– No soy una «Workaholic«.
Dije con fuerza mientras le miraba a los ojos. La luz de la ventana golpeaba mi piel con la suavidad anaranjada del atardecer.
– Y me parece que te estás escudando en mi para justificar nuestros problemas.
Como si fuera una señal del universo, la luz sólo iluminó su cuerpo parcialmente y se fue apagando al mismo ritmo que el gesto de su rostro.
– ¿Ves? Está bien, como tú digas. Te dije que no iba a servir de nada tener esta conversación – soltó mientras tomaba su maleta, la cual estaba llena de todas las posesiones que podía llevar consigo.
– Hey, lo siento, pero creo que…
– No, ya lo decidí. -interrumpió ajustándose la cazadora.
– Pero…
Me quedé ahí, con la boca abierta y una mano medio estirada, como queriendo salir corriendo para tomar su brazo e impedir que llegara a la puerta, pero el resto de mi cuerpo estaba clavado a ese pequeño banco de patas largas que hacía parte de la barra de la cocina. Olvidé respirar por un segundo y sentí cómo bajaba una ola de calor desde mi cabeza hasta mis pies.
Mierda, se estaba yendo. En serio se estaba yendo.
Mi cuerpo recobró la energía por un segundo y de un salto bajó del asiento para correr hacia la puerta, donde estaba él en ese instante. Alcancé a agarrar la puerta antes de que se cerrara y me quedé estática bajo el umbral viendo cómo entraba al ascensor. Él giró sobre si mismo para presionar el botón del primer piso y luego levantó sus ojos. Nuestras miradas se encontraron por un breve instante. Abrí la boca para decir algo, pero mi cerebro no pudo articular palabra.
– Adiós, Lu. – susurró con una sonrisa forzada.
Las puertas se cerraron sobre él y nos separaron de manera definitiva. Respiré hondo sin saber qué hacer o qué pensar… ¿Pensar? En ese instante mi cerebro no procesaba absolutamente nada. Recosté mi cuerpo sobre la gran puerta de caoba hasta que esta se cerró. Lo único que se oyó en el apartamento fue el eco de aquél sonoro «clic» del seguro.
Respiré hondo de nuevo, cerré los ojos con fuerza y suspiré. Una sonrisa forzada se marcó en mis labios.
– Ya volverá, esto también pasará- me dije a mi misma con un leve tono esperanzado. Me levanté a regañadientes y troté hasta llegar al gran ventanal que daba a la avenida principal. Abrí una de las ventanas y asomé la mitad de mi cuerpo. El viento gélido golpeó mi cara casi tan duro como la dura realidad de verlo tomar un taxi para alejarse de nuestra casa… De nuestro hogar. Se hizo un nudo gigante en mi garganta y sentí la ansiedad envolver mi cuerpo hasta sentir que no podía respirar – Ya volverá, ya volverá. Él va a volver.
Al día de hoy, sé que debí haber visto las señales para saber que él nunca iba a volver.