de cómo se estimule el periostio —o el hueso mismo—. Con los dedos no se logra casi nada, son blandos, la presión es insuficiente. Los dedos funcionan mejor en zonas suaves, como los pechos, las caderas y el abdomen. Por eso se usan los dientes. La mandíbula puede ejercer la presión adecuada para alcanzar ese punto crítico que provoca una descarga eléctrica en los nervios, que se irradia por todo el cuerpo. Pero para que funcione, el cuerpo ya debe estar excitado, muy excitado. Si empezara a morderte sin ese estado previo, huirías por pánico… y con un posible trauma. Te mandaría al psicólogo.

    —Es raro. Nunca me lo habían hecho.

    —La gente ve demasiado porno.

    —Dime más…

    —El secreto es estimular el cuerpo de todas las maneras posibles. Al volterate, el peso de mi cuerpo y el contacto de mi pecho cálido con tu espalda te colocan en una posición vulnerable. Eso te excita: sentir que te estoy dominando. Mientras mi glande rozaba tu ano, como si pulsara un botón, levantaste el culo y arqueaste la espalda. La descarga de placer te hizo exponer la corona del cráneo. Cuando la mordí, tu piel se erizó por completo. Sentí cómo la sacudida recorría tu cuerpo entero; aullaste. Tú ano atrapó el estímulo y se dilató. Percibí cómo mi glande entraba apenas.

    —También lo hiciste cerca de la oreja.

    —Sí. La idea no es la sobreestimulación de un solo punto, eso induce al dolor. Esa zona es aún más sensible, el mastoideo. Después pude penetrarte por completo.

    —!Tramposo! Jaja. Nunca lo había hecho por ahí. Pero me gustó. Fue raro. Me dolía y, al mismo tiempo, quería más. Me desarmaste. También tenía miedo; pensaba que ibas a herirme, que eras un enfermo. Se me cruzaban imágenes de que me degollarías a mordiscos.

    —Es normal. Estabas en una posición vulnerable. Tu instinto te enviaba señales, estabas cediendo demasiado, acercándote a un estado de indefensión total. Pero otra parte de tu cerebro encontraba placer en la sugestión, la idea de entregarte por completo y, en esa entrega, dominar al dominador.

    —Me excita cómo dices estas cosas, pero me duele el cuerpo —ja.

    —La mayoría de las personas no exploran el cuerpo por miedo a la sumisión. Creen que al dejarse hacer cosas se humillan, que serán usadas, despojadas de su dignidad, que el dominador luego se burlará o utilizará esa experiencia como chantaje o escarnio público. A eso se suma el instinto. ¿Sabes? Los hombres tienen un impulso más agreste, pero cuando el placer se impone al prejuicio y al instinto, ceden con mucha más facilidad que las mujeres.

    —Sí… y a muchos les gusta más por ahí, por la próstata. Eso ya lo sabe todo el mundo. Pero a mí me gustó más que me mordieras las canillas y las rodillas. Es tan extraño…

    —Esos puntos son más difíciles de estimular. Creo que hay algo de azar en dar con el punto exacto de descarga. Por eso siempre debe haber estimulación genital, es una superposición de placeres.

    —Y cuando me lamiste la planta del pie mientras me dabas… creo que lloré. Nunca había sentido placer en las costillas. Sentía cosquillas, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que estabas más profundo en mí.

    —Las cosquillas son mucho más sensibles y también más riesgosas. Si haces reír a la otra persona, rompes el trance erótico. Tenemos muchos sensores en la piel. En las zonas más velludas, como la ingle y las axilas, se generan estímulos particulares, cosquilleos erizantes. La inhibición existe porque esas áreas se asocian al desaseo; la sensación del vello en la lengua o en la boca puede provocar repulsión. Pero también pueden producir una excitación intensa y mucha sugestión, sobre todo por los olores. Son zonas que regulan el calor y sudan con facilidad.

    —Quedé en shock cuando te atreviste a lamerme la axila y luego meterme la lengua hasta la garganta.

    —Lo que diferencia a hombres y mujeres son los genitales, la forma de los pechos y algunos puntos erógenos. Pero ambos tienen esqueleto, ano y piel. Morder, lamer, acariciar. Con eso basta, ¿no crees?

    —Pero no puede ser con cualquiera. Da pánico. Se siente sucio… pero muy rico.

    —El placer de la piel está subestimado. Por ver tanto porno, la gente repite poses como robots; ir directo a la penetración, chupar, lamer: ¡Oh si baby! ¡Oh Si! ¡Oh Si! Cuando caminas, siempre estás en vertical; el único contacto de tu piel es con la ropa y el aire. Pero cuando te acuestas horizontalmente, la piel entra en contacto con el colchón, las sábanas, las cobijas. Esa presión entre la piel y la cama blanda estimula el cuerpo de forma placentera. Por eso el cuerpo se relaja y se induce el trance del sueño. Se allá complacido en la vulnerabilidad. Cuando despiertas, el cuerpo suele estar caliente, la piel más sensible. Y entre más te revuelcas, más placer experimentas. No sexual, claro, pero sí erótico, autoerótico.

    —Como los gatos.

    —Exacto. Los gatos tienen una piel mucho más sensible que la nuestra y se restriegan contra nuestros cuerpos para provocarse ese estímulo placentero. Se mueven lento, arqueados, igual que nosotros en la cama. Quien no aprende a acariciar otro cuerpo, no sabe acariciarse a sí mismo. El sexo suele ser muy egoísta, la gente va tras su placer y su orgullo. Dominar. Por eso les asustan estas experiencias, sentirse sumisos, vulnerables. Todo gira alrededor del poder. Incluso el sexo oral —que supuestamente es dar placer— muchas veces se practica por orgullo, por haber conquistado una zona prohibida. Es una estupidez…

    —Me gustó mucho, pero fue un placer raro. No sentí felicidad. Fue más bien placer crudo. Intensísimo.

    —No moralices el placer. Si buscas placer para sentirte feliz, terminas en la adicción, la dependencia o la obsesión. No me malinterpretes; no digo que debas buscar dolor ni practicar sadomasoquismo. Pero la lujuria no tiene nada que ver ni con la felicidad ni con la tristeza.

    —¿Eso crees?

    —Sí. Tú has venido por despecho. La última vez que estuviste aquí fue poco antes de empezar esa relación con Daniel. Hoy llamaste de la nada; tu voz estaba ronca, caída. Por más que intentaste disimularlo, no pudiste. Sabía que habías llorado, y mucho. Cuando llegaste, tu mirada te delató. Lo confirmó.

    —Siempre me ha excitado cómo te expresas… pero es la misma razón por la que te temo.

    —Lo siento. No sé hablar de otra manera. Pero me has confesado que nunca habías sentido estos placeres, y aun así los experimentaste con el corazón destrozado….

    —….

    —…uno se enamora de la inteligencia, de la mirada con la que el otro ordena el mundo y del lugar que nos concede en él. Quizás uno sea ese mundo. La inteligencia asusta; el amor también. Uno no es solo huesos electrificantes.

  • «Vivía a cierta distancia de su propio cuerpo, considerando sus propios actos con fría indiferencia.»

    James Joyce, «Un caso doloroso», Dublinenses

    Splendor Solis. Manuscrito iluminado, Harley MS 3496. c. 1532–1535. British Library, Londres

    Acabado el almuerzo, me dirigí al cuarto y, sintiéndome repleto y somnoliento, me recosté sin vacilar sobre la cama. Era poco más del mediodía. El cuarto ardía. El ventilador expulsaba un aire tibio y polvoriento.

    Con la cabeza apoyada en la almohada podía ver a mi madre, justo al frente, trapeando con desdén y fastidio. Observaba cómo el sudor le corría desde la frente y cómo intentaba secarlo torpemente con la manga de su blusa gastada. Yo cabeceaba, vencido por el sueño.

    En un parpadeo, mi madre se abalanzó sobre mi pecho. Sus senos aplastaron mi rostro. No podía moverme. Estaba completamente paralizado. Su cuerpo entorpecía mi respiración. Una lengua pálida, gruesa, de vaca, se abrió paso desde su boca entre dientes astillados. Sentía que era mi madre. Sabía que no lo era. Enrolló esa lengua escamosa alrededor de mi cuello. Me ahorcaba. Me estaba muriendo lentamente.

    En otro parpadeo salté de la cama. Tomé aire con desesperación, aspirando por la boca. Mi madre estaba nuevamente frente a la cama, con el trapero en la mano. Me miraba confundida, asustada.

    —¿Qué? ¿Qué? ¿Qué te pasa? —gritó.

    —Estabas sobre mí, ahorcándome, lamiéndome la cara —respondí con la voz aún ahogada.

    Replicó, irritada:

    —¿Yo? Yo no te estaba ahorcando. Yo estaba aquí, trapeando, nada más.

    Para la época en que fui emboscado por aquella pesadilla desagradable y retorcida, me hallaba sumido en una crisis depresiva aguda que, para mi desgracia, coexistía con un severo trastorno de apnea y parálisis del sueño. Durante más de un año no logré dormir de forma continua. La apnea del sueño puede originarse por múltiples causas, especialmente por obstrucciones de la vía aérea superior: desviaciones del tabique nasal, hipertrofia de cornetes o amígdalas, alteraciones en la anatomía mandibular, colapso de los tejidos blandos de la garganta durante el sueño, así como por trastornos neurológicos que afectan el control automático de la respiración. En algunos casos, el reflujo gastroesofágico puede agravar los episodios al inflamar o irritar la laringe.

    Las pausas respiratorias repetidas durante el sueño pueden provocar daño cardiovascular, deterioro cognitivo, alteraciones del sistema nervioso y, en casos extremos, la muerte del paciente. En este contexto aparece un fenómeno inquietante: la parálisis del sueño. Durante el descanso normal, el cerebro inhibe de forma temporal la comunicación entre las neuronas motoras y los músculos esqueléticos, un mecanismo que impide que el cuerpo actúe físicamente los sueños. Sin embargo, cuando el cerebro emerge parcialmente del sueño REM mientras el cuerpo permanece inmovilizado, la conciencia despierta queda atrapada en un cuerpo que no responde. En episodios de apnea, la interrupción prolongada de la respiración y la caída de la saturación de oxígeno activan señales de alarma en el cerebro. Este estado crítico puede intensificar la actividad onírica, generando pesadillas vívidas, opresivas, a menudo acompañadas de sensaciones de asfixia, presencia amenazante o ataque. El terror funciona como un estímulo extremo destinado a forzar el despertar, romper la inmovilidad y restablecer la respiración. Es una sacudida brutal del sistema nervioso para preservar la vida.

    En mi caso, tres tipos de pesadillas regresaban una y otra vez. Persecuciones policiales por calles desiertas que siempre terminaban al refugiarme en edificios oscuros, vacíos, vencidos por la decadencia. Persecuciones de una horda de indigentes armados con jeringas, que me alcanzaban y me pinchaban sin piedad, perforándome el cuerpo como si fuera un trapo viejo. Y las peores de todas: experiencias incestuosas.

    Agobiado por la recurrencia de esas escenas y alarmado por el desgaste de mi cuerpo y de mi mente, decidí investigar todas las causas y soluciones posibles. En esa etapa estaba desempleado, endeudado hasta el cuello, amenazado, y enfrentando la posibilidad real de no graduarme de mi pregrado por la misma ruina económica. Acababa de salir de una relación homosexual que oculté con celo, temiendo el escarnio, la exclusión familiar e incluso una agresión mortal. Cada mañana me hacía la misma pregunta: ¿qué se escondía en esas pesadillas lúcidas?, ¿qué significaban la persecución, los policías, los indigentes, las agujas, el incesto?

    Durante esos meses de desempleo y vagancia me entregué a la lectura como nunca en mi vida. Investigué con minucia las causas de la apnea y la parálisis del sueño, y estudié con obstinación la psicología transpersonal de Jung. No tardé en comprender que detrás de aquellos sueños se agazapaban viejos residuos: culpa, desamparo, impotencia, vergüenza, suciedad, pusilanimidad. Los desechos habituales de un hombre acorralado.

    Henry Fuseli, La pesadilla, 1781.

    Los sueños incestuosos tenían su origen en mi incapacidad de aceptar, con franqueza, mi amor por otro hombre. Al ocultar mi sexualidad y mis afectos, me hundía en la deshonestidad y la vergüenza. Sin advertirlo, degradaba el sexo hasta convertirlo en un acto sucio, abominable, repugnante. En la soledad y la frustración acumuladas por los desengaños y las distintas formas de violencia que atravesaron esa relación, terminé por doblegarme ante el dolor. La pasión era, para mí, apenas una convulsión impura. De ese modo, el cerebro me exhibía —crudo y simbólico— el costo de evadir mis sentimientos y deseos más hondos.

    Las persecuciones respondían a un complejo social arraigado en rumores, sospechas y malas intenciones, reales o imaginadas, de familiares y conocidos. Los murmullos y las burlas encendieron una guerra interior. Me sentía vigilado, perseguido, agredido. Tenía la certeza de que la sociedad me usaba como punto de comparación entre el éxito y el fracaso, y que, por supuesto, yo ocupaba el último peldaño de la escala. Las agujas eran las traiciones. Los indigentes, la forma en que me percibía a mí mismo. Estaba saturado de prejuicios. Todos fabricados por mi propia mente. Mi creatividad, vuelta contra mí.

    La primera estrategia fue dejar de victimizarme. Quitarle poder a cualquier ente externo. Incluso si existían amenazas, persecución u humillaciones, no podía permitirme el lujo de asumirme como víctima. Esa era la consigna: vigilar los sentimientos. ¿Cómo me siento ahora? ¿Qué ideas reverberan alrededor de este estado?

    Pronto resultó evidente que, al dormirme amedrentado, huía de la autoridad (la mía) y de aquello que la sociedad desprecia. Mi psique era un amasijo de prejuicios. Cada policía, cada indigente, cada aguja, cada familiar que aparecía en esas escenas era yo. Y solo yo.

    Rafał Olbiński. Magia de una opera. 2020.

    Alguna vez le preguntaron a Jiddu Krishnamurti por qué teníamos pesadillas. Respondió que su origen era el olvido de uno mismo, la ausencia de Ser. Al entretenernos con las inconsistencias del mundo, decía, se abre un vacío. ¿Y qué puede ser más terrorífico que sentirse nada?

    Esa nada se manifiesta en las imágenes del sueño como impotencia: la imposibilidad de actuar, de intervenir, de estar. Qué certero Krishnamurti. Mucho más espantoso que nos ocurran cosas es que no ocurra nada.

    Mi siguiente paso fue hacer las paces con mi realidad. Me enamoré de mi vagancia, de mi flojera. Las honré. Descubrí, recurriendo al pensamiento paradójico, que entre menos hacía, mejor me sentía. Así aprendí la utilidad de la inutilidad, la aceptación de lo inaceptable, el perdón de lo imperdonable. Me levantaba tarde. Me iba a un parque o a una esquina a leer. Caminaba la ciudad como un indigente. Me burlaba de quienes madrugaban para ir a la empresa o a la universidad. Sentía compasión por los niños rumbo a la escuela. Hacía barras en el parque, lagartijas junto al viejo colchón donde dormía.

    Comencé a darle valor a cada acto. Todo lo que hacía importaba. No hacer nada también era hacer algo. Y eso era importantísimo. Entre más hacía, más podía. Entre más podía, más poder sentía. La clave era poner atención. Estar presente. No distraído. Estando, sintiendo. Esa fue la fórmula para intervenir mi soñar. Siéndome seguro en mi condición de don nadie, no había ejército que pudiera perseguirme.

    Pero lo más importante que aprendí fue la entrega. Ver cada acto como una entrega. Estar ahí para los demás. Con mis zapatos rotos caminaba y visitaba a algunos amigos. Me acerqué más a mi familia, incluso a aquellos con quienes soñaba los actos más repugnantes. Me acerqué con honestidad, sin vergüenza de decirles que los quería, que los amaba. Me compadecí de cada uno de ellos. Como dice Elsy, los familiares son prójimos, no seres sagrados.

    Ayn Rand afirmaba que para decir “yo te amo” primero hay que poder decir “yo”, en alusión al reconocimiento inicial de uno mismo sin el cual es imposible reconocer al otro. Jesús le preguntó a Pedro: “¿Me amas?”. Pedro respondió: “Tú sabes que sí”. Anteponer el tú al yo. El amor siempre es entrega: uno en el otro. Pero para atreverse a decir “tú sabes que sí” se necesita una Imaginación feroz.

    En la última parálisis del sueño que experimenté, soñaba que caminaba por las calles del barrio de mi infancia. Atravesaba avenidas desiertas en plena noche. En el garaje de una casa había un indigente que reía y se masturbaba al mismo tiempo. Su risa era escandalosa, ensordecedora: ¡juajuajua, juajuajua, juajuajua! Esa era toda la escena. El hombre sucio, harapiento, sentado con las piernas cruzadas.

    Yo solo lo miraba. El pulso se me aceleraba. No podía moverme.

    De pronto dejó de reírse y me increpó:

    —Me llamo Javier. ¿Y tú cómo te llamas?

    Desperté.

    Evelyn Paul, Thot y el Gran Mago, 1925.

  • «Soy un hombre de muchos pesares»
    Odisea, XIX, 18

    De niño me enamoré de Liliana, esa niña hermosa de rostro de porcelana y labios de cereza. Mi mamá era amiga de la suya y me llevaba a visitarla casi todas las tardes. Hacíamos las tareas juntos, también coloreábamos. Nos llevaban al parque y siempre íbamos agarrados de la mano. Nuestras madres se reían y se comentaban: qué lindos los noviecitos. Le daba besos en la mejilla. También nos dábamos besos en la boca: besos de pececitos. Amor infantil, ingenuo, lleno de asombro.

    Repentinamente los senos de Liliana crecieron. Me dejó. Ya no era como yo. Quedé solo con mi infancia. No pude volver al parque ni usar los lápices de colores nunca más. Poco después mi virilidad se ensanchó y se alargó, se adornó con una frondosa vellosidad y mi voz cambió. Comprendí a Liliana. La perdoné. Con la tregua llegó el fin del amor infantil. Todos mis asombros se esfumaron para siempre.

    Nuestra primera vez fue mi primera vez. Hasta esa noche fui fiel al mismo cuerpo: las mismas curvas, los mismos senos, la misma piel suave y perfumada, la misma voz tierna. Tú aún no conocías la fidelidad. Aunque tu cuerpo ya se había calentado entre las sábanas de muchos caballeros y hombrecitos, todavía no habías amado.

    Te recogí en la esquina del edificio de Marlon. Subimos a su apartamento. Nos estaba esperando. Métanse al cuarto y hagan su cochinada rápido, que me quiero dormir, dijo. Así nos recibió. ¿Recuerdas? Nos encerramos y, aún de pie, comenzamos a besarnos. Nos mirábamos y sonreíamos con estupidez y picardía. Nos quitamos las camisetas uno al otro. Nos abrazamos. Sentí tu piel áspera contra la mía y el ardor de tu pecho encendiéndome.

    Tu mano atrapó mi bulto. Apretabas. Empuñabas. Besabas más rápido. Temblabas. Me desabotonaste el pantalón y yo terminé de quitármelo. Te quitaste los tuyos. Volviste a abrazarme y te aferraste a mi cabello. Nos rozamos a través de la tela de los calzoncillos. Fuiste el primero en desnudarte. Saltaste a la cama de Marlon y quedaste tendido como un sultán sobre ese horrible edredón vinotinto con encajes dorados. Marlon era ordinario. Una loca de malos gustos.

    Me mirabas hambriento. Me quité los calzoncillos con pudor. Apenado. Nunca un hombre me había visto desnudo. Te quedaste embobado ante mi erección. Marica, cómame, dijiste. Entré en la cama y quedamos atrapados en el cuerpo del otro. Te masturbé. Sentía miedo. Me lamiste de pies a cabeza y pronto entré en ti. Fuimos lentos. Te miraba a los ojos mientras te robaba besos y mordía tu cuello. No sabía que podía repetir con un hombre las mismas posturas que con una mujer. Eras torpe y apresurado al besar. Tuve que enseñarte. Eras brusco y errático con tus caricias. También eso te enseñe. No conocías la pasión ni la entrega. Sólo sabías consumir y desechar. Esa fue la primera vez que hiciste el amor.

    ¿Aún lo recuerdas, cierto? Esa noche inauguraste tu memoria.

    Las palabras enamoran, pero por su gratuidad se envilecen rápido. Mis primos son mujeriegos y machistas. Dicen que su secreto es la labia. Yo siempre me pregunté cuál es la labia del hombre desaliñado, descompuesto, sin imaginación. Me decían que no tenía labia. O que de seguro era marica.

    Yo sí me enamoraba. Sabía el poder de las palabras, el peso del silencio y la supremacía del humor. Quitarle el peso del mundo al otro, aunque fuera un instante. Hacer reír es hacer el amor. Todos llevamos fealdad y belleza en la cara. Se revelan en los extremos: en el llanto y en la risa. Aunque hay rostros que, llorando, se vuelven aún más bellos.

    Nunca aparecí con regalos. Prefería pedir que me pidieran. ¿Acaso poder pedir algo no es ya un regalo? Las personas son esquivas, intrigantes. Las palabras se han ido gastando. Son apenas el prólogo del verdadero lenguaje, el del cuerpo.

    Decir te amo no significa lo mismo para todos. Fingimos que sí. Nunca lo discutimos. Ahí empieza el problema. Tal vez la imposibilidad amorosa sea un problema de educación; como tirar labia o intentar, ingenuamente, decir lo que no se puede decir. El cuerpo, en cambio, no miente. El beso tibio. La caricia erizante. El olor. El sudor. El gemido. El suspiro. El temblor. Eso no necesita traducción.

    Pero llegar ahí asusta. Es tan difícil como lograr que un pájaro se pose en la palma de la mano o acariciar la melena de un león. Vivimos cazando, desdeñando la paciencia de la pesca.

    ¿Los hombres no se enamoran? Sí, los hombres se enamoran de las mujeres que los asustan. Esa labia los petrifica.

  • No me importa
    de qué va el sueño.

    Importa
    que me soñaste.

    Que todavía
    soy tu sueño.

    Yo estoy bien
    dentro de ti.

    Libre.
    Tú no tanto.

    Esclavo
    de tu propio esclavo,
    tu amor por mí.

    Soñarás.
    Volverás a decirlo.
    Pero no volverás.

    Yo aquí.
    Tú huyendo.

    Y sigues soñando
    conmigo.

    John William Waterhouse, Eco y Narciso, 1903.

  • Peter Paul Rubens, Hércules luchando contra el león de Nemea, ca. 1615

    4:00 a. m. Suena el despertador. Saltas de la cama. Preparas café mientras te das una ducha de recluta. Te cepillas los dientes. Sudadera. Te tomas el café de un trago. Botella de agua. Audífonos inalámbricos. Sales a la calle con la música al máximo. La energía se dispara.

    Llegas al gimnasio. Casi vacío. Cuatro viejitas y dos viejitos peleando por poleas sin peso. Trotas veinte minutos. Levantas a intensidad media. Doscientas abdominales. Terminas. Te hidratas. Sales disparado de regreso al apartamento.

    Te quitas la ropa sudada. Te quedas en ropa interior. Preparas el desayuno: ocho claras y una yema. Un aguacate. Un puñado de frutos rojos. Ganas bien. Eres soltero. La salud es cara. Otra ducha de recluta. Dejas que el cuerpo se seque con su propio calor. Te embadurnas de crema humectante. Te vistes: pantalón apretado, camisa ceñida a los músculos. Frente al espejo verificas el volumen del torso y la forma del culo. Devorás el desayuno.

    Acomodas las cuatro meriendas en la maleta térmica: pechuga cocida, aguacate, nueces, abundante ensalada verde. Pareces ganado. Todo quedó preparado desde el domingo, clasificado y sellado en la nevera. Te cepillas los dientes. Te perfumas.

    6:30 a. m. Sales. Llegas a la oficina. Saludas. Guardas las meriendas en el refrigerador de la empresa. Te sientas en tu escritorio. Empiezas a juzgar.

    María no tiene tetas.

    Juliana no tiene culo.

    Rodrigo parece un gusano.

    Miguel, un burro parado en dos patas.

    Te burlas de las barrigas de los heteros: parece media velada rellena de arena, parece vaca jugando yaces. Te sientes seguro, perfecto, satisfecho. Un sol en ese hueco.

    5:00 p. m. Se acabaron las meriendas. Se acabó la jornada. Te cepillas la boca. Sales directo al gimnasio. Está lleno. Tomas un energizante zero sugar. Cardio. Estiramiento. Hipertrofia. Te revientas hasta el fallo. Vomitas un poco. Te recompones. Te hidratas. Caminas de regreso al apartamento bebiendo un batido de proteína.

    8:00 p. m. Ducha tibia. Sigues con hambre. Calientas una pechugita. Ensalada.

    9:00 p. m. Te acuestas. No duermes. Tienes una erección. Estás excitado. Te masturbas sin eyacular. No te lo permites. Perderías fuerza. Caería la estamina. Llevas una semana así. Quieres sexo real.

    Instalas una app de citas para hombres. Subes una foto del cuerpo sin rostro, en calzoncillos.

    Información: Solo gente de gimnasio. Sean interesantes. Aseados, por favor.

    Te duermes.

    4:00 a. m. Alarma. Saltas de la cama. Revisas la aplicación. Cincuenta mensajes. Filtras. Bloqueas. Ignoras. Solo tres valen la pena. Inicias la rutina.

    Programas tres citas para el fin de semana.

    Viernes: Esteban.

    Sábado: Cristian.

    Domingo: Jorge.

    Tu vida es perfecta.

    Llega el fin de semana. Tres citas. Tres planes culturales.

    Viernes: cine.

    Sábado: museo.

    Domingo: centro histórico.

    Balance.

    Viernes: era el de las fotos, pero no era el de las fotos. Bloqueado.

    Sábado: no soportas su olor extraño. Algo anda mal en su cuerpo. Bloqueado.

    Domingo: te lo llevas a la cama. Buen sexo. Lo necesitabas. Es drogadicto. No sirve para pareja. Bloqueado.

    Desinstalas la aplicación. Te sientes sucio. Ruin y repugnante. Se quiebra el ciclo de autoestima. Vibras bajito. Juras no volver a instalarla.

    4:00 a. m. Alarma. Saltas de la cama. Frente al espejo notas que el abdomen bajo empieza a marcarse. Te excitas. Erección. Te das la vuelta. Miras el culo. Lo tensas. Se ve grande. De frente otra vez. Flexionas los brazos. Observas el tamaño de los bíceps. Las venas de los antebrazos.

    ¡Esto es lo que merezco: un hombre como yo! Te gritas.

    Pasan dos semanas. Vuelves a instalar la aplicación.

  • Peter Paul Rubens, El rapto de Ganimedes, 1636–1638.

    Desde que llegaste a la puerta de mi edificio me cautivó tu rostro. Supe de inmediato que traías mentiras. Y, aun así, me gustaste. ¿Cómo sabía que eras un mentiroso consumado, un estafador? Porque yo lo soy aún más. Más impostor. Descarado.

    No me dolió que me gustaras tanto ni que te atrevieras a viajar desde tan lejos solo para mentirme, robarme un beso, acariciar mi abdomen, tensar mis músculos y restregar tu pelvis contra la mía. Lo que dolía era mi autoengaño. Siempre actué. Quise que creyeras que yo creía. Que había caído en tus manos.

    Venías de una vida feliz, luminosa. Colmada de viajes, amigos y afectos incondicionales. Pero en mi cuartucho, en mi cama chillona, llorabas. Aquí te sentías libre, soltabas las piedras que cargabas en el pecho. Llorabas. Me decepcionó tu facilidad. Tu ligereza. Tan vulgar. Tu ignorancia del valor de una lágrima. Que las intercambiaras por acariciar mi rostro y sentir mi respiración calentarte el cuello.

    Ibas y venías como un turista del engaño, visitando mundos ajenos. Yo lo sabía todo. Reconozco la mirada de los embaucadores. Tengo un espejo. Me gustaba revolcarnos entre las cobijas. Nuestro pacto. El clímax de la farsa. La pasión de la falsedad. Dos cuerpos en un cuarto de un pueblo miserable, encajonado entre montañas. Anónimos. Fantasmas. Tú lejos de tu patria; yo, de la mía.

    Me encantas. No dejo de pensarte. Te quiero dentro de mí. Deseo ese dolor que solo tú sabes dar. Es la primera vez, decías. Créeme.

    Mentira.

    Por eso no estamos juntos. Tú no dejaste de mentirme. Yo tampoco de engañarme. ¿Te enamoraste? Yo también. Amor entre mentirosos. Amor entre hombres.