Muñeco

Cuando era pequeño, encontré un muñeco de trapo en el altillo de la casa de mis abuelos en el pueblo. Era un muñeco antiguo, bastante sobado que tenía un alfiler clavado, lo que me llamó la atención. Junto a él había una foto muy antigua, en blanco y negro de una familia, quizás mis bisabuelos y junto a ellos, una niña que tenía el muñeco en su mano.

Me lo guardé y con él, regresé a casa. Esa noche me quedé ensimismado con el muñeco y al día siguiente lo llevé al cole.

Fue en el recreo del cole, cuando comencé a darme cuenta del poder que tenía. Estaban sorteando los equipos de fútbol, cuando Andrés el grandullón, me dio un empujón y me apartó, con un despreciable “quita enano”. Me dio rabia y cogí el muñeco y le clavé el alfiler en una pierna. Al instante Andrés gritó y se tiró al suelo, en señal de dolor. Todos fueron a atenderle, entonces saqué la aguja y el chico comenzó a sentirse mejor e incluso pudo jugar el partido.

-Debe ser una casualidad -me pregunté a mí mismo, completamente sorprendido-

Entonces vi a Mercedes, la chica que me gustaba pero que me había rechazado y le clavé levemente el alfiler en el brazo del muñeco. La pobre comenzó a llorar llevándose la mano al brazo herido. Por supuesto saqué de inmediato la aguja y Mercedes se recuperó.

Comencé a comprender el poder del muñeco y del alfiler.

De vuelta a casa en al autobús, un chico barbudo se negó a ceder el asiento a una anciana, y probé de nuevo a pinchar el muñeco en el culo. El chico, dio un brinco llevándose las manos a sus posaderas.

Han pasado muchos años, desde esta historia que os he contado y desde entonces no volví a usar el muñeco que dejé dentro de una caja de cartón en mi última mudanza.

Ahora soy un adulto responsable. Una mañana a las diez en punto, entré en la tienda de electrodomésticos donde llevaba trabajando unos cinco años. Era un trabajo sencillo y como tengo dotes de comercial, me iba bien. Cobraba un sueldo razonable y una pequeña comisión por cada venta que hacía.

Por la tarde a eso de las cinco, una pareja entró preguntando por una lavadora que teníamos en oferta esa semana. Me encontraba en medio de las explicaciones técnicas del aparato, cuando de repente, mi compañero Meléndez entró en escena para corregirme y ponerme en evidencia delante de los clientes sobre no sé qué promoción que acababa de inventarse. No era la primera vez que hacía eso.

Cuando los clientes se marcharon, discutí con fuerza con mi compañero porque se iba a apuntar una venta que me correspondía a mí e intervino nuestro jefe que, como es habitual, tomó partido por Meléndez y de hecho me llamó la atención diciéndome,

-Luis, no sé qué le sucede, pero tiene usted una cara de pasmao que no es la mejor presentación ante los clientes. Póngase las pilas por favor -añadió enérgicamente-

-Por supuesto, no se preocupe -respondí de inmediato-

Al regresar a casa, fui al trastero a comprobar si el muñeco estaba donde lo dejé hace años, y así fue.

Meléndez lleva varias semanas de baja debido a unos repentinos pinchazos en piernas y glúteos. Nada grave, aunque eso, solo lo sé yo. Mi jefe (bueno, exjefe) fue trasladado de tienda por un problema de nervios, al parecer se subía por las paredes por unos extraños pinchazos en las orejas. Una vez trasladado, no volvió a sufrir esos incómodos pinchazos.

Me nombraron supervisor en su sustitución. Las ventas han aumentado y el ambiente de trabajo con los tres nuevos comerciales es muy agradable. No obstante, en el segundo cajón de la mesa de mi despacho, guardo el muñeco de trapo y unos alfileres, “porsiaca”.


Imagen de Brett Hondow en Pixabay

Emilio Noel

Me llamo Emilio y estaba disfrazado de Papá Noel, esperando que el centro comercial abriera sus puertas en el stand que habían preparado por Navidad para que los niños hicieran cola para hablar conmigo. Me hacía ilusión colaborar desinteresadamente si con ello hacía felices a los pequeños. En realidad, me vestía de Papá Noel hasta el veinticinco de diciembre y luego me vestiría de Rey Mago hasta el cinco de enero. Creo que este año me toca hacer de Gaspar.

Pero lo más especial, es que en unos minutos van a venir mi hija Isabel y su pandilla, para mostrarme sus deseos para esta Navidad. Tienen alrededor de ocho años y a esa edad, aún son felices con la ilusión que puedo darles disfrazado.

Las puertas se abrieron y los niños hicieron cola ordenadamente. Y los fui atendiendo con cariño y paciencia. Se acercaba el grupito de mi hija y sus amiguitas y amiguitos, a los que conocía del colegio o del parque.

Y llegó el momento soñado por mí. Mi hija Isabel, a la que llamamos Isa, se sentó en mis rodillas. Imposté un poco más si cabe mi voz y le hice las preguntas preliminares: cómo te llamas, cuantos años tienes, si has sido buena, etcétera. Ella me miraba asombrada.

Pero las cosas no salieron como yo pensaba.

-¿Eres papá? Me dijo de sopetón.

Yo por supuesto lo negué, pero Isa insistió y si alguien conoce lo terca que es mi hija, ese soy yo.

-No te preocupes papá, que te guardo el secreto, no se lo he dicho a nadie y prometo no hacerlo, pero es que mamá me lo dijo hace unos días.

-¿Qué mamá te lo dijo? -pregunté extrañado, pero ¿por qué te lo ha dicho? ¿se lo has preguntado tú?

-No -contestó Isa- la verdad es que no me lo dijo a mí, sino al señor que viene a casa por las tardes.

Me quedé patidifuso y pregunté,

-¿Qué señor? ¿De qué me hablas?

Entonces Isa me contó la historia,

-Pues resulta que mamá estaba hablando con alguien por teléfono y le dijo que podía venir a casa por las tardes, porque tu estabas disfrazado de Papá Noel, en el centro comercial de cuatro a ocho de la tarde toda la semana. Y que podía estar tranquilo, porque a mi me llevaría antes a casa de Miguelito o de Almudena para jugar. Y luego se despidió de él, llamándole Roberto. Y llevo toda esta semana en casa de mis amigos. Por eso me enteré de que tú no eres Papá Noel, que estás disfrazado y que eres Emilio mi papá. Espero que no te moleste que te lo haya dicho. A mi me sigue haciendo ilusión venir aquí.

En ese momento, dejé cariñosamente a Isa en el suelo, salté de mi falso trono y salí corriendo ante el estupor del resto de los niños, familiares y la gente que allí se encontraba. Me fui a toda velocidad a casa, no podía creer que Elena mi mujer me estuviera engañando y fue entonces cuando…

…Y fue entonces cuando me desperté. Sudoroso y jadeante, mientras Elena me decía,

-Tranquilo Emilio, cálmate, has debido tener una pesadilla, respira despacio, así, muy bien…

Sus abrazos me permitieron relajarme. Todo había sido una pesadilla horrible, estabamos en nuestro dormitorio, aún era de noche, pero no pudimos conciliar el sueño de nuevo, así que fuimos a la cocina a desayunar, aunque fuera muy pronto.

Elena preparó unas tostadas, mientras yo hacía café.

Le conté con detalle la pesadilla que acababa de tener y que recordaba perfectamente. Elena se mostró sorprendida y comprensiva con la historia.

-Madre mía -exclamó- no me extraña que estuvieras tan acelerado, pero ya pasó todo.

Y me besó suavemente.

Esa tarde me fui puntualmente al centro comercial. Mientras me vestía de Papá Noel, sonreí al pensar en lo absurdos que pueden ser los sueños.

Hasta aquí la historia de Emilio, pero… antes, a media mañana, Elena salió apresuradamente al parque para hacer una importante llamada por teléfono,

-Hola Roberto, no sabes la noche que he tenido con Emilio. Oye, escucha con atención. No vengas a casa esta tarde. No me preguntes cómo es posible, pero creo que Emilio sabe lo nuestro. Tengo ganas de verte, pero ni se te ocurra venir a casa. ¿Vale? Ya hablaremos.


Amigas y Amigos, os deseo…

FELIZ NAVIDAD Y UN FANTÁSTICO AÑO NUEVO 🎅🎄🥂

un abrazo, Carlos «Sabius»


Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

Shelly

Llovía y hacía frio en Boston. Me refugié en un local llamado Clarkdale Club. Nada más entrar me quedé ensimismado por la canción que se escuchaba, en la versión mágica de Dexter Gordon al saxo, con Freddie Hubbard acompañando a la trompeta. No podía ser un tema más apropiado a mi situación.

» I’m a fool to want you

To wanna love that can’t be true

A love that’s there for others too «

Le pedí al camarero un Jameson y un vaso de agua y me senté al fondo del local, acostumbrando mi mirada a la escasa luz, al humo, al ambiente cargado y disfrutando de la música. Me llamo Clifford, y hoy no es mi mejor día.

Desfilaron ante mis oídos, Gerry Mulligan, Bill Evans, Horace Silver, Stan Getz y otros muchos. Ensimismado en la música y en mi segundo Jameson, llegó la inconfundible voz de Billie Holiday, y fue entonces al alzar la vista cuando crucé una mirada con ella, que estaba sentada en un extremo de la barra. Me sonrió y se acercó a mi mesa.

Era muy guapa con unos ojos oscuros y su pelo rizado. Nos saludamos. Yo estaba bastante desconcertado. Se llamaba Michelle aunque todos la conocían por Shelly y tras un breve intercambio de frases, me recordó que ella cobraba cien dólares por hora. Me quedé sorprendido, ingenuamente sorprendido, y la expliqué que apenas tenía para pagar mis copas y que mi intención era solo charlar.

Supuse que se levantaría y se marcharía a la barra de nuevo, pero no lo hizo, al contrario, llamó al camarero y le pidió un Bourbon, “que hoy invita el caballero”.

-¿Supongo que a una copa si podrás invitarme? ¿verdad?

Asentí con la cabeza y comenzamos a charlar sobre la vida, las ilusiones perdidas y las alegrías recuperadas.

A las dos de la mañana, el local se había vaciado casi por completo. Mark el camarero nos pidió amablemente que nos fuéramos, pero Shelly le contestó,

-Mark cariño, cierra la puerta de la calle, pero déjame la otra llave y salimos por la puerta de atrás.

-Shelly, no puedo hacer eso y lo sabes, si se entera el señor Morgan, me juego mi puesto.

-Pero yo soy casi parte del personal, anda Mark no seas cenizo, que mi nuevo amigo y yo estamos muy cómodos charlando.

Mark tiró de mala gana las llaves sobre la mesa.

El tiempo volaba mientras hablábamos y ya clareaba el día cuando salimos del local por la puerta de emergencia, que daba al callejón trasero, cerca del Pepper Boulevard.

Nos estábamos despidiendo,

-Ha sido un placer hablar contigo Shelly, gracias por escucharme y por contarme tantas cosas, aunque lamento que hayas perdido no menos de trescientos dólares, por estar conmigo.

-Quizás haya perdido algunos pavos, pero he ganado una tranquilidad que necesitaba. Gracias Clifford.

Comenzó a nevar con fuerza, así que decidimos tomar un taxi juntos…

Lo cierto es que no cambiaría ni una coma de la corta, pero intensa historia que compartimos Shelly y yo, si acaso, le hubiera dado una continuidad, aunque ambos sabíamos que eso era totalmente imposible.

Regresé al Clarkdale semanas después. Pregunté a Mark por Shelly y me dijo que se había marchado a California, porque necesitaba un cambio de aires, pero que no le dijo ninguna dirección, ni teléfono.

Así que pedí un Jameson y me dediqué a escuchar buena música.

Nunca la volví a ver. 

Nunca la he olvidado.

Imprevistos

A veces hay algún imprevisto que debemos aprovechar lo mejor posible. Perdemos algunas cosas, pero ganamos otras.

Una pequeña lesión en la mano izquierda, me ha hecho pasar por el quirófano, pero todo ha salido bien. Es verdad que me he perdido un viaje previsto a La Rioja y también mis clases de saxofón y algún que otro compromiso, ni tampoco he podido conducir.

Pero a cambio, he podido dedicar más y mejor tiempo a mis orquídeas, también a escuchar música, a leer aunque con alguna dificultad para sujetar la tablet o el libro, a dar algún paseo, e incluso he ido al festival de jazz para el que saqué entradas hace dos meses.

Y especialmente he podido descubrir un mundo de colores que muchas veces con las prisas, nos pasa desapercibido.

Como cocinar con una mano es un engorro, me siento agradecido a quiénes me han cuidado, a mi hijo e hija que me prepararon un delicioso arroz meloso con pulpo. A los amigos y familia que me han traído: un tuper enorme con unas deliciosas albóndigas en salsa, comida asiática de mi restaurante favorito, unas botellas de Rioja para alentar mi ánimo, un solomillo de ternera enorme, para hacer a la plancha bien jugoso y hasta los mejores torreznos de Soria y del mundo-mundial.

¡Gracias por cuidarme! Ya lo dice el refrán: «no hay mal que por bien no venga»

Mi mano va lentamente mejor, hace unos días me quitaron los puntos y ahora estoy con la rehabilitación.

Pero, mucho me temo que estos días he engordado más de dos kilos y eso en vísperas de Navidad es arriesgado.

Intentaré ser «bueno» de aquí a Nochebuena para compensar. Porque desde el 24 de diciembre va a ser muy difícil.


Foto Sabius

La visita (parte II): el consejo de un amigo

Habíamos dejado el anterior post, tras la visita sorpresa de Beatriz a su “madre” en la residencia.

A Carmen la directora de la residencia, le llamó la atención la petición de la mujer de no comentar nada a su hermanastro. Eso le generó dudas y decidió actuar, pidiendo consejo a su amigo Gumer.

-Bien, vamos por partes -resumió Gumer- es probable que no sea nada, hay familias muy peculiares y no sabemos las rencillas que arrastran. No obstante, podemos investigar a la tal Beatriz. De momento, me gustaría ver la cara de esa mujer, y acabo de comprobar que tenéis cámaras a la entrada. ¿Podemos revisar las imágenes? Necesitamos tu autorización. Ah… y también las cámaras del parking.

Las imágenes de bastante calidad, mostraron a Beatriz entrando en la residencia a las 11:23 y saliendo llorosa a las 12:15. Por otra parte, las imágenes del parking mostraban a la mujer entrando en un coche, del que solo se apreciaban dos números de la matrícula, pero Leopoldo que acompañaba a Gumer, siempre meticuloso descubrió un detalle,

– Hay algo interesante, apenas puede verse la matrícula, pero se trata de un coche de alquiler, fíjate -se dirigió a Gumer- en esa pegatina en el cristal trasero, por el tamaño y color, aunque solo veamos la mitad, es sin duda de la compañía de alquiler Rentflex.

Y se pusieron manos a la obra. Para conocer la identidad de Beatriz, el equipo decidió que lo más rápido era intentar entrar en la base de datos de Rentflex, pese al riesgo que ello conllevaba al ser una actividad ilegal. Gumer pensaba que a veces, había que buscar «atajos» en una investigación. Para ello Fede el experto informático se puso manos a la obra y apenas en treinta minutos, conociendo el modelo, fecha y hora y dos números de la matrícula, accedió a las bases de datos de la compañía y obtuvieron los datos, nombre, apellidos, carnet de conducir, dni… y un detalle, su nombre verdadero era Irene.

La dirección que aparecía en el dni, permitió hacer una vigilancia discreta y sutil, encargada a sus colaboradores Carmen y Constantin. Después de tres días de vigilancia infructuosa, el viernes por la tarde, Irene (Beatriz) salió del portal con un hombre que había entrado una hora antes. Carmen se cruzó con ellos e hizo unas fotos de frente, con su cámara incorporada en el broche que sujetaba su fular.

El siguiente paso era identificar al hombre de las fotos.

Aunque fue un trabajo arduo, el seguimiento del acompañante de Irene (Beatriz) permitió averiguar su identidad, Gregorio M. incluso su lugar de trabajo y aquí vinieron las sorpresas, el primer apellido coincidía con el de Javier y aún quedaba la segunda sorpresa, porque trabajaba en el Banco del Norte, donde la anciana tenía sus ahorros.

Quedaba cerrar el círculo y era necesario implicar a Javier, el hijo de doña Isabel, para lo cual Carmen la directora, le convocó a una reunión en la propia residencia con Gumer y parte de su equipo. Fue Gumer el encargado de exponer la situación, pero la guinda llegó cuando Javier vio la foto de Gregorio el sospechoso,

-Pero ¡si es mi sobrino Goyo! el hijo de mi hermana.

La conclusión fue que Gregorio, conocedor de los ahorros de su abuela Isabel, trazó un plan para sacarle dinero a la anciana, aprovechando sus momentos de confusión y lo hizo con la colaboración de Irene. La respuesta a gritos de la mujer en la habitación de la residencia, abortó su plan inicial.

Gumer explicó, que antes de tomar cualquier medida, le gustaría hacerle una visita a Gregorio para hablar con él. Y así fue como Constantin y el propio Gumer, fueron a la sucursal de la que era apoderado Gregorio, con la excusa de una inversión.

Gumer tomó la palabra,

-Gregorio, es usted un canalla, tenemos pruebas de las amenazas y de su intento de robo a doña Isabel, su propia abuela, con la complicidad de su pareja Irene. Tenemos grabaciones de conversaciones e imágenes. Después le mostró algunas de las fotos y concluyó endureciendo su discurso:

-No se arriesgue Gregorio, en breve vendrá su tío Javier a pedirle explicaciones. No descarte tres denuncias contra usted y contra Irene, por parte de la directora de la residencia, de su tío Javier y la mía propia. Denuncias que además de causarle problemas legales y de reputación, con certeza le harían perder su puesto de trabajo, ya que comprenderá que el banco no puede permitirse tener un posible chorizo como apoderado en una de sus sucursales, además esto trascendería a las redes sociales, lo que no dude que sucederá, de hecho Instagram y Tik Tok serían los primeros destinos.

De vuelta al despacho, Gumer estaba contento con el trabajo realizado por su equipo, además él se había tirado un farol con lo de las conversaciones grabadas que iba a ser muy efectivo. Sin embargo por otra parte, sabía que solo tenían indicios y quizás las denuncias ante la policía, tuvieran escaso recorrido. Pero desde luego, el canalla de Gregorio se había quedado verdaderamente acojonado.

Pese a ello, Gumer estaba asqueado. Le parecía lamentable que un nieto urdiera un plan para robar el dinero a su propia abuela.

-Os juro que esta mañana he estado a punto de darle con la mano abierta -dijo Constantin enfadado-

-Lo que más me jode -señaló Carmen- es ver cómo se aprovechan de la vulnerabilidad de las personas mayores.-

Gumer tomó la palabra,

-No os calentéis más de lo necesario, venga os invito a una copa en el Olmedo y lo dejamos por hoy. Y mañana será un nuevo día.


Imagen Sabius (IA)

La visita

Beatriz se identificó al preguntar por doña Isabel, como hija suya. Aunque no había venido a verla antes porque vivía en Canadá. El personal de recepción avisó a Carmen la responsable de la residencia.

-No sabía que Isabel tuviera una hija, aquí solo viene a verla Javier que deduzco es su hermano -dijo Carmen-

-Hermanastro -corrigió Beatriz- misma madre, pero distinto padre.

Beatriz, afligida y con ojos llorosos, le explicó a Carmen su difícil relación desde la distancia con Isabel, su madre, su gran preocupación por su estado de salud, y la pena por estar varios años sin venir a verla a España.

Finalmente, Carmen la acompañó a la habitación donde estaba doña Isabel. Le advirtió antes de entrar, que a veces tenía fallos de memoria. A pesar de la sonrisa cariñosa de Beatriz, Isabel no la reconoció, es más negó haber tenido una hija. Carmen, las dejo a solas y animó a Beatriz que estaba muy compungida.

-La puerta está abierta, es la costumbre aquí. Cualquier cosa que necesites, avísame y si ves que se pone muy nerviosa, pulsa el botón que está encima del cabecero. Suerte.

Tras apenas un par de minutos, Beatriz sacó una tablet de su bolso, cambió su cariñoso discurso hacia Isabel y acercándose a su cara, le dijo en voz baja, pero contundente a la vez.

-Escucha con atención maldita vieja. Por supuesto que no soy tu hija, pero aquí nadie te va a creer. ¿Ves esto? -dijo mostrándole la pantalla- pues bien, a mi no me la cuelas, tú tienes memoria para lo que quieres, así que ya estás dándome la clave de tu cuenta de ahorro en el Banco del Norte, vieja forrada, o de lo contrario te aseguro que lo pasaréis muy mal, tú y especialmente el idiota de tu hijo. Dame la clave, transferimos cincuenta mil euros y no volverás a saber de mí.

Isabel comenzó a gritar.

Carmen y Elías un enfermero alto y fuerte, entraron en respuesta a la llamada desde el botón que había hecho Beatriz. Mientras tanto, Isabel la insultaba, llamándola, ladrona, estafadora, en un estado de nervios importante, que requirió de un calmante que Elías inyectó en el brazo de la paciente.

Beatriz, llorando salió acompañada de Carmen, que le mostraba su comprensión.

-Cada día está peor, pierde la memoria, ya se lo digo a su hermano, perdón hermanastro, pero intente volver otro día a ver si la encuentra más calmada.

-Gracias -contestó Beatriz- aún con lágrimas en los ojos y presa de una enorme angustia.

-Solo quiero pedirle un favor -añadió Beatriz- no le hable de mi visita a mi hermanastro Javier, nuestra relación es compleja y no quisiera que empeorara. ¿Me hará el favor?

-Por supuesto, -respondió la directora- no se preocupe por eso y vuelva pronto.


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Enfadada

Kathy está muy enfadada conmigo.

Me llamo Alfred y el motivo del enfado de Kathy es que la dejé tirada la noche de la cena de fin de curso, en la que quería presentarme a sus compañeros y amigos.

Y no avisé, ni atendí a sus llamadas.

Objetivamente hablando no me he portado bien con ella, pero ¿Cómo puedo explicar que hay algunas noches, que no estoy para nadie, que soy difícil de tratar, que soy bastante imprevisible?

Hasta ahora había podido sortear esas “dificultades”, pero la cena de fin de curso, era precisamente una de esas noches especiales.

El caso es que Kathy me parece una chica majísima y estoy decidido a que lo nuestro siga adelante.

Pero, ¿Cómo le explico que tengo una naturaleza dual? ¿Cómo le explico, que cuando unos están pendientes de reservar la mesa en el restaurante, o de la ropa que van a ponerse, o de la temperatura prevista para esa noche, mi preocupación, mi única y exclusiva preocupación, es saber si habrá o no luna llena?


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Buena pasta

Corrían los años cuarenta en Nueva York. El grupo de hombres terminó su cena, basada en deliciosos platos y postres, regados con varias botellas del mejor vino italiano. La Ostería San Pietro, era uno de los mejores restaurantes italianos de Brooklyn.

A la hora de pagar, don Amaro solicitó que viniera el camarero porque quería hacerle alguna objeción sobre el precio.

-Verás chico, me parece un poco cara la cena, así que te propongo que nos hagas un descuento, y si es posible, que salga una cifra redonda, divisible entre nosotros seis. ¿Qué te parece? Hay otra alternativa y es que no haya descuento y yo me cargue a uno de los comensales y seamos cinco para pagar la cena de seis pero, en ese caso, mis compañeros se iban a enfadar porque tocarían a más y además tu tendrías un fiambre en tu restaurante. ¿Qué me dices?

El chico visiblemente nervioso, le respondió que él era solo un camarero y no podía decidir, pero que llamaría a doña Giulia.

Cuando el camarero se retiró, don Amaro y los comensales rompieron a reír, ante la cara de pánico del chico.

Al cabo de unos minutos, apareció doña Giulia con la factura modificada. Cuando la vio, don Amaro se quedó perplejo.

-Nos subes aún más el precio, ¿no me estarás tomando el pelo?

-Para nada don Amaro -respondió tranquila Giulia- Le explico, observará que la minuta es una cifra redonda que es lo que usted ha solicitado, además de esa manera yo recibo una merecida propina por el servicio y no es necesario que usted se cargue a nadie.

-Una pregunta -sonrió don Amaro- ¿Qué te hace pensar que te lo voy a consentir sin enfadarme?

-Sencillo, don Amaro, porque ustedes comen aquí la mejor pasta de Nueva York, y supongo que no se la quieren perder la próxima vez.

-Es usted una gran mujer doña Giulia. Tiene todo mi respeto -respondió sonriente don Amaro-

Y procedieron al pago.

Una vez fuera, Stéfano uno de los secuaces de don Amaro, se dirigió a su jefe llevándose la mano al revólver que guardaba en la funda de su pernera y le dijo,

-Jefe, he visto a esta mujer muy sobrada ¿quiere que le dejemos un recadito?

-No Stéfano, doña Giulia es una mujer siciliana dura y valiente. Lo más importante amigo, es que prepara la mejor pasta de Nueva York. Y si miras discretamente al callejón a tu derecha, verás a Genaro, su primo, con parte de su banda, echando un cigarro. Adivina quién les ha avisado. Hay que tener ojos en todas partes, mi buen Stéfano, en todas partes.


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Recuerdos del barrio

Se llamaba Gordillo y yo, ingenuo de mí, creí que era un apodo porque el hombre era bajo y gordito. Menos mal que me aclararon a tiempo que ese era su apellido. Tendría yo diez u once años, más o menos por esa época.

Gordillo daba nombre a una especie de bazar donde se vendían libros, revistas y tebeos de segunda mano, bueno… en el caso de los tebeos de muchas manos, porque incluso se podían alquilar por días. Por un módico precio te llevabas a casa el «Pulgarcito», el «Tío Vivo» o «El Capitán Trueno» para los más mayores y las señoras se llevaban el «Hola» o el «Lecturas», eso sí, de hacía tres meses, pero ¿Qué importaba?, lo realmente interesante eran los chismes que se contaban. También había libros, aunque en casa estábamos bien servidos de literatura con el entrañable “Círculo de Lectores” del que mi padre era socio.

Con el tiempo Gordillo “amplió” el negocio ofertando, botellines de cerveza, fantas, mirindas, gaseosas y bolsas de patatas fritas, pipas, “cacahueses” y chuches y también vendía cigarrillos o “pitis” por unidad. A veces estábamos un buen rato con él y nos contaba historias que escuchábamos con la boca abierta. Supongo que algunas serían invenciones, pero otras eran bien reales, cuando nos contaba, por ejemplo, que cuando su padre abrió el negocio hacía muchos años, él vendía el TBO cantando,

“TBO, TBO, al que no sepa leer, yo se lo leo”

Una mañana de sábado, Gordillo apareció cerrado y era raro porque abría todos los días del año, aunque fuera solo unas horas para su fiel clientela. Pero una fuente de “fiar”, doña Encarna la de la frutería de al lado, nos dijo que Gordillo había vendido el local y se había ido a vivir a su pueblo con su señora esposa. Yo no sabía ni que estuviera casado.

Pero lo cierto es que apenas tres meses después del cierre y tras unas pequeñas reformas, abrió en el local un pequeño taller de relojería, cuyo dueño le dijo a mi madre que Gordillo estaba la mar de bien. Y eso nos tranquilizó a toda la chavalería, aunque le echábamos mucho de menos.

Casi siempre que bajo a Madrid y tengo tiempo, me doy una vuelta por mi querido barrio. Las calles son las mismas, pero obviamente ya no queda nada de esos tiempos.

Hoy el local que fue de Gordillo, y que luego pasó por otras manos y menesteres, ha sido ampliado con el local de al lado, que era la frutería de los hijos de doña Encarna, y actualmente es una moderna peluquería masculina, bueno, una barbería como se dice ahora.

Justo enfrente, hay un bar que lleva ahí media vida y que presume de ofrecer unas patatas bravas espectaculares, así que no encontré mejor manera de terminar mi recorrido por los recuerdos, que con unas ricas bravas y un doble de cerveza.

El candidato

El despacho de Gumer no tenía en mente cubrir ningún nuevo puesto y la sorpresa fue encontrar a un candidato, digamos “especial”, de nombre Leopoldo, a través del amigo de Gumer, el señor Yamimoto Nokarbura, que le habló de las cualidades del posible candidato. Gumer accedió a entrevistarle junto a su equipo.

Esta fue la conversación,

-Veo en su CV que ha iniciado estudios de Derecho y de Sicología, aunque ninguno terminado. Por otra parte, ha trabajado como asesor inmobiliario financiero y de portero de seguridad en eventos, dos trabajos que nada tienen que ver. Ya sé que le recomienda el señor Nokarbura, pero ¿Puede explicarme algo más?

-Verá don Gumer, yo he estado alguna vez en el lado pelín oscuro, la vida es dura, pero he salido adelante con honradez, bueno, casi siempre con honradez, ya sabe que estuve un año en la cárcel, pero soy un tipo legal y muy trabajador.

-Y al margen de mi amistad con el señor Nokarbura ¿por qué habríamos de darle esta oportunidad?

-Bueno, don Gumer, soy bastante observador…

-Por ejemplo, usted (se giró hacia Federico) ha comido hoy bonito con tomate, en el restaurante Olmedo. Lo deduzco porque lleva una mancha de tomate en la pechera de la camisa, si bien está bastante aligerada con agua seguramente. Solo hay dos restaurantes de menú cerca, el Olmedo y Zacarías y éste último hoy tenía cocido completo. He venido en taxi y como me sobraba tiempo, me pasé por ambos restaurantes a hojear el menú. Además creo que ha estado recientemente en el dermatólogo, pues tiene una pequeña cicatriz rojiza en el cuello, probablemente de la extirpación de un nevus melanocítico.

-Usted (dirigiéndose a Constantin) lleva un Rolex de imitación, pero no está muy conseguido y por lo que veo se le retrasa seis minutos. Por cierto, si quiere le puedo conseguir las mejores imitaciones de Rolex del mercado… Ahhh, no sé si es por moda o por despiste, pero lleva dos calcetines diferentes, uno azul oscuro y otro negro. Por último, lleva usted un tatuaje con el escudo y la bandera del Steaua de Bucarest en el antebrazo izquierdo, por lo que supongo que le gusta el fútbol y es originario de Rumanía.

-En cuanto a usted (ahora miraba a Carmen), está ojerosa, cansada, incómoda. Hace apenas un cuarto de hora se ha tomado un ibuprofeno de 600mg de Kern Pharma, yo le recomendaría pasarse al naproxeno, tiene menos efectos secundarios. Quizás una mala noche, demasiado estudio, porque me he dado cuenta de que sobre su mesa de la entrada tiene apuntes de Psicopatología Forense y Derecho Penitenciario, lo que me hace pensar que usted estudia Criminología. La admiro, trabajar y estudiar tiene mucho mérito.

Los tres se miraron anonadados.

-Por último señor Gumer, lleva usted un impecable traje gris marengo de sastrería, me atrevería a decir que de un sastre experto y veterano, por la hechura del traje. Tiene usted miopía, y por el grosor de los cristales de las gafas deduzco que tiene más dioptrías en su ojo derecho que en el izquierdo. Y por la forma en que se sienta, es muy probable que tenga una leve molestia en la cadera. Quizás un golpe de alguno de sus nietos, que imagino son los de la foto de su fondo de pantalla y que he visto de refilón reflejada en el cristal del marco de uno de los cinco títulos que tiene enmarcados detrás de usted.

Gumer que estaba tan sorprendido como sus colaboradores, se acercó a la ventana y preguntó,

-¿Puede decirme el modelo y matrícula del coche aparcado justo enfrente del portal de la agencia?

-Se trata de un Nissan Qashqai de color blanco, matrícula 6802QGM, con motor 1.6 diésel, y etiqueta ambiental B.  El coche tiene un roce en la aleta trasera derecha. Está bastante bien cuidado, pese a que tiene diez años. Por cierto, aparentemente tiene la ITV caducada. Pero señor Gumer, ese no es su coche, a usted le va algo de más categoría, tal vez un Mercedes clase B 200d o similar.

En ese punto, Gumer dio por concluida la entrevista. Constantin acompañó a Leopoldo hasta la salida y después los cuatro miembros del equipo intercambiaron impresiones, que fueron casi unánimes, en cuanto al posible encaje del candidato en las labores de la agencia.

Y Leopoldo fue contratado en período de pruebas a la siguiente semana.


Imagen de Mohamed Hassan en Pixabay

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