Aquí no se habla de vidas perfectas. Aquí se habla de caídas, duelos, cicatrices, amor y batallas ganadas a medias. Este es un blog sobre la vida tal como es: rota a veces, luminosa otras, pero siempre viva.
Escribo desde lo que soy.
Hay cosas que no pedí. No pedí perder a mi madre. No pedí una enfermedad que cambiara mi cuerpo y mi vida. No pedí que el mundo doliera tanto.
Y sin embargo, aquí estoy.
He renacido sin permiso, sin un manual, sin certezas. A veces con rabia, otras con amor, muchas con miedo. Pero siempre con la certeza de que vivir, incluso cuando cuesta, es una forma de resistencia.
Este blog nace como espacio propio. Un rincón para contar lo que me atraviesa, lo que me reconstruye, lo que me sostiene. No siempre tengo respuestas. A veces solo preguntas. Pero escribir es mi forma de seguir respirando.
Si llegaste hasta aquí, gracias. Espero que este espacio, aunque esté lleno de cicatrices, también tenga luz para ti.
Hay días que te lo recuerdan sin avisar. Hoy estás aquí, preparando un viaje, entrando en un museo, sentándote en un cine, subiéndote a un tren pensando simplemente en llegar. En volver a casa. En seguir con tu vida. Y en un momento, sin entender muy bien cómo, estás luchando por tu vida entre hierros, sirenas, miedo y nombres que dejan de ser titulares para convertirse en ausencias. La línea que separa la normalidad de la tragedia es tan fina que asusta. Por eso, cuando ocurre algo así, siempre pienso que lo único verdaderamente importante es una cosa: acompañar. Estar. Respetar. No son cifras. No son estadísticas. Son personas que hace unas horas tenían planes, mensajes pendientes, abrazos sin dar. Y, sin embargo, casi siempre aparece algo más. Aparece la prisa por señalar. Por convertir el dolor en arma. Por usar una tragedia como argumento, como consigna, como oportunidad. Y eso, además de injusto, es profundamente cruel.
Porque hay algo que nunca debería servir para fines partidistas: el sufrimiento ajeno. La muerte. El miedo de las familias que aún esperan noticias. Las responsabilidades llegarán. Las investigaciones deben hacerse. Las mejoras deben implementarse. Pero hay un tiempo que debería ser sagrado: el tiempo del duelo, del silencio, de la humanidad compartida. Quizá lo único honesto que podemos hacer hoy es esto: recordar lo frágiles que somos, acompañar a quienes han perdido, y no olvidar que mañana podríamos ser nosotros. Porque la vida, a veces, no se rompe con grandes discursos, sino en un segundo, en un trayecto cualquiera, en un lugar donde nadie pensaba que iba a despedirse.
🕯️ Descansen en paz quienes nos han dejado. Esperanza y apoyo para quienes luchan por recuperarse. ✨
Hablar de depresión también es una forma de cuidado. Hoy, 13 de enero, es el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión.
Y no quería dejar pasar este día sin escribir, aunque hacerlo nunca sea fácil. La depresión no siempre aparece de repente. Muchas veces llega después de un largo camino de cansancio, de silencios, de sostener demasiado. Después de ir acumulando golpes, pérdidas, responsabilidades y dolor sin apenas darnos cuenta de lo que eso va dejando dentro. En mi caso, la depresión llegó después de todo lo que venía arrastrando… y tras la muerte de mi madre. Y fue algo tan grande, tan profundo y tan horrible, que durante mucho tiempo me costó incluso ponerle nombre. No era solo tristeza. Era vacío, culpa, agotamiento, desconexión, miedo. Era no reconocerse y, aun así, tener que seguir funcionando. Por eso creo que es tan importante hablar de la depresión con honestidad. Sin romantizarla, pero también sin esconderla. Porque no es una debilidad, ni una exageración, ni algo que se solucione con frases bonitas o con “poner de tu parte”. Pedir ayuda es fundamental. Pero igual de fundamental es que esa ayuda exista, llegue y se adapte a cada persona. Porque no todas necesitamos lo mismo, ni en el mismo momento. La ayuda puede tomar muchas formas: apoyo profesional, tratamiento, escucha real, acompañamiento, comprensión, tiempo, cuidados. Y todas son válidas. La sociedad también tiene una responsabilidad aquí. No podemos seguir mirando hacia otro lado, ni minimizando, ni juzgando. No basta con decir que hay recursos si luego no son accesibles, suficientes o humanos. No basta con recomendar ayuda si después no sabemos sostener a quien la pide. Escribir esto hoy no es solo un acto personal. Es una forma de decir que la depresión existe, que duele y que se puede atravesar, pero nunca en soledad. Es una forma de tender la mano, de nombrar lo que a veces cuesta tanto decir en voz alta. Si estás pasando por algo parecido, no estás sola. Y si no lo estás, ojalá puedas ser parte de ese entorno que acompaña, que escucha y que no cuestiona. Hablar de depresión también es una forma de amor. Y de cuidado. Y de resistencia.
Este blog no ha estado vacío. Ha estado en pausa. A veces no se deja de escribir porque no haya nada que decir, sino porque todo ocurre a la vez y no cabe en palabras. Porque hay etapas que se viven hacia dentro, sin testigos, sin titulares, sin frases bonitas. Hoy vuelvo aquí sin grandes anuncios. Vuelvo porque puedo. Y porque quiero.
No siempre supe hacerlo bien. He aprendido a golpes que seguir adelante no significa estar bien, ni tenerlo claro, ni sentir fuerza todo el tiempo. A veces seguir es simplemente no abandonarse. Permanecer. Darse margen. Aceptar que hay procesos que no se pueden acelerar. Durante este silencio han cambiado cosas. Algunas se rompieron. Otras se recolocaron. Yo también. No soy la misma que escribió las últimas entradas, y eso no es una pérdida: es una consecuencia lógica de vivir. He entendido que la esperanza no siempre empuja; a veces sostiene. No grita, no promete, no deslumbra. Se queda. Y en esa quietud también hay futuro. Este espacio nació para contar renacimientos que no pedían permiso, y quizá hoy renacer sea esto: volver sin justificarse, sin hacer balance, sin necesidad de explicar cada ausencia. Escribir desde otro lugar. Más consciente. Más calmado. Más real. No sé cada cuánto volveremos a escribir. No quiero imponerme ritmos ni expectativas. Solo sé que este lugar sigue teniendo sentido. Y mientras lo tenga, aquí estaremos.
Ayer hice algo importante. Algo que llevaba semanas posponiendo. Ayer, por fin, junto a mi trabajadora social, hice el testamento vital.
No fue impulsivo. No fue desde el miedo. Y, sobre todo, no fue una rendición, aunque durante un tiempo así lo sentí.
Había algo dentro de mí que se resistía. Como si firmar ese documento fuera aceptar una derrota, como si adelantar decisiones difíciles significara perder la esperanza. Y no. No iba por ahí.
No es rendirse, es responsabilizarse.
La verdad es que no estaba evitando hacerlo por falta de claridad. Lo tenía claro desde hace tiempo. Lo que me costaba era el significado simbólico: mirar de frente algo que nadie quiere mirar.
Pero ayer entendí algo importante: hacer un testamento vital no es dejar de luchar, es decidir cómo quieres ser cuidada cuando ya no puedas decidir. Es poner palabras donde luego solo habría silencio, dudas y dolor.
Y sobre todo, es un acto de amor.
Testamento Vital
No quiero cargar a los míos.
No quiero que mi familia tenga que enfrentarse a decisiones imposibles. No quiero que tengan que adivinar qué habría querido yo. No quiero que el peso de ese momento recaiga sobre ellos.
Y especialmente, no quiero que ese peso recaiga sobre Leo cuando llegue el momento. Porque amar también es proteger, incluso cuando no estés. Porque cuidar no siempre es estar presente, a veces es dejar las cosas claras antes.
Ayer lo hice por ellos, sí. Pero también por mí. Por mi tranquilidad. Por mi manera de entender la dignidad.
Estaba lista.
Y lo más importante: ayer lo hice porque ya estaba lista.
No desde la prisa. No desde el miedo. Desde la calma que da tenerlo claro.
Hay decisiones que no se toman cuando todo va bien, sino cuando has pensado mucho, cuando has llorado, cuando has atravesado momentos duros y has entendido qué es importante para ti y qué no lo es.
Ayer no me rendí. Ayer me posicioné.
Hablar de esto también es necesario.
Seguimos tratando estos temas como tabú. Como si nombrarlos los hiciera más reales, más cercanos, más peligrosos. Pero no hablar de ellos no los evita, solo deja a otros con la carga cuando tú ya no puedes aligerarla.
Por eso escribo esto hoy. Porque normalizar estas decisiones también es una forma de cuidado colectivo. Porque pensar en el final no anula el presente. Porque seguir viviendo y decidir con conciencia pueden ir de la mano.
Renacer también es elegir con calma.
En Renacer sin permiso no todo es levantarse con fuerza. A veces renacer es sentarse, respirar hondo y tomar decisiones difíciles desde el amor.
Ayer lo hice. Y me quedé en paz.
No porque esté renunciando a nada, sino porque he decidido no dejar ciertas decisiones en manos del dolor, ni del caos, ni de quienes más quiero.
Hay algo que me pesa últimamente, quizá más que todo lo demás: tener que aparentar que estoy bien cuando por dentro estoy agotada. Porque sí, se me ve bien. La gente me lo dice. Pero la apariencia a veces es solo eso: una defensa, una máscara, un mecanismo para seguir adelante cuando lo que realmente me pide el cuerpo es parar.
Estoy cansada. Cansada de justificarme, cansada de sostener, cansada de que mi dolor se compare, se minimice o se dé por hecho que no puede ser tan grave porque sigo sonriendo en las fotos. Estoy agotada de que la gente hable sin saber, sin pensar, sin preguntarse ni un segundo qué hay detrás de lo que ven.
EL CANSANCIO QUE NO SE VE.
Hay un tipo de cansancio que no se soluciona durmiendo. Un cansancio que se cuela en los huesos, en los pensamientos, en la respiración. Un agotamiento emocional que no deja marca visible, pero que te acompaña a todas partes.
Lo que no se ve.
Y aun así, se espera de ti que sigas “como siempre”. Que respondas, que puedas, que estés disponible. Como si no estuvieras luchando por mantenerte en pie.
A veces me pregunto por qué nos obligamos tanto a estar bien. Por qué nos da miedo reconocer que no podemos más. Por qué nos exigimos sonreír cuando lo único que necesitamos es un abrazo o un respiro.
LA GENTE QUE PIDE SIN MIRAR.
Y está la otra parte: esa gente que pide, exige, demanda, como si estuvieras en tu mejor momento, como si tu vida estuviera en orden, como si tú no importaras. Gente que no mira, que no siente, que no pregunta. Solo pide.
Y ahí estoy yo, intentando responder aunque por dentro solo tenga ganas de desaparecer por un rato. A veces pienso que si dijera la verdad —que estoy agotada, que estoy rota, que ahora mismo no puedo dar más— ni siquiera sabrían qué hacer con esa información.
SENTIRSE VENCIDA… Y ACEPTARLO.
Estos días me siento vencida. No lo digo como una derrota definitiva, sino como una constatación honesta: no puedo con todo. Y está bien. De verdad, está bien no estar bien.
No hay nada de malo en reconocer que estás pasando un mal momento. No hay nada de malo en necesitar parar. No hay nada de malo en admitir que el mundo pesa más de lo que puedes cargar.
Lo que sí hace daño es la indiferencia de quienes prefieren creer que estás perfecta para no tener que enfrentarse a tu verdad.
RENACER TAMBIÉN ES PERMITIRSE CAER.
En Renacer sin permiso siempre hablo de reconstruirme, de salir adelante, pero hoy renacer significa otra cosa: permitirme caer sin sentir culpa. Permitirme estar mal. Permitirme descansar. Permitirme no tener respuestas, ni energía, ni fuerza.
Renacer, a veces, es dejarse vencer un rato para después poder levantarse mejor. Es decir: “No estoy bien, y no pasa nada”. Es reclamar el derecho a la vulnerabilidad sin que nadie te la discuta.
Hoy escribo esto no para que me entiendan, sino para ser honesta conmigo misma. Estoy cansada. Estoy agotada. Y no pasa nada. Es humano. Es real. Y también forma parte del camino.
Y cuando esté lista, cuando tenga fuerzas, cuando la vida vuelva a abrir un huequito de luz, renaceré otra vez. Sin prisa. Sin presión. Sin permiso.
Hoy Asturias vuelve a detenerse. Vuelve a llorar a dos mineros que no regresarán a casa. Y, como siempre que ocurre una tragedia así, algo dentro de mí se encoge y me devuelve a un recuerdo que jamás he podido —ni querido— borrar.
Narcea
Soy asturiana y vengo de familia minera. Crecí sabiendo que la mina no era solo un trabajo: era un destino incierto que cada día ponía a prueba a quienes bajaban al pozo y a quienes esperaban arriba. Y aunque yo era muy niña, hay un día que permanece intacto en mi memoria, como si hubiera ocurrido ayer.
Fue cuando mi padre tuvo un accidente en la mina de Samuño. No recuerdo la edad exacta, pero sí recuerdo el ambiente, el olor del miedo, ese silencio extraño que ocupa una casa cuando la incertidumbre se vuelve demasiado grande. Aquella mañana escuchamos en la radio que un minero había sufrido una caída por una rampla de no sé cuántos metros, y que se temía lo peor. Aún no sabíamos que se trataba de él. Pero el terror en la cara de mi madre fue suficiente para entender que algo grave estaba pasando. Ese gesto quedó grabado en mi infancia como una fotografía que no pierde nitidez.
Poco después, empezaron a llegar familiares, vecinos, gente que venía por si hacía falta algo, por si hacía falta sostenernos, o simplemente por no dejarnos solas ante una noticia que nadie quería recibir. Y aunque todo era confuso para mí y para mi hermana —éramos muy pequeñas—, el peso de la preocupación lo llenaba todo: las miradas, el aire, los pasos que iban y venían sin rumbo.
Al final, dentro de lo terrible, hubo un respiro. Mi padre estaba vivo. Había caído varios metros, sí, pero quedó enganchado en un costero y eso le salvó la vida. Las secuelas fueron durísimas: varias fracturas, dolencias que le acompañarían siempre, y muchos meses ingresado en el Sanatorio Adaro, aquel hospital que para tantas familias mineras fue el lugar donde se decidía la frontera entre el regreso y la despedida.
Pero volvió. Volvió con nosotras. Y con nosotras sigue.
Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en la mina, me toca un lugar que no sé poner en palabras sin volver a sentir esa niña que fui. Esa niña que aprendió demasiado pronto que la vida puede cambiar en un segundo, que el corazón puede detenerse sin previo aviso, que la espera puede ser insoportable.
Hoy dos familias asturianas están viviendo ese horror que mi familia rozó. Y me invade una mezcla de tristeza, rabia, respeto y una inmensa empatía por quienes ahora mismo están intentando aprender a respirar con un hueco que ya no podrá llenarse.
La mina es parte de nuestra historia, de nuestra identidad, de nuestras raíces. Pero también es parte de nuestras cicatrices colectivas. Cada accidente, cada derrumbe, cada nombre que se pierde bajo tierra deja una marca que no es solo familiar, sino de toda Asturias.
Por eso quiero enviar mi cariño, mi abrazo y toda mi solidaridad a las familias de los dos mineros fallecidos. A sus compañeros, a sus comunidades, a quienes hoy reviven miedos antiguos. Porque no todas las historias tienen un final de vuelta. Porque no todos los padres quedan enganchados a tiempo en un costero.
Y porque recordar también es honrar.
En Renacer sin permiso, este espacio desde el que intento reconstruirme y comprenderme, hoy también renace esa niña que fui. La que aprendió que el miedo puede paralizarte, pero también enseñarte a valorar lo esencial. La que supo, sin entenderlo del todo, que la vida no siempre pide permiso antes de cambiarlo todo.
Hoy escribo desde ella y por ellas: por las familias que esperan, por las que lloran y por las que nunca olvidan. Asturias nunca debería hacerlo.
Últimamente todo pesa demasiado. El cuerpo, la mente, los días que se arrastran sin ganas. Hace casi dos meses que apenas salgo, que no trabajo, que solo intento seguir, aunque no siempre encuentre fuerzas para hacerlo.
Y estos días, además, se han ido dos personas queridas. No éramos íntimos, pero formaron parte de mi vida, de distintos momentos que me marcaron. José Luis, amigo de infancia, compañero de colegio en La Barraca y en el Villar Limosnera, parte de esos recuerdos luminosos que guardo con ternura. Tino Brugos, compañero de lucha, una buena persona, comprometida, con convicciones y un gran corazón. Sus partidas me han removido por dentro, me han recordado lo frágil que es todo y lo poco preparados que estamos para decir adiós, incluso cuando hace tiempo que no compartimos el día a día.
Mi salud no está bien. Mi ánimo tampoco. Y, aun así, aquí sigo. Sigo gracias a tres personas que me sostienen cada día: mi marido,Maño, Feli y a mi pequeño Odín, que con su amor incondicional consigue arrancarme una sonrisa cuando todo parece derrumbarse.
No tengo grandes reflexiones ni palabras bonitas. Solo sé que, a veces, renacer sin permiso no es volver a empezar, sino simplemente seguir respirando. Seguir aquí, aunque duela, aunque el cuerpo pese, aunque el alma pida descanso.
Hoy no celebro nada, solo agradezco seguir. Y que, incluso en los días más oscuros, todavía haya manos y corazones que me sostienen.
Porque quizá eso sea lo que realmente significa renacer: no dejar que la oscuridad apague del todo la luz que aún nos queda dentro.
Estoy tan cansada. Cansada de todo y de todos. Cansada de intentar ser fuerte, de sostenerlo todo sin que se me note el temblor en las manos. Cansada de no poder bajar la guardia ni un solo segundo, porque cuando lo hago, todo parece desmoronarse.
Hay un tipo de cansancio que no se cura durmiendo. Ese que se te mete dentro y se instala en el alma. El que no duele en los músculos, sino en la cabeza, en el pecho, en ese lugar que nadie ve pero que pesa como una piedra.
Estoy cansada de fingir que estoy bien.
De responder “no pasa nada” cuando en realidad pasa todo. De seguir con el piloto automático porque si paro, me rompo. De tener que explicarme, justificarme, disimular mis caídas para no incomodar a nadie.
¿Hasta cuándo?
Hay días en los que me miro al espejo y no me reconozco. No porque haya cambiado por fuera, sino porque ya no sé quién soy debajo de tanta supervivencia. He aprendido a resistir tanto, que se me ha olvidado cómo era simplemente existir sin estar a la defensiva.
Hoy no quiero aprender nada. No quiero buscarle el sentido a lo que duele. No quiero pensar que “todo pasa” ni que “esto también me hará más fuerte”. Hoy no quiero ser ejemplo de nada, ni inspiración de nadie. Hoy solo quiero estar cansada.
Y dejar que el cansancio diga por mí lo que yo ya no puedo decir en voz alta. Que estoy harta. Que me duele. Que a veces la vida pesa demasiado.
No sé si mañana tendré más fuerzas. No sé si volveré a encontrar ese impulso que me hace seguir, pero hoy no quiero correr detrás de él. Hoy quiero quedarme quieta. Respirar. Sentir este cansancio sin culpa.
Porque aunque me duela admitirlo, también esto forma parte de mí: la mujer que se agota, que se apaga, que no puede con todo. La que se cae y se queda un rato en el suelo antes de volver a levantarse.
Quizás mañana vuelva la luz. Pero hoy no. Y también está bien.
A veces, los pasos más pequeños son los más grandes.
Hoy, por fin, pude hacerme esas pruebas tan necesarias. Puede parecer un trámite más, algo rutinario. Pero para mí no lo era. Durante mucho tiempo fue una meta casi inalcanzable, algo que la mayoría da por hecho y que, en mi caso, el vaginismo hacía imposible.
Este paso no habría sido posible sin la sensibilidad y el compromiso de Lidia Clara Rodríguez García, gerente del Área Sanitaria VIII, que abrió la puerta a un proceso adaptado y seguro para mí. Gracias a su implicación, se pudo organizar todo de manera que hoy ese “imposible” se convirtiera en realidad.
Y lo más bonito es que no hizo falta sedación. Lo conseguí gracias a la profesional que me atendió: una mujer que no solo hizo su trabajo con excelencia, sino que lo hizo con empatía, paciencia y humanidad. Se ocupó de mí y, sobre todo, se preocupó por mí.
Y eso, en un entorno donde tantas veces las mujeres nos sentimos vulnerables o juzgadas, es algo que marca la diferencia.
Gracias…!!!
No puedo evitar emocionarme al pensarlo. Porque cada gesto de comprensión, cada mirada tranquila, cada palabra amable durante la exploración fueron una forma de sanar un poco más.
Sé que esto no cambia el sistema, ni borra las experiencias difíciles. Pero demuestra que sí se puede: que cuando hay voluntad, empatía y coordinación, se puede hacer medicina con humanidad.
Hoy me quedo con esa sensación de alivio, de logro, de gratitud. Porque no fue solo una prueba médica. Fue un paso hacia adelante en mi historia personal y, ojalá, también en la de muchas otras mujeres que necesitan saber que hay esperanza. A veces, los pasos más pequeños son los más grandes.
Hace tiempo que no publico en redes. A veces el silencio no es falta de ganas, sino pura necesidad. Este fin de semana, sobre todo, no fue nada bueno. Me tocó cama, cama y más cama. Dolor, angustia… y ese cansancio tan extremo que no te deja ni levantarte para ir al baño o servirte un vaso de agua.
Podría decir que estoy acostumbrada, pero no sería verdad. Nunca se acostumbra una a que el cuerpo te obligue a parar, a quedarte quieta mientras el mundo sigue su ritmo. Y mientras tanto, el dolor se hace ruido de fondo. No grita, pero no calla. Está ahí, constante, recordándome que por mucho que lo intente, no siempre puedo.
Estos días también he recibido muchas llamadas y mensajes. Gente que me pregunta cómo estoy, que me vio por redes, que quiere saber de mí. Y lo agradezco, de verdad. Pero a veces, después del “¿cómo estás?”, viene el “oye, no podrías…” o el “necesitaba que…”.
No es que no quiera responder. Es que no tengo fuerzas. A quienes me escriben de corazón, gracias por estar. Si me dejan un mensaje, contestaré en cuanto pueda. Pero ahora mismo solo puedo con lo mío.
Hay días en los que resistir ya es bastante. Y aunque este fin de semana fue uno de esos, aquí estoy. Sin grandes palabras, sin energía, pero con la certeza de que, incluso en los peores días, sigo intentando renacer. Sin permiso, como siempre.
Gracias por seguir al otro lado, por leer incluso cuando el ruido del dolor intenta callarlo todo.
RENACER SIN PERMISO
Renací sin permiso. Sin plan. Pero aquí estoy. Contando lo vivido, lo sentido, lo que me sostiene.
Debe estar conectado para enviar un comentario.