Hace un tiempo experimenté un evento singular, extraño, al que en un principio no le di mucha importancia, pero fue transcurriendo en forma muy seguida y tuve que buscar ayuda con un amigo que estudió teología y me supo explicar ese fenómeno que yo desconocía pero que estaba documentado y se debía tomar muy en serio.
Resulta que cada noche yo despertaba a una hora específica sin descubrir el motivo o el ruido que lo ocasionaba; ponía alerta todos mis sentidos para percibir algo, pero nada, absolutamente nada; en ese momento siempre reinaba un silencio demasiado extraño, no escuchaba nada, absolutamente nada dentro ni fuera de la casa, ni siquiera el canto de los grillos que nunca falta en el lugar donde vivo. Miraba la hora y siempre era la misma: las 3:00 de la mañana. Me quedaba despierta por una hora o más, intentando volver a conciliar el sueño pero en ese instante me abrumaba una inquietud y una angustia inexplicable, tenía necesidad de ir al cuarto de mis hijos para ver si estaban bien, o de llamar a mis seres queridos que se encontraban lejos. Volvía a la cama y sentía mucho frío, me cubría con la manta, para enseguida sentir un calor insoportable; y así pasaban los minutos hasta que, sin darme cuenta volvía a dormir. Esos episodios se repetían cada día y ya empezaban a preocuparme.
Entonces mi amigo me explicó que desde las 3:00 a las 4:00 de la mañana, —Justo cuando solía despertarme— se denominaba «Tiempo muerto o la hora del diablo», porque es en ese momento que el velo entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos está en contacto, permitiendo que los demonios y espíritus se comuniquen con las personas cruzando con una mayor facilidad que en otras horas del día. Según algunas investigaciones, se producen muchas muertes entre las 03:00 am y las 04:00 am, ya que en este momento el sistema inmunológico del cuerpo es más vulnerable. Entre estas horas, los enfermos graves, terminales o personas muy ancianas son más propensas a pasar al “otro lado” debido a que el cuerpo se debilita energéticamente. Que no todas las personas pueden experimentar ese fenómeno, y que si no está padeciendo alguna enfermedad, tu espíritu puede servir de ancla o conexión para proteger otros espíritus débiles o que están al borde de dejar este mundo.
Entonces fue cuando me di cuenta lo que me estaba sucediendo. En esos días, al otro lado del mundo a kilómetros de distancia, mi mejor amiga estaba debatiéndose entre la vida y la muerte y necesitaba toda la ayuda espiritual más que nunca.
No podría explicar si lo que iba a hacer iba a ayudar pero esa noche algo me movía para hacerlo y es así que busqué una vela azul y la imagen de San Miguel Arcángel, y esperé pacientemente, orando y preparando mi mente y mi espíritu para lo que vendría, y justo a las 3:00 de la mañana encendí la vela e invoqué al Arcángel para que por mi intermedio llegue a ella y la proteja. Esa hora fue decisiva, no creí que fuera tan difícil, empecé a percibir que me recorría un escalofrío por mi cuerpo y no podía parar de llorar, sentí que mi espíritu se fragmentaba y que iba a desfallecer. Pero ya no podía detenerme, llegaría hasta el final, en mi mente solo me repetía que su espíritu no cruzaría ese velo, ella aún tenía mucho por vivir.
Entendí que todas las noches anteriores que pasé en vela fue para fortalecer mi espíritu y prepararme para ese momento. Entendí también que Dios me había puesto en ese sendero para probar la fuerza de mi espíritu y la fuerza del cariño que sentía hacia ella. Al amanecer supe que ella estaba fuera de peligro, —sentí un alivio inexplicable en mi alma.
No sé si lo que hice esa noche aportó para que ella salga de su estado y venza a la oscuridad, es algo que nunca lo sabremos, pero luego de ese episodio me quedó la certeza que las dos siempre nos mantendríamos juntas, y que solo juntas podríamos cruzar y superar toda distancia y toda adversidad.









