Emergence

•enero 15, 2026 • Deja un comentario

Tras publicar sendas novelas cortas, «Emergence» y «Seeking», en las páginas de Analog (en 1981 y 1983), y recibir por ambas sendas nominaciones al premio Hugo (perdiendo respectivamente ante «El juego de Saturno», de Poul Anderson, y «Cascade point«, de Timothy Zhan), en 1984 David R. Palmer lanzó su primera novela, «Emergence», cuyas dos primeras partes eran esas novelas cortas. La obra completa, entonces, obtuvo una nominación al Hugo (además de ganar el Compton Crook y ser finalista al Philip K. Dick y al Locus de primera novela).

Tal grado de reconocimiento fue algo totalmente inusual pues las tres obras mencionadas fueron también las primeras publicaciones de Palmer (y si no lo ganó todo fue quizás porque ese mismo año debutaron dos grandes, Kim Stanley Robinson con «La playa salvaje y William Gibson nada menos que con «Neuromante«).

Más inusual aún para una obra de ciencia ficción, «Emergence» se estructura como una novela epistolar, pues se trata del diario (dividido en varios tomos), escrito con un lenguaje peculiar (que elimina toda redundancia y la mayor parte de los conectores: artículos, preposiciones, adverbios e incluso adjetivos), de Candy (Candidia Maria Smith-Foster), una niña de once años, superviviente a un holocausto atómico-biológico como integrante de la nueva especie Homo post-hominen (la siguiente fase de la evolución), con un intelecto de supergenio (CI superior a 200) y un loro de acompañante (su «hermano gemelo imbécil»).

Solo leyendo esta premisa saltan varias alarmas. Primero, el estilo peculiar que podría llegar a ser cargante y que requiere de cierto esfuerzo (o más bien atención) por parte del lector para descifrar el mensaje. Segundo, la gran dificultad del género epistolar para generar tensión sabiendo que todo se escribe a posteriori (hay un par de momentos en que cambia la autoría del escrito… aunque sin cambiar de tomo del diario y justificado por la narración). Tercero, el peligro de convertir a Candy en una marysue de manual (¿he mencionado ya que además es cinturón negro sexto dan de kárate?). Pese a todo, Palmer logra esquivar hábilmente todos esos escollos para ofrecer un periplo fascinante, no solo por un mundo postapocalíptico (por el fallecimiento del 999 ‰ de la población) sino por el futuro posthumano de nuestro linaje.

Así, Candy, pese a su inteligencia (y no hay nada más difícil que plasmar convincentemente un personaje más inteligente que tanto el lector como el autor), sigue poseyendo el desarrollo emocional de una niña preadolescente y, por muy elevada que sea su capacidad de racionalización, no puede dejar de incurrir en errores de juicio (derivados de sesgos cognitivos y falta de experiencia). El lenguaje ayuda. No solo te obliga a concentrarte, sino que al ir directo a lo relevante (incluso en las frecuentes digresiones de Candy), transmite una impresión de lógica bien estructurada, no carente por ello de sentimientos o empatía (el truco de muchos autores para vender un intelecto superior).

La cosa se complica cuando tenemos en cuenta que todos los personajes con los que nos encontramos son (casi) igual de inteligentes (pues los hominen, gracias a su sistema inmunitario superior, son los únicos supervivientes al holocausto). Pese a lo cual, Palmer logra dotarlos de rasgos distintivos. Esto, unido con el artificio de Candy de dirigir su escrito hacia una hipotética Posteridad (los historiadores del futuro), logra que un texto que en otras condiciones hubiera podido supurar frialdad se nos haga cercano y ameno.

Otro gran acierto de «Emergence» consiste en subvertir las expectativas. Si hubiera seguido el manual de toda buena trilogía (o, cuando menos, aspirante a trilogía), el volumen se hubiera centrado exclusivamente en el periplo de Candy (y sus eventuales acompañantes) en pos de reunirse con los suyos. Lejos de conformarse con tan poco, el libro imprime hacia su tercio final un giro que aborda el enfrentamiento subyacente (propio de la Guerra Fría, que después de todo se concibió en los ochenta), con elementos de novela de espías y trama de resolución técnica de problemas característica del hard (un hard blandito, todo sea dicho). Aprovechando, eso sí, para indagar un poco más en lo que significa ser Homo post-hominen y dejando abiertos desarrollos intrigantes para hipotéticos futuros libros.

En otras palabras, «Emergence» resulta una novela más que satisfactoria, que auguraba un gran futuro para David Palmer, quien, sin embargo, nunca llegó a consolidarse. Al año siguiente, publicó su segunda novela, «Treshold» (primera entrega de una proyectada trilogía de space opera), pero las secuelas de ambas, aun escritas con anterioridad, no aparecieron hasta décadas después («Tracking» para «Emergence», serializada en Analog en 2008 y en formato libro solo en 2019; y «Special education» para «Treshold», también en 2019, ambas en un sello de small press). Palmer tiene en su haber solo otra novela, «Schrödinger’s fisbree», aparecida en 2021 (décadas después de su escritura) en un sello aún más indie. Y punto. Nada más. Ni siquiera relatos.

Por cómo se describe, además, «Tracking» parece caer de lleno en algunas de las trampas descritas anteriormente como evitadas por «Emergence», transformando a Candy (todavía de once años) en una suerte de Arya Stark prodigio al rescate de su padre biológico cual ejército unipersonal. Con esto no quiero decir que no pueda ser amena, pero resulta una pena que al parecer no haya sabido construir sobre la originalidad del título original, porque es uno de esos que te hacen descubrir, incluso después de tantos años y tantas lecturas, que la ciencia ficción aún conserva la capacidad de sorprenderte.

Atención a la lista de finalistas del Hugo de aquel año. Como ganador casi indiscutible, «Neuromante«, de William Gibson, y como cofinalistas con «Emergence»: «Los árboles integrales» de Larry Niven, «Job, una comedia de justicia» de Robert A. Heinlein y «La guerra de la paz» de Vernor Vinge. Kim Stanley Robinson se alzó con el Locus de Primera Novela y Gibson les arrebató a ambos el Philip K. Dick.

Diez y nueve

•enero 11, 2026 • 5 comentarios

Bueno, aquí estamos una vez más, sobreviviendo por los pelos para cumplir diecinueve añitos.

El 2025 empezó con fuerza, cumpliendo a rajatabla la previsión de una entrada por semana, pero a medida que fueron pasando los meses ese entusiasmo se enfrió un poco y, con otras responsabilidades reclamando su tiempo, he terminado salvando los dos últimos meses por los pelos. Aun así, han sido treinta y cinco entradas (treinta y seis, contando la del decimoctavo aniversario), de las cuales la mayor parte (34) han sido reseñas, lo que ha elevado el número total a 1.049. 

Como peculiaridad, ha sido además un año centrado sobre todo en autores nuevos (que no habían aparecido todavía en el blog), lo que ha elevado el número total de los mismos a 591 (si hubiera logrado mantener el ritmo, habría conseguido llegar a los 600, pero esos nueve que faltan ya los he leído, así que es cuestión de tiempo).

Por supuesto, la gran noticia del año ha sido el lanzamiento de Rescepto IndaTube, mi largamente prometido y por fin materializado desembarco en YouTube, que se ha saldado con resultados… ambiguos. A ver, en realidad ha sido por mi culpa. Tras un buen arranque, me he refrenado un poco. En parte por esas responsabilidades de las que hablaba, pero sobre todo porque hay algo en la fórmula que no me terminaba de satisfacer. Espero retomar en breve las grabaciones con un enfoque mejor afinado y tratar de mantener el ritmo, por no hablar de lograr el equilibrio entre canal, blog, servicios editoriales, escritura (sí, mi idea es retomar también esta faceta) talleres y demás.

No sé si vale mucho la pena hablar de números. Como viene siendo al norma, el número de visitantes ha experimentado otra (leve) caída (que quizás hubiera podido prevenirse con un tramo final más fuerte), que ha situado ya el número de vistas diarias por debajo de 100 (94). En todo caso, tampoco voy a quejarme de los casi 35.000 fieles visitantes.

Para este 2026 sigo sin marcarme objetivos concretos con respecto al blog. Intentaré recuperar, al menos parcialmente, la periodicidad, e incluso podría darle algún empujón para incluir reseñas que tengo pendientes (muchas de las cuales, creo, valen la pena). En el proceso, debería llegar sin problemas a la marca de los 600 autores (y más) y, con mucha suerte, rozar la de 1.100 reseñas. Las visitas deberían sobrepasar sin problemas el millón doscientas mil, pero sinceramente me preocupan más ahora las de Rescepto IndaTube.

No tengo mucho más que añadir. Pistoletazo de salida para una nueva temporada repleta de… bueno,  más de lo mismo; como para cambiar mucho a estas alturas. Gracias por seguir ahí y nos leemos, espero, en el vigésimo aniversario. 

Otros aniversarios:

Irontown blues

•diciembre 30, 2025 • 3 comentarios

El pasado día 10 falleció uno de los grandes, John Varley, a la edad de 78 años. Arrastraba problemas de salud como EPOC y diabetes, agravados tras una infección por Covid.

Aparte del notable reconocimiento crítico que cosechó (tres Hugos, dos Nebulas y diez Locus), cabría hablar de su estatus de pionero en el cambio que se obró a finales de los años setenta para recuperar los temas y escenarios de la Edad de Oro, asociados con los requerimientos estilísticos y la sensibilidad humana de la New Wave. En este sentido, destacaría la trilogía Geana, iniciada con «Titán» en 1979, pero sobre todo sus cuentos de entre la segunda mitad de los setenta y la primera de los ochenta (que, además, sirvieron de precursores en algunos casos para el Cyberpunk), recopilados en dos de las mejores antologías de la historia de la ciencia ficción: «La persistencia de la visión» y «Blue champagne».

Tras varios años intentando abrirse infructuosamente camino en Hollywood (el único de sus guiones que se llegó a producir fue «Milennium», basado en su relato «Secuestro aéreo», pero con resultados comerciales y artísticos pobres), en los noventa publicó sus libros más aclamados, pertenecientes al escenario de los Ocho Mundos, que había inaugurado en 1977 con «Y mañana serán clones«: «Playa de acero» (1992) y «El globo de oro» (1998). En el nuevo siglo, su relevancia cayó un tanto (no tanto su producción), con la serie tirando a juvenil del Trueno Rojo  y un par de aproximaciones al technothriller: «Mammoth» (2003), «Slow apocalypse» (2012). A partir de 2018, sin embargo, los problemas de salud cortaron en seco su producción.

«Irontown blues» fue su última novela publicada, en 2018, y no solo pertenece al escenario de los Ocho Mundos (los principales asentamientos del Sistema Solar en los que ha tenido que refugiarse la humanidad tras ser expulsada de la Tierra por una irresistible y enigmática civilización alienígena), sino que constituye una secuela directa de «Playa de acero», ambientada veinte años después del Gran Glitch que constituye el clímax de aquella.

El protagonista es Chris Bach, un antiguo policía de la Luna que tras lo sucesos que vivió en aquella ocasión se ha refugiado en una fantasía noir, reinventándose como investigador privado al estilo de los detectives de la novela negra clásica, llegando a adoptar incluso la estética y los manierismo de los años treinta. Como todo sabueso que se precie, Bach tiene un socio que actúa como su segundo, Sherlock, él sí literalmente un sabueso de los de cuatro patas, cibernéticamente mejorado, que se nos presenta de hecho como narrador de parte de la historia (por mediación de una traductora a la que le cuesta un tanto mantener el distanciamiento objetivo que se le presupone).

El arranque de la novela representa la clásica escena de la dama misteriosa en apuros, que acude a la agencia de Sherlock & Bach para que la ayuden a descubrir quién la ha contagiado con una extraña forma de lepra (algo insólito en una sociedad, varios siglos en el futuro, en el que la enfermedad ha sido totalmente erradica salvo como afectación estética no transmisible). Chris se compromete a resolver el caso, que pronto se revela como más retorcido de lo que aparentaba, por la desaparición de la elusiva clienta y porque todas las pistas apuntan a un mismo lugar: Irontown, los suburbios sin ley donde habitan criminales, heinlenitas y otros outsiders de la vibrante y multifacética sociedad lunar.

Ante todo, es un placer retornar al escenario de los Ocho Mundos, que constituyó en su momento toda una explosión creativa de libertarismo transhumano. Los habitantes del futuro de Varley, a efectos prácticos inmortales (salvo por asesinato o accidente de extrema gravedad), no están sujetos a prácticamente ninguna limitación económica, material o incluso biológica, pudiendo escoger su propio camino hacia la autorrealización entre una plétora de opciones limitadas tan solo por los derechos comunitarios. Lo cual no impide que haya inconformistas, como por un lado los heinlenitas, que reniegan incluso del amable control estatal ejercido antiguamente por el Ordenador Central (antes de que se volviera loco e intentara autoinmolarse), o también aquellos traumatizados como Chris, que desde el Gran Glitch rechaza cualquier tipo de implante neurológico.

Como suele ocurrir en la ciencia ficción, sin embargo, las aparentes utopías contienen a menudo un núcleo oscuro, y si en «Playa de acero» era la dependencia (todavía no superada del todo) del Ordenador Central, aquí Varley apunta a algo más consustancial al escenario, el sentimiento de exilio e indefensión comunal tras aquella lejana invasión alienígena que les robó el hogar y aniquiló al 99,9999% de la humanidad. No importa cuán brillante y dinámico sea el presente. Esa realidad es una sombra que se cierne no solo sobre el pasado, sino también, aunque nadie quiera reconocerlo abiertamente, sobre el futuro de la especie.

Así pues, la Luna (y Chris), con todos sus juegos, sus pantallas, sus fingimientos, no es sino un mecanismo de afrontación, una carrera desenfrenada hacia delante con tal de no tener que mirar hacia atrás. Todo lo cual contrasta, por supuesto, con el modo simple y directo con que Sherlock ve el mundo. Para él, lo único importante es su relación con αChris, luego vienen olfatear, comer, dormir y vivir, sin más preocupaciones.

Podría así decir que «Irontown blues» es quizás la novela de los Ochos Mundos más importante y de mayor calado. Por desgracia, no es la más redonda. Se nota un tanto apresurada, inconexa, con demasiados MacGuffins incluso para una novela negra y cierto apresuramiento que no nos deja paladear con tranquilidad la riqueza del escenario. También podría decirse que ha perdido parte de la osadía especulativa y la provocación que caracterizaban las primeras entregas. Supongo que es algo inevitable, pues el tiempo no pasa en vano. Hasta el heinlenismo casi militante de aquellas novelas (y algunas de las posteriores) se ha visto moderado con un asomo de bien necesitada autocrítica, aunque el mensaje subyacente de libertad individual y ruptura de las limitaciones impuestas sigue presente y con buena salud. Varley se permite incluso la humorada de referenciar soslayadamente el aspecto más polémico de «Puerta al verano», aunque de forma tan secundaria como inconsecuente.

Pese a todo, «Irontown blues» sigue siendo una novela más que entretenida, con personajes atractivos y un escenario que no dejaría de asombrar a quien no lo conociera previamente (eso sí, dadas las fuertes conexiones, es más que conveniente haber leído antes «Playa de acero» para disfrutar por completo de la historia) y que complacerá, si bien no revolucionará, a los veteranos. En cierto forma (incluso por extensión), constituye más un epílogo que ofrece una suerte de cierre abierto a los Ochos Mundos, que una adición que busque ampliar el escenario.

Una despedida pulcra y digna.

Gracias por todo y hasta siempre.

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John Varley (9 de agosto de 1947 – 10 de diciembre de 2025)

IN MEMORIAM

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Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Presentación de «Nucleogénesis/Déuteros», con Víctor Conde

•noviembre 8, 2025 • Deja un comentario

El pasado jueves emitimos en directo en Rescepto IndaTube una presentación del nuevo libro de Víctor Conde, «Nucleogénesis/Déuteros» (Apache Libros, 2025), y aprovechamos para hablar de su carrera, su visión de la literatura y muchas cosas más. Aquí podéis ver el vídeo grabado del evento:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

¡Vivir!

•octubre 22, 2025 • 2 comentarios

Tras diez años viviendo en los EE.UU., habiendo emigrado baja falsas pretensiones de la Rusia Soviética, Ayn Rand había cumplido por fin en 1936 su sueño de convertirse en autora publicada (aunque ya había vendido previamente algún que otro guion de cine y teatro) gracias a «Los que vivimos», un recuento semiautobiográfico de sus experiencias en su país de nacimiento tras la revolución bolchevique. Pese a una recepción inicial pobre, este logro la animó a abordar su siguiente trabajo, que sería una distopía futurista donde se plasmaría su filosofía, con la intención de venderla en el mercado de las revistas de género.

Al final, sin embargo, probó primero a instancias de su agente la ruta editorial tradicional, pero solo logró que aceptaran la novela corta en el Reino Unido, donde fue publicada en 1938 con críticas correctas pero resultados económicos igualmente limitados. Posteriores intentos de entrar en el mercado americano (ya fueran libros o revistas) fracasaron, hasta que a raíz del éxito de «El manantial» (1943), «¡Vivir!» («Anthem») vio la luz en los EE.UU. una edición revisada en un sello independiente gestionado por unos amigos. Por último, en 1953, llegó por fin al mercado pulp en el que sería el último número de Famous Fantastic Mysteries, reimpresa junto con «La metamorfosis» de Kafka.

La novela corta sigue la vida de un joven, Igualdad 7-2521, en una sociedad futura en la que han triunfado las ideas colectivistas y todo se rige, en teoría, bajo la guía de la más estricta equidad, hasta el punto de que no existen pronombres para destacar la individualidad, sino que todo es un nosotros, vosotros o ellos. Ya desde su infancia, a Igualdad 7-2521 le cuesta adaptarse a la estricta ortodoxia que rige a la colectividad y sus numerosas preguntas, nacidas de un anhelo genuino por aprender, le granjean fama de problemático.

Quizás por ello el consejo de Vocaciones le asigna al cumplir los veintiún años a la Casa de los Barrenderos, en vez de concederle su sueño de convertirse en aquello para lo que se siente especialmente preparado (una idea herética en sí misma, el considerarse superior en algo a los demás), que es ser un Estudioso. Pese a ese golpe, Igualdad 7-2521 trata de aceptar la decisión del Estado y amoldarse a su destino, hasta que dos acontecimientos lo ponen de nuevo en curso de colisión contra él: primero, conoce a una mujer, Libertad 5-3000, por la que se siente atraído (otra herejía, pues toda interacción hombre-mujer es un acto aséptico y programado); segundo, descubre un viejo refugio de los Tiempos Innominados, repleto de tecnología antigua que se propone investigar.

Como muchos de los héroes randianos posteriores, Igualdad 7-2521 es un espíritu libre, oprimido y limitado en sus capacidades naturales por una mediocre sociedad opresora, dispuesta a cualquier cosa por ahogar su brillantez bajo la masa indiferenciada de los inferiores. Claro que en «¡Vivir!» (o «Himno» en ediciones más recientes) cualquier leve asomo de insinuación o «sutileza» que puedan tener títulos como «El manantial» o «La rebelión de Atlas» destacan por su ausencia. Desde la elección de los nombres a la propia descripción de las instituciones del estado totalitario en el que se desarrolla la historia, todo grita desaforadamente la tesis de la novela corta, dejando nulo espacio para la interpretación del lector).

Eso sí, he de reconocer que la esperaba peor, más panfletaria (que lo es, pero solo en los dos capítulos finales, quizás también los más modificados en 1946). El caso es que «¡Vivir!» antecede por varios años la concreción del objetivismo randiano, así que en ella plasmó más bien su base ideológica, que por entonces tenía más que ver con el rechazo absoluto y frontal (me atrevería a añadir incluso que patológico) hacia el colectivismo (lo que la llevó a exaltar el individualismo y de ahí a desarrollar su tesis… o justificación, en pro del «egoísmo racional»).

A nivel literario, «¡Vivir!» es un texto bastante pobre y, sobre todo, un plagio más que evidente de «Nosotros» de Zamiatin (publicada en Nueva York en 1924). La gran diferencia entre ambas (aparte de tono y estilo) es la brutal falta de indefinición de la distopía de Rand (que, pese a ambientarse en un supuesto futuro, no hace gala de una sola invención anticipativa), así como su involuntariamente paródica descripción de su protagonista, Igualdad 7-2521, que por momentos se me antoja un Ignatius Reilly adelantado a su tiempo, enfrentado a su propia Conjura de los Necios (tal y como posiblemente se veía Rand a sí misma, en lucha contra un mundo que no reconocía su genialidad).

No quisiera, sin embargo, negarle todo mérito anticipativo, porque quizás «¡Vivir!» constituya la primera obra literaria sustentada sobre la hipótesis del Relativismo Lingüístico, al centrarse buena parte de la obra en la imposibilidad por parte de Igualdad 7-2521 y Libertad 5-3000 (a la que rebautiza como «la Dorada») de expresar sus ideas y sentimientos al carecer de pronombres individuales (constituyendo, además, el culmen filosófico de la obra el descubrimiento en antiguos escritos prerrevolucionarios de la palabra «yo»). Cabe señalar, además, que en 1938 Benjamin Whorf todavía no había entrado en escena para configurar lo que hoy incorrectamente conocemos como hipótesis Sapir-Whorf (Edward Sapir nunca quiso llegar tan lejos), así que cabe en lo posible que esto fuera una idea original de Rand.

Con el paso del tiempo, y al popularizarse las ideas de Ayn Rand, sobre todo entre cierto sector de la población estadounidense, la novela corta fue adquiriendo cada vez más fama, obteniendo con el paso de los años una relevancia de la que ni de cerca disfrutó en sus comienzos. Así, en 1987 fue inducida (para sorpresa de nadie) en el Salón de la Fama del premio Prometheus y en 2013 obtuvo una nominación al premio retroHugo (para obras publicadas setenta y cinco años antes), que sin embargo recayó en John W. Campbell por «¿Quién anda ahí?» (la obra en que se basan las películas «El enigma de otro mundo» y «La cosa»).

Otras opiniones:

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Stardance

•octubre 14, 2025 • Deja un comentario

«Stardance», de Spider y Jeanne Robinson (1979), surgió de la expansión de la novela corta homónima («Danza estelar»), ganadora de los premios Hugo, Nebula y Locus en 1978, que narra la historia de Shara, una bailarina cuya carrera no puede desarrollarse en la Tierra y que para cumplir sus anhelos artísticos crea la disciplina de baile en gravedad cero… justo a tiempo de servir como medio de comunicación del primer contacto con una inteligencia extraterrestre a principios del siglo XXI.

La carrera de Spider Robinson se inició con sus primeras ventas profesionales en 1973, una serie de cuentos que se inscribirían en su serie más longeva, la del bar de Callahan (diez libros, entre novelas y antologías, publicados entre 1977 y 2003). Esta irrupción le valió en 1974 el premio John W. Campbell a mejor nuevo autor. Su primera novela fue «Telempath» (1977), ampliación de su novela corta ganadora también del Hugo «Por cualquier otro nombre».

A todo ello se unen otras tres novelas de la serie del «Asesino de mentes» (siendo la primera, de 1982, el único de sus libros traducido al español), junto con otras tres novelas independientes, una de las cuales, «Variable star» (2006), es una colaboración póstuma con Robert A. Heinlein, que fue su modelo y mentor, así como varias antologías propias.
Robinson ganó un tercer Hugo, de relato corto, en 1983 por «Elefantes melancólicos», así como un segundo Locus en 1977 en la categoría de corta vida de mejor crítico.

Vamos por partes. La novela corta surge claramente de la influencia de Jeanne Robinson (bailarina y coreógrafa) y gira en torno a la pasión, el impulso creador y la expresión corporal como fuerzas innovadoras, capaces de enfrentar cualquier obstáculo y sacrificarlo todo por un ideal imposible. El narrador es un camarógrafo, platónicamente enamorado de Shara, que lo sacrifica todo con tal de ayudarla a cumplir un sueño que le está vedado en la Tierra (no por falta de talento, sino por exceso de altura, en una disciplina dominada por compañías de baile que precisan de cierta uniformidad corporal).

Los obstáculos son múltiples, no siendo el menor de ellos el elitista acceso al espacio. Con determinación y sacrificios (y no me refiero solo a los derivados del trabajo extenuante), Shara cumple su sueño y empieza a crear todo un nuevo lenguaje artístico, hasta que al fin su propia vida está en juego (porque los Robinson no entendían muy bien cómo afecta la gravedad cero al cuerpo humano, interpretando la atrofia muscular y esquelética que se apreciaba en algunos astronautas como adaptaciones irreversibles a un nuevo medio). Nada, sin embargo, puede interponerse en su camino y eso, a la postre supone una tremenda suerte para la Tierra en un momento de necesidad extrema.

«Danza estelar» es una novela corta que se toma su tiempo para construir sus personajes, te hace creer en el baile en caída libre y asciende poética y empáticamente hacia un clímax tan poderoso como satisfactorio. ¿El problema? Que una vez conquistados tantos parabienes, la tentación de continuarla debió de ser irresistible.

La impresión que tengo es que las dos partes siguientes las escribió Spider Robinson casi en solitario (en ellas no se aprecia el mismo amor incondicional hacia el baile), y que su objetivo final era corregir un pequeño fallo con la conclusión de la novela corta: que no se daba mucho a continuaciones. Así, los dos tercios finales de «Stardance», la novela, se leen casi como un remake del fragmento original, añadiendo más personajes (lo cual diluye su importancia) y retocando aquí y allá cosillas para dejarlo todo encarrilado hacia una trilogía (que, de hecho, poco menos que se anuncia en el propio texto, aunque tardó tres lustros en concretarse).

En el proceso la pasión creadora pura de Shara se ve filtrada a través de una visión heinleniana de la excelencia individual (no tan absolutista como la original, todo hay que decirlo), estableciéndose paralelismos claros con «Forastero en tierra extraña» (y, en general, todo el Heinlein de su segunda época). 

Las dificultades aparentemente insuperables que son la esencia del conflicto en la primera parte, desaparecen ahora de un plumazo gracias a los ingentes beneficios obtenidos a través de la comercialización de la danza estelar de Shara, su obra maestra. El camarógrafo funda pues una empresa junto con la hermana de la malograda artista (que, además, es una antigua amante) y, tras reclutar a una serie de personajes igual de maravillosos que ellos mismos, ponen en funcionamiento la primera troupe de danza en cero g… justo a tiempo para poder salir al encuentro de los alienígenas de la primera parte, que han retornado por sorpresa al Sistema Solar, aunque sus intenciones quizás no sean las mismas.

El gran problema, y lo que de verdad diferencia ambas variaciones sobre un mismo tema, son los insufribles personajes perfectos heinlenianos, modelados hasta el menor detalle siguiendo el modelo del maestro (hasta el punto de recrear el esquema de la doble pareja madura/joven heinlenita, a la que, de acuerdo con los nuevos desarrollos sociales, se suma una pareja gay para formar la gran y poliamorosa familia ampliada heinlenita. A ello le añadimos un poco de mística, idiosincrásica y levemente antigubernamental contracultura setentera y otro tanto de hard aeroespacial bastante bien resuelto y ya tenemos «Stardance», una novela que, sin ser desdeñable, es mucho menos interesante que la semilla de la que surge.

La serie de Stardance consiste además en otras dos novelas, publicadas más de una década después, «Starseed» (1991) y «Starmind» (1995), que abundan en la idea de la elevación de la humanidad hacia una nueva forma de existencia libre de las constricciones planetarias. La trilogía constituye la única colaboración literaria entre Spider Robinson y su mujer; y también las únicas piezas de ficción (al menos fantástica) atribuidas a esta última. Jeanne intentó desarrollar de verdad la danza en caída libre, pero la explosión del Challenger echó por tierra sus esfuerzos en ese sentido.

Pese a disfrutar de una recepción algo más fría que el texto original, la novela llegó a ser finalista en 1980 del premio Locus (cuarto lugar en novela de ciencia ficción), por detrás de «Titán» de John Varley (la ganadora), «Jem» de Frederik Pohl y «Las fuentes del paraíso» de Arthur C. Clarke, y justo por delante de «En alas de la canción» de Thomas M. Disch, lo cual no supone en absoluto mala compañía.

Rescepto Indatube

•octubre 7, 2025 • 4 comentarios

Pues ya está, tras años amagando con dar el salto a YouTube, por fin lo he hecho y ya tenéis disponible el primer vídeo del canal Rescepto IndaTube. Se trata de mi reseña de «Arcología», la última novela de Juan Miguel Aguilera, publicada por Reino de Cordelia este mismo año.

Es solo mi primer intento (y, de hecho, aprendí a utilizar el programa de edición la semana pasada, así que aún me queda muchísimo por aprender), pero ya están presentes las que quiero que sean las señas de identidad del canal, que procurará combinar crítica literaria con historia del género fantástico y pequeños (o no tan pequeños) consejos de escritura.

Mi intención es ir alternando diversos formatos. Ahí tenéis el primero: reseñas de libros recientes de género fantástico (que, quizás más adelante, combine con un club de lectura online). Desearía grabar también monográficos sobre distintos autores destacados, así como videoensayos más extensos acerca de obras singulares de la historia de la ciencia ficción, la fantasía y el terror u otros temas relacionados con la narrativa fantástica (sin excluir necesariamente medios alternativos como el cine o los videojuegos).

Con el tiempo, desearía ir reuniendo también una comunidad de aficionados al fantástico, que me permitiría (Patreon mediante) ampliar el enfoque para incluir también presentaciones online y charlas con autores y editores, reportajes sobre eventos y… bueno, realmente no he llegado a pensar tan lejos, porque solo esto, en condiciones ideales, ya va a costar bastante, pero en principio no me cierro a nada.

¿Supone esto el cierre definitivo del blog?

¡No!

Ya no es solo el tiempo y el esfuerzo que he dedicado durante casi diecinueve años a Rescepto Indablog, sino que de verdad aún pienso que los blogs tienen su lugar en el ecosistema de la divulgación por internet. Cuando menos, pretendo aprovechar este repositorio de más de mil reseñas para complementar los vídeos (como podéis comprobar si acudís a la página de YouTube, en la descripción del vídeo he incluido enlaces a las reseñas de muchos de los libros que menciono en la crítica). Eso sí, posiblemente a medio y largo plazo (a corto plazo lo tengo cubierto por un tiempo) reduzca el ritmo de actualizaciones, porque ocuparme a la vez de ambos canales va a exigir muchísimo trabajo.

No es, pues, un cambio de rumbo, sino una ampliación de operaciones, que busca conectar mejor con las tendencias actuales, y me encantaría que me siguierais también en esta aventura. Os invito, pues, a ver la videorreseña, así como a suscribiros al canal y darle a la campanita para recibir las actualizaciones, y si os parece bien, cualquier megusta, comentario o recomendación serán más que bienvenidos y ayudarán enormemente a que el canal empiece con buen pie y encuentre pronto la senda del crecimiento.

¡Muchas gracias por anticipado!

Ammonite

•septiembre 30, 2025 • Deja un comentario

«Ammonite» (1993) fue la primera novela publicada por Nicola Griffith, recientemente reconocida como la última Gran Maestra por parte de la SFWA. Trata sobre un misterio biológico, una colonia perdida y recientemente recontactada (un escenario que retrotrae necesariamente el ciclo Hainish de Ursula K. Le Guin), donde un virus provocó en el lejano y ya ni siquiera legendario pasado la muerte de muchas mujeres y de todos los hombres. Tras la recolonización por parte de una expedición militar, la Compañía (la típica megacorporación ultracapitalista) se encuentra con un grave problema, pues no puede permitir que la epidemia se extienda más allá de Jeep (que así se llama el planeta), ni tampoco perder la inversión que ya ha efectuado.

Será tarea de una antropóloga del SEC (una especie de consultor ético para asentamientos) el tratar de desvelar los misterios de Jeep (incluyendo cómo se siguen reproduciendo las nativas, dado que su población es desde hace siglos exclusivamente femenina), bajo la amenaza de una cuarentena perpetua (no solo para las nativas, sino también para lo que queda del destacamento de exploración)… o de la destrucción, si el virus se muestra particularmente resistente y existe la menor posibilidad de que salga del planeta.

La novela levantó en su momento bastante polvareda, llegando a ser finalista de los  premios Arthur C. Clarke (fue derrotada por «Vurt«, de Jeff Noon) y BSFA (perdiendo ante «Aztec century», de Christopher Evans), al tiempo que ganaba el James Tiptree Jr. y el primer premio Lambda (en ciencia ficción/fantasía lésbica) de los cuatro con que cuenta Griffith. Desde entonces, además, ha conservado su estatus como pionera, siendo a menudo citada como influencia por muchas de las escritoras punteras actuales.

En el epílogo, la autora comenta que no quería escribir ni una utopía ni una distopía sobre sociedades monogenéricas (característicamente, todo mujeres), sino una historia rica en personajes de personalidades y moralidad diversa, para demostrar que una mujer podía desempeñar cualquier papel dentro de una historia. Hasta ahí, conseguido… más o menos, con diversos personajes que abarcan desde el arquetipo de sabias sanadoras hasta el de salvajes vengativas sedientas de sangre. Sin embargo, ese mismo propósito de plasmar cómo una mujer podía ser tan diversa y compleja como cualquier hombre se da de bruces con la categorización subyacente de rasgos masculinos (a evitar) y femeninos (a potenciar), que da como resultado a dos protagonistas (una oficial militar y una antropóloga) masiva e increíblemente incompetentes en lo que se supone que son sus respectivos trabajos.

Esto último resulta especialmente dañino para la trama, que se centra de forma casi exclusiva en ellas dos, mientras se enfrentan a sus desafíos personales. En el caso de la antropóloga, tenemos un viaje de exploración que aborda sin apenas preparación, a la búsqueda de su predecesora, y que la lleva a contactar, no siempre en buenos términos, con distintas culturas autóctonas (comerciantes, guerreras-cazadoras, pescadoras…). Por supuesto, acaba cayendo en la indigenización (por eso del misticismo, de encontrarse a sí misma y superar sus traumas internos), descuidando por completo sus deberes para con sus coterráneas hasta que ya es casi demasiado tarde para hacer algo.

La comandante en funciones (al ser la oficial superviviente de mayor graduación), por su parte, ha de enfrentarse al doble desafío de gestionar una fuerza de avanzadilla colonizadora que ha perdido de golpe y porrazo dos tercios de su contingente humano (aunque, curiosamente, el problema parece ser puramente logístico, pues el esperable trauma ante la pérdida, no solo impersonal, sino también en algún caso de amigos o parejas, parece ausente por completo); y de enfrentarse a la traición entre sus filas (con quitacolumnistas que responden directamente ante la Compañía, saltándose toda la cadena de mando y poniendo en peligro la subsistencia de la propia colonia).

Otros personajes secundarios, liberados del peso de tener que cargar con el punto de vista, sí que consiguen mostrar una personalidad más diversa y trabajada. Por desgracia, su participación no basta para elevar el interés del conjunto, porque en última instancia la imagen que tenemos de ellas está mediatizada por las perspectivas estrechas que nos permite la voz narrativa. Todo ello configura una narración frustrante. Griffith parece estar evitando de forma premeditada cualquier actuación que pueda ser considerada excesivamente «masculina» por parte de sus protagonistas, haciéndolas caer así, quizás por sobrecompensación, en una indecisión crónica que bordea la incapacidad criminal.

Para terminar de echar a perder el componente épico, nunca llega a mostrar una amenaza existencial sobre la civilización comerciante y la colonia terrestre lo bastante seria (de nuevo, un ejército moderno mínimamente competente, pese a la conveniente desactivación de su tecnología por los fenómenos atmosféricos de Jeep, no debería experimentar el menor problema, ni por medios, ni por preparación, para eliminar a una horda poco menos que de la edad de piedra, por muy fanatizada que esté, desplazada además de su hábitat natural en las montañas).

Si a todo esto añadimos que el misterio que se apuntaba inicialmente como clave en la historia (cómo se reproduce una sociedad de solo mujeres y en qué consiste exactamente el virus que ha matado a todos los hombres y a una de cada cinco mujeres extraplanetarias) se soluciona mediante una explicación más mística que científica, y que entre medias se echa a perder también el único elemento realmente sugerente de la historia (la intervención soslayada de los antiguos habitantes inteligentes oriundos del planeta y sus posibles descendientes actuales)… pues mal vamos.

He de reconocer que las historias de colonos abandonados por siglos en un planeta y que han revertido a cierto tipo de sociedad arcaica no suelen atraerme mucho, pero cuando además se entremezclan en el asunto nociones malentendidas de Rousseau y filosofía New Age (que, básicamente, acaba justificando el reiki), apaga y vámonos. Por añadidura, la novela deja tantos flecos sueltos que parece evidente que había planeada una secuela que nunca llegó a escribirse. 

The demon in the mirror

•septiembre 23, 2025 • Deja un comentario

Andrew J. Offutt, un autor, fallecido en 2013, fue conocido sobre todo por su espada y brujería, en la línea de (y a menudo como homenaje directo a) Robert E. Howard.

Aparte de unos cuentos primerizos, su carrera empezó realmente a mediados de los años sesenta, orientada inicialmente hacia la ciencia ficción, pero redirigida pronto hacia la fantasía heroica, desarrollada principalmente en las décadas de 1970 y 1980. En su seno, por ejemplo, participó activamente en el escenario compartido del Mundo de Ladrones, escribió tres pastiches de Conan (entre los que destaca «Conan y la espada de Skelos») y seis sobre el héroe irlandés Cormac Mac Art, así como un par de trilogías propias, la de War of the gods in Earth y la de War of the wizards (con Richard K. Lyon). A esto se le suman en principio un puñado de novelas independientes y ya solo cabría hablar de su labor como editor de la serie de antologías de fantasía heroica Swords Against Darkness (cinco entre 1977 y 1979) o su servicio como noveno presidente de la SFWA entre 1976 y 1978. ¿O no?

Porque lo cierto es que el grueso de la producción de Offutt se centró en otro mercado, el erótico, bajo seudónimos como John Cleve, Turk Winter y así hasta doce más, que le llevaron a publicar más de cuatrocientas novelas y novelas cortas eróticas en unos cuarenta años de profesión. Esta actividad se mantuvo en secreto hasta su muerte y a efectos de lo que nos ocupa, cabría mencionar la intersección con el fantástico en series como Spaceways (ciencia ficción erótica), en la que publicó diecinueve novelas en catorce años, o la tetralogía histórico-erótica de The Crusader, ambas bajo el seudónimo de John Cleve.

La historia de «Demon in the mirror», primera entrega de la trilogía War of the wizards, sin embargo, empieza con otra persona, Richard K. Lyon, un escritor amateur que había intentado publicar por su cuenta lo que básicamente era un fanfiction sobre Valeria, la pirata de la Hermandad Roja de Robert E. Howard coprotagonista de «Clavos rojos«. Tras pasarle el manuscrito a Offutt, este le propuso reescribir la novela por completo y repartirse los derechos. Así nació Tiana de Reme, hija ilegítima de un duque y adoptiva de un capitán pirata que, al jubilarse, le traspasa el mando de su barco (aunque luego le pica la nostalgia y vuelve como primer oficial).

Estructuralmente, «The demon in the mirror» (1978) es una novela totalmente episódica, hasta el punto de constituir poco más que un fix-up, aunque las historias nunca vieron una publicación previa independiente. La historia arranca con el navío de Tiana abordando un buque que transporta un tesoro mágico. Tras superar las trampas que lo protegen y al intentar vender su botín en la cercana ciudad a donde iba dirigido el navío, la capitana pirata se encuentra metida en una misión desesperada por recuperar las partes desmembradas del poderoso mago Larramed, pues sin reconstituirlo y matarlo definitivamente, su hermanastro, asesinado por el hechicero, no podrá descansar en paz.

Buena parte del resto del libro se ocupa en describir cómo Tiana por un lado y su tripulación al mando de su padre adoptivo por el otro, viven diversas aventuras, repletas de magia, exotismo y criaturas monstruosas, para recuperar los miembros cercenados y dispersos de Larramed (su cabeza, su torso, piernas, brazos y mano… pues la otra ya la transportaba el primer navío).

Si bien el primer encuentro con Tiana no resulta muy esperanzador, pues el estilo peca un tanto de las sobreexplicaciones de Srague de Camp y Lin Carter, pronto se resarce con historias tan imaginativas como dinámicas, que involucran desde un aquelarre de monjas vampiras que sirven a un murciélago gigante, hasta unas antiguas ruinas habitadas por lagartos gigantes y hechizadas por guerreros-sombra que albergan un inmenso huevo de fénix, pasando por jardines encantados (que recuerdan uno de los cuentos de Zothique de Clark Ashton Smith), jinetes de la tormenta, tumbas reales cuajadas de gemas, islas doblemente embrujadas, hombres-cuervo y príncipes desesperados por reclutar ayuda para salvar su ciudad.

Ciertamente, nada de todo esto es un prodigio de estilo, por mucho que los autores se esfuercen por dotar a su prosa de un tono exótico, pero cumplen de sobra con lo que se espera de una aventura de espada y brujería, e incluso me atrevería a decir que están por encima de la media del género. Eso sí, pese a contar con una protagonista femenina, el punto de vista es desvergonzadamente masculino, con Tiana aprovechando cualquier ocasión para admirarse en los espejos y alardear de lo macizorra que está (nada que ver con la Jirel de Joiry de Catherine L. Moore, y sí mucho más con la Sonja la Roja reimaginada para el cómic por Roy Thomas y reintrepretada con su famoso bikini de malla por Esteban Maroto).

Lo que termina de elevar la propuesta es que, pese a esta naturaleza episódica que he descrito, que al principio parece limitarse a la recuperación del fragmento de cuerpo de turno, poco a poco la historia va entrelazando pistas y, hacia el final, ya tenemos una imagen clara de quién fue Larramed, qué es lo que busca el contratador con su cuerpo y cuál era la motivación real de Tiana. Del mismo modo, a la hora de resolver todo el conflicto (que no es sino el principio de una lucha por la supremacía entre magos, como sugiere el título general de la trilogía), los autores logran atarlo todo con cierta habilidad, lo que acaba por aportar la muy necesitada sensación de cohesión al conjunto y deja al lector satisfecho. No es poca cosa, en un género que no siempre es capaz de aportar ese mínimo de coherencia interna en medio de las más o menos inverosímiles hazañas de sus protagonistas.

La trilogía, cofirmada siempre por Lyon y Offutt, se completó en 1980 con «The eyes of Sarsis» y 1981 con «Web of the spider». Ambos autores colaborarían una vez más en la novela de ciencia ficción «Rails across the galaxy» (1982) y en un puñado de relatos, pero más o menos por esas fechas Andrew J. Offutt empezó a volcarse de lleno en su otra carrera literaria y dejó por completo de publicar fantasía o ciencia ficción no erótica.

Walk to the end of the world (Caminando hacia el fin del mundo)

•septiembre 16, 2025 • 6 comentarios

Suzy McKee Charnas fue una autora cuyo debut en 1974 con «Walk to the end of the world» («Caminando hacia el fin del mundo»), supuso todo un hito dentro de la ciencia ficción feminista. Por desgracia, el resto de su producción nunca llegó a rayar a la misma altura, lo que no le impidió ganar un premio Nebula de novela corta en 1981 por «Unicorn tapestry» (parte luego del fix-up «El tapiz del vampiro», también finalista) y un Hugo de relato en 1990 por «Boobs»).

«Caminando hacia el fin del mundo» fue concebida inicialmente como una sátira política, pero a lo largo de su escritura acabó derivando hacia una de las distopías feministas más extremas (lo que le ha valido alguna que otra polémica), que cementó su posición como una de las grandes voces del género (aunque su fama ha ido menguando con los años). He de reconocer que la sinopsis no me atraía demasiado, en parte por lo flojas que me han parecido otras novelas aparentemente similares (como «El cuento de la criada«), pero sobre todo porque ninguna de las sinopsis que había leído eran capaces de plasmar la riqueza de la historia, que trasciende la etiqueta de distopía feminista, ya que el mundo que nos presenta (Holdfast, una pequeña franja fértil en medio de un mundo arruinado) alberga una sociedad enferma y retorcida, más allá de cualquier esperanza.

«Caminando hacia el fin del mundo» es una historia postapocalíptica, en la que las tensiones de su época (finales de los sesenta, principios de los setenta), proyectadas más allá de un cataclismo antropogénico nunca explicado (una guerra quizás, o una debacle ecológica mundial), han creado una sociedad absoluta y totalmente disfuncional, modelada por desequilibros de poder que han conducido no solo a un machismo exacerbado (hasta extremos que rara vez, si alguna, se han visto plasmados), sino también a una gerontocracia opresiva y a una deshumanización general que convierte la existencia en una parodia, evidentemente condenada al fracaso.

Todo ello surge de que los únicos supervivientes, refugiados durante generaciones en búnqueres subterráneos, son descendientes de ricachones ultraconservadores, que achacaron la destrucción a la feminización de la sociedad, a la lucha por los derechos civiles de los no-hombres y a los movimientos contestatarios juveniles (todos esos hippies pidiendo paz, amor e igualdad) y, por ende, demonizaron todo lo femenino, hasta el extremo de cosificar a las mujeres como seres irracionales lamentablemente necesarios para la reproducción y decidieron que el impulso natural de los hijos es hacia la destrucción de sus padres. Esas fueron las razones por las que, al emerger a un territorio yermo en el que el único alimento disponible es un alga (que se nutre de la contaminación), crean una civilización que odia a las mujeres y oprime a los jóvenes, al tiempo que niega los vínculos familiares.

La genialidad de la autora es presentárnoslo todo a través de visiones parciales y lógicamente subjetivas, por medio de las cuales no siempre resulta evidente captar hasta qué punto las contradicciones internas han tensionado la viabilidad de un sistema que ya de inicio nos resulta deleznable. Aun más, el desarrollo se nos presenta de forma bastante clara como adscrito a una narrativa heroica de búsqueda y rebelión, pero no para de tropezar con esa misma disfuncionalidad, desafiando nuestras expectativas de redención con giros no por sorprendentes menos lógicos… a posteriori.

El camino al que se refiere el título es el que toman un capitán de rovers (hombres especialmente criados como brutos sin apenas cerebro) que se niega a ser promovido a senior (algo impensable), un proscrito que sobrevive como darkdreamer (proveedor de droga) en el yermo y su antiguo compañero de rebelión, al que se castigó haciéndolo comandante de Endpath (el lugar al que acuden los seniors a morir cuando están cansados de la vida). Lo que acaba moviendo a todos es encontrar al padre de este último (algo inusitado el que sea conocido), lo que los lleva por todo el Holdfast en una búsqueda de sentido, o quizás meramente de rebelión y alternativa.

Es un tópico bien establecido: la sociedad opresiva, la iluminación del héroe y el camino hacia la subversión de los cimientos del sistema. Por todo ello, el auténtico mensaje, cuando finalmente se nos revela, es infinitamente más poderoso que en la mayoría (si no todas) las utopías/distopías feministas de Segunda Ola. El Holdfast, con su organización social brutal, inmovilista y patológicamente anti-fem (cuyas fuerzas apenas les dan para sobrevivir), con su catástrofe ecológica en ciernes y la tensión creciente en la juventud oprimida, no está maduro para el cambio, sino para la destrucción.

En medio de las atrocidades más evidentes, que nos remueven y nos hacen anhelar una revolución reparadora, este mensaje, repleto de sutilezas, puede pasar inicialmente desapercibido, por lo que una vez expuesto nos permite reevaluarlo todo bajo una nueva y terrible luz y darnos cuenta de nuestra ingenuidad. Hay circunstancias que no pueden ser reconducidas, caminos que solo pueden conducir al fin del mundo. A veces, para rectificar, primero hay que dejar que todo se derrumbe (o, más bien, aguantar hasta ahí, porque no hay nada que pueda hacerse, ni para prevenir, ni para evitar ese destino).

Una pequeña obra maestra que, me temo, ha sido bastante malinterpretada (y, por lo que he leído por ahí, no en menor grado maltratada por la traducción existente) .Lo único que podría recriminarle es precisamente los dos momentos (el primero en una especie de prólogo y el segundo en el cambio de un capítulo) en el que la narración entra en modo expositivo puro, planteando de forma explícita cuestiones que hubieran funcionado mejor integradas de forma implícita en la narración, para que las fuéramos descubriendo poco a poco. Aunque quizás esto quepa achacárselo a necesidades circunstanciales de la época en que se publicó (a tal efecto, yo recomendaría a cualquiera que abordara la lectura prescindir del prólogo por completo y sumergirse de pleno sin preparación de ningún tipo en el Holdfast).

En 1978, Charnas publicó una secuela, «Motherlines» (bajo otro sello, pues el original se mostró reticente a tratar las, por otra parte lógicas en un ambiente tan misógino, relaciones homosexuales entre los hombres del Holdfast). Ambos títulos recibieron el premio James Tiptree Jr. de forma retrospectiva. Muchos años después, en 1994, la autora dio continuación a las Crónicas del Holdfast con «Furies» y completó el proceso de transformación social con «The conqueror’s child» (1999, ganadora del premio James Tiptree Jr.). En su conjunto, la serie fue inducida en 2003 en el salón de la fama del premio Gaylactic Spectrum. Pringle incluyó «Caminando hacia el fin del mundo» en su lista de las 100 mejores novelas de ciencia ficción.

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