Tras publicar sendas novelas cortas, «Emergence» y «Seeking», en las páginas de Analog (en 1981 y 1983), y recibir por ambas sendas nominaciones al premio Hugo (perdiendo respectivamente ante «El juego de Saturno», de Poul Anderson, y «Cascade point«, de Timothy Zhan), en 1984 David R. Palmer lanzó su primera novela, «Emergence», cuyas dos primeras partes eran esas novelas cortas. La obra completa, entonces, obtuvo una nominación al Hugo (además de ganar el Compton Crook y ser finalista al Philip K. Dick y al Locus de primera novela).
Tal grado de reconocimiento fue algo totalmente inusual pues las tres obras mencionadas fueron también las primeras publicaciones de Palmer (y si no lo ganó todo fue quizás porque ese mismo año debutaron dos grandes, Kim Stanley Robinson con «La playa salvaje y William Gibson nada menos que con «Neuromante«).
Más inusual aún para una obra de ciencia ficción, «Emergence» se estructura como una novela epistolar, pues se trata del diario (dividido en varios tomos), escrito con un lenguaje peculiar (que elimina toda redundancia y la mayor parte de los conectores: artículos, preposiciones, adverbios e incluso adjetivos), de Candy (Candidia Maria Smith-Foster), una niña de once años, superviviente a un holocausto atómico-biológico como integrante de la nueva especie Homo post-hominen (la siguiente fase de la evolución), con un intelecto de supergenio (CI superior a 200) y un loro de acompañante (su «hermano gemelo imbécil»).
Solo leyendo esta premisa saltan varias alarmas. Primero, el estilo peculiar que podría llegar a ser cargante y que requiere de cierto esfuerzo (o más bien atención) por parte del lector para descifrar el mensaje. Segundo, la gran dificultad del género epistolar para generar tensión sabiendo que todo se escribe a posteriori (hay un par de momentos en que cambia la autoría del escrito… aunque sin cambiar de tomo del diario y justificado por la narración). Tercero, el peligro de convertir a Candy en una marysue de manual (¿he mencionado ya que además es cinturón negro sexto dan de kárate?). Pese a todo, Palmer logra esquivar hábilmente todos esos escollos para ofrecer un periplo fascinante, no solo por un mundo postapocalíptico (por el fallecimiento del 999 ‰ de la población) sino por el futuro posthumano de nuestro linaje.
Así, Candy, pese a su inteligencia (y no hay nada más difícil que plasmar convincentemente un personaje más inteligente que tanto el lector como el autor), sigue poseyendo el desarrollo emocional de una niña preadolescente y, por muy elevada que sea su capacidad de racionalización, no puede dejar de incurrir en errores de juicio (derivados de sesgos cognitivos y falta de experiencia). El lenguaje ayuda. No solo te obliga a concentrarte, sino que al ir directo a lo relevante (incluso en las frecuentes digresiones de Candy), transmite una impresión de lógica bien estructurada, no carente por ello de sentimientos o empatía (el truco de muchos autores para vender un intelecto superior).
La cosa se complica cuando tenemos en cuenta que todos los personajes con los que nos encontramos son (casi) igual de inteligentes (pues los hominen, gracias a su sistema inmunitario superior, son los únicos supervivientes al holocausto). Pese a lo cual, Palmer logra dotarlos de rasgos distintivos. Esto, unido con el artificio de Candy de dirigir su escrito hacia una hipotética Posteridad (los historiadores del futuro), logra que un texto que en otras condiciones hubiera podido supurar frialdad se nos haga cercano y ameno.
Otro gran acierto de «Emergence» consiste en subvertir las expectativas. Si hubiera seguido el manual de toda buena trilogía (o, cuando menos, aspirante a trilogía), el volumen se hubiera centrado exclusivamente en el periplo de Candy (y sus eventuales acompañantes) en pos de reunirse con los suyos. Lejos de conformarse con tan poco, el libro imprime hacia su tercio final un giro que aborda el enfrentamiento subyacente (propio de la Guerra Fría, que después de todo se concibió en los ochenta), con elementos de novela de espías y trama de resolución técnica de problemas característica del hard (un hard blandito, todo sea dicho). Aprovechando, eso sí, para indagar un poco más en lo que significa ser Homo post-hominen y dejando abiertos desarrollos intrigantes para hipotéticos futuros libros.
En otras palabras, «Emergence» resulta una novela más que satisfactoria, que auguraba un gran futuro para David Palmer, quien, sin embargo, nunca llegó a consolidarse. Al año siguiente, publicó su segunda novela, «Treshold» (primera entrega de una proyectada trilogía de space opera), pero las secuelas de ambas, aun escritas con anterioridad, no aparecieron hasta décadas después («Tracking» para «Emergence», serializada en Analog en 2008 y en formato libro solo en 2019; y «Special education» para «Treshold», también en 2019, ambas en un sello de small press). Palmer tiene en su haber solo otra novela, «Schrödinger’s fisbree», aparecida en 2021 (décadas después de su escritura) en un sello aún más indie. Y punto. Nada más. Ni siquiera relatos.
Por cómo se describe, además, «Tracking» parece caer de lleno en algunas de las trampas descritas anteriormente como evitadas por «Emergence», transformando a Candy (todavía de once años) en una suerte de Arya Stark prodigio al rescate de su padre biológico cual ejército unipersonal. Con esto no quiero decir que no pueda ser amena, pero resulta una pena que al parecer no haya sabido construir sobre la originalidad del título original, porque es uno de esos que te hacen descubrir, incluso después de tantos años y tantas lecturas, que la ciencia ficción aún conserva la capacidad de sorprenderte.
Atención a la lista de finalistas del Hugo de aquel año. Como ganador casi indiscutible, «Neuromante«, de William Gibson, y como cofinalistas con «Emergence»: «Los árboles integrales» de Larry Niven, «Job, una comedia de justicia» de Robert A. Heinlein y «La guerra de la paz» de Vernor Vinge. Kim Stanley Robinson se alzó con el Locus de Primera Novela y Gibson les arrebató a ambos el Philip K. Dick.











































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