por: William A. Miller
(del libro Encuentro con la sombra, de Zweig,
Connie)
Existen por lo menos cinco eficaces métodos
de observamos a nosotros mismos y aprender algo sobre nuestra sombra:
1) solicitar el feedback de los demás;
2) desvelar el contenido de nuestras
proyecciones;
3) examinar los «lapsus» verbales y
conductuales que cometemos e investigar lo que ocurre cuando los demás nos
perciben de modo diferente a como lo hacemos nosotros;
4) investigar nuestro sentido del humor y
nuestras identificaciones y
5) analizar nuestros sueños, ensueños y
fantasías.
Solicitar el feedback de los demás
Comencemos mirando más allá del espejo que
nos refleja. Cuando estamos frente a un espejo sólo vemos nuestro reflejo tal
como lo queremos ver pero si miramos más allá del espejo nos veremos como nos
ven los demás.
Si esta técnica nos parece muy difícil
hagámoslo con otra persona. Evoquemos la imagen de alguien que, en nuestra
opinión, se esté engañando a sí mismo. Esto quizás no nos resulte tan difícil
porque estamos bastante familiarizados con las dimensiones de la sombra de los
demás y hasta nos resulta sorprendente que puedan ignorar algo tan evidente.
Ahora bien, aunque sólo sea en teoría no
podremos dejar de estar de acuerdo -por más que nos empeñemos en negarlo - de
que lo mismo que me ocurre a mí le sucede también a usted. Quiero decir que si
yo puedo ver claramente su sombra -ante la que usted permanece ciego- no es
improbable que usted pueda ver claramente la mía -que tan difícil me resulta de
observar y que si me parece interesante decirle lo que veo de usted (de un modo
amable, obviamente) también es muy probable que a usted le parezca interesante
decirme lo que ve de mí (también de un modo amable, por supuesto).
Así pues, el feedback que nos proporcionan
los demás, la descripción que pueden hacer sobre cómo nos ven, constituye una
de las formas más eficaces de tomar conciencia de nuestra sombra personal.
Desafortunadamente, sin embargo, el simple
hecho de pensar en ello nos hace sentir amenazados y preferimos seguir creyendo
que los demás nos ven del mismo modo en que nos vemos nosotros.
Las personas que nos conocen bien se hallan
en una posición privilegiada para ayudarnos a
descubrir nuestras facetas más oscuras.
Estamos refiriéndonos, claro está, a nuestra esposa, a alguien que nos importe
realmente, los amigos íntimos, los socios o los compañeros de trabajo.
Paradójicamente, sin embargo, no parecemos estar muy dispuestos a escuchar lo
que puedan decirnos estas personas -que potencialmente son las más adecuadas a
nuestro interés - y justificamos nuestra falta de atención con el pretexto de
que son subjetivos, están proyectando o tienen intereses en el asunto.
Obviamente, resulta mucho menos peligroso escuchar a un extraño que a alguien
que nos conoce bien pero no olvidemos tampoco que la descripción que pueden
brindarnos aquéllos no será tan exacta como la que puedan ofrecernos estos
últimos.
Hay que tener en cuenta que las propuestas
que presentamos no son fáciles de llevar a cabo. Supongamos que le pido que me
dé su feedback y que usted me responde que, en las distintas situaciones en las
que nos hemos visto implicados, ha advertido que soy una persona
condescendiente. Quizás tenga dificultades en escuchar su comentario pero no me
resultará muy difícil aceptarlo. Es posible que quiera responderle « ¿De qué
está hablando? Precisamente lo último que yo querría es ser...
condescendiente». Pero me callo.
Esta respuesta constituye una evidencia
substancial de que he tropezado con un verdadero rasgo o característica de la
sombra. Cada vez que respondemos exageradamente «a favor» o «en contra» de algo
y nos mantenemos inflexibles en nuestra actitud existen sobradas razones para
sospechar que nos hallamos en territorio de la sombra y que haríamos bien en
investigar.
Pero, aún en el caso de que me resulte
extraordinariamente difícil creer que puedo parecer condescendiente escucho su
comentario y lo acepto. Entonces voy a un amigo íntimo, le explico lo que estoy
haciendo, y le digo que alguien me ha comentado que me ve como una persona
condescendiente. Luego le pido que sea sincero y que me diga cómo me percibe.
Quizás me baste con esta nueva opinión o quizás necesite seguir repitiendo el
proceso. En cualquier caso, si soy sincero conmigo mismo, debería interesarme
por lo que me dicen los demás -sea lo que fuere- a este respecto. De modo que
cuando la opinión de varias personas sea coincidente haría bien en tomar nota
de sus observaciones -esté o no de acuerdo con ellos- y dedicarme a examinarlas
con detenimiento.
Analizar nuestras propias proyecciones
Una segunda forma de aproximarnos a la sombra
personal consiste en examinar nuestras proyecciones.
La proyección es un mecanismo inconsciente
que acontece cuando se activa un rasgo o una característica de nuestra
personalidad que permanece desvinculada de nuestra conciencia. Como resultado
de la proyección inconsciente percibimos este rasgo en la conducta de los demás
y reaccionamos en consecuencia. Así vemos en ellos algo que forma parte de
nosotros mismos pero que no reconocemos como propio.
Las proyecciones pueden ser tanto negativas
como positivas. La mayor parte del tiempo, sin embargo, lo que vemos en los
demás son aquellos atributos que nos desagradan de nosotros mismos. Por
consiguiente, para descubrir los elementos de la sombra debemos examinar qué
rasgos, características y actitudes nos molestan de los demás y en qué medida
nos afectan.
La manera más sencilla de llevar adelante
este trabajo consiste en hacer una lista de las cualidades que nos desagradan
de los demás como, por ejemplo, la vanidad, el mal humor, el egoísmo, la mala
educación, la avaricia, etcétera. Una vez hecha la lista -que probablemente
será muy larga- debemos seleccionar aquellas características que más odiemos,
aborrezcamos o despreciemos. Por más difícil que nos resulte de creer -y aún
más de asumir- este inventario final nos mostrará una imagen fidedigna de
nuestra propia sombra personal.
Si, por ejemplo, he anotado que la arrogancia
me resulta insoportable y si además critico de manera inflexible este rasgo en
los demás convendrá que analice mi propia conducta para ver en qué medida yo
también soy arrogante.
Obviamente no todas nuestras críticas son
proyecciones de rasgos propios indeseables pero cuando nuestra crítica sea
desproporcionada o excesiva podemos estar seguros de que algo inconsciente ha sido
estimulado y reactivado. Como ya hemos dicho anteriormente, para que la proyección
tenga lugar la persona sobre la que proyectamos debe presentar ciertos
«garfios». Si Jim es arrogante, por ejemplo, es bastante «razonable» que me
sienta ofendido por su conducta pero cuando mi condena de Jim exceda a su falta
no cabe la me nor duda de que está en juego mi propia sombra personal.
Las situaciones conflictivas desatan
emociones muy in tensas proporcionándonos, por tanto, un terreno excepcional
para la proyección de la sombra. En ellas podemos aprender muchas cosas sobre
nuestra sombra ya que lo que censuramos en nuestros «enemigos» no es más que
una proyección oscura de nuestra propia oscuridad.
Pero no sólo proyectamos cualidades negativas
sobre los demás sino que también hacemos lo mismo con las positivas. En los
demás también advertimos rasgos positivos propios que, por alguna razón, rechazamos
y nos pasan, por tanto, desapercibidos.
No es extraño, por ejemplo, percibir
cualidades positivas en los demás sin que exista la menor
evidencia empírica que las sostenga. Esto
suele suceder, por ejemplo, en el amor ro mántico y en aquellas ocasiones en
las que valoramos positivamente a los demás. Los amantes, cautivos de su deseo
por la persona amada, suelen proyectar sus atributos positivos sobre ella. En
cierto modo, el rasgo proyectado debe estar ahí, de otra forma la proyección no
tendría lugar, pero lo cierto es que la intensidad de la presencia real de ese
rasgo en la persona amada suele diferir notablemente del grado en que lo
percibe el amante. Susan, por ejemplo, proyecta la dimensión amable y generosa
de su sombra sobre Sam y le ala ba por su amabilidad, particularmente por su
amabilidad hacia ella. Los amigos quizás traten de hacerle ver que, aunque Sam
no sea egoísta ni avaricioso, sus demostraciones de ama bilidad y generosidad
son transitorias pero Susan, sin embargo, no quiere escucharles.
Una vez que hemos quedado «enganchados» de
una cualidad positiva de otra persona podemos proyectar sobre ella todo tipo de
cualidades positivas. Esto es algo que ocurre con cierta frecuencia en las
entrevistas personales y se conoce con el nombre de «efecto halo». En tal caso
la proyección de las cualidades positivas del entrevistador sobre el
entrevistado le proporcionarán una considerable evidencia de que se halla ante
una persona casi perfecta.
Estos ejemplos ilustran situaciones
problemáticas pero demuestran claramente el poder de las
proyecciones positivas. Debemos comprender
que nuestra sombra contiene tanto cualidades positivas como cualidades
negativas. En este sentido, también resulta sumamente interesante enumerar las
cualidades que más admiremos en los demás. Así, por ejemplo, cuando nos
escuchemos decir: «Yo nunca podré ser así» haríamos bien en analizar esos
rasgos porque es muy probable que formen parte de nuestra Sombra Dorada.
Examinar nuestros «lapsus»
Un tercer método para explorar nuestra sombra
personal consiste en examinar los «lapsus linguae», los lapsus conductuales y
las percepciones equivocadas. Los lapsus linguae son aquellas equivocaciones involuntarias
que nos ponen en un aprieto.
La sombra, que es en parte todo aquello que
queremos ser -pero que no nos atrevemos a ser-, constituye el escenario más
apropiado para la manifestación de este tipo de fenómenos. Justificaciones
tales como «esto es lo último que hubiera querido decir» o «no puedo creer que
yo haya dicho eso» demuestran que si bien la conciencia es la que propone la
sombra es la que suele terminar disponiendo.
Ann, por ejemplo, ha aprendido a tolerar todo
lo que hacen los demás. Por consiguiente, cuando su amiga Chris decidió, a los
dieciséis años, matricularse en una escuela de modelos, Ann la felicitó aunque
internamente pensaba que era una ridiculez. Así, cuando felicitó a Chris por su
decisión, su sombra tomó la palabra y dijo: «Estoy segura de que será una
tontería (muddle) extraordinaria».
Obviamente, lo que Ann quería decir era
«modelo» (model) pero -inconsciente de su desaprobación de la decisión de Chris
- dijo «tontería» que es lo que realmente pensaba sobre la situación.
Los lapsus de conducta son, si cabe, más
reveladores todavía. En ocasiones parece que no exista explicación alguna para
la conducta «aberrante» de una persona. En tales casos alguien podría perfectamente
decir: «No sé que le ha ocurrido. ¡Jamás le había visto actuar así!» Los lapsus
conductuales suelen ser conductas que parecen completamente ajenas a la persona
que los comete y que dejan atónitos a todo el mundo -incluida, claro está, la
persona en cuestión.
Existe también otro tipo de lapsus en los que
nos presentamos de manera diferente a cómo fingimos. Un confe renciante, por ejemplo,
que intenta ofrecer un aspecto simpático ante su audiencia puede descubrir
luego, sorprendido, que los demás le han visto como «alguien muy sarcástico»;
una mujer recatada y tímida puede sentirse incómoda en una fiesta ante la
conducta de los hombres y ser, al mismo tiempo, totalmente inconsciente de su
propio coqueteo y un hombre que ha sido invitado a dar una breve charla de
homenaje a un colega en una comida puede quedarse pasmado cuando su esposa le
censura lo «amablemente despectivos» que han sido sus comentarios.
Tales situaciones -tan conocidas, por otra
parte, por todos nosotros- nos ofrecen la oportunidad de bucear en nuestro
interior y salir beneficiados de ese viaje. En nuestra mano está el hacerlo o
no hacerlo. Podemos reírnos de esos lapsus, mantenernos a la defensiva,
racionalizarlos o esconderlos bajo la alfombra pero sólo afrontarlos nos
permitirá descubrir la oscuridad que se oculta en nuestra sombra, profundizar
en nuestro propio autoconocimiento y poner fin a esos embara zosos, inoportunos
y, en ocasiones , hasta destructivos «deslices».
Investigar nuestro sentido del humor y nuestras identificaciones
Un cuarto método para acceder a la sombra
personal consiste en investigar nuestro sentido del
humor y las respuestas que suscita en
nosotros el humor. La mayoría de nosotros sabe que el sentido del humor suele
evidenciar mucho más de lo que se ve a simple vista. De hecho, quien habla en
esas ocasiones suele ser la misma sombra. Por otra parte, quienes rechazan y
reprimen a la sombra suelen carecer de sentido del humor y se divierten con muy
pocas cosas.
Veamos, por ejemplo, el viejo chiste de los
tres curas de un pequeño pueblo que se reúnen en una especie de «grupo de
apoyo». A medida que transcurre el tiempo su amistad crece y aumenta su
confianza. Cierto día deciden que ya tie nen la suficiente confianza para
confesar sus pecados más graves y compartir así su culpa. «Confieso que he
robado dinero del cepillo» -dice el primero. «Eso no está bien -afirma el
segundo, prosiguiendo-. Mi principal pecado ha sido el de haber tenido un
asunto con una mujer del pueblo vecino». Entonces, el tercero, después de haber
escuchado las desdichas de sus compañeros, agrega: «Hermanos, debo confesaros
que mi mayor pecado es ser un terrible charlatán. ¡Y que ardo en deseos de
salir de aquí! »
La mayoría de nosotros explicamos que este
chiste nos hace reír porque es divertido pero lo cierto es que nos conecta con
el aspecto sombrío del cotilleo y que lo que nos causa gracia es el hecho de identificarnos
con el placer que le aguarda al tercer cura difundiendo por el pueblo los
pecados de sus colegas. Obviamente, nosotros sabemos que eso está mal y no
desearíamos hacerlo pero, recordemos que la sombra es, entre otras cosas, lo
que quisiéramos pero no osamos hacer. El hecho de que este chiste nos resulte
divertido puede permitirnos así profundizar un poco la conciencia de nosotros
mismos.
Por otra parte, quien niega y reprime a su
sombra no encontrará divertido el chiste sino que lo censurará agriamente. Tal
persona concluirá, por ejemplo, que el chis te no tiene nada de divertido y que
los tres curas deberían ser castigados por sus pecados.
Sabemos que es de mal gusto disfrutar con el
dolor y el infortunio de los demás pero nos resultan muy divertidas las caídas
de alguien que patina por vez primera sobre el hielo. En los albores de la
historia del cine una de las escenas que más hacían disfrutar al público era el
clásico resbalón sobre una piel de plátano. Nos reímos a carcajada limpia del
cómico que nos cuenta sus adversidades. En todas estas situaciones el humor
evoca risa como expresión de nuestro sadismo reprimido. No cabe la menor duda
de que lo que despierta nuestro sentido del humor, aquello que nos resulta
especialmente divertido puede contribuir a aumentar nuestro autoconocimiento.
En los acontecimientos deportivos
-especialmente en las competiciones- podemos observar fácilmente la magnitud e
intensidad de la sombra. En este ámbito son alentadas e incluso aplaudidas
conductas que en otro entorno resultarían censurables e incluso condenables.
Ahí personas afables en otras circunstancias pueden gritar afirmaciones rayanas
en la inducción al asesinato. En cierta ocasión fui a un combate de lucha a
realizar una encuesta y tropecé con un grupo de ancianas cuya conducta me
resultó tan fascinante que olvidé por completo lo que había ido a hacer. Se
comportaron de un modo completamente «normal» hasta el momento en que los
luchadores subieron al ring. Entonces se pusieron en pie, cerraron los puños y
comenzaron a vociferar expresiones vicarias de la agresividad de la sombra
tales como: « ¡Mata a ese sucio bastardo!» « ¡No le dejes escapar!» « ¡Rómpele los
brazos!»
Analizar nuestros sueños, ensueños y fantasías
El estudio de los sueños, ensueños y
fantasías nos proporciona un último camino para tomar contacto con nuestra
sombra personal. Aunque digamos lo contrario todos nosotros soñamos, ensoñamos
y fantaseamos y si prestamos atención a esas actividades podremos aprender
muchas cosas sobre nuestra sombra y sobre sus contenidos.
Cuando la sombra aparece en nuestros sueños
asume el aspecto de una figura de nuestro mismo sexo. En el sueño reaccionamos
ante ella con miedo, desagrado o disgusto, igual que lo haríamos ante alguien a
quien consideráramos inferior. En los sueños huimos de la sombra, la evitamos y
frecuentemente experimentamos que nos persigue. La sombra también puede
aparecer como una figura difusa a la que teme mos y de la que intuitivamente
escapamos. Nuestra tendencia habitual ante la sombra consiste en evitarla del
mismo modo que solemos hacerlo en la vida consciente.
Pero esta figura es nuestra propia sombra -o
un aspecto significativo de ella- por consiguiente, la actitud más adecuada
será la de afrontarla y descubrir qué es y qué pretende. Debemos observar sus
acciones, sus actitudes y sus palabras (en el caso de que pronuncie alguna). La
sombra, a fin de cuentas, encarna dimensiones de nuestro ser que podrían ser
conscientes y, por tanto, constituye un yacimiento muy provechoso para nuestro
autoconocimiento.
Quizás insistamos en nuestra negativa a
aceptar el hecho de que ensoñamos y fantaseamos pero lo cierto es que resulta
imposible que la mente se mantenga atenta y concentrada durante toda nuestra vigilia.
Por consiguiente: ¿qué pensamos cuando no estamos pensando en nada? ¿Dónde va nuestra
mente? ¿Qué imágenes o fantasías pueblan nuestro pensamiento? Nuestros ensueños
y nuestras fantasías pueden ser tan extrañas y contrarias a nosotros que hasta
pueden resultar aterradoras. No se trata de algo que estemos dispuestos a
admitir fácilmente ante los demás y, en muchas ocasiones, ni siquiera las
aceptamos ante nosotros mismos.
Pero negar su existencia es perder otra
oportunidad de conocernos a nosotros mismos. En nuestras fantasías y en
nuestros ensueños cotidianos podemos descubrir pensamientos, proyectos, deseos
y sueños que somos incapaces de aceptar a un nivel consciente. Suelen ser
fantasías de vio lencia, poder, riqueza y sexo. Son ensueños de abundancia en
los que conseguimos lo imposible. Una vez más, la sombra se halla dispuesta a
compartir su patrimonio si la aceptamos y reflexionamos sobre ella.
Concluiremos diciendo que nadie puede tomar
por nosotros la decisión de afrontar el mundo de nuestra sombra personal. Por
otra parte, cada uno de nosotros tiene una vía de acceso diferente y debe
seguir su propio camino. Pero aunque no exista un pro cedimiento universal para
emprender este viaje interno al mundo de la sombra, las recomendaciones que hemos
presentado en este capítulo pueden resultar de mucha utilidad.
- - -