
Cuando era pequeño, encontré un muñeco de trapo en el altillo de la casa de mis abuelos en el pueblo. Era un muñeco antiguo, bastante sobado que tenía un alfiler clavado, lo que me llamó la atención. Junto a él había una foto muy antigua, en blanco y negro de una familia, quizás mis bisabuelos y junto a ellos, una niña que tenía el muñeco en su mano.
Me lo guardé y con él, regresé a casa. Esa noche me quedé ensimismado con el muñeco y al día siguiente lo llevé al cole.
Fue en el recreo del cole, cuando comencé a darme cuenta del poder que tenía. Estaban sorteando los equipos de fútbol, cuando Andrés el grandullón, me dio un empujón y me apartó, con un despreciable “quita enano”. Me dio rabia y cogí el muñeco y le clavé el alfiler en una pierna. Al instante Andrés gritó y se tiró al suelo, en señal de dolor. Todos fueron a atenderle, entonces saqué la aguja y el chico comenzó a sentirse mejor e incluso pudo jugar el partido.
-Debe ser una casualidad -me pregunté a mí mismo, completamente sorprendido-
Entonces vi a Mercedes, la chica que me gustaba pero que me había rechazado y le clavé levemente el alfiler en el brazo del muñeco. La pobre comenzó a llorar llevándose la mano al brazo herido. Por supuesto saqué de inmediato la aguja y Mercedes se recuperó.
Comencé a comprender el poder del muñeco y del alfiler.
De vuelta a casa en al autobús, un chico barbudo se negó a ceder el asiento a una anciana, y probé de nuevo a pinchar el muñeco en el culo. El chico, dio un brinco llevándose las manos a sus posaderas.
Han pasado muchos años, desde esta historia que os he contado y desde entonces no volví a usar el muñeco que dejé dentro de una caja de cartón en mi última mudanza.
Ahora soy un adulto responsable. Una mañana a las diez en punto, entré en la tienda de electrodomésticos donde llevaba trabajando unos cinco años. Era un trabajo sencillo y como tengo dotes de comercial, me iba bien. Cobraba un sueldo razonable y una pequeña comisión por cada venta que hacía.
Por la tarde a eso de las cinco, una pareja entró preguntando por una lavadora que teníamos en oferta esa semana. Me encontraba en medio de las explicaciones técnicas del aparato, cuando de repente, mi compañero Meléndez entró en escena para corregirme y ponerme en evidencia delante de los clientes sobre no sé qué promoción que acababa de inventarse. No era la primera vez que hacía eso.
Cuando los clientes se marcharon, discutí con fuerza con mi compañero porque se iba a apuntar una venta que me correspondía a mí e intervino nuestro jefe que, como es habitual, tomó partido por Meléndez y de hecho me llamó la atención diciéndome,
-Luis, no sé qué le sucede, pero tiene usted una cara de pasmao que no es la mejor presentación ante los clientes. Póngase las pilas por favor -añadió enérgicamente-
-Por supuesto, no se preocupe -respondí de inmediato-
Al regresar a casa, fui al trastero a comprobar si el muñeco estaba donde lo dejé hace años, y así fue.
Meléndez lleva varias semanas de baja debido a unos repentinos pinchazos en piernas y glúteos. Nada grave, aunque eso, solo lo sé yo. Mi jefe (bueno, exjefe) fue trasladado de tienda por un problema de nervios, al parecer se subía por las paredes por unos extraños pinchazos en las orejas. Una vez trasladado, no volvió a sufrir esos incómodos pinchazos.
Me nombraron supervisor en su sustitución. Las ventas han aumentado y el ambiente de trabajo con los tres nuevos comerciales es muy agradable. No obstante, en el segundo cajón de la mesa de mi despacho, guardo el muñeco de trapo y unos alfileres, “porsiaca”.
Imagen de Brett Hondow en Pixabay







