Lo más bonito que me dejó Panamá City

Los días iban pasando y no sabía que pasarían, jamás he sido fanática del contacto físico, pero con Diego todo era distinto, cada vez que llegaba me recibía con un abrazo, y yo también quería abrazarlo, me sentía tan viva y tan segura, tan feliz, tan cómoda, tan extraña.

Siempre me preguntaba cómo estaba, como asegurándose de que estuviera bien, que no estuviera sola. Siempre me sorprendía con una sonrisa y un abrazo, no importaba de donde éramos, en ese momento todos éramos iguales. Si pudiera conservar tan sólo ese momento, si toda nuestra historia se hubiese mantenido en esos términos, sería la historia más feliz de mi vida.

25 de octubre del 2018

Mi fecha de cumpleaños, había hecho tantos planes para ese día con Ramón, y de repente todo había cambiado, no quería pasar mi cumpleaños sola, y Diego se encargó de que eso no pasara. Andy, mi jefe del momento hizo que 122 personas cantaran el cumpleaños venezolano en la formación de las mañanas, sin duda me sentía especial, fue un día increíble, recuerdo que ese día deambulada por los pasillos y el no estaba haciendo nada, así que decidimos hacer nada juntos. Después de la escuela fuimos al lugar donde ellos se estaban quedando, otro feliz cumpleaños rodeada de gente llena de cariño, el alcohol abundaba, pero el cansancio también, y por algún extraño motivo me sentía un poco triste, y sola. Él era la razón por la que yo estaba ahí, esa noche me tocó dormir con él, y por primera vez, no se sentía extraño dormir con alguien. No he pensado mucho en esa noche, creo que estaba demasiado cansada y en ese momento no estaba buscando a nadie, quizá eso fue lo más increíble de esta historia, que llegó sin buscarla.

26 de octubre del 2018

Creo que este fue el día donde me di cuenta que algo pasaba, o algo me pasaba con él. Después de nuestra jornada, haríamos otra reunión en donde nos estábamos quedando, yo había invitado a todo su grupo, pero honestamente, sólo quería que fuera él, había hecho otros planes y me quedé por esperarlo, recuerdo el olor de su perfume ese día e incluso lo que tenía puesto, la sensación de ese día se quedó guardada en mi memoria para siempre.

Esa noche hacía más frio de lo normal y la manera de entrar en calor fue entre abrazos y sostener nuestras manos. No quería que esa noche terminara y tampoco lo que estaba sintiendo, pero el día después era mi último día, tenía que volver a Katy. Recuerdo sentirme de nuevo inmensamente triste, después de pasar una semana acompañada de personas increíbles me tocaba volver a la realidad, no quería dejar de verlos. No quería dejar de verle.

El último día fue bastante triste, pasé mi día llorando y entre sus abrazos recuerdo que me preguntaba si todo estaba bien, o había hecho algo para que yo estuviese así. La verdad sí, porque parte de esa tristeza era pensar que no iba a volver a encontrarlo, quizá debió permanecer así.

Me despedí creyendo que no volvería a verme, y recuerdo que mientras se despedía me decía “tus hermanitos siempre van a estar aquí esperándote” claramente, había malinterpretado todas las señales y sólo éramos – hermanitos – sin embargo, la había pasado increíble, y si ese fuera mi único recuerdo de él, lo recordaría con muchísimo cariño.

Volví a Katy y los días ahí se pasaban lento, buscaba excusas para escribirle, pero no se me ocurrían tantas. Hablamos de la persona que me gustaba, de lo sola que me sentía, hablamos de su vida en ese momento, y sus sentimientos hacia otra persona. Recuerdo contarle mis días e incluso compartimos ciertas fotos simplemente siendo.

Unas semanas después estaba en Houston, respondí a su Estado de manera exaltada y fui a verlo, la verdad no tenía nada que hacer y siempre me ha encantado compartir mis domingos, preparaba mi viaje para Utah y quería verle, volvernos a encontrar, volverlo a abrazar, volverme a reír.

Nos vimos en un McDonald’s y recuerdo que yo no dejaba de decir cosas sin sentido, creo que estaba bromeando, pero había algo de cierto en todo lo que decía o insinuaba. “Lo más bonito que me dejó Panamá City”, siento que esa noche empezó el primer día de nuestra historia y escribiendo esto, no sé qué tan lista estoy para escribir nuestro último día.

Volví al otro día a mi casa, y recuerdo dormir, por primera vez en dos días, no sabía lo que pasaba, no tenía idea de lo que sería mi vida, pero quería que siguiera en ella. El miércoles de esa semana, a primera hora de la mañana Diego me recogió en mi casa para llevarme al aeropuerto. Finalmente me iba a Utah, pasamos el camino conversando de todo, su última relación y porqué había terminado. Mi última relación y porqué quería salir corriendo. Hoy en día no sé qué parte de lo que dijimos ahí fue cierto, pero sé que nuestros planes ya eran distintos.

Aprendí lo que es irte, aun cuando no quieres, porque nadie te pide que te quedes.

Utah fue completamente distinto, no estaba sola sino rodeada de personas que amo y formaban parte de mi vida, me sentía feliz y en familia. Siempre volvemos a los lugares donde fuimos felices, y siempre he pensado que las personas son lugares. Estaba haciendo lo que podía mientras estaba aquí, pero la situación económica también era algo por lo cual me veía sumamente afectada, es difícil empezar, pero es más difícil cuando estas constantemente moviéndote de sitio. Mis días pasaban rodeada de gente que amaba y amigos que me hacían reír, el Estado como tal, no es uno de mis favoritos, pero debo admitir que el frío tiene su encanto y cuando estás con la gente que amas ¿realmente importa donde estás?

Diego comenzó a calarse en mi vida como nadie de momento lo había hecho, ahora las excusas para escribirnos eran de su parte y las videollamadas eran algo constante, recuerdo decirle una vez “no es necesario que me llames” y el insistía en que quería escuchar mi voz.

Cómo cambian las cosas en el lapso de un año. No sé a ciencia cierta, y quizá nunca sabré qué pasaba en el momento por su cabeza, me gustaba tener alguien con quien hablar, pero también me gustaba saber que estaba haciendo mi vida. Constantemente le decía que fuera a visitarme, pero Utah era un lugar demasiado frío para él y mis invitaciones eran sin duda platónicas, jamás esperé que volviéramos a vernos. Pensé que haríamos nuestra vida en dos Estados diferentes y no seríamos más que ocasionalmente una llamada telefónica. Había una nueva propuesta de trabajo para el en California, y lo tomé como proyecto y como propuesta, también dije al salir de Texas que quería ir a California, y sería el lugar perfecto para volver a encontrarnos, o eso pensaba.

California, sonaba prometedor. Planeó todo para su nuevo trabajo y sin embargo no se daba, y a mí en la primera oportunidad que me presentaron para irme decidí hacerlo, ahora quien iba a California era yo, y el seguía en algún lugar entre Florida y Texas.

Como comenzó todo

Escribo esto a modo de terapia, creo que necesito recordar todo lo que ha sucedido, o siquiera como empezó esto, o por qué comenzó esto.

 

11 de octubre del 2018:

No recuerdo mucho como empezó ese día, creo que nuestro vuelo salía en la noche y tenía el resto del día para las despedidas y diligencias necesarias. Me desperté y como de costumbre fui a la peluquería, este lugar había sido mi hogar los últimos meses, había construido relaciones que serían para toda mi vida, había escogido una familia en este lugar y genuinamente disfrutaba pasar mi tiempo en ella, lo disfrutaba más allá del trabajo. La peluquería fue el último lugar que visité ese día, después de ahí fui a mi casa a buscar mis maletas, a despedirme del lugar que conocí como hogar desde el día que nací y de los recuerdos que ahí había formado.

He emprendido muchos viajes, y mi vida es una constante aventura, pero ninguna como esta. No tenía idea de lo que sería mi vida, desde ese momento en adelante, emprendía un camino hacia un nuevo país que tampoco conocía mucho, había tomado una decisión y tenia que lidiar con ella.

En el aeropuerto nos despedimos de quienes eran importantes, Sofía, mi mejor amiga en ese entonces, había ido con su novio a despedirme, y mi nueva familia, que había construido los últimos meses en la peluquería también estaba ahí. Lo dejaba todo, mi país, mi familia, mi casa, lo dejaba todo para volver “no es un adiós, es un hasta luego” estaba segura de eso. Comenzaba una nueva aventura, una de la cual escribiera poemas, canciones, historias sin parar en mi diario, una que sería solamente mía.

Ramón, era mi mejor amigo, la persona que me impulsó a salir de mi zona de confort, tenía miedo de todo en ese momento, pero lo que más temía era perderlo, por primera vez en años, volvía a sentirme cómoda y completa, y no quería perder esa amistad, sabía que la distancia haría estragos de nosotros, no estaba equivocada, y luego lo comprobaría, pero entre tantas vueltas, aquí seguimos.

Nos despedimos de todo el mundo, no recuerdo ni siquiera si lloré. Estaba tan cómoda y tan segura, que el resto parecía no importar. Debí saber que todo cambiaría, quizá si lo sabía, pero no quería aceptarlo. El vuelo se demoró un poco y era el primer viaje de Ramón a Estados Unidos, llegamos aproximadamente a las 12:00 de la noche, ya era otro día. Inmigración y los venezolanos, un rumor que se comentaba desde hace ya varios meses, efectivamente, después del primer chequeo Ramón tuvo que ir a un segundo chequeo por casi tres horas. Ahí comenzó nuestra odisea, perdimos las posibles conexiones, y yo, dejándole todo al Azar decidiría a que Estado iría según tiempo y precios, en el momento en el cual llegara Utah o Texas, jamás había estado en ninguno de los dos, y tampoco tenía algo concreto en alguno de los dos lugares.

 

Tres horas después Ramón salió de inmigración, sólo había sido un susto, entonces comenzaron todas las preguntas, a dónde voy y cómo nos vamos, los boletos de avión por la hora y el poco tiempo que teníamos se habían disparado, y no podíamos quedarnos tanto tiempo en Florida.

Recuerdo, que cuando estábamos en Venezuela, en el aeropuerto, antes de irnos, comenté que quería ir a New Orleans, siempre me había llamado muchísimo la atención esa ciudad, lo esotérico y el francés me parecían una combinación perfecta para mí. 6:00 am y la decisión estaba hecha, dos pasajes de bus Fort Lauderdale – Houston, un viaje en carretera con mi mejor amigo, pasando por New Orleans, sonaba increíble. Aparentemente ignoré por completo el hecho de que serían 36 horas.

Era el día siguiente y mi hermano y mi prima nos llevaban a la estación de bus, una estación con pasajeros muy peculiares, entrar en el primer bus fue entrar en una maquina del tiempo, donde el tiempo pasaba más lento de lo normal. Sin embargo, el simple hecho de compartirlo con él hacía de la experiencia algo increíble. En aquel viaje se acabaron las series, las canciones por escuchar, no recuerdo siquiera cuantas veces tuve que cargar mi celular en ese entonces. Todas las practicas de Yoga y flexibilidad pagan cuando te toca dormir aproximadamente dos días en un bus. Te das cuenta de cuanto aprecias un buen baño, las cosas de primera necesidad y la comida de casa.

Creo que ya íbamos por el segundo día, 13 o 14 de octubre, habíamos tomado lo que creíamos sería el último bus. New Orleans – Houston, era el nuevo destino, finalmente íbamos camino a Texas.

Estando en Louisiana en plena interestatal, comenzamos a oler un olor a quemado, no sólo a olerlo sino también a sentir un olor bastante intenso, recuerdo que sentía que me estaba ahogando y comencé a toser, ciertas ventanas del bus se abrieron y pensamos que simplemente era a causa de un carro que se estaba incendiando en la vía, pero no era sólo el olor del carro.

Debí escuchar al universo, era una parte de él diciéndome que no todo sería tan fácil o que quizá ese no era mi destino. Sí, definitivamente emigrar es difícil, y estoy segura que habrá historias incluso peores que la mía, pero que el bus donde estás viajando se esté incendiando en Baton Rouge (donde no conoces a nadie) con todas tus maletas, y documentos, a los pocos días de haber llegado a Estados Unidos, tenía que ser definitivamente una señal.

Escuchamos un ruido extraño, y lo próximo que recuerdo es salir corriendo del bus porque este se estaba incendiando, intentamos bajar lo más rápido que pudimos dejando nuestras maletas adentro, en mi exageración y seguridad lo más importante era resguardar nuestra vida y no morir quemados. Después de salir corrimos lejos del bus, pero Ramón siempre caballero y heroico decidió meterse a sacar nuestras maletas y las de los demás. Este acto heroico fue bien pagado con un empujón de parte de otro pasajero y un dedo fracturado. Recuerdo haber sentido alivio después que todo terminó, pero también miedo e impotencia porque nadie lo atendía, y nadie hacia algo por nosotros.

 

15 de octubre del 2018

Después de días de viaje habíamos llegado a nuestro destino, Houston, donde Mario, el hermano de Ramón nos recogería para ir a Katy, una ciudad vecina de Houston, también en Texas. Llegamos en horas de la madrugada, estábamos tan felices, o por lo menos yo lo estaba, de ver una cara conocida, de bajar del bus, de comenzar a sentir de nuevo el tiempo, de dejar de andar tanto (Little did I know que ese sería sólo el comienzo).

Esa noche dormimos en casa de Mario, era bastante tarde y todavía no conocía a la persona que me hospedaría en su casa. Supe de esa habitación por uno de esos grupos de “amigos de los venezolanos en Houston”. El primer día en Katy fue perfecto, me sentí cómoda y en familia, pasamos todo el día acompañados y conociendo, comimos rico e hicimos varias diligencias, por primera vez en tanto caos algo se sentía bien, pero como todo, fue efímero. Recuerdo la sensación tan desoladora al llegar a casa de la persona que me hospedaría, la soledad me golpeó en seguida mientras entraba con mis maletas a una casa desconocida, mientras cerraba la puerta del cuarto que ahora sería mi cuarto sentía como mi corazón se iba arrugando cada vez más, estaba lejos de todo lo que conocía. Fue justo en ese momento cuando me di cuenta que este camino seria más duro de recorrer de lo que creí.

Mi tiempo en Katy fue muy corto, estuve sólo cinco días la primera semana, no sentía que terminaba de encajar. Texas de cierta manera te obliga a tener un vehículo para todo, y yo solo tenía mis dos piernas y una bicicleta prestada, y a modo de salud, es bastante, pero a la vez era sumamente limitante, porque las distancias que podía recorrer eran cortas, recuerdo una de mis experiencias caminando en este clima tan impredecible la primera semana, comenzó a llover inesperadamente (o quizá si era esperado y yo no había aprendido a revisar el clima aún), me mojé toda la ropa porque no tenía paraguas y además se me rompieron los zapatos, terminé llamando a un Uber para manejar una distancia de cinco (5) minutos en carro hasta mi casa, todo el mundo me había advertido que lo mejor era llegar a Houston y no ha Katy, pero Ramón estaría en Katy, y yo no sé si quería estar cerca de Ramón o simplemente no sentirme tan sola.

Después descubrí que la soledad, aunque no es mala compañía, es mala consejera.

Llegamos un lunes, y el sábado de esa misma semana, recibí una llamada diciéndome que tenía cinco minutos para decidir si quería irme a Panamá City, Florida. Sólo cinco minutos. Llamé a mi mamá que era la única persona que me importaba en el momento y recuerdo que dijo “el tren de las oportunidades no pasa dos veces, si te da paz irte, pues vete”.  Mi mamá sabía lo triste y sola que me había sentido esa semana, así que decidí irme. Cinco minutos, decidir si una persona que no conoces va a ir a buscarte a tu casa para hacer un viaje de aproximadamente doce horas. Cinco minutos para armar un bolso aun cuando no sabía siquiera cuanto tiempo iba a estar fuera, cinco minutos para despedirme de la soledad que me acompañó durante esa semana, cinco minutos fue todo lo que tuve para pensar si me lanzaba al vacío y lo hice, honestamente no sé si me arrepiento.

 

El camino fue demasiado grato, las personas con las que me tocó compartir el viaje fueron muy agradables y lo único que recuerdo de esos momentos es disfrutar de la música, el clima, los cigarros y la compañía.

6:00 am y llegamos a nuestro destino, una ciudad completamente destruida por el huracán que acababa de pasar, una escuela que para ser sincera no se veía tan afectada, pero tenían ya unas semanas trabajando en ella. Recuerdo que fuimos los primeros que llegamos, al poco tiempo después llegó más gente y entre esos un grupo de hombres también venezolanos, que apenas hablé con ellos me hicieron sentir como en casa, de repente toda esa soledad que había sentido se fue y ahí estaba él, aunque no soy capaz de recordar su cara, ni su voz en ese momento.

El primer día pasó lento, estoy acostumbrada a pasar varias horas haciendo alguna actividad, pero sin duda no este tipo de actividades, donde muchas personas pensaron que fracasaría. Mi primer recuerdo de Diego está en ese momento. Nuestra primera tarea del día era limpiar una cocina, él estaba en mi equipo e inmediatamente se hizo notar. Lo que sentí en ese momento no sé si pueda describirlo con palabras -te conozco de siempre y llegaste hace un rato- entre las cosas que me vienen a la cabeza es la vibra de una persona demasiado pura y noble, con un corazón inmenso, alguien que siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás aún sin conocerle. Alguien que en el momento siempre estuvo dispuesto a ayudarme, calor de hogar, eso fue lo que sentí en ese momento. Soy curiosa y me gusta preguntar muchas cosas – qué haces aquí, cuántos años tienes, cuál es tu nacionalidad, donde está tu familia, wow hijos ¿tan joven?, por qué no estás con ellos- quería saberlo todo, y a la vez construir un perfil en mi cabeza.

 

Si pudiera devolver el tiempo quizá debí dejarlo ahí, debí salir de esa cocina y no mirar nunca atrás, debí perderme el almuerzo, no sentarme junto a él, debí negarme a sus abrazos, pero me quedé ahí (luego se volvió un hábito), y ahora que sé que tantas cosas no fueron reales, quisiera volver a esos momentos y tener el poder de saber si algo de ahí fue real.

 

 

los nombres de los personajes han sido cambiados para proteger la identidad de las personas en esta historia

-Estocolmo-

Han pasado tantos días que estoy segura, perdí la cuenta. Más de seiscientos ¿o podrían ser mil? Ya no cuento, aunque siga doliendo, duele menos. Mi mente tiene un extraño mecanismo de defensa que consiste en decir -si no lo recuerdas es como si no hubiera sucedido-

A veces funciona.

El último miércoles de diciembre en aquel lugar entré a la sala algo nerviosa, pensando que quizá no tendría nada más que decirle, que las pastillas habían estado haciendo efecto, que era nuestra última consulta, que quizá este si era el comienzo del final. Por alguna extraña razón estaba nerviosa por no tener nada que decir, aunque eso debía ser algo bueno, significaba que no había nada tóxico, nada que me atormentara a tal punto de valer el tiempo de una consulta.

Entré a la habitación, un poco más nerviosa que siempre, con aquella risa y ese movimiento ansioso que caracteriza mis manos cuando alguna sensación ajena a mí, no me deja en paz. Hablábamos de vicios, la vez pasada, un cigarro por acá, una copa por allá, el sentir muy profundamente, la nieve que caía tras tu ausencia, y de repente ahí, entre los escombros y los recuerdos, estabas tú.

La habitación se torna fría ante el recuerdo, me falta el aire, mi corazón late tan rápido que creo va a salirse de mi pecho, mi visión se nubla, comienzo a temblar ¿es la nieve? Pregunta alguien en el fondo, y tiritando respondo con monosílabos no…

es él.

Peligro.

Las siguientes preguntas me llevaron tan atrás que no podía diferenciar el amor de la lujuria, el miedo del placer, la obsesión de los gustos y la manipulación del querer.

-trauma-

Intento ignorar la palabra, pero Estocolmo sale a relucir y la verdad, no es un lugar donde quisiera quedarme.

Veinte cigarros después…

Todavía tiemblo

La inseguridad viene de mucho antes, el frio no se lo atribuyo ni al clima, ni a la estación.

Negro

¿dónde estás?

¿persona o lugar?

Apagué todo intentando encontrarme, incluso el sonido de la luz me molestaba. Sí, ya sé que casi no escuchás, pero la luz suena. Cierro los ojos y respiro, grito mi nombre tratando de buscarme, grito tratando de entender cómo fue que llegamos hasta ahí, grito tratando de buscar el comienzo, grito tratando de que alguien escuche, grito, grito, grito.

A la niña se le desgarra… la voz. Pero nadie escucha, aunque todos oyen.

Cada vez que alguien menciona su nombre tiemblo, aunque no recuerde, tiemblo.

¿por qué yo?

Llora, mientras la nieve borra las lágrimas, y hace tanto frio, que casi ni siento.

Abro el cuaderno y el olor es el mismo, las líneas tienen el mismo grueso, las hojas son del mismo color.

Es extraño comenzar a escribir y que no sea viernes. Recuerdo entonces aquel diario rosa, algo similar y aquella noche donde entre llantos destruía cada uno de mis sueños, y tus recuerdos, cada uno de mis miedos, como si destruyendo aquel papel se borraría esta historia, como si la cicatriz se hiciera de tinta y no indeleble.

-love is supposed to be soft-

-rieles de amor-

Era domingo y llovía

llovía la ciudad entera, y dentro de mí llovías vos y tus recuerdos.

No pude quedarme en casa, temía volver a confundir la alusión de tu sonrisa con el hermoso arrebol de aquel taciturno atardecer, y corrí…

corrí en sentido contrario como sólo yo sé hacerlo, corrí y me olvidé que el sendero me llevaría a la estación donde decidí sentarme inerte, casi muerta,  tantas veces a verte partir.

Y de cierta forma te vi,

volví a sentarme, sabés,

en la misma banca donde vi todos mis sueños desfallecer, donde dije adiós tantas veces y te amo otras tantas, donde renuncié a las cosas más excitantes de mi vida, donde contemplaba el suicidio mientras -esta vez si es la última- no sonaba tan última, y nos convertíamos en un reloj que cada doce daba la misma hora,

y pasaban las horas, y la circunferencia, perfecta, errada, siempre… era la misma.

Y me perdí, supongo, me perdí en tu individualismo y mi falta de amor propio, me perdí en carencias, en un estado de desvarío que si lo pienso hoy, ni yo misma lo entiendo.

¿Cómo podemos renunciar a lo que nos da vida por sólo un momento?

¿Cómo caemos en la convicción de no volver a amar?

¿Cómo contemplamos los rieles pensando en el suicidio?

Sigo en la misma banca sonriendo irónicamente, pensando en lo desatinado del pensamiento, al creer que somos incapaces de volver a amar.

Sonrío mientras te veo, de nuevo, bajar del tren, mientras contemplo mi libreta llena de corazones, porque efectivamente no sos vos, pero sí, hoy sí, soy capaz de llenarme de hábitos que me dan vida, soy capaz de volver a cantar, de volver a reír, de volver a soñar, de adivinar momentos, de besar, de gemir, de volver a amar, sin volver a vos, pero volviendo a mí.

De sonreírte, mientras reafirmo lo equivocada que estaba, mientras entiendo que el amor pasa, y sí, duele, pero siempre, volvés

Y volvés a amar.

-¿morir o sobrevivir?-

dije adiós tantas veces que ya perdí la cuenta. Perdí la cuenta incluso de las veces que lloraba como si el mundo pendiera de aquella voz, tu voz. De vos. Como si el mundo se acabase, si no estabas, como maldiciendo mi propio nombre, queriendo incluso; que el mundo dejara de recordarme. Que mis latidos cesaran si ya no estabas vos.

Caí tantas veces, sin levantarme. Caí y pasó el tiempo amor. Pasó el tiempo y pasaste vos; aunque te confieso, me quede ahí; un ratito, observándote mientras danzabas frente a los árboles a los que nos encadenábamos cuando juntos decidimos envenenarnos, cuál Romeo y Julieta; no me importó morir, mientras fuera con vos y solo por vos.

Y fui árbol, fui raíz, fui ceniza y al mismo tiempo. Tiempo; renací.
¿Fuimos monstruos? Me pregunto cuando me atormenta la manera como en aquel entonces decidimos sobrevivir.

Y mientras nos veíamos morir nos fuimos quitando humanidad y mientras nos oíamos gemir nos llenábamos de frialdad. Que aunque nos mantuvo vivos, nos quitó, de momento: las ganas de soñar.

Y fui Sol, y fui luna, mientras cedía sin saberme amar. Y fui luz y fui oscura, mientras sonreía cuando me dolía recordar.

Y te seguí amando, o eso creía. Aunque no me supe amar.

Y entonces fui cicatriz y soy herida cuando me recordás sin perdonar.

Y soy perdón y soy soltura, cuando me cierro a una sonrisa porque sé que alimentar la carencia no es dejarme amar.

Y soy vendaval y soy calma cuando sonrío de nuevo, sin mentiras, sin fantasmas, sin dejarte pasar.

he dicho adiós tantas veces que he perdido la cuenta, porque las caídas ya no importan cuando me siento en el suelo a ver la lluvia; a verte pasar, cuando después de contemplarte un rato, me vuelvo a levantar.

-vaivén-

Es domingo y la melancolía, toca mi puerta. La toca como yo toco estas teclas mientras pienso en escribirte, la toca; como hace pocas noches me tocabas jurando nunca olvidarme, y una vez más, te recuerdo;

Te recuerdo como esas cosas que uno atesora con el corazón, como aquel recuerdo de un pasado feliz que hoy duele como espiga en el alma. Te recuerdo con nostalgia y tal vez, con un poco de amor. Te recuerdo como sea pero te recuerdo.

Quise salir y correr, una vez más, correr bajo una lluvia que mojara mi cuerpo ardiendo por tu encuentro, bajo una lluvia que se llevara los recuerdos de esos tiempos.

Quise correr y me quedé aquí una vez más con vos.

Con vos que sos vaivén y oxímoron, que sos domingo de lluvia, con vos, que cualquier frase suena a poesía si la recita tu voz.

¿Cuántas veces nos permitirá el amor quedarnos en el mismo lugar? Y ¿cuántas veces más nos negaremos a un amor por miedo al vaivén?

Me quedé otra vez, pensándote, mientras decía no.

No a los recuerdos de un domingo lluvioso, a mis sábanas blancas gritando tu nombre, mientras destilaban tu olor, a las noches de insomnio cuando no llegabas, al vaivén aun cuando la melodía de este tuviera tu voz.

Me quedé otra vez conmigo, y con tus recuerdos, pero sin vos.

-postergando la rutina-

Te recuerdo, a veces con nostalgia, a veces con sosiego. En ocasiones el recuerdo es tan lejano que parezco desvariar. Para ser sincera comienzo a dudar; temo no saber diferenciar entre los recuerdos de algo vivido y mis sueños. Pero te sueño y al rato ahí estás vos, saltando de nuevo a mi vida, apareciendo en llamadas, mensajes y nubes que hablan de vos.

En silencio, eres ese recuerdo que nuestra memoria conserva de aquellos tiempos lejanos, cuando éramos niños, ese recuerdo que no me atrevo a preguntar si es cierto, que con los años pierde lucidez y comienzo a creer que solo fue un sueño, pero en ocasiones, alguien más nombra el recuerdo, y sé que lo viví.

De nuevo es enero, y nos hicimos mil promesas más para olvidarnos. Te sueño en silencio, y en el mismo silencio mi celular vislumbra un número que parece ser el tuyo. En ocasiones, quisiera soñar con dinero y no con amores –no sé si así pueda llamarles- que alguna vez creí que tuve y luego perdí.

–          ¿Cómo se llama esa película que te gustaba mucho, pero no te gustaba tanto porque no dejaba de traerte preguntas sin respuestas?

–          Ya ni siquiera hay aló, respondo. Mientras escucho mientras ríes que ese no es el nombre de la película porque tenía algo que ver con los sueños.

La conversación parece un chiste de mal gusto, justo después de un sueño atormentador para estos tiempos, llamarme preguntando por mi libro favorito, donde su nombre sí, tiene que ver con los sueños. What Dreams May Come, otra de las lindas cosas que se llevó el año, su escritor.

Dijiste gracias pero ambos nos quedamos en silencio al final de la línea, como esperando que alguno de los dos trancara, la verdad pensé serías vos, ya que en ocasiones, todavía me pasa por la mente, alguna de esas llamadas solo para escuchar tu voz.  Y nos quedamos ahí, inamovibles, casi inertes ante la presencia abrumadora de otro adiós, el último como siempre, y de nuevo, fuimos árboles.

Mientras una lágrima recorría mi cara, con mi tono de voz algo entre cortado te dije; recuerdas cuando creíamos éramos árboles y jugábamos a quedarnos años enteros en el mismo lugar.

–          Jugamos tantas cosas, respondiste, con un tono pícaro, pero a la vez algo triste. Característico de vos y tu voz.

–          Queríamos ser aves y emprender nuestro vuelo, lejos el uno del otro… dije mientras me quedaba pensando que como siempre, la costumbre y el miedo tomaron nuestras decisiones y nos quedamos.

–          Tan aferrados a la costumbre y tan asustados de la novedad. Me sorprendí con tus palabras, porque ya sabía yo que era predecible, pero jamás pensé que hasta ese punto.

–          ¿verdaderamente lo intentamos?

Te pregunté mientras te confesaba que es una pregunta que de vez en cuando me acompaña entre sueños, aquellos días donde los domingos son eternos, y tu recuerdo más que atosigarme me hostiga y de alguna forma no puedo detenerlo. Porque no quiero.

–          Ya no importa. Carece de importancia porque aunque le demos muchas vueltas, nunca serán las necesarias y no lograrás responderte, y mis palabras como siempre, nunca bastaran.

Es verdad, no te lo dije en el momento, porque estaba demasiado ocupada en el discurso que debías dar y no diste. La razón por la cual tus palabras nunca bastaban. Idealización, repetía esa palabra en mi cabeza y parecía burlarme de mí. Otra vez con los chistes de mal gusto.

Ya sabés lo mucho que me gusta ver la luna mientras hablo por teléfono y consumo los cigarros que son en infinitas ocasiones, la fuente principal de inspiración de todo lo que escribo – cuantos no se consumieron estos meses en busca de inspiración y solo hacía falta una llamada-

La luna estaba llena, muy llena y vos, sonreías al otro lado del teléfono, asegurándome que tu única certeza era que a mi manera, entre risas, a mí loca manera, te amé. Guarde silencio, mientras pensaba en lo que acababas de decir, no sabía si eso era un consuelo o reafirmaba la peor de mis pensadillas, me quede pensando en silencio. Ese silencio turbio que ensordecía nuestra conversación al principio mientras los dos decidíamos que otra cosa decir para seguir escuchando nuestra voz.

–          Crecimos, dijiste interrumpiendo mi silencio (nuevamente)

–          Volamos, querrás decir.

–          ¿cómo?

–          Volamos, después de tanto, nos atrevimos a hacerlo.

–          Sigo volando a tu lado, dijiste tan bajito que casi ni podía escucharte.

–          So do I

–          Sigo volando a tu lado, cuando despierto en medio de la noche queriendo ser árbol de nuevo. Era complicado, pero a la vez más sencillo. Dijiste con ironía y creo entendí.

–          Sigo volando hacía vos, cuando de vez en cuando, de nuevo te proclamás Dios.

–          Lo siento

–          No hago más que reír, ¡nos hemos vuelto tan predecibles!

Nuevamente me quedo en silencio, y se siente como abandonar tu pecho y darle vuelta a tu recuerdo. Recuerdos, nostalgia, tus besos.

–          Adiós

–          ¿recuerdas como cada luna llena jugábamos a ser arboles; a no movernos?

Suspiro…

Sonríes…

Me quedo.

 

-jugábamos-

Jugábamos; vos, la luna y yo.

Jugábamos a escondernos como sombras, en el callejón sin luces del anochecer más profundo, donde nuestros cuerpos se confundían con la noche, donde mi piel se fundía con la tuya. Donde mi amor y el tuyo, que era nuestro; chocaba, entraba e irrumpía en nuestra vida.

Jugábamos a enredarnos entre sábanas, a ver pasar los días por la ventana. A escuchar cantar el arrebol de la tarde, a rogarle a la luna que se quedara, a creer de nuevo en fantasías.

Jugábamos mientras yo aprendía de tatuajes, contemplando tu espalda cuando leías, mientras aprendías tú de mí, enumerando cicatrices escondidas. Y el sol nos sorprendió por la ventana llegando el nuevo día.

Jugábamos, a pretender que existía el tiempo, a parar el mundo con vos, a proteger ese amor que fue nuestro –que era nuestro-, a escondidas.

Jugaste vos creyendo que el juego era eterno, mientras la luna entonces, se tornaba menos luna y más vacía.

Y como juegan los niños, seguí jugando y como aclaman los niños dijiste –mía- y fui tuya, de momentos, fui tan tuya como fui mía.

Y de momento también seguí jugando, aunque esta noche entre sábanas, jugués con otra a llamarle mía.

-en qué galaxia me olvidaré yo de vos-

Era un día de esos que tanto me gustan, donde el sol se oculta mientras los amantes se esconden para hacer el amor, donde las nubes parecen taparle, como las cortinas a nosotros, y en aquella habitación parecía no haber reloj, parecía detenerse el tiempo, simplemente porque estaba con vos.

La noche era fría y tus brazos el lugar más cálido del mundo, febrero no es invierno y qué tanto importa octubre si estoy con vos.

Encendía el último cigarro de aquel junio perfecto, de esas cajas que ya no se encuentran, que tanto nos costó conseguir, con mi mano libre recogía mi ropa mientras divagaba en mis pensamientos y de un instante a otro, escucho el murmuro de tu voz armónica interrumpirles.

– ¿vas a recordarme?
Preguntaste con una voz tajante, como si tu vida dependiera de ello, como sumiéndote de lleno en un no, que no era posible, no conmigo. No tratándose de vos.

El silencio, inundó nuestra habitación y vos sentiste que de no haber respuesta algo se rompería, pero te quedaste ahí; petrificado esperando más silencio, porque un no habría dolido demasiado, porque de todos, vos bien sabés que silencio también es respuesta. En ese momento solo había humo entre nosotros y buscando las palabras adecuadas decidí romper el silencio y responder.

Un poco ronca del humo y algo temblorosa del miedo, aclaré mi garganta y respondí. Contundente como vos, como nuestro silencio. Difusa como el humo que bloqueaba nuestra vista, pero dejaba al desnudo nuestras almas. Al descubierto, como siempre, una noche más.

– vos siempre serás importante para mí. tus recuerdos se calan en mi piel cual tatuaje; como la poesía tuya que ha decidido calarse en mi alma, en mi vida. Tu manera de moverte entre la gente y esas veces que bailás cuando crees que nadie te ve, de cualquiera me esperaba esta pregunta pero ¿de vos? Vos que siempre serás vos, que sos también una parte muy importante de mí. ¿en qué galaxia alguien se olvidaría de ti?

– Claro que voy a recordarte

Dije entonces, porque no sabía si había sido lo suficientemente clara, porque no quería que quedara la más mínima duda en mis palabras, porque no podía permitir que la incertidumbre se adentrara en tus pensamientos, no cuando se trataba de nosotros dos.

– ¿ni en otros labios, otra cama, otra piel, otros brazos, a otras horas?
– No de vos.

Sonreíste, y justo en ese instante, en aquella habitación; que era nuestra. Surgía una razón más, para no olvidarme.

La lluvia caía y con ella caía yo. La luna y el humo, hacían de aquella habitación una dimensión extraña y mi mente se iba lejos, tratando de huir de la palabra amor, tratando de huir de vos. Sonaba de fondo una que otra canción que ahora odiás y mi mente como siempre se iba de una vez, hasta que tus besos me traían de vuelta, hasta que murmurabas las palabras mágicas: hagamos el amor otra vez.

Nunca supe si significa quédate o no te vayas, mi alma desnuda te miraba con confusión mientas ahí estaba yo. Con la mirada perdida pensando cualquier cosa, mientras no fuera amor.

– No todas mis palabras tienen trasfondo

Dijiste atravesando mis pensamientos, supongo descifrando mi mirada. Te miré entonces, hablándote en silencio y me quedé. Me quedé recordándote hasta hoy. Donde cada cigarro habla de vos. Hoy que ya no preguntás si te recuerdo porque sabés que la respuesta es sí. Porque mi mundo es sí, siempre que estás vos.

-volver a vos-

Volver

Volver a vos, a los lugares que nos hicieron felices, a esas cosas que no podemos tener, al –todo suena mejor en tu voz- a confundirme con tus palabras, a enredarme en tu poesía. Volver a vos, a ese cuarto cálido, a esa sonrisa que me desnuda, a tus manos que saben exactamente qué puntos tocar, a tu boca que no se calla si no es con besos, a tus labios que aun después de tanto muero por besar.

Volver a vos, momentáneamente, cuando la nostalgia te proclama rey, cuando la oxitocina es solo un recuerdo borroso, cuando la madrugada se hace eterna y es tu voz entonces, lo único que quiero escuchar. Volver a las tardes de cama eterna, a las palabras desbordándose, a cartas sin receptor.

Y me pregunto entonces, si todavía esperas por mí, si como yo, en ocasiones quieres volver a mí, a nosotros o si cerraste la puerta aquel marzo frio cuando partí sin escucharte, cuando las despedidas fueron claras, cuando pedías empapado en llanto que me quedara, cuando ya era demasiado tarde para un nosotros. Nosotros que por cobardía dejamos pasar lo que –valga la redundancia- nos pasaba.

Ciertas madrugadas, marzo como febrero, tiene pocos días y no se hacen eternos, de hecho pareciera nunca haber ocurrido, y entonces, nuevamente. Vuelvo, a vos, a mí, a nosotros, a ese lugar que por un tiempo me hizo feliz.

-a nuestro amor-