Quique Castillo es docente de Lengua castellana y Literatura en el IES Ricardo Bernardo de Solares (Cantabria) y un lector impenitente. Es muy conocido por su blog La Lengua con TIC entra, en el que recoge y comparte con otros docentes aspectos relacionados con la materia de Lengua y Literatura castellana.
Quique es de esos docentes que son vocacionales y viven su profesión de verdad -desde dentro- y es de agradecer que sea tan creativo, tan perfeccionista y tan trabajador y, sobre todo, tan generoso, porque comparte con todos los demás profesores todo lo que hace, piensa y recrea en el aula. ¡Muchísimas gracias, Quique, por tu colaboración!
Marcos Cadenato
¿Cómo evaluar y no morir en el intento? Una aproximación a la evaluación en tiempos de LOMLOE. Evaluar para que aprendan.
Creo que no se exagera si se admite que la evaluación es una de las actividades que más trae de cabeza al personal docente (con la excepción hecha de la burocratización de nuestra praxis; aunque seguro que habrá quien opinará que es la evaluación la que se ha burocratizado en exceso). A esto podemos sumar el desconcierto que todavía causan los currículos de la LOMLOE, que, en materia de evaluación (y partiendo siempre del –guiño, guiño– “Instituto Nacional de Estadística de mi Experiencia”), al parecer ofrecen dos obstáculos “insalvables”:
- unos criterios de evaluación extremadamente poco concretos y
- la prescripción de que se evalúen por medio de un conjunto de instrumentos variados.
En relación con (a), los criterios poco concretos (y sin perder de vista que, en alguna materia, es cierto que alguno presenta una formulación algo etérea), es necesario recordar que la LOMLOE sustituye a la LOMCE y a su infinidad de estándares evaluables, que simplifica. En aras de facilitar la labor docente, se reducen y se “abren” de manera que sea cada docente quien los concrete en el aula. Nada impide, pues, que los hagamos más accesibles, realistas, precisos, etc.
Con respecto a (b), no creo que a estas alturas sea necesario señalar las ventajas pedagógicas de que la evaluación no se limite a una prueba escrita al final del proceso (aunque “examen” sigue siendo una de las palabras más repetidas en las juntas de evaluación a las que asisto). Tradicionalmente, la evaluación se ha entendido siempre como un proceso tedioso que se aplicaba siempre después de otro proceso por medio del cual se transmitía una información al alumnado para que, posteriormente, este demostrara haberla adquirido. Pero con la evaluación no se aprendía: la evaluación se limitaba a ensalzar las virtudes o denunciar los defectos de ese aprendizaje.
Pero la evaluación debe ser la piedra angular del aprendizaje, permitiendo que el alumnado se autorregule (perdón, se me ha escapado el subrayado en azul).
Esta y otras ideas que yo no sería capaz de transmitir de forma tan eficaz comparte Neus Sanmartí Puig en su libro Evaluar y aprender: un único proceso, que recomiendo encarecidamente. Creo que, con mis aciertos y mis errores, su forma de entender la evaluación permea lo que hago en el aula.

Pero ¿qué hago en el aula? (una aproximación a la evaluación en tiempos de LOMLOE)
En mi caso, como profesor de la materia de Lengua Castellana y Literatura, entendí que, para poder evaluar los criterios asociados a ella, necesitaba concretarlos rubricándolos (no puedo valorar un criterio a menos que lo descomponga en las ideas menores, tangibles, que sí son fácilmente observables, que comprende). Así, por ejemplo, un criterio como el 4.1, que cito a continuación, se puede evaluar observando los indicadores que recojo debajo:
4.1. Comprender e interpretar el sentido global, la estructura, la información más relevante y la intención del emisor de textos escritos y multimodales de cierta complejidad de diferentes ámbitos que respondan a diferentes propósitos de lectura, realizando las inferencias necesarias.

De esto resulta una rúbrica por cada criterio como en el documento siguiente, documento que comparto con el alumnado al principio del curso para que conozca en todo momento qué se le va a solicitar, qué tiene que ser capaz de hacer (en adelante me referiré a él como “hoja de evaluación”):

Porque, además, todas las actividades y trabajos que desarrollamos incluyen un apartado en que recojo los criterios que se van a valorar y lo que se espera en ellos:

Pero, Quique, ¡esto es una locura! ¿Cómo vas a asignarle una nota a cada uno de estos criterios? Bueno, nadie ha hablado de calificar hasta ahora, solo de evaluación. Además, en muchos de los criterios aportados sería incapaz de determinar si están alcanzados con una nota de 4, de 7 o de 10. Por ello, me limito a utilizar cuatro indicadores de logro: “logrado satisfactoriamente”, “logrado de forma suficiente”, “iniciado o en proceso de lograrlo” y “no logrado”.

El objetivo es aportarle al alumnado valoraciones, información cualitativa, no notas, con la idea de que cobre conciencia de lo que se consigue o de lo que queda aún por trabajar. Además, la experiencia me dicta que son más receptivos a esta información a la hora de emplearla para reorientar su proceso de aprendizaje (a ver, entiéndaseme, son extremadamente receptivos a las notas, qué duda cabe, pero la relación que establecen con ellas normalmente no es sana: es competitiva, no les aporta mucha información sobre aspectos mejorables en el proceso, etc.).
Pero, por supuesto, me resulta fundamental que el alumnado anote estas valoraciones en la hoja de evaluación de forma abreviada (la leyenda por la que he optado es que, si está logrado satisfactoriamente, anotan “E”; si está logrado de forma suficiente, “B”; si está en proceso de lograrse, “R”; si no se ha logrado, “M”). Si el objetivo es lograr satisfactoriamente todos los criterios trabajados, no serán conscientes de su grado de consecución de no apuntarlos o no serán conscientes de a qué criterios es conveniente que presten más atención una próxima vez. Asimismo, obtenida una valoración, pueden aprovecharla también para intentar mejorar el producto a partir del que la han obtenido (darle a la clase la posibilidad de mejorarlo concede también la posibilidad de que sigan trabajando y consigan finalmente lograr los criterios no alcanzados).

Vale, vale, esto está muy bien, pero ¿y la nota, de dónde la sacas? Entendiendo que todas las valoraciones emitidas son evidencias del aprendizaje del alumnado que hemos ido acumulando, podemos aprovecharlas para emitir un resultado (al final del proceso, coincidiendo con el momento en que hemos de desarrollar la evaluación sumativa). En mi caso particular, llevo un registro en el que, como con cualquier rúbrica y con cualquier programa de gestión de aula, “logrado satisfactoriamente” equivale a 3; “logrado de forma suficiente”, a 2; “iniciado o en proceso de lograrlo”, a 1; y “no logrado”, a 0. Así, me limito a acumular evidencias (en mi caso utilizo una hoja de cálculo de Excel que he diseñado a tal efecto con las fórmulas correspondientes), evidencias que, en última instancia, al final del trimestre, me permitirán emitir un juicio por cada criterio aplicada la proporcionalidad correspondiente:

Alcanzado ese momento del curso, descargo el informe individualizado por cada alumno, que me calcula automáticamente la calificación teniendo en cuenta la ponderación de los criterios acordada en el Departamento, y, para aportarle tanta información como me es posible al alumnado y a su familia, se lo hago llegar por correo.

Conclusión
En esta entrada solo he querido dar a conocer la forma en que evalúo para mostrar cómo es posible (a) alcanzar una cierta concreción en los criterios de evaluación y (b) desarrollar un sistema que puede aplicarse a través de cualquier tipo de instrumento. (No se me escapa que otras personas apuestan o recomiendan utilizar una rúbrica diferente para cada actividad. Por supuesto, si el sistema utilizado es coherente y le aporta al alumnado toda la información posible para mejorar y seguir aprendiendo, ¡adelante! No creo que un método sea mejor o peor que otro, la verdad). Más específicamente, encuentro las siguientes ventajas en el modelo explicado:
- El alumnado y sus familias conocen desde el principio qué se espera del grupo a lo largo del curso.
- El foco se pone sobre el proceso (evaluación), no sobre los resultados (calificación).
- El alumnado lleva un seguimiento permanente de su proceso de enseñanza-aprendizaje, pero también –más importante incluso– de su evolución.
Quique Castillo, 2025