Jesús Jank Curbelo / Foto: Ricardo López Hevia

Lo primero es el verde del terreno y el ruido de la gente y de las congas detrás de mí. Es eso, y que el estadio parece más pequeño que en pantalla; las distancias entre una base y otra; el tiempo que sucede entre las piernas del corredor.
Lo segundo es la bola cuando sale del bate y va crispándose, salta sobre la yerba hasta el montículo donde está el pitcher, rueda por la yerba detrás del pitcher, llega hasta la franja de tierra mientras el hombre en segunda agarra la bola y lanza hacia primera con elegancia en mucho menos tiempo del real que sucede entre las piernas del corredor.
Lo tercero es un foul. Una bola que sale desde el bate, se pierde sobre el techo detrás del home, o que se hunde entre el público, o que queda en la malla y baja graciosamente hasta el terreno; la recoge un muchacho con casco azul.
Estoy en el estadio y han pasado más o menos diez años desde mi última vez en el estadio. Desde entonces, a veces, entiendo el béisbol por el cartel que pone en la pantalla los números y el nombre del bateador. Pero aquí no me entero. Aquí lo que hay es una voz con eco que dice «Msdfbf Bsgnndff, segunda base», y uno, más o menos, va sabiendo que Msdfbf es Mengano porque lo ha visto parado en segunda, con el número tal y, más o menos, uno recuerda que bateaba tanto la última vez y que ahora, más o menos, debe estar, qué sé yo, sobre trescientos.
También antes pensaba que las voces de los que narran salían directas desde el estadio y las oía el público, los jugadores. No. Después, más grande, vine una vez, vi que no se escuchaban, y les eché de menos más que ahora que estoy sentado en el palco de prensa (Dayán García y yo) y, frente a nosotros, en el terreno, un hombre está lanzando swings al aire con guantes y dos pesas en la punta del bate, y está atento, porque quita las pesas poco antes de que el que está bateando meta un rolling y quede out. Entonces el de los swings, ya sin pesas, se para en el espacio entre el árbitro y el cátcher, bien, con calma, dispara un par de swings, se van en blanco, luego da hit.
Tampoco hay mucha gente. A pesar de la bulla hay agujeros tras la valla del 345. Dicen que desde allí no se ve bien. El mejor lugar, dicen, es detrás de la malla que está detrás del cátcher, o en el palco de prensa. Yo no sé qué hacer conmigo. Vigilo atentamente la pizarra para saber las carreras y el inning, el conteo, le pregunto a Dayán (que le sabe a esto) si el primera base debe ser zurdo siempre o si el espacio entre el center y primera es el mismo que entre primera y home, o si Fulano tiene de cuatro uno, o si Mengano, por fin, es Msdfbf.
A veces dejan de sonar las congas. A veces hay corneticas dispersas. El juego pasa y yo escribiendo esto porque me cuesta mucho concentrarme. Porque Dayán dejó de hacerme caso. Porque si no tengo al cátcher de frente no me entero de si el strike es strike.

Así que me senté, crucé la pierna sobre la rodilla y dejé salir las lágrimas. Cada frustración que emergía fuera era como un pesado saco de arena en la caja de un barco, en espera del hombre sudado y ancho que viniera a ponerlo sobre sus hombros, por detrás del cuello, que equilibrara el peso de mi cansancio en sus piernas y avanzara pesada y tristemente, siguiendo la línea amarilla y recta del suelo. Es la imagen que me hago. Alguien forzudo, de facciones redondas y sin más ropa que una camiseta probablemente blanca. Va descalzo, descalzo o con zapatos de tacón mediano y cordones de cuero, y pantalón cortado a las rodillas. Un hombre con el lenguaje ordinario transporta a hombros toda mi tristeza, la vierte dentro de un carretón blanco de hierro con tres ruedas, va a cernirla, la coloca en el jibe y cae al cubo una tristeza más o menos limpia, más bien en polvo; en la malla, tarugos de pensamiento enfermo. Y esta imagen, supongo, es la mediación entre falta de sueño y pesar, entre el acero que sirve de compuesto al dragaminas y mi pierna cruzada, que ahora está debajo de la rodilla, apoyada al asiento, con el peso de la otra pierna encima. Ya no hay llanto. Solo un dolor perenne detrás del cuello, a la altura de los hombros, que avanza tristemente por la línea amarilla, recta, del suelo a mis pies.
Conozco gente que se ha ido de Cuba. Tengo amigos, familias, conocidos, en cualquier orilla, en cualquier continente. Se me han ido por becas, por trabajo, por irse, por cambiar, por más dinero. Pero ninguno, y mira que pregunto, me ha dicho que se ha ido por cuestiones políticas. Sin embargo, sé dentro que hay política ahí. Juega un rol grande. Un rol tipo mejora, tipo búsqueda. No es loable siquiera decir que un rol de tipo prescindible. Pero, con todo, no creo que persista uno protagónico ni mucho menos. Es, apenas, de tantos, un rol más.