Hoy escribí algo

Nadie en su sano juicio debería permanecer aquí mucho tiempo. La lectura de estos textos está estrictamente prohibida a menores de 18 años, y poco me parece. Los que se ofenden fácilmente ya se están largando.

CatBallou

  • por CatBallou

    —La belleza está en los ojos de quien la mira— decía la profesora de Estética. Y lo decía mirando hacia mí, sonriente, insinuante, como si pretendiese aludirme con su frase. Yo tomaba apuntes ávidamente, levantaba la cabeza, y también le sonreía, fascinada. No me perdía ni una sola de sus palabras, ni una sola de sus sonrisas, ni uno solo de sus pasos que desplegaba lenta y elegantemente por la clase, ligera, como si volase sobre todos nosotros con su leve cuerpo de estrecha cintura y pechos pomelo. Posiblemente era la profesora más sonriente que hubiese tenido nunca, y juraría que todas las sonrisas iban dedicadas a mí con toda intención, lo cual me hacía devorar con todavía más ansia cada palabra, cada gesto, cada tramo de su vuelo.

    Poco a poco comencé a perder interés en las demás asignaturas, pero era la más aplicada y ansiosa en cuanto a Estética se refería. Había una conexión profunda y especial entre la profesora y yo. Yo era la única que era capaz de captar la diferencia que había cuando la profesora decía «Belleza» y cuando decía «belleza», cuando decía «Estética» y cuando decía «estética». Comprendía el significado que tenía el más mínimo movimiento de sus manos, desentrañaba todos los matices que desplegaba uno solo de sus parpadeos, y ella se daba cuenta de ello. A veces, un gesto con su mano suponía una aclaración que me hacía a mí exclusivamente, y no hacía falta más. Yo me lanzaba a tomar apuntes de lo que ese gesto había significado, a continuación levantaba la cabeza, sonreía y mis ojos engullían nuevamente a la profesora, que me dedicaba toda una galería de sonrisas, gestos, palabras y guiños exclusivos, íntimos, incitantes.

    El día en que me decidí a ir a su despacho, no tenía ni idea de por qué lo hacía. Había tantas cosas que quería decirle… Sin embargo, también había tantas cosas que ya nos habíamos dicho sin decir ni una palabra que quizás sobrase todo lo que pudiésemos hablar. Por ello, simplemente llamé a la puerta y abrí, sin pensar ninguna razón para mi visita. Ella levantó la vista, y sonrió al verme, pero yo, por primera vez, no estuve muy segura del significado de su sonrisa. Evidentemente, ella entendió mi confusión inicial, y matizó su sonrisa levemente, cerrando un poco los labios, es decir, invitándome a entrar, pero al mismo tiempo reprochándome el que no hubiese ido antes. Yo me mordí un labio, como diciendo que lo sentía, y ella me lanzó un nuevo reproche al pasar su mano por la nuca. «¿Y si fuese tarde?», parecía decir. Yo me quedé muda, es decir, inmóvil.

    —Hola —dijo por fin, perdonándome sinceramente. —Pasa y siéntate.

    Sus manos extendidas y el contrapunto de las sílabas tónicas con las átonas convidaban a la relajación. Pero yo no era capaz de relajarme. De pronto eran demasiados los gestos, demasiadas las palabras, apenas tenía tiempo de estructurar con coherencia la avalancha de significados que mi profesora me enviaba. La camiseta de tirantes que moldeaba su pequeño cuerpo decía cosas que contradecían a los lunares de su cuello, sus movimientos de cabeza decían lo contrario que su caída de párpados, y en su sonrisa cada diente negaba al diente anterior. Era más de lo que podía soportar. No pude controlarme y me eché a llorar. Ella se levantó, y flotando como sólo ella sabe, se acercó a mí, me tomó la mano y me acarició el pelo.

    —Esta asignatura no es fácil. Especialmente para alguien que la entiende.

    —No es la asignatura —logré decir entre balbuceos. No podía parar de llorar, pero en ese momento lo hacía ante la idea de quizás en cualquier instante ella dejaría de tocarme.

    —Ya lo sé —dijo ella. Sus manos se posaron en mis hombros, acariciaron mi cuello, descendieron por mis brazos y agarraron mis manos fuertemente. Cuando levanté los ojos, llenos de lágrimas, encontré los suyos, llenos de firmeza, pero también de piedad, de tristeza, de profunda resignación. Entonces acercó su mejilla a la mía, y susurró:

    —Ésta es la última lección. La más difícil.

    Sentí sus labios en mi mejilla, congelados, durante tres segundos. Era un beso doloroso, pero mucho más doloroso por su brevedad. Pensé que moría durante el contacto de sus labios, pero mucho más muerta me dejaba la ausencia de ellos. Al momento, otro nuevo beso me quemaba la piel. Mis labios, desesperados, buscaron los suyos, pero ella alzó su dedo y me detuvo.

    —Tan solo escucha —susurró, y fueron sus labios los que encontraron los míos como una navaja insertándose en una esponja. Después se separó y regresó a su silla. Yo me levanté temblando, exhausta. La miré, sin saber qué hacer, pero inmediatamente me di cuenta de que la lección había terminado. Esta vez los apuntes estaban sobre mi piel, sobre mis labios, podía sentirlos abrasándome y esparciendo su picazón por todo mi cuerpo. Salí del despacho de mi profesora, mientras su mirada me confirmaba que, en efecto, la última lección había concluido. Repasa tus apuntes, chica.

    Al día siguiente volví al aula, y en cierto modo presentía lo que allí iba a ocurrir. No había sonrisas, ni guiños, ni complicidades. Ella no volaba para mí. El mismo espacio, los mismos pupitres, la misma luz, pero ya nada tenía sentido. El despacho donde todo había ocurrido parecía un recuerdo ajeno, un territorio de fuego que solo yo conocía, que quizás me había inventado. Mis manos temblaban al colocar los libros sobre la mesa; cada gesto suyo era un recordatorio de mi invisibilidad. Sentía la piel todavía caliente en el lugar donde sus labios me habían rozado, y la ausencia de su mirada me dolía más que cualquier contacto.

    Ahí estaba la verdad más amarga: quizás nunca fui más que un destello pasajero para ella, una curiosidad que se extingue en cuanto la rutina reclama su lugar. Todo lo que creí especial —la complicidad, las sonrisas, los silencios compartidos— podía no haber existido nunca más allá de mi imaginación febril. Quizás nunca había llegado a ser su alumna favorita. Tal vez todo lo que sentí no fue más que un espejismo que me inventé para no enfrentarme a la trivialidad del mundo. Esa lección no se medía en sonrisas ni en contacto físico, sino en el precio silencioso de haber abierto el cuerpo y la mente sin garantía de reciprocidad. ¿Cuántas antes que yo habrían sentido la misma intensidad y cuántas después lo harán? ¿A qué precio? Y sobre todo: ¿valió realmente la pena aprenderla?

    Y allí, en medio del aula, sin ya escuchar ni una palabra de mi profesora, mi mayor certeza era un verso de canción: “lo más terrible se aprende en seguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. O que algunas lecciones no se aprenden, se sienten… y luego se deshacen. Me senté, conteniendo las lágrimas, con la certeza de que lo que había ardido en el despacho no podía trasladarse a la realidad. O sí. O era la lección de las lecciones, la lección de la vida. Era el eco de un fuego que nunca me pertenecería del todo, y el precio de haberlo vivido era aprender que lo efímero puede doler más que lo permanente.

  • por CatBallou

    Mete los dedos en el enchufe mi amor. Otros dos dedos para mí y canaliza vida en ambas direcciones. Yo te espero en el otro extremo, a un tiempo absorbente y emanante, ansiosa por saber qué flujo te hace bullir antes la sangre, qué poder chamusca antes tus cueros, cuál hace antes trizas tu templanza. Probablemente saltarán los plomos, dejándonos a ciegas para siempre, probablemente electrizadas rodaremos por el suelo, quizás muertas, aunque quizás más llenas de vida que nunca.

  • por CatBallou

    Ayer fue un día que nació predispuesto a enterrarse en el olvido, con vocación de cadáver.  Ni siquiera tuvo la dignidad de ser un mal día. Fue uno de esos días neutros, hechos de aire templado y decisiones tibias, sin la menor intención de pasar a la historia.

    Me levanté a una hora que podría ser cualquiera, desayuné algo que ya no recuerdo, y fui al trabajo. Saludé a un colega con el entusiasmo de un holograma, me froté las manos contra el aire, impartí algunas clases y nadie aprendió nada, incluida yo.

    Volví a casa con la sensación de haber cumplido, pero no sé muy bien con qué. Apacigüé algún ansia casual y dije que no a algo que no llegué a comprender, pero cuyo entusiasmo me resultó sospechoso.

    Después caminé. Las calles parecían todas la misma, como si la ciudad hubiera decidido ahorrar en escenarios y copiar-pegar una sola acera. Regresé a casa, la misma de antes, alimenté un poco mi ego pequeñín  —le di dos cucharadas de autoestima y un abrazo de compromiso— y me dormí, pensando que si algún día el universo se despistara y repitiera un día al azar, el de ayer sería un candidato perfecto. Un ayer sin ambición de ser recordado: anodino, dócil, sin puntas. Inofensivo. Invisible. Un día que podría clonarse infinitamente sin que nadie lo notara. Ni yo.

    Y a lo mejor ya está ocurriendo.

    Quizás el tiempo no avanza, solo se recicla. Quizás llevo años repitiendo el mismo jueves con ligeras variaciones de peinado y una marmota de mascota. Ya saben a qué me refiero. Más les vale.

    Entonces, solo por contrariar, en medio de la lluvia decidí llevar mi cama a la calle. Por ver si así el día se daba por enterado de que seguía viva. La luna estaba en un cuarto creciente hacia la demencia, y yo ya me había afiliado a todas sus promesas. Arrastré el colchón por las escaleras, lo planté sobre el asfalto, y me tendí como quien presenta una queja formal ante el universo. Sí, mi cama. Completa, con sábanas, almohadas y un leve olor a detergente. La arrastré hasta el centro de la plaza, justo cuando empezaba a llover más fuerte. Pensé que si el universo no me daba una señal, al menos me daría una pulmonía.

    La lluvia era densa, casi con textura, con un entusiasmo obsceno. Me tumbé en el colchón, y el agua empezó a acumularse alrededor como una marea obediente. Y en un instante, la cama flotaba. No mucho, apenas unos centímetros, pero lo suficiente para sentir que el mundo —ese idiota circular— por fin se movía.

    Hice surf con el colchón. Nadie seguía mi ejemplo, como de costumbre,  pero todos me saludaban. Me ofrecían paraguas, toallas, redención. Y yo declinaba todo. Había decidido empaparme.

    Beberme el diluvio.

    Ser el diluvio.

    Yo les saludé con la mano, como si acabara de sobrevivir a un naufragio.

    La lluvia seguía cayendo, obstinada, y yo me dejé ir. Miré al cielo y le grité: “¡Riégueme!”, como Carmen Maura en los 80, ¿lo recuerdan? Mierda. No lo recuerdan. Por favor, recuérdenlo porque esto es muy importante para mí.

    Entonces empezó lo raro. No exactamente raro, pero sí que cambió el mito.

    Mis manos, empapadas, se llenaron de semillas. Pequeños tallos verdes emergían entre los dedos. Pensé que era un efecto secundario del aburrimiento, pero no: de mis brazos brotaban hojas, de mis costillas helechos, de mi vientre flores con vocación primaveral. De mi pubis, un arbusto indecente que no dejaba de crecer. Mis pechos, brotes verdes que apuntaban al infinito. Yo, Dafne, o maleza, o la prueba botánica de que algo, por fin, había sucedido.

    Y lo acepté. Por fin algo nuevo. Por fin algo que no se repetía. El colchón, convertido en el bosque de Arden, empezó a navegar por la avenida. Los coches nos esquivaban con respeto. Un niño me arrojó una moneda. Y yo, que hasta ayer apenas existía, era ahora un paisaje móvil, una postal en movimiento.

    Cuando escampó, todo se detuvo. La cama se posó suavemente contra la acera, como una barca que toca tierra. Las hojas se secaron, el agua se retiró. Volví a ser alguien casi normal, aunque con un leve olor a musgo. No quedaba nadie en la calle. Solo yo, un colchón húmedo y la sospecha de que algo había cambiado de sitio. Quizás no mucho, pero lo suficiente. Quizás el tiempo, por fin, se había cansado de sí mismo.

    Si mañana vuelve a repetirse el ayer —y es probable que sí—, prometo intentarlo de nuevo. Prometo volver a arrastrar la cama a la calle, volver a mojarme, volver a hacerle cosquillas al absurdo, desinflar el reloj, hundirme en el barro hasta florecer otra vez. Aunque sea por error. Aunque nadie lo note.

    No para desafiar al tiempo, sino para recordarle que todavía sé hacerlo dudar.

  • por CatBallou

    María era pequeña y huesuda. En la cama, no diré que era desagradable; solamente puntiaguda. Mi trabajo, digno de fakir, consistía en acomodar cada codo, cada punzante rodilla, allí donde me encajase. Dolía, sí, pero era necesario. Como aprender a dormir con una pesadilla recurrente sin despertarse gritando.

    María era un mapa de aristas y yo insistía en recorrerlo con el cuerpo entero, esforzándome en amar a alguien que no ha sido diseñado para el abrazo, sino para la alerta. Cada noche era un ejercicio de geometría aplicada: si coloco aquí mi muslo, su clavícula amenaza; si giro la cabeza, aparece el hueso traicionero que se me clava en la mejilla como una advertencia de no relajarse.

    Ella dormía feliz. Eso es lo verdaderamente malvado. Dormía con la tranquilidad de saberse a salvo de su propio daño. Yo, mientras tanto, aprendí a amar de perfil, a respirar en diagonal, a no moverme demasiado por si desataba una hemorragia doméstica. A veces pensaba que no era una amante, sino un mueble mal ensamblado intentando no caerse.

    Había noches en las que, en mitad del dolor, me entraban ganas de besarle las rodillas afiladas como si fueran armas descargadas. Otras, de envolverla en espuma, plástico de burbujas, una normativa europea de seguridad. Pero no lo hacía. Me quedaba allí, encajada, orgullosa de mi resistencia, convencida de que querer también consiste en aceptar que el cuerpo del otro no te quiere de vuelta de la misma manera.

    Por la mañana, al levantarme llena de marcas inexplicables, María me preguntaba si había dormido bien. Yo asentía. Mentir también era parte del ritual.

    La primera vez que uno de sus huesos me habló fue a las cuatro de la madrugada, cuando ya llevaba un buen rato clavado en mi costado. No fue un susurro humano, claro, sino un roce articulado, como si dos piedras se entendieran entre sí.

    —¿Te molesto? —dijo el omóplato, con una voz que sonaba a bisagra antigua y a vanidad.

    —Un poco —respondí, sin moverme, porque sabía que cualquier gesto podía convertirme en un colador.

    —Podría apartarme —continuó—, pero no lo haré. Me gusta cómo respiras cuando intento atravesarte.

    Era una declaración de intenciones. Un hueso coqueto. Un hueso consciente de su filo.

    —No deberías hablar así —le dije—. Me confundes.

    —¿Confundirte? —rió, si es que un hueso puede reír—. Si quisieras comodidad, dormirías sola. Pero vuelves. Siempre vuelves. A mí.

    Noté cómo se acomodaba un poco más, como para captar más mi atención, para resultar insoportablemente irresistible.

    —Además —añadió—, no te hagas la mártir. Te encanta este juego. Te encanta medir cuánto puedes soportar. Yo solo… colaboro.

    Era humillante que un hueso tuviera razón.

    —¿Y qué quieres de mí? —pregunté, ya entregada a la conversación.

    —Nada complicado —dijo, rozándome con una precisión casi cariñosa—. Que me reconozcas. Que admitas que soy yo quien te da forma por la noche. Que tus marcas son mías. Que tu manera de caminar por la mañana es mi obra.

    Me quedé callada. No por miedo, sino por una especie de pudor extraño: el pudor de darse cuenta de que está siendo seducida por una parte del esqueleto de su amante.

    —Vamos —susurró el omóplato—. Di que sí. Di que te gusto.

    Y lo peor es que lo dije. Lo dije bajito, como si confesara un pecado a un párroco de aldea.

    —Me gustas.

    El hueso vibró, satisfecho. María, mientras tanto, dormía como una santa. Una santa armada.

    Por la mañana, cuando me veía caminar como si hubiera pasado la noche en una centrifugadora, me ofrecía café con una sonrisa dulce, casi infantil.

    —Estás un poco rígida —decía.

    Yo asentía. No era rigidez: era supervivencia. Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, también era devoción.

  • por CatBallou

    Siempre nos cuesta sincronizar relojes y latidos, y rara es la vez en que nuestra sangre fluye al paso.

    Mucha gente que lo consigue dice que ese es el objetivo, no sé si es verdad, pero lo nuestro es ciertamente complicado. Poniendo de nuestra parte, de vez en cuando logramos a duras penas que nuestro tic-tac sea simultáneo, y parece que en nuestras venas la circulación es semejante.

    Pero en esta época del año, no hay ninguna posibilidad. Echémosle la culpa a las condiciones meteorológicas, a la primavera, a las mareas, al cambio climático. Yo no lo sé. Es imposible seguirte el ritmo, y al mismo tiempo yo misma sufro unas fluctuaciones en el compás que te dejan rezagada. O de repente una de las dos descarrila, y nuestro corazón se sale de su órbita. No nos encontramos. Nuestra sangre comienza a desbocarse, su caudal aumenta y se desborda. Con todos estos estados alterados, tendemos a olvidarnos, y pasa mucho tiempo antes de que podamos organizarnos de nuevo.

    Volverá el invierno, y entonces pensaremos que valdrá la pena intentar la fatigosa sincronización, hasta una nueva primavera en la que todo se salga de tiesto.

    Muertas, será la única manera de acompasarnos, cuando nuestro latido coincida en su omisión, nuestros relojes en su hora inamovible, y nuestra sangre estancada no galope incontrolable.

    Quizás así nos esperemos, muertas.

  • por CatBallou

    —Listen. Do you want to know a secret?

    —¿Qué? —respondo, a punto de hacer los coros.

    —¿Sabes mi vecina?  ¿Esa que está claro que entiende, con toda la pinta de soft butch?

    —¿De qué?

    —Pues de lo que es, una soft butch de manual. Pues me la cruzo por las escaleras con una chica, zas, novia nueva. Una femme que ni te cuento, lipstick lesbian total, high high del todo. ¿Te lo puedes creer?

    —…Eh, sí… creo.

    —Pues yo la hacía más con alguien como ella, o en todo caso una stone butch que le diese algo de caña con el strap-on y eso, joder, pero ¿esa gold star? ¿De dónde la ha sacado?

    —…¿Gold star? Qué significa eso?

    —Pues total, que se han marcado un U-Haul de libro. No doy crédito. Espero que no les dé por el drama dyke mode porque me cambio de piso, de verdad.

    —U-Haul… dyke mode… espera, ¿qué?

    —Y ahora viene lo flipante. Esta, tan high y tan lipstick, sabes, la luna la trae loca.

    —La…¿ luna? ¿Qué quiere decir?

    —¡Una dyke-wolf! Aullando toda la noche. Yo ya no sé si allí hubo rollo stud, ni top ni bottom. Total, transformación total. Ni los muebles resistieron. Vamos, a punto estuve de subir por si hacían falta balas de plata.

    —Espera… ¿dyke… qué? Top, bottom… me he perdido.

    —Normal, tía. Porque una cosa es ir de un poco chapstick y tal, pase, pero otra cosa ya es pasar de pillow princess a la licantropía, es que así no hay gaydar que valga. No te puedes fiar de las apariencias.

    —No, no, yo ya nunca…

    —Y bueno, hoy me cruzo otra vez con la vecina. Imagina que llevaba en la bolsa de la compra… ¡Un merkin!

    —Un…¿ merkin?

    —Sí, jaja, un merkin. Flipa. No todo el mundo tiene su felpudo a la altura de una noche de luna llena.

  • por CatBallou

    Tenía que tomarme un respiro, aunque la verdad, no ha servido de mucho. Lo que yo quería era deshacerme de un crujido, dar por zanjado un diálogo absurdo que no recuerdo cómo había surgido ni quién lo había empezado. Pero todo salió bastante mal.

    El sábado por la mañana me cayó encima una estantería llena de libros. Admito que eso me lo merecía. A medida que recogía libro tras libro y volvía a colocarlos en su lugar, leía una palabra de cada título, hasta que di con una frase siniestra. «Mientras puertas lugares del mañana». La frase me golpeó todo el día, la repetía constantemente, a todo el mundo. «Buenos días», me decían, «Mientras puertas lugares del mañana» respondía yo. «Me ha caído una estantería llena de libros, y no había leído ni uno solo de ellos».

    Quizás en ese punto me había confiado, pues pensé que nada podría empeorar. Pero ya lo había dicho mi shrink, por muy mal que estén las cosas, siempre siempre siempre son susceptibles de ir a peor.

    Por la tarde, apagué todas las luces. Por supuesto, saltó el piloto automático, esa Yo que se dedica exclusivamente a las funciones vitales y a las necesidades fisiológicas, a fomentar la compostura, el bombeo y la normalidad. Sin embargo, algo falló esta vez, y me vi enamorándome por un instante de una mujer mayor que yo. Me costó un rato recuperar una ego que hiciese de usuaria capacitada para tomar las riendas del desaguisado. Cuando finalmente lo conseguí, me sentía tan confusa que me entraron ganas de llorar. Nada estaba resultando conforme a lo planeado.

    Prefiero no hablar del domingo por la mañana. Ustedes no lo comprenderían. Digamos que si me hubieran visto, no me habrían visto. Ni a mí ni a la alfombra, ni al tic-tac de mis huesos. La respuesta es no, y cambiemos de tema.

    El domingo por la tarde fue la respiración la que tomó protagonismo. Respiré tanto tanto, que por un momento todo se hizo respirable. Respiré kilómetros de distancia, más de lo que se pueda abarcar en un océano profundo, respiraba hasta con los ojos abiertos como platos llenos de cosmos, respiraba contra la voluntad de lo respirado, contra mi propia voluntad, por pura adicción a la inspiración, a la expiración, a la desesperación.

    Y total, todo para qué, para terminar con el dolor de cabeza con el que comencé el sábado por la mañana y que intento ahora a duras penas traducir a este idioma inoportuno llamándolo pared, estantería, aguja de marear, respiro, delirio. Enfermedad, me dicen, pero qué mierda de enfermedad ni que niño muerto, se llama Presencia, se llama métanse en estos zapatos y lo comprenderán, NO ESTOY ENFERMA, estoy haciendo lo que pocas veces hago, ES QUE ESTOY SIENDO YO MISMA. Me levanto de la cama, corro por el pasillo evitando la náusea, alcanzo el tren que me lleva al retrete, y vomito, expulso todos los papeles que he interpretado durante la semana, todas las narradoras bolleras que me han poseído estos días… aaaaah… Ahora, ahora por fin doy con ese respiro que procuraba. Quizás ni siquiera me he levantado de cama en todo el fin de semana, tal vez en el mundo real he llenado de vómitos las paredes, y todo a mi alrededor está plagado de todas esas pequeñas poses que pringan los muebles de mi cuarto.

    LUNES por la mañana, ya soy una persona que dice LUNDI MATIN, así que debe significar que ya hay una CatBallou al cargo de todo, que ya no estoy enferma, que me he peinado, que estoy escribiendo una nueva vida, que ya llevo unos pantalones, unas bragas y unos zapatos, que se ha acabado el respiro.

  • por CatBallou

    Ayer la pillé absorta, hipnotizada frente a la tele. Sharleen Spiteri la tenía embobada.  Yo la miraba desde la puerta, medio riéndome, medio celosa. Hacía tiempo que no la veía tan quieta, tan rendida.

    A mí ya no me mira así.

    —¿Quiénes son? —me pregunta sin apartar los ojos.

    —Texas —respondo yo.

    Mónica es la niña de las preguntas. Yo, la mujer de las respuestas automáticas. Se espera eso de mí.

    —¿Son americanos?

    —No. Escoceses. Creo.

    —¿De los noventa?

    —Sí. Como mis nostalgias.

    Me mira, dudando, sin saber si me burlo o si de verdad estoy ahí, hablando en serio. Y entonces soy yo la que se queda embobada mirando a Spiteri: esa cara de niña buena, pero que canta como si acabara de salir de un tráiler en llamas. Siempre he pensado que su voz no pega con su cara. Y a mí me pasa lo contrario. Mi voz y mi cara son lo mismo.

    —¿Tú crees que es…?

    —Ni idea —digo, aunque me lo estoy preguntando yo también, sin declamarlo. ¿Por qué?

    ¿Qué es? ¿Una proyección? ¿Un aviso? Yo ya no pregunto, solo me pregunto a mí misma.

    Hay algo extraño en verla tan fascinada. Esa atención total que una vez fue mía y que ahora reparte con un televisor. Me acerco, le paso una mano por el cuello, la beso. Sus labios saben a fruta ácida y a algo que no sé si es deseo o juventud. Quizá las dos cosas.

    La canción termina:

    “You can say what you want, but it won’t change my mind. I’ll feel the same about you.”

    —¿Qué quiere decir? —me pregunta.

    —Que no importa lo que digas, ya está decidido —respondo.

    —¿Y es un sí o un no? —pregunta ella.

    —Para ti siempre es un sí.

    Nos quedamos calladas un momento. En la pantalla, Sharleen sonríe. Yo también, pero con un temblor raro, como si estuviera recordando algo que nunca pasó.

    De pronto echo de menos algo y no sé el qué. Me pongo a cantar “Say What you Want” como si le hiciera los coros a Spiteri y ganarme mi cuota de atención. Supongo que mis nostalgias de los noventa no son por la década en sí, sino por todas las preguntas que entonces manaban de mis labios y que quizás alguien podía contestar, aunque fuera con más preguntas. Pero hace tiempo que solo contesto. Como si lo supiera todo. Como si siempre tuviera razón. Y en el fondo de esa certeza hay algo parecido al miedo.

    —Yo la vi primero —digo, intentando recuperar un poco de terreno.

    —¿A mí o a ella? —pregunta, con esa sonrisa suya que siempre está a punto de irse.

    —A las dos —respondo, y la beso otra vez.

    Pero mientras lo hago, no puedo evitar pensar que quizás es mentira.

    Que en realidad fue ella la que me vio primero.

    La que todavía puede ver.

  • por CatBallou

    Somos dos piezas de un puzle. No importa en qué postura nos situemos, nuestros cuerpos siempre encajan sin que sobre ni un resquicio de aire entre nosotras. Podríamos pasarnos el resto de nuestras vidas así, unidas, sin abrir la boca.

    Es al abrir la boca cuando todo empieza a ir mal. Entramos en el terreno de los malentendidos, de las suspicacias, de los apuros. Nuestros labios, fuentes de miel en contacto, se han convertido en armas de fuego de la palabra. Ella es insoportable. Yo insufrible. Todas sus frases irritan. Las mías son irritantes. En cualquier momento nos enganchamos de nuevo, y nuestros cuerpos vuelven a ensamblarse fácilmente, balsámicamente, pero nuestras bocas en pie de guerra continúan contrariando. Al borde del desquicio, nuestros cerebros se convierten en polos iguales que por fuerza repelen nuestros cuerpos definitivamente. Fin de la guerra, se deshace el puzle para siempre.

    Por eso, si alguna vez resuelvo un rompecabezas, no tardo en deshacerlo y guardarlo en un armario empotrado. Tengo la sensación de que las piezas se llevan mal, no se soportan.

  • por CatBallou

    Me crucé con Anne Hathaway. La ignoré. Yo soy así. La ignoré con tanta fuerza que, obviamente, acabó por darse cuenta, y empezó a hacer cosas para llamar mi atención.

    Primero fue algo sutil: se colocó justo en mi campo visual. No delante, no. En ese ángulo exacto que obliga a decidir si miras o no miras. Yo no miré. Me concentré en un punto inexistente del aire, como hacen las personas que meditan o las que creen que saben más de lo que saben.

    Entonces carraspeó. Un carraspeo educado, de actriz entrenada para existir en alfombras rojas y consultas ginecológicas de lujo. Yo seguí ignorándola. Saqué el móvil. No tenía batería, pero fingí una conversación importantísima con nadie.

    Anne Hathaway suspiró. Un suspiro largo, trabajado, con subtexto. El tipo de suspiro que en el cine anuncia un monólogo sobre la fragilidad del amor o una enfermedad terminal. Nada. Yo ni pestañeé.

    Fue entonces cuando escaló.

    Se le cayó algo. No sé qué. Un pañuelo, una dignidad, una compresa sucia. Lo dejó caer con gesto torpe y ensayado, que grita soy humana, por favor quiéreme. El objeto rodó hasta mis pies. Yo lo miré. Solo al objeto. No a ella. Lo aparté con la punta del zapato, como si empujara un cadáver pequeño fuera del encuadre.

    —Perdona —dijo.

    Tenía esa voz que parece siempre doblada al español por una actriz mejor. Yo asentí sin levantar la vista. Anne Hathaway no está acostumbrada a ser un ruido de fondo. Lo noté en cómo se recolocó el cuerpo, como si el eje del universo hubiera fallado ligeramente.

    —¿No sabes quién soy? —preguntó.

    Sonreí. No por dentro. Ni por fuera. Una sonrisa que solo estaba en una versión de mí en una realidad paralela.

    —Sí —dije—. Pero hoy no.

    Eso la descolocó del todo. Anne Hathaway existe para ser reconocida. Es su combustible fósil. Sin eso, entra en modo ahorro de energía o en modo pánico. Eligió pánico.

    Empezó a contarme cosas. Que si estaba rodando algo. Que si acababa de llegar. Que si España le encantaba. Que una vez hizo de lesbiana —dijo—, aunque técnicamente fue haciendo de Catwoman. No estaba en el guión, aclaró, pero ella la interpretó sáficamente en su cabeza, en cada secuencia, en cada plano. Se quedó esperando, con media sonrisa, como si yo tuviera que confirmar que lo había notado. No lo hice.

    En algún momento me tocó el brazo. Error.

    —No —dije.

    —¿No qué?

    —No me toques para existir.

    Silencio. Por primera vez, Anne Hathaway se quedó quieta. Me miró como si yo fuera una crítica mala escrita en una servilleta. Como si acabara de descubrir que no todo el mundo la desea, y que algunas personas, de hecho, la atraviesan.

    —¿Entonces qué quieres? —preguntó.

    Pensé en decirle la verdad: que no quería nada. Que a veces una solo quiere ignorar a alguien con la misma intensidad con la que otras personas quieren follársela. Que el deseo también puede ser en negativo. Pero me dio pereza.

    —Quiero seguir sin verte —le dije.

    Se fue. O se desdibujó. No sé. Las actrices hacen eso.

    Yo me quedé un rato más, sosteniendo el vacío que dejó. Ignorar cansa. Es una actividad física. Cuando me levanté, me dolía un poco el cuerpo. Como después de un polvo malo o de un arrepentimiento pequeño.

    Respiré hondo. He vivido lo suficiente para saber que volvería. Siempre vuelven.

    Y cuando lo haga, vendrá con energía renovada, dispuesta a darlo todo. Ahí está. Ya ha vuelto. Anne blande  su arma infalible: la sonrisa.

    Esa sonrisa. Ya saben. La que ha cerrado contratos, abierto piernas puertas y desbloqueado traumas colectivos. La sonrisa que viene con iluminación propia, que no necesita focos. Una sonrisa que no pregunta, que afirma ser Julia Roberts y Audrey Hepburn. Que dice: tranquila, ya está, ya gané.

    Me la lanza así, sin aviso. Plena. Simétrica. Con ese leve ladeo de cabeza que parece casual pero cuesta millones de dólares al año mantener.

    Es destrucción masiva.

    Una bomba de racimo.

    Una trampa cazamoscas si me apuras.

    La sonrisa de Anne Hathaway es una invitación y una amenaza. Una orden con forma de caricia. Una sonrisa que ha conseguido TODO lo que ha querido en esta vida: papeles, prestigio, redenciones públicas, finales felices que no se merecía nadie.

    Y yo la veo venir.

    La siento aproximarse como se sienten los terremotos: primero en las rodillas, luego en la mandíbula. El cuerpo reconoce el peligro antes que la cabeza. Mi estómago hace ese gesto antiguo, casi romántico, de cuando una todavía cree que puede salvarse del encanto ajeno.

    Pero resisto.

    No le devuelvo la sonrisa. Ni siquiera una versión low cost. Nada. Dejo la cara en neutro absoluto. Expresión de perito forense. Cara de “esto no es asunto mío”.

    Anne titubea una décima de segundo. Lo justo para que yo gane ventaja.

    Refuerza la sonrisa. Añade ojos. Añade cercanía. Se inclina un poco, como si lo próximo fuera susurrarme en el oído su número de cuenta bancaria. Esa sonrisa ahora quiere ser íntima, cómplice. Quiere decir: tú y yo sabemos cosas.

    No, Anne.

    No sabemos nada.

    Yo pienso en cosas prácticas. En fracturas. En una grieta en la pared. En el IVA trimestral. En la ética kantiana, en que nada que me esté pasando ahora puede convertirse en ley universal sin darme vergüenza. Me agarro a eso como quien se agarra a una barandilla en medio del mar.

    Ella insiste. La sonrisa empieza a fallar por los bordes. Se le nota el esfuerzo. No está acostumbrada a que su cara no funcione. Es como ver a un mago al que no le sale el truco y empieza a sudar.

    —¿Te caigo mal? —pregunta.

    Ahí está el anzuelo final. El giro vulnerable. El “soy humana”. La sonrisa ya no es arma, es herida.

    Casi caigo.

    Casi le digo que no, que cómo me va a caer mal, que si es Anne Hathaway, que si esa sonrisa, que si ven aquí un momento. Pero no. Respiro. Aprieto los dientes. Me mantengo firme en mi insignificancia voluntaria.

    —No —digo—. Me caes exactamente lo justo.

    Eso la desarma. Porque no hay drama. No hay rechazo épico. No hay odio. Solo una cantidad precisa de nada.

    Anne Hathaway parpadea. Por primera vez la sonrisa se le cae del todo. No en plan tragedia. Más bien como se cae un cartel mal pegado.

    Se aparta. Se recompone. Vuelve a ser actriz. Profesional. Mundo.

    Y cambia de registro. Lo veo venir porque he visto cine.

    Afloja los hombros. Baja la barbilla. La sonrisa se retira del todo, como un telón mal recogido. Respira hondo. Demasiado hondo. Ese es el primer indicio.

    Anne Hathaway va a llorar.

    No a llorar de verdad. A hacer el esfuerzo.

    Parpadea más de lo necesario. Fija la vista en un punto impreciso, como si ahí estuviera el recuerdo adecuado. Se humedece un ojo. Solo uno. El izquierdo. El más fotogénico.

    Espera.

    Nada.

    Lo intenta otra vez. No es que sea Meryl Streep, la pobre. Inspira. Aguanta. Suelta el aire despacio, como le enseñaron en alguna escuela carísima donde te explican cómo sufrir sin despeinarte. Aparece un brillo. No llega a caer. Se queda colgando, indeciso, como una gota que no sabe si merece existir.

    Ahí está el error; el llanto auténtico no duda.

    —¿Existe alguna posibilidad —pregunta entonces, aprovechando el resto de humedad disponible —, por pequeña que sea, de salvar lo nuestro?

    La pregunta queda suspendida en el aire, fuera de lugar. Una música melodramática surge de alguna parte. No me doy por aludida, ni por conmovida.

    —¿Esto no te está llegando? —pregunta, señalándose la cara. —Normalmente aquí la gente se acerca, pretende abrazarme, llora conmigo… Me mira con compasión…

    Yo me quedo ahí, un poco temblorosa, con la sensación extraña de haber sobrevivido a algo grande sin haber ganado nada a cambio.

    Pero resistir lleva al máximo mi particular forma de deseo. La más torpe. La menos húmeda. Pero la más mía. Y no puedo más. De hecho ya he gastado toda la energía del día ignorando correctamente.

    Y eso, amigas, cansa más que sonreír o llorar.

    Y llega el punto en que lo veo venir: zas. Se va a desnudar. Y dirá que es por exigencias del guion. Y ahí es cuando me voy. Porque ya no sé si podré resistir más.

    No es por puritanismo, que conste. Me voy por cansancio histórico. Porque conozco ese truco. Porque he visto demasiadas veces ese desnudo presentado como valentía, como riesgo, como si quitarse la ropa fuera una tesis doctoral.

    Me levanto antes de que se quite el primer zapato. Antes de que alguien diga “es importante para el personaje”. Antes de que la cámara empiece a respirar raro.

    Me voy sin hacer ruido, con una superioridad que no me pertenece pero me pongo igual, como un abrigo robado. Y mientras cierro la puerta pienso: qué alivio no ser yo la que tenga que quedarse desnuda esta vez.

    Anne Hathaway no está acostumbrada a que la ignoren, no. No es soberbia: es estadística. La ignoran menos que a la gravedad.

    Al principio piensa que lo mío es coquetería. Luego cree que es timidez. Después interpreta que es una estrategia de poder. No me comprende. Es porque yo soy así, y nada más. Pero a ella algo se le rompe por dentro, como una uña postiza enganchada en una media.

    —Oye —dice. No la miro.

    Y entonces escucho el sonido, ese sonido inconfundible que no debería existir en un encuentro casual: un cuchillo saliendo de un cajón que no estaba ahí antes.

    —Es por el guion —dice, con la sonrisa todavía puesta, pero ya torcida.

    Echo a correr.

    El pasillo se convierte en un plano secuencia. Ella corre detrás de mí con un vestido carísimo y un cuchillo de cocina vulgarísimo. Tacones contra suelo. Mi dignidad rebotando por las paredes. El deseo, ahora sí, desbocado y completamente fuera de lugar.

    Nunca había sido perseguida por una actriz de prestigio.

    Nunca había corrido tanto sin sujetarme el pecho.

    —¡Mírame! —grita—. ¡Solo mírame!

    Eso es lo verdaderamente terrorífico. No el cuchillo o la sangre potencial.

    La exigencia de atención.

    Doblo una esquina. Me escondo en un baño. El clásico error del slasher. Me miro al espejo y pienso: no te escondas en el baño, imbécil. Pero ya estoy ahí, y además siempre acabo ahí.

    Anne empuja la puerta. Nos miramos. Hay un silencio íntimo, espeso, incómodo. El cuchillo gotea algo que no sé si es sangre o bajo presupuesto.

    —¿Por qué? —nos preguntamos al unísono Anne y yo, mientras mi cuerpo se desliza lentamente azulejo abajo. ­—¿Por qué?­—, yo con la lengua fuera cara de ternera degollada que ha sabido mantener la compostura hasta el final. Pero el porqué nadie lo entiende. Ni Anne ni yo, ni ninguno de los que ha leído esto hasta el final. Nadie. No hay ser humano que entienda que el verdadero crimen nunca fue la violencia, ni el deseo, ni su ausencia.

    Fue no devolver la mirada.

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