
Hoy tuve un sueño que me hizo sollozar mientras las cenizas de su fulgor bañaban mi psique de hollín.
Recuerdo la época en la que estaba enamorado y mi amor era correspondido. Ella tenía el nombre de una reina. Solía verme como si yo fuera la luna en un mar de estrellas y yo solía verla como si ella fuera el sol en una galaxia vacía. Podía perderme por horas presenciando la imponente serenidad de su rostro pálido, pasando mi mano por su ondulado cabello corto que parecía sacado de la Venus de Milo.
Su belleza ideal competía con su actitud ideal. Era positiva, siempre mirando a la vida desde una inocente perspectiva que rebosaba de una felicidad inhumana. Cuando veías su pequeña sonrisa, que formaba con sus finos labios rosados, sabías que el amor estaba presente y que las tinieblas se alejaban de tu corazón.
Sin embargo, yo no contaba con que la oscuridad que ardía en mi pecho y en mi crisma fuera a ser tan intensa como para ensombrecer su luz.
Desde joven he sido tentado por la oscuridad. Mi sangre es débil, pasé gran parte de mi infancia en la sala de urgencias tratando de soportar el dolor de huesos más intenso que alguien se pudiera imaginar. Además de vivir con un permanente dolor físico, aislado del mundo en una habitación blanca llena de doctores con manchas rojas en la ropa, veía el ir y venir de gente en camillas o sillas de ruedas, portando una gélida mirada de resignación en sus ojos. Pero después de dichas estancias en el hospital, debía volver al patio de juegos de la escuela y fingir que todo estaba bien, como si no hubiera acabado de ver las entrañas del lado más visceral de la vida misma. Veía la oscuridad del mundo exterior, la guardaba en lo más profundo de mi ser y la dejaba consumirme en silencio mientras le mostraba una sonrisa al resto del mundo.
Es por esta razón que, en mi adolescencia, me vi tan atraído por esa chica de ojos tiernos que parecía haber vivido la parte más bondadosa que el universo tenía qué ofrecer. Con mi ingenioso sentido del humor y mis pensamientos filosóficos agridulces logramos congeniar con rapidez. Fue la mezcla romántica más rara que el mundo haya presenciado.
Nuestra relación era idilica porque le daba todo lo mejor de mi. Le ofrecía la poca luz que podía haber en mi interior, sólo para que continuara sonriendo y sus labios tocaran los míos de vez en cuando. No obstante, poco a poco se agotó la luz y mis ojos temblorosos dejaron entrever la oscuridad que había en mí.
Ella me vio a los ojos y lo supo, vio mi torturada alma en llamas. Creí que se asustaría, que me dejaría para evitar problemas, que me odiaría por no mostrarle con anterioridad la peor parte de mí. Pero ella era un ángel reencarnada en forma humana. Me tomó de las manos y me pidió que le gritara todo lo que quería callar. Eso hice, pero pude ver cómo su mirada se tornaba más titubeante con cada palabra, cada lágrima que se desprendía de mi interior y se encontraba con el suyo.
Los siguientes días me sentí mucho mejor porque finalmente había purgado las sombras de mi mente desvariada. Sin embargo, ella comenzó a llorar en momentos aleatorios del día. A solas, en mis brazos, frente a sus amigos, sus familiares, sus compañeros de trabajo, frente a grandes grupos de personas o en público.
Un día le confesé que me arrepentía de haberle confiado pensamientos tan oscuros y perversos. Ella me confesó que estaba dispuesta a pasar un calvario emocional sólo para verme mejor. Yo dejé de llorar por todo lo demás, pero comencé a derrumbarme a diario sólo por pensar en sus lágrimas.
Otro decidimos separarnos y no volver a vernos. Así ha sido por muchos años hasta el día de hoy.
Justo hoy soñé con ella. Con una enorme garra, conformada por sombras, tomándola del abdomen y arrastrándola a través del cosmos mientras ella ardía en fuego. A mí parecer, ese habría sido su destino de haber seguido compartiendo mi dolor con ella. Me alegro de haberla dejado en paz, prefiero ser yo el condenado y dejarla libre de mis tortuosos sentimientos negativos.
En donde quiera que esté, espero que esté dándole al mundo una luz imposible de apagar y que el amor de su vida sea un faro de esperanza como el que yo nunca pude ni nunca podré llegar a ser.


