A 10 años…

Hoy se cumplen 10 años desde que dejé mi terruño, mi patria imaginada. También WordPress dice que ya son 10 años desde que abrí este blog, no recordaba que lo abrí un día antes de partir.

Los ánimos de escribir aquí son mínimos, culpo a la falta del sol y a este invierno pesado y lleno de capas de hielo y nieve. Mucha gente me dice que me envidia, que cambiarían su vida por la mía en un santiamén, pero solamente lo dicen porque nunca han estado en esta situación: la nieve congela las llantas y las puertas de tu carro, y la acera; los árboles se convierten en un espectáculo transparente que a su vez es un monstruo que amenaza con destruir todo a su paso cuando se rompa. Todos caminamos cuidadosamente alrededor de las ramas para no perturbarlas y hacer que caigan creando un efecto dominó. Sin embargo, hay una paz silenciosa que se cuela en medio de todo esto y que me recuerda que quizás ahora prefiero la soledad de mi casa a la interacción superficial con personas que hablan otro idioma, a las risas forzadas y al manejar en calles que se han convertido en pistas de patinaje. La belleza blanca está afuera, sí, pero la belleza real para mí está en la comodidad de mi sillón overpriced, en mi taza de chocolate caliente y en las interminables horas en mi teléfono o frente al televisor.

En 10 años han pasado muchas cosas, reflexionando al respecto me sorprendo de todo lo que se añadió a mi vida y también todo lo que perdí, lo mas importante en ambos casos: personas. A mi rutina llegó un compañero de vida, una mascota y una familia añadida. Llegaron nuevos amigos de distintas partes del mundo y nuevos compañeros de trabajo. Pero perdí abuelos, tíos, amigos, conocidos y jefes. También se puede hablar de lo material, pero eso en general siempre va y viene. En las cosas que gané, pues gané dos nuevos diplomas, gané varias libras de peso, gané premios y becas, publicaciones académicas y creativas, y gané tres trabajos como profesora. Perdí varios concursos y becas, perdí la competencia en varios trabajos y sin duda perdí la cordura. Ah, esta última, muchos dirán que está de moda. No, lo que pasa es que muchos no han tenido que sacrificar tanto para estar a flote en este océano gringo donde sin duda se gana dinero, pero a cambio uno deja la estabilidad en muchos sentidos. Lo mental se vuelve parte de una conversación diaria, pero yo la verdad es que no resiento esta parte. Si algo, me hace feliz poder finalmente hablar de las cosas que aprisionan mi mente y que siempre lo han hecho, pero que he tenido que ocultar por miedo a que me digan «loca» o «necesitada de atención». Acá nadie se escandaliza si menciono «Trastorno de ansiedad generalizada», ni si menciono medicamentos. ¿Por qué es tan normal tomar pastillas como dulces cuando nos duele la cabeza pero no cuando nos duelen la mente y el alma?

En fin, 10 años se dicen fácil. La verdad me fue mejor de lo que pensé. De hecho, muchas veces no pensé que llegaría hasta aquí o a esta edad. Veo las fotos de cuando estaba en el aeropuerto ese 7 de enero de 2015 y mi corazón se acongoja. Mi papá tomó esa fotos, en mi cara hay inocencia, juventud y emoción. Llevo dos maletas y unas botas para el frío que sí fueron mis compañeras como por tres años más. Si mi corazón se acongoja es porque me da ternura ver esa cara que no había sufrido realmente en su vida. Sí, cuando me fui me fui llena de privilegios. Pero qué bueno que fue así. El hambre y la soledad reales las sentí hasta vivir yo sola, en mis veintes. Benditos mis padres que en medio de las carencias nunca me permitieron sentir ninguna de estas dos cosas mientras viví con ellos.

Termino aquí porque podría escribir mucho más, pero sería algo demasiado extenso y en estos tiempos ya nadie quiere leer, me incluyo. Solamente quería reportarme por acá después de un tiempo y decir que sí recuerdo ese día hace 10 años y cómo no hacerlo si fue el día en que la vida me cambió por completo. Fue aterrador, sí, pero me hizo ser quien soy hoy y no tengo arrepentimiento alguno. A quien sea que esté pensando cambiar su vida de esta forma, no lo dude ni un segundo. Las oportunidades no se presentan dos veces y la verdad es no hay que tomarse la vida tan en serio.

Sara.

Sugerencia de escritura del día
¿Qué te despierta curiosidad?

Lo que motiva a las personas. Lo que más les ayuda a salir de la cama todos los días. También qué les fascina, si son fanáticos de algo. En lo personal, aquellos que no son aficionados a nada deben tener una vida poco interesante. Ya sean los libros, los deportes, la música, lo que sea, debe haber algo ahí que te mantenga atento, que te robe la atención, quizás hasta el sueño. ¿Cuál es tu historia? quizás te han hecho sentir mal por esa película que fuiste a ver; a lo mejor hasta se rieron de tu colección de cd´s. ¿Mantienes en secreto tu admiración por ese actor? Sí. Porque esas son cosas de adolescentes, ya sabes, esas cosas de posters en la pared o stickers en el cuaderno. ¿Qué es eso de estar pendiente de la vida de un desconocido? ¿Celebrarle el cumpleaños? ¡Mira si no estás loca! No sos completa. Ya sos una adulta. Y la vida de los adultos carece de intereses, de aficiones…

Y esto me parece realmente curioso.

La ciudad de los caballos

Lexington, Diciembre 2022

Llegué a esta ciudad hace cuatro meses. Me recibió con un clima envidiable y paisajes totalmente verdes. En varias esquinas hay caballos de cerámica, en algunas casas hay caballos de verdad. Cuando pienso en el contraste entre esta y la ciudad de la que soy quiero llorar y no, no porque crea que Lexington sea mejor, si no porque aún con toda la belleza que posee no es mi ciudad golpeada y montañosa, la que llora desangrada por los múltiples baches y donde ahora, según me han contado, el tráfico se convierte en aquel cuento de Cortazar, “La autopista del Sur”. A veces aquí es así, una ciudad mediana con tráfico de ciudad grande. La distribución de las calles es incomprensible y cuando manejo a veces pienso que estoy cayendo en un espiral hasta dar en el semáforo entre el bulevar Man O’War y la Richmond Road, el que solamente dura tres segundos. Es como si al cruzar ese semáforo entrase en otra dimensión donde carros de gente rica coinciden con los de la clase media y solamente hay eso, no se ven taxis, motos, buses, rapiditos ni ningún medio de transporte público. Tampoco se ve un caminante y me pregunto si es que esta ciudad no está hecha para las personas sin acceso a un carro, pero claro, reflexiono todo esto desde mi carro, un Honda HR-V del 2019 que voy a estar pagando durante años. Es la esclavitud del siglo XIX, un engaño de vida burguesa que existe para ayudarnos a flotar en medio de la sociedad consumista de este país donde siempre seré una extranjera. 

El vecindario donde vivo es una alegre mezcla entre personas con capacidades especiales, familias, ancianos que viven solos, negros e hispanos. No es un barrio de ricos, sin embargo sé que no sería capaz de adquirir una de las casas de aquí sin endeudarme hasta el día de mi muerte. Por eso vivimos en un townhouse pequeño, estos son como casitas que comparten pared una con otra, dicho de otra forma, un duplex. Para mí es la gloria después de años viviendo en apartamentos de mala muerte donde si no me torturaban los vecinos de arriba, era la vecina de abajo la que se pasaba quejando. El compartir pared viene a recordarme mi pasado en la colonia Kennedy, donde todas las casitas, pegadas unas con otras, debían aguantarse las fiestas del vecino que duraban hasta las 4 de la mañana. Allí no se puede llamar a la policía por el ruido y si le decís algo al vecino aquello se convierte en una guerra entre quién le sube más volúmen al estéreo. Acá lo peor que hace mi vecino es tirar su bulto de hojas secas a mi lado del patio, wow, qué problemón.

Aún estoy intentando entender la obsesión de esta gente con los caballos -el cual es mi animal en el calendario chino, debo decir-. No fui una niña que creció en el campo, nunca me encaramé en los árboles, no me bañé en un río, no me caí de un barranco andando en bici -se me olvidó cómo andar en bici, por cierto- ni aprendí a nadar. No sé absolutamente nada de caballos, ni me atrevería a montar uno pues siempre fui miedosa de todo y hoy me gustaría culpar de eso a la ciudad. Crecí en cuatro casas diferentes de la colonia Kennedy, mi infancia estuvo llena de mudanzas y apenas salía a jugar con los vecinitos de la cuadra cuando mis papás lo permitían. Nuestros juegos eran landa y tirarles piropos desde la ventana a los chavos guapos que pasaban para luego escondernos. Una vez jugamos a la botellita y me hice de mi primer novio con el que duramos nueve días -por cierto, que años después resultó ser homosexual-. A veces nos reuníamos en la casa de algún vecino a ver tele, y cuando nuestros papás se enfiestaban y se distraían, nosotros nos poníamos a ver mujeres en traje de baño andando en bicicleta en el Canal 54, en su programación de adultos. 

Siempre supe que todas estas cosas me hacían diferente a las demás personas “¿Cómo es posible que no sepás andar en bici?”, “¿NO PODES NADAR?”, “Tenías que ser niña de ciudad.” Siempre fue mi estigma. Nunca tuve familiares que tuvieran ranchos donde pudiera pasar las vacaciones de navidad, mis vacaciones eran casi siempre en la casa grande de mi abuela Alicia donde lo más loco que hacíamos con los primos era quedarnos viendo tele hasta tarde. En vez de encaramarme en palos o bañarme en el río en mi infancia, yo me leí la biblioteca de mis papás y empecé a escribir poemas a los ocho años. Sé que en el hundimiento de un barco nada de esto me va a salvar, pero es que…si la muerte me llega ¿quién me creo yo para querer contradecirla?

Otra cosa que es insigne de esta ciudad, y más que todo del estado, es el famoso Bourbon, que al parecer es simplemente otro tipo de güisqui. Cuando lo probé me sentí elegante, pensando que había probado un tipo de licor, pero cuando me revelaron que era nada más whiskey, el espejismo se rompió. Me soprendía y me daba risa lo exigente que se me había vuelto el paladar en cuanto al alcohol, cuando bien recordaba ser la misma que se tomaba vasos de Pollo Loco con jugo de naranja Sula, Tatascán con Coca-cola o caguamas de Salva Vida. Creo que a veces preferiría volver a probar esos cócteles maravillosos a degustar estos licores gringos, porque al menos detrás de aquellos estaban mis amigos -de la iglesia, irónicamente- y detrás de estos está un mesero anónimo o una pareja que recién conocimos en mi nuevo trabajo, los que nos sonríen hipócritamente y de los que no sé nada -ah sí, sé que tienen una hija de diez años que también se llama Sarah pero con h y que ya lee las novelas de C.S Lewis y que está obsesionada con la tradición navideña de Elf on a Shelf. 

La dificultad que he tenido de hacer amigos en esta ciudad no me sorprende. A pesar de que todas las personas parecen ser amables, la mayoría gusta de esconderse todo el tiempo detrás de sus horarios imposibles de trabajo. A diferencia de Tennessee, que es donde viví los últimos cinco años, la diversidad aquí es aún mayor y ya al menos no soy la única con mi color de piel en el banco o en un restaurante. Sin embargo, la etiqueta de extranjera siempre está, las preguntas de Where are you from? Where is home for you? Se repiten tanto…cuando es posible que home para mí sea este país, ¿acaso ellos se han puesto a pensar en eso? Claro que no, ¿qué van a entender? Si son de los que tienen una “casa de la infancia” que pueden visitar cuando quieran y donde el cuarto en el que crecieron sigue intacto con juguetes y peluches. Mis papás jamás tuvieron una casa. Yo nunca tuve un cuarto que pueda re-visitar para llorar recordando the good times. Lo que yo tengo es una familia en Honduras y una colección de amigos que dejé cuando tenía 24 años. Lo que yo tengo es un pasado de migraciones que me han privado de sentar raíces y considerar un lugar específico como mi hogar. Pensaba que Tegucigalpa era mi hogar, pero ahora que vuelvo no la reconozco, no me encuentro y soy solo una visitante más. La cosa es que tampoco soy de acá y me cuestiono si es que quizás no soy de ningún lugar.

Los primeros 11 días del año

Algo interesante me pasó los primeros días del año y fue que la cama me absorbió por completo.

Comencé el 2021 cayéndome con una maleta en la mano (quién sabe si eso será algún presagio) y torciéndome el pie de tal manera que el diagnóstico fue esguince grado 1 y reposo total de 10 a 15 días, una bota para refrescar mi estilo de vestir y unas muletas como accesorio de invierno.

Un esguince no es lo peor que le puede pasar a una persona, claro está; pero para mí fue la oportunidad para deprimirme por todas las cosas por las que no me había deprimido durante los últimos meses del año pasado.

Comencé a extrañar mis idas al gimnasio, mis corridas en el parque, manejar mi carro (que por fin aprendí, a mis 30 años); luego comencé a extrañar a mi familia, a mis amigos que han quedado en la patria y a mi abuela que ya casi cumple un año de haberse ido. Empecé a hundirme inconscientemente en canciones corta venas y se vinieron los pensamientos, esos que lo único que querían hacer era hundirme más.

Y lloré todo lo que no había llorado hace tiempo.

Ya no era yo, me veía al espejo y no era yo ¿Dónde estaba mi cara recién lavada y mi ropa deportiva? mi agenda con planes, mis zapatillas para correr. ¿Dónde estaban las ganas de levantarme? -dolía el pie sin las muletas, dolían la manos con las muletas- un día en el que estaba sola no comí nada durante 12 horas.

Pero hoy es el día 11 del mes. Puedo dar unos pasos, puedo bañarme de nuevo de pie y puedo valerme por mí misma en muchos aspectos. Arreglé la cama por primera vez en el año, mi gato lo notó y saltó por debajo de las sábanas. Mi novio ya viene al apartamento y me encuentra viendo televisión en la sala y yo voy entendiendo que debo hacerme amiga de la paciencia, no solo en cuanto a mi recuperación; sino en mi certeza de que volveré, volveré a ver a mi familia, volveré a correr, volveré a viajar y volveré a abrazar a mis amigos.

A veces pienso que el año pasado fue tan exhaustivo para el mundo que mi propio cuerpo dijo «no más» y me lanzó maleta abajo para darme un descanso de todo en el inicio de este 2021. Al principio lo veía como el peor de los comienzos pero, ¿de verdad es tan terrible empezar descansando, viendo Netflix, siendo atendida y leyendo hasta que me ardieran los ojos o llorando hasta que me ardieran los ojos? No lo creo.

Depuración y desintoxicación, eso fue y estoy agradecida.

Sara Rico-Godoy.

Uno más

¿Por qué desaparecer suena tan atractivo hoy? o quizás dormir hasta que los ojos se peguen y la cabeza arda.

Apagar los pensamientos.

Dicen que un nuevo año empieza, pero yo aún no lo empiezo, yo estoy retrasada, mi reloj se averió y no encuentro la sala; tampoco el comedor. Lo único que veo frente a mí es la pared y una cama horadada con mi silueta desgastada.

Veo una página en blanco y un documento infinito.

Siento mojada mi cara, mi boca sabe a sal y mis ojos hinchados ven hacia la ventana intentando buscar el sol.

Los pájaros no cantan.

Leer para perderme, leer para recuperarme, leer para olvidar, leer para vivir otras vidas.

No quiero vivir mi vida, perdón Carmen de Burgos.

Perdón a las quimeras de la noche, a los conejos del bosque. Perdón a la niña que soñaba, perdón…

Perdón.

Es un año más, pero para mí es uno menos.

Algún día fui aquella mujer que tenía lista la maleta, que tenía abuela, que tenía fuerzas, que escribía hasta la salida del sol. Un día estuve llena, pero hoy me armo de vacíos, puertas que se cierran y caminos que parecen nunca acabar.

Sara Rico-Godoy.

Parece silencio, pero la mente creadora grita

Quiero escribir y estoy escribiendo. Ya publicar por acá…eso es otra cosa.

Este blog ha estado desierto desde hace dos meses. Siento que me faltan las fuerzas suficientes para sentarme a la computadora y escribir algo novedoso que alguien vaya a leer y pensar «Qué bonito» o «me identifico». Últimamente hay tantas cosas por hacer y pensar, la vida sigue aún con pandemia y todo, y en mi caso las exigencias académicas también me juegan sucio a veces. Pero sigo escribiendo, no he parado y lo que pasa lo explicaré en breve.

No quiero que esto suene a excusa, vale aclarar. Solo deseaba venir aquí con el corazón abierto para decirles que no he querido publicar, no porque haya un silencio invadiéndome las teclas, sino porque la pluma mental está tan a tope y gritando en cada sueño que algo bien bonito se está gestando y soy muy celosa como para compartirlo.

Estoy preñada de una novela. El proceso quizás sea largo. No sé si esté lista en un año, en dos o en tres. Gracias a la semilla que dejaron de un par de talleres de escritura creativa voy subiendo la loma, lento, lentísimo, pero espero que será algo que por fin me dejará satisfecha. Por eso quizás no me vean mucho por aquí, no es que me haya aburrido de esta plataforma, ¡al contrario! Estoy pegada siempre. Sigo leyendo sus entradas y sigo entreteniéndome con sus escritos.

No sé qué fuerza maligna me haya dicho que estoy preparada para un proyecto tan ambicioso como lo es esta novela (no lo estoy), pero quiero intentarlo, quizás solo por decir que lo he logrado. Aunque cabe aclarar que esta no sería mi primer novela escrita, quedan aún los rastros de aquella novelita que escribí hace cinco años, una cosa tierna pero muy amateur; malísima por dónde se le vea, de los que me la leyeron nadie me quiso dar opinión por la vergüenza que les produjo. Auto publicada en Amazon ¡vaya ocurrencia! (Nada en contra de los que se auto publican, ojo). Algunos colegas escritores accedieron a leerla para darme sus opiniones, pero todos solo quedaron en «Luego te contacto para darte mis comentarios», comentarios que jamás llegaron, quizás les daba angustia romperle el corazón a la muchacha de entonces, que aún escribía con influencias Pottericas y cuyo punto de vista narrativo era un hazme reír (quizás aún lo es ¡ja!).

Pero bueno, no he venido a despotricar contra mí misma. Solamente quería dar señales de vida y explicar un poco mi ausencia, esperando que quizás una entrada de vez en cuando no sea una tarea tan imposible.

Los abrazo a todos.

Sara.

Black lives matter

Austin Black Lives Matter Protest

Fotografía de Heyli Rudolph

Como cualquier persona del mundo que ha estado siguiendo de cerca todo lo sucedido con George Floyd, me siento desesperanzada. Sí, los oficiales ya han sido acusados y la justicia les espera. Sí, los estadounidenses han despertado y quienes no se han unido a la causa protestando lo han hecho a través de la creación de peticiones, de donaciones; o a través de simplemente compartir información relevante en redes sociales. Parece que se avanza en todo esto, claro. Pero no es así.

Como mujer latina viviendo en los Estados Unidos me ha tocado tener encuentros con el racismo muy de cerca. Cuando no ha sido a través del reclamo de un hombre blanco que me dijo «Speak English!», ha sido en Walmart cuando me han acusado de robar. También ha sido cuando un hombre en el carro de al lado me ha gritado «Go back to your country», y cuando una viejecita amenazó con llamar a la policía porque mi novio y yo ya habíamos pasado en el carro frente a su casa dos veces. En dichos momentos quise pensar que nada de eso era racismo. Quise encontrar miles de explicaciones a los hechos, pensando que eran solamente cosas normales por las que pasaban todos los negros, latinos o personas inmigrantes que viven en este país. Pero no. Un hombre ha muerto. Varios hombres han muerto. Varias mujeres han muerto. El COVID-19 ha matado en su mayoría a hispanos y negros, y a raíz de esto OTROS MILES se suman a las estadísticas.  ¿Me tocará a mí algún día enfrentar la muerte por mi color de piel?

Por eso estoy desesperanzada.

¿Cuánto de esto realmente va a cambiar en los Estados Unidos? pero sobre todo ¿Cuándo se va a reconocer que el problema de racismo existe en todo el mundo? Lo que sucede en estos momentos aquí ha hecho a las personas replantearse su privilegio -o al menos, eso espero-; pero no es una acción que compete solamente a las personas de este país, compete a todo el mundo. Cuando preferís al hijo blanquito más que al hijo trigueño de tu amiga ES RACISMO. Cuando le decís a tu hijo o hija que se busque una pareja blanca «para mejorar la raza» ES RACISMO (Colorismo le han llamado algunos teóricos, porque la preferencia se da no hacia la raza, sino al color de la piel. Pero, sea como sea, uno es el hijo del otro). Yo misma me he encontrado en el pasado avalando estos comentarios o riéndome de ellos sin darme cuenta que con esto estaba reafirmando el racismo. Y es que, pensando en Latinoamérica, tenemos esta preferencia por la piel blanca tan internalizada a raíz de la mentalidad colonial que no nos damos cuenta cuando somos racistas; y solamente cuando el mundo explota y desmaya por un acto violento de racismo que involucró la muerte de un hombre a plena luz del día, y que fue grabada en video, nos cuestionamos nuestras decisiones, nuestros comentarios y nuestra vida.

Espero nos quede de lección. Espero que identifiquemos cuando hemos sido racistas. Espero que aprendamos que aún no hemos entendido que una razas la tienen peor que otros. Espero que no olvidemos a nuestros hermanos indígenas (muchas mujeres indígenas son asesinadas en México y sus muertes son silenciadas). Y espero que no seamos hipócritas diciendo «All lives matter» cuando al que mataron por estar nada más haciendo ejercicio por la noche era negro. O cuando la chica que mataron mientras estaba tranquila dentro de su casa era negra. Ahmaud Arbery es el nombre del primero. Breanna Taylor el nombre de la segunda.  No hay que olvidar sus nombres.

Sara Rico-Godoy.

(Solamente quiero aclarar que, el hecho que escriba sobre esto no quiere decir de ninguna manera que ignoro lo que pasa en mi país Honduras. Pero, creo que referirme a las nuevas injusticias y payasadas de mi tierra necesitará otra entrada por sí sola.)

Si estás buscando formas de ayudar  y no podés ir a una protesta, aquí te dejo unos links:

Firma las siguientes peticiones:

https://act.colorofchange.org/sign/justiceforfloyd_george_floyd_minneapolis

https://www.change.org/p/mayor-jacob-frey-justice-for-george-floyd

https://www.standwithbre.com

 

Dona a las siguientes causas:

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Crónicas de una pandemia #1

6.-Alf-Gadberry.-Sponsored-Content-2020.

Ilustración de Alf Gadberry

Dispuestos a obtener nuestros alimentos para la semana Sebas y yo, con las mascarillas en la cara y nuestro gel de manos salvador, nos dirigimos a Walmart. Una vez allí, las miradas de la gente no se hicieron esperar. No entendíamos por qué al estar en medio de una pandemia el portar una mascarilla podía ser motivo de estupor. Al llegar a pagar a la caja notamos que la empleada no llevaba ni mascarilla ni guantes, le preguntamos si estaba todo bien con ella y si necesitaba alguna mascarilla para protegerse, a lo que ella respondió:

—Es mi derecho no llevar mascarilla, todo esto de ese tal coronavirus se salió de control y lo han hecho más grande de lo que realmente es.

Sebas y yo solamente nos miramos sorprendidos, sin poder creer lo que escuchábamos. Al salir, tratamos de desinfectar todas las bolsas y los productos que la mujer hubiese tocado. Después de aquello no la hemos vuelto a ver, no sabemos si fue despedida ante su rebeldía de «exigir sus derecho» de no usar mascarilla; o si está convaleciente en alguna cama de hospital.

Sara Rico-Godoy.

 

¡Ya somos 700 seguidores!

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Hoy que me desperté me encontré con la sorpresa de que el blog ya había alcanzado los 700 seguidores, finalmente. Sabiendo bien que mi último blog no fue el más alentador y que debido a mis ocupaciones académicas tiendo a perderme del mapa por largos ratos, no puedo dejar de pensar lo agradecida que estoy con todos los que me leen a diario y siembran en mí esa semilla de confianza al obsequiarme su tiempo (el tiempo, que es tan valioso). En este blog he hecho amigos, he descubierto escritores con mucho potencial, pero sobre todo, he podido leer muchas entradas que reflejan aspectos de mí que pensé nadie más entendía y eso, déjenme decirles, es como que a uno le den un abrazo.

Espero pronto poder llegar a los 1,000 y seguir leyendo a todos los que me regalan esa distracción certera en los largos paseos de autobús, la media hora de cardio en la bicicleta estacionaria; o esas tardes de café frente a la ventana.

¡Gracias!

Sara Rico-Godoy.

Carta para mi abuela en el día de la madre

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Querida abuela Alicia,

Aquí estoy, primer día de la madre sin usted. Aunque yo, desde hace un par de años, dejé de celebrar a su lado. La vida y sus peripecias me han traído a un país lejano, muy diferente al nuestro, muy precipitado en cuanto a todo, en cuanto al trabajo, en cuanto al estudio, en cuanto al juzgar al otro, eso último sobre todo. Hoy desde que me despertó el canto de los pájaros y no una serenata noté que nada era como antes —aunque ya hace mucho que no escucho ese primer acorde de la guitarra de mi papá—. Quizás la vida sí es buena pero, sea como sea, ahora existe el vacío que usted dejó. Y quiero pedirle perdón, abuela. Perdón por no llamar. Perdón por no visitar más veces. Perdón por decir «No, gracias» cuando me ofreció pan con café porque yo ya me creía mejor que eso. Perdón por los feliz cumpleaños que no escuchó, perdón porque no supe ser una nieta la mayor parte del tiempo. Perdón por no creerme eso que usted siempre me decía «que Dios me la bendiga», sobre todo cuando la soledad es más fuerte. Perdón por pedir tanto perdón.  Perdón porque no puedo terminar de escribir ese cuento; perdón porque no sé qué estoy haciendo aquí y por mi inseguridad, y por no creerme lo suficiente, y por haber elegido una vida en la que la mitad del tiempo estoy llorando y la otra mitad pensando qué hago aquí. Porque me creo un fraude. Cada día que pasa me creo un fraude. Y sé que así no sería cómo usted vería la vida, pero es que lo que pasa, abuela, es que yo no soy como usted. No heredé su tenacidad, no heredé su fuerza. Quizás heredé su carácter, quizás las ganas de pelear con todo y todos. O tal vez la convicción de cumplir mis metas…realmente no sé qué heredé de usted, porque el otro problema, abuela, es que jamás la conocí realmente. Jamás tuve una conversación con usted a solas, jamás le presté atención a lo que le gustaba, a lo que la hacía feliz. Jamás entendí por qué siempre la vi como ese ser inalcanzable, remoto y lejano. Y ahora ya no está. Y yo me perdí en este tren de lamentos porque eso es lo único que me queda estando aquí. Y hoy es día de la madre y no puedo abrazarla, tampoco puedo abrazar a mi madre —al menos a ella puedo verla por una pantalla—, y solo me queda ver a la pared y recordar aquellos buenos momentos de risas, regaños, panes con café y remolacha —que tanto odiaba—. Y hoy le digo que la veo sentada frente a mí y que estoy hablando con usted; y que aunque no hayamos hablado antes, ahora hablaremos. Y que si no tuvimos momentos a solas, ahora yo me los invento. Y que si quiero volar con usted yo solita, me volveré a poner estas alas rotas; y que en silencio mientras las lágrimas pintan un cuadro en mi rostro yo me elevo…y la siento, conmigo.  Y la entierro en esa página que escribo, por la tarde, mientras el sol se despide.

La amo, abuela.

Hasta siempre,

Sara.