En 1945, nada más terminar la Segunda Guerra Mundial, el epílogo macabro de décadas previas de incertidumbre y sufrimiento resultado del uso de la pura fuerza, las naciones, exhaustas, también las vencedoras, firmaron la Carta de las Naciones Unidas. Los millones de muertos y el general aniquilamiento de bienes y sociedades estaban radicalmente presentes en las mentes de los que habían sobrevivido a la matanza. Por eso comenzaron la carta, en su preámbulo, diciendo: «Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles …». La guerra era el problema por delante de cualquier otra consideración. Sí, se mencionaban los derechos humanos, la justicia, la dignidad, la igualdad de las personas y de las naciones, grandes y pequeñas, pero todo eso cedía ante esa gran destructora. Esa generación lo tenía meridianamente claro.
Por eso, al enunciar sus propósitos, el primero era «Mantener la paz y la seguridad internacionales», previendo y eliminando las «amenazas a la paz», de forma que se suprimieran los «actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz», que se sustituirían por «medios pacíficos» conformes a principios de «justicia y del derecho internacional» que servirían para arreglar «controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz»; y el segundo recalcaba que la solución que se estaba pergeñando partía de un fundamento: la igualdad soberana de todos sus miembros, que se comprometían a arreglar sus controversias internacionales «por medios pacíficos de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz y la seguridad internacionales ni la justicia», absteniéndose de «recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado» y de «dar ayuda a Estado alguno contra el cual la Organización estuviere ejerciendo acción preventiva o coercitiva». La naturaleza prioritaria de esta tarea (y de sus interdicciones) se remarcaba por el hecho de que se afirmase expresamente que ninguna disposición de la carta autorizaba a intervenir en los asuntos propios de la jurisdicción interna de los Estados, ni los obligaba a someter dichos asuntos a procedimientos de arreglo, salvo en un caso: justo aquel en el que existiese una amenaza para la paz, o esta se hubiese quebrantado por un acto de agresión.
El mejor momento de la ONU fue el de su nacimiento. Y eso que estaba lastrado por la presencia, en su seno y desde el instante inicial, de numerosísimos países sometidos a dictaduras y regímenes totalitarios que no es que maniobraran para capar cualquier capacidad real de la organización, sino que, con su simple presencia, la convertían en un Rick’s Cafe, en el que, háganse los sorprendidos, se jugaba sin descanso. Esa presencia contaminó todo, porque ni siquiera los países que más podrían haber estado dispuestos a ceder alguna mínima parcela de soberanía para promover la democracia real y los derechos humanos, lo iban a hacer mientras otros jugasen con cartas marcadas. Menos aún si eso suponía renunciar a su poder real, incluso imperial. Pero si había algo auténtico en el nacimiento de la ONU, más allá del aparato retórico, se situaba precisamente en el cambio de paso desde la amenaza del uso de la fuerza y de su uso real como política normal entre las naciones. Dos guerras mundiales habían probado cuán peligrosa había sido la deriva de la retórica y el juego ancestral, alcanzada cierta capacidad industrial, que facilitaba la sincronización entre las carreras de armamentos, la codicia travestida en función civilizatoria y la excusa externa, la mentira con la que tapar las vergüenzas de las políticas interiores. Una prueba más: entre los firmantes de los documentos preparatorios de la carta se encontraban nueve gobiernos europeos, pero en el exilio. No creo que haya duda de sus prioridades.
Las otras tareas de la ONU funcionaron siempre como una tapadera de sus dos funciones esenciales: intentar controlar las agresiones entre naciones haciéndolas formalmente ilegales (y, por tanto, impopulares en aquellos sitios donde la popularidad importa) y crear un reservado en el que, al menos, se pudiese hablar antes de disparar. Sí, como la vieja Paz de Dios en las naciones cristianas, no impediría la violencia exterior, llegado el caso, pero serviría como fórmula para la distensión estructurada. El control de la violencia interior no estaba en la agenda; esa sí que era retórica. De hecho, la violencia interior fue el arma favorita en la pelea geoestratégica precisamente porque se mantenía como una expresión «lícita» de supuestas voluntades nacionales, revolucionarias o democráticas de las naciones. Casi siempre, claro está, con sus patrocinadores exteriores respectivos manejando los hilos. Aunque en una cierta época se jugó con la idea de ampliar legalmente esa función a otras (la promoción real de los derechos humanos y de la democracia), esta idea siempre renqueó porque venía lastrada por la hipocresía y la desigualdad. A menudo se usaba con el último patético dictador al borde del abismo y no con los peores ejemplos de tiranía, y lo normal es que la promoción de los valores correctos llevase alguna nota al pie en forma de cobro de dividendos. No estábamos preparados para esa extensión mientras no se ampliase el número de las naciones democráticas y se introdujesen nuevas y armonizadas reglas en clubes regionales. Y mientras no se purgase la ONU de todos sus sepulcros blanqueados. Por desgracia, la evolución en muchas partes del mundo no ayudó a esta tarea, hoy materialmente abandonada. La ONU es un aparato comatoso. Pero esto no implicaba que la falta de avance terminase convirtiéndose en un retroceso.
El mundo está mucho peor si se recupera la retórica de la amenaza del uso de la fuerza como procedimiento usual y admisible entre las naciones. Sobre todo cuando la recupera la principal superpotencia, incluso contra los que se supone comparten con ella un modelo de sociedad y de pensamiento político. Esta recuperación es un resultado de una cierta decadencia y de la imitación adolescente. Es tan evidente que me descorazona comprobar cómo no es lo primero que le viene a la cabeza a aquellos que aplauden alegremente la actual política norteamericana. Plantear la cuestión como una alternativa entre Maduro y su régimen dictatorial, frente a una solución legitimada solo por la fuerza y por la naturaleza vacía del derecho internacional, sazonándolo con los ejemplos siempre disponibles de desviación de las naciones y de sus dirigentes, es de una miopía gigantesca. Y no lo digo porque parezca, a esta hora, que Trump solo quiere cambiar un muñeco por otro bajo su control. Los discursos legitimadores basados en la simple fuerza es lo que tienen: te sirven igual para capturar a un tirano y sustituirlo por un campeón de la democracia, para sustituirlo por otro tirano bizcochable igual de hijo de puta o para reclamar un pedazo del territorio de un país amigo. Además, en el caso de las naciones que se supone defienden un modelo de sociedad abierta y liberal, por muy poderosas que sean, no solo es inmoral, es estúpido. Esos discursos, si se convierten en tu principal estrategia justificadora, terminan socavando tu sistema. En realidad, lo probable es que sea al revés: el sistema, tan tocado por décadas de políticas erradas, ha terminado aupando al poder a un gamberro sin filtros y su corte de patanes.
En Anatomía de la ley he escrito:
«El comunismo, el fascismo o el nazismo (…) terminaron teniendo éxito allí donde la comunicación entre el poder político y la sociedad, mediante diferentes instrumentos mediadores, había gripado. En sociedades así, el sueño del legislador omnímodo capaz de resolver las injusticias, de eliminar a los enemigos interiores y de suprimir las corruptas instituciones que sólo sirven a sus intereses particulares y no a los de la colectividad (la nación, la clase elegida) se vuelve enormemente atractivo, a pesar de los siglos de experiencia condensados precisamente en ese a veces caótico conjunto de reglas, máximas, principios y contrapesos con que hemos ido lastrando el poder.
El legislador omnímodo, el fantasma del emperador Qin, el comité central, el führer, son ineficaces, por supuesto. A corto plazo generan su propio aparato de distribución del poder, que intenta asegurar su supervivencia, pero la irracionalidad en unos casos y la desconexión total entre su formulación teórica y la realidad en otros, a largo plazo, tras mucho dolor, provocan su naufragio. (…) Esos experimentos fueron derrotados en su versión original, pero el modelo legal autoritario con el enganche atractivo del ejercicio del poder sin cortapisas siempre regresa. Hoy lo vemos, por ejemplo, en los complejos autoritarios chino y ruso. Todos ellos utilizan los instrumentos legales y la estructura política y económica creados en Occidente y que relacionan con su éxito material, suprimiendo la sociedad abierta en la que nacieron y que consideran una rémora histórica. Esta extirpación (que incluso están comprando muchos en los países de tradición liberal, añorantes de un pasado que no conocen, que describen mal y que no fue resultado de ese modelo autoritario, sino de un momento histórico de preeminencia que no volverá.) está destinada al fracaso: el éxito occidental no es obra del uso de esos instrumentos, sino del humus que los originó, esa tradición que acentúa sobre todo la individualidad competitiva, la posibilidad de creación de mundos privados. A diferencia de las sociedades más abiertamente construidas sobre la maximización de fines colectivos, la occidental terminó basculando hacia una organización social en la que el egoísmo particular pudiera desarrollarse sin verse sofocado, y esta salvaguarda de los proyectos individuales impulsó la creatividad y sus resultados residuales, también típicamente humanos: la competencia y el altruismo social. (…) Los regímenes autoritarios que controlan a sus ciudadanos mediante sistemas coactivos y mediante la imposición de una explicación mecánico-causal de los avatares históricos necesitan de un cierto aparato legal porque la ley es el cemento de las instituciones complejas, pero creen que es superfluo que esos ciudadanos intervengan y manifiesten algún tipo de complacencia o complicidad con ese aparato legal para que subsista. Sostienen que su simple existencia, como ente emergente policial, funcionará como justificación y parapeto. Hay algo de verdad en esto, pero no es toda la verdad. Podemos añadir un postulado más: el edificio legal, producto de las complejas interacciones entre el poder soberano, los expertos jurídicos y los ciudadanos a los que se aplica, surge como ente emergente con inercia y con consecuencias superiores a la suma de intereses, deseos y actos de voluntad de sus partes. Esto no contradice el postulado que ya he expuesto previamente: para que ese ente emergente sea estable y duradero, es imprescindible que se perciba por quienes van a verse constreñidos por él como un baluarte, al menos en situaciones de peligro, lo que exige no sólo la posibilidad de cierta participación, sino la creencia en que podrá ser derribado si realmente sólo favorece a la minoría que controla el poder coactivo.»
También he escrito:
«La ventana de oportunidad de los burócratas, a pesar del cuidado de estos por hacer el menor ruido posible, lleva tiempo chirriando. El derecho europeo no puede dedicarse sólo a servir al comercio y el autómata europeo flaquea al contar sólo con la legitimidad derivada de la exigencia de que sus partes constituyentes sean democráticas o de que sus principios se basen en cartas avanzadas de derechos humanos, sobre todo porque se ha creado una superestructura que inmediata e inevitablemente reclama más y más poder, y ese poder debe ser controlado e incluso limitado. Éste es el momento en el que nos encontramos, el de tener que renunciar al refugio de relatos nacionalistas, lo que necesariamente pasa por dar más poder real al Parlamento Europeo, por crear un ejecutivo fuerte y coherente europeo con los poderes normales de cualquier ejecutivo estatal, incluidos el militar y el diplomático, sabiendo de antemano que uno y otro nos decepcionarán como llevan haciéndolo los gobiernos y los parlamentos desde siempre. El proceso es imparable, sólo queda saber si lo haremos mejor o peor.
Es un proceso que engrana precisamente con la mejor versión de nuestra tradición jurídica y política. El regalo de Occidente a la humanidad no fue sin más su civilización, sino el hecho de que las consecuencias más perniciosas del comportamiento occidental pudiesen ser refutadas utilizando precisamente el discurso abstracto que se había ido depositando y acumulando en su estructura y que había propiciado su superioridad. Al igual que los razonamientos de los oscuros canonistas alimentaron a los que movieron el suelo bajo los emperadores, papas y reyes, los fundamentos de la democracia liberal prevalecieron sobre el imperialismo europeo y su sentimiento de superioridad.»
Esperemos que, pronto, nuestro hermano norteamericano recupere la cordura. Mientras tanto, nuestra obligación es actuar como si esto no fuese a ocurrir. No aplaudir.
istócrata francés; entre luises de oro. Se han perdido las frase huecas que resonaron en su salón parisino y ganan polvo los trabajos de los que lo divertían, los Voltaire y los Rousseau. Extraños trabajos los de aquellos que hablaban del hombre y el ciudadano mientras servían de felpudo para un recaudador de impuestos, entremeses entre las reverencias de Casanova.










