Y hasta aquí

Queridos lectores, siempre será una fascinante aventura el escribir, muchas veces no sabemos lo que está por nacer, lo que empieza a aparecer en la pantalla y va cobrando forma. Unas veces, no nos puede satisfacer el producto, es cuando digo que se debe desechar mucho antes de intentar publicar. Pero hay veces en donde lo que hacemos toma vida propia, ya no nos pertenece, y tiene todo el derecho de perdurar por encima de uno mismo. He escrito dos blogs hasta la fecha, el primero llamado «Escritos desde la Buhardilla» contiene cosas que yo mismo ya no entiendo. Intenté crear una Etica básica muy personal que bauticé como Apologenesis, transcribi dos antiguos poemarios: Cantos desde los bosques perdidos, y Flor del Precipicio, hice pequeñas biografias, etc. Todo eso ya no me pertenece, quizás un día encuentre su lector ideal. En cuanto a este sitio web, Mi Vieja Mansión, es hora de un último café. Fue siempre un placer tener una historia qué contar, un poema qué crear, aparecieron varios poemarios, algunos de los cuales me faltó agrupar bajo un título, pero es el primer poema el que les da el nombre a esos poemarios. Escribi cuentos, sé que muchos y muchas se reconocen aqui, lo fantástico e increíble es que estos escritos me sobreviviran, a mi y a tí, mientras exista internet, todavía te verás ahi. Te dejo un abrazo por el honor y placer de acompañar mi camino, y haberme hecho sentir el mismo bello drama de todos mis congéneres, como parte de la humanidad. Hasta pronto, mis amigos…!

«Los duendes» del Olivar

En Lima hay varios lugares donde el tiempo se ha detenido, por alguna circunstancia todo permanece igual a como lo dejaron sus últimos inquilinos. Casona, muebles, trastes permanecen inalterables como hacen tres o cuatro siglos atrás, incluso alrededores. Si uno pasea por algunas calles o alguna plazuela, se puede ver que no ha cambiado nada por muchísimo tiempo, hay barrios tan antiguos como los apellidos de quienes los habitan.
Pues precisamente, hay algunas leyendas urbanas que nacen por aquí, desde historias de la antigua nobleza de Lima, hasta leyendas de santos y personajes literarios. En el distrito de San Isidro se habla de un misterioso grupo de élite dedicado a las Letras y las Artes que se reunían en una especie de Cofradía. Se supo desde siempre que el distrito de Barranco era el lugar de reunión privilegiado por los intelectuales y la bohemia limeña, pero al parecer en San Isidro había algo más, lejos de la vista de los curiosos. Hay un cuadro, la pintura es de un personaje imaginario retratado, en donde se aprecia a un arlequín llegando a una casita de chocolate. En éste óleo titulado El Adivino, y que fue pintado quizá en Barranco por Álvaro Suárez Vertiz, se aluden a estas pequeñas casas que fueron muy comunes por ahí, pero también existían y existen en el Bosque El Olivar, en San Isidro.
El Olivar de San Isidro debe su nombre a las antiguas grandes plantaciones de Olivo que pertenecían a un noble, en el rancio Condado de San Isidro. Sus orígenes están por los siglos XVI o XVII, con las primeras plantas de Olivo traídas por Antonio de Rivera desde Sevilla. Cuentan que sólo tres de éstas plantas sobrevivieron en el viaje por el Atlántico, pero aún así fueron plantadas y prosperaron. En 1,821 había cerca de tres mil olivos, convirtiéndose entonces en el Bosque El Olivar, y hasta hoy se sigue cosechando aceitunas.
Cuentan entre otras historias que fue el mismísimo Fray Martín de Porres quién sembró aquí, en 1,637, unos setecientos esquejes de Olivo en menos de quince días. Dicen que las ramas de los pequeños árboles retoñaron al tercer día de riego, dicen que con el tiempo las parejas de enamorados se sentaban a la sombra de estos árboles, se daban un beso y eran felices para siempre.
Y se han contado tantas cosas más, por el año de 1,929 José María Eguren se reunía con un grupo de intelectuales en una de aquellas pequeñas casas del Bosque El Olivar, entre sus asiduos cofrades estaban, además de Eguren: Alida Elguera, Elena Aramburu Lecaros, Enrique Bustamante y Ballivian, Martín Adán, Luis Alayza Paz Soldán, Alfonso de Silva, José Hernández, Luis Felipe Alarco, Arturo Jiménez Borja, Oquendo de Amat, Emilio Adolfo Westphalen, José Torres de Vidaurre, José Diez Canseco entre otros, y todos se hacían llamar «Los Duendes».
Eguren empezaba las veladas con éstas palabras: «Fijense bien, yo soy un duende! Pero hay otros duendes! Citenlos para formar una ronda y una vida! No seremos muchos, pero bailaremos, cantaremos, jugaremos… Y cuando venga la aurora, zas! Desaparecemos!».
No se sabe mucho de estás reuniones, ni si se siguen llevando a cabo en estos días, pero la casita de chocolate es seguro que aún permanece por ahí.

Café Haití

Comencé a frecuentar el Haití de Miraflores cuando conocí a varios antiguos amigos de ese barrio, en alguna fecha que no recuerdo.
Frente a la Tiendecita Blanca, el Café Haití ya funcionaba cuando yo había llegado a éste mundo, en la Maternidad de Lima, donde también había nacido mi padre, mi madre quiso que naciera yo ahí, lo hice un veinte de Marzo al iniciar el otoño.
Mi madre trabajaba en la joyería Vasco vendiendo joyas, y mi padre le pidió que cambiara de rutina. Mi madre lo dudó en un primer momento, pero cuando nací decidió dedicarse a su hogar, cosa que en estos días ya no satisface tanto, pues la independencia es demasiado valorada, y no es para menos.
Se trataba entonces de adecuarse a la nueva situación, ella tenía un hijo y ya no iba a trabajar, el día entonces suele ser muy largo y tedioso. Pero estaba yo y eso hacía la gran diferencia, salíamos al parque Kennedy, comía algunos dulces, se quedaba hasta llegada la tarde cuando jalaba el cochecito de regreso a casa. En mi mente aún recuerdo, creo recordar, las luces de Neón del Óvalo de Miraflores, y esa luz ámbar que era del café Haití, inaugurado en Febrero de 1,962.
En verano nos íbamos al malecón en el Parque Salazar y recuerdo los helados Donofrio, tan típicamente Limeño, para un niño de cuatro o cinco años es una delicia saborear la crema de los helados, eso aún lo recuerdo plenamente. Pero entonces nos mudamos a Surco, y Santiago de Surco es un distrito lleno de parques, Miraflores quedó en el recuerdo por un tiempo.
Cuando regresé al antiguo barrio trabajaba en lo que era el Hotel Cesar’s, varios años estuve frecuentando la calle de las Pizzas, el Palachinke para comer panqueques, el Manolos y por supuesto el café Haití en Miraflores, por donde mi hermana aún sigue viviendo, enamorada de lo que en mi opinión, es el barrio más hermoso de Lima urbana.
El Haití comenzó a ser nuevamente el protagonista de muchos encuentros, muy aparte del placer de sentarse en sus mesas con un Bloody Mary, la persona o personas con quiénes ibas a verte era gente muy singular. Políticos, artistas, pintores y escritores estuvieron ahí en una suerte de Deja Vu de Saint Germain de París, el Haití pudo haber sido el café De Flore.
Los tiempos pasan, las cosas quedan, aunque frecuentemente también desaparecen en medio de esa vorágine. Desperté a éste mundo en medio de las luces de la tarde que se prenden a las seis, pero todo está cambiando y soy testigo asombrado de cómo se apagan esas luces. Cierro los ojos y sonrío, estando completamente seguro de que aparecerán nuevas cosas en todos aquellos lugares, o quizás regresen. Díganme si ésto no os parece un sueño…

Ya no regreso a casa

Éramos cuatro, siempre cuatro, aunque a veces alguno que otro se nos unía, pero por ahí siempre andábamos juntos. James había salido con el George a traer el disco Long Play de la casa del Flaco, y en eso llega y me dice alterado: «Feli, me acaban de robar el disco frente a la panadería, dos piojosos, nos cuadraron con arma!». «Puta que al Flaco no le va a gustar, y el George?». «Está en shock, se fue a su casa!».
El barrio de San Roque era así, con la gente del Cole podía suceder, y de hecho sucedió en el peor momento porque el Flaco había tenido una agria discusión con su padre y no quería regresar a su casa, había traído su ropa en un maletín de mano: «Esto es todo lo que necesito, Feli!». Pero se acordó de sus discos de vinilo y «ni cagando» los iba a dejar. El problema era cómo le íbamos a contar al Flaco de que nos habían robado, lo más seguro era que se agarre con el James. El George, más ágil, prudentemente ya no regresó, sabía cómo era el Flaco y no quería problemas, el James tuvo que decírselo.
«Feli, tú no te metas, carajo, estoy hablando con el James!, Ahora dime, cómo es eso que te robaron el Caught in the act!». No me bromees Jaime, que te saco la puta madre!».
«Flaco, tú crees que voy a bromear sobre esto? El George se puso mal, se tuvo que ir a su casa!». El gesto típico del Flaco era agarrarse la frente con el puño y decir todas las malas palabras de las que se acordaba, no dijimos más, el Flaco estaba evaluando la situación: «Feli, Acompañame». El James se paró dispuesto a ir con nosotros y el Flaco le espetó: «Tú quédate aquí, huevón!».
«Qué vas a hacer, Flaco, el James no tiene la culpa, nadie tiene la culpa!». No me respondió, y lo seguí por si en el camino habían problemas. Sacamos el coleoptero negro de mi garage, subí y nos fuimos zumbando como un avispón. No nos decíamos nada, recorrimos toda la zona y no veíamos nada, los cacos habían desaparecido, era obvio, no nos iban a esperar. Ya cansado, se detuvo frente a la panadería: «Al menos compra pan, Feli». «Por supuesto, voy a ver qué encuentro».
De regreso en mi casa nos tomamos un café, que al Flaco le pareció amargo, pero se comió todo el pan con mortadela, al James no le dejó nada. «Flaco, vamos por unos Bates y ponemos a Santana: No One to depend on!». «Ok James, pero yo ya no regreso a casa». «Quédate en el garage, Flaco». «Sí, hermano, quédate, ésto es el rock & roll…!».

Un café y te cuento

Fui a visitar al Flaco, a ese pequeño iglú que tenía en el quinto piso, en la terraza de un viejo edificio en Lima.
Fui llevándole café y unos sándwiches de jamón y queso, los que devoramos juntos mientras conversábamos durante éste frío y duro invierno. El café estaba caliente, los sándwiches deliciosos, los encontré en el Tambo de la esquina de su casa. Yo lo conocía desde San Marcos, la Universidad entonces nos había marcado para siempre, mientras él estudiaba Filosofía yo estudiaba Periodismo. Sé que alguna vez le gusté mucho, y fue recíproco, pero el tipo de verdad estaba loco. Lo que no sé, es si eso se debía a las drogas o había alguna otra cosa más, nunca lo hablamos muy bien íntimamente. Algo que me fascinó de él es que me tenía un respeto real y franco, había leído algunas cosas mías, y definitivamente las supo apreciar.
No fui en plan de intentar nada más ésta vez, lo que nunca fue, lo que jamás sería. Lo admiraba, sí, pero lo conocía y había algo en él que me hacía rechazarlo, intuitivamente me perturbaba. Podía ser muy tierno, por ejemplo, y de pronto se transformaba en hielo seco. No entendía porqué era así, al principio me llamó mucho la atención, luego comprendí que algo estaba mal, y lo que menos iba a pasar era que yo me convirtiese en su psicoanalista.
Pero estaba ahí con él, tomándonos un café y le dije: «Quiero hacerte una entrevista formal». Creo que lo tomé por sorpresa y sólo respondio: «Porqué?». «Puedo prender la grabación? Éstas quizá sean tus últimas palabras». «Tú siempre tan luctuosa, Tamara». «Hace cuánto tiempo vives aquí?». «Pues serán cinco o seis años, no lo recuerdo bien, y cómo te fue a tí?». «No has viajado fuera del Perú?». «No, no he salido fuera de Lima por mucho tiempo, la verdad es que no tuve ni ganas ni dinero. Para mi no es esencial salir de Lima, ésta ciudad puede tragarte en sus entrañas y nadie nunca más sabría de tí. Esa precariedad me sigue apasionando como modo de vida y tema de literatura». «Pero tus escritos, y las cosas que han sido tema de conversación entre los que te conocemos, sobre política por ejemplo, porqué nunca los has plasmado en un libro?, escribías desde que entraste a San Marcos, recuerdo tus poemas en ese periódico mural La Voz del Canto».
«Sí, alguna vez te escribí algo por ahí, es verdad. Pero vi cómo se apresuraban muchos en publicar, y ni siquiera acababan la Universidad. Llegué a leer esos libros, llenos de sitios comunes, llenos de epitetos y frases insignificantes. Me daba vergüenza ajena, yo no me sentía preparado». «Sólo has escrito blogs, y en las redes también escribes mucho. Te arrepientes de algo que has publicado por ahí?». «Creo que todo merece una revisión, sí. Tú sabes, Tamara, lo que pensabas cinco o diez años atrás hoy ya no te satisface. Quizá lo único que queda al final, es el estilo, las ideas pueden haberse convertido en obsoletas, o al menos, pasibles de modificar».

«Por ejemplo?». «Bueno, todo lo que escribí en Voz Liberal del Perú era muy radical, pese a ese tiempo, fue muy subversivo si no era bien comprendido. Yo mismo me sorprendo al leer esos artículos, fueron hechos como activista lo cual no es malo, pero son escritos irreflexivos. Los dueños de ese blog han tenido la gentileza de guardar esos archivos, toda la última historia de la derecha peruana está ahí». «Y hoy publicarías un libro?». «No lo sé, Tamara, me he dedicado a cosas pequeñas, los escritos de largo aliento no me seducen». «Y poesía?». «Pues sí, me encantaría rebuscar una selección, me he deshecho de muchísimo de lo que he escrito, si algo tienen los blogs es que no desaparecen fácilmente. Tengo uno llamado Escritos desde la buhardilla, pero perdí la clave de acceso y quedó flotando en el ciber espacio, como astronauta abandonado que necesita ser rescatado. Algunas cosas de ahí ya no me gustan».
«Últimamente escribes cosas que ya no tienen qué ver con la política. Qué clase de literatura es esa, o cómo la definirías?». «Escribo lo que me gusta, por placer, una cuartilla y punto. Más hago poesía, sí, pero amo el cuento y sus finales nunca esperados o definitivos, acaso no recuerdas que yo le ponía los títulos a tus historias? Amo eso, crear, inventar, sin sufrir en el proceso, y porque la imaginación te lo pide, a veces a gritos. La vida misma no deja de ser un cuento, una historia falsificada, una farsa. Y si ésto ya sería otro cuento, tú qué nombre le pondrías?».

9 El beso

Hace qué tiempo que no
habías besado a nadie?
Seis, siete años,
ya se acaba el maleficio?

Espera un poco más,
El tiempo corre y no lo alcanzo,
Sólo debes esperar,
Lo dulce quiere sacrificio…

El gobierno del país tuvo que dar marcha atrás con los decretos de urgencia en cuarentena, la enorme presión popular había provocado cambiar la decisión del presidente, el descontento de la gente era cada vez mayor, el dique de contención amenazaba ya con desbordarse.

Yo me encontraba relativamente tranquilo por esos días, asistiendo a almuerzos y cenas de mi familia y algunos amigos, extrañamente había dejado de preocuparme por mis dolencias y estados de ánimo, no tenía la más mínima ansiedad y mi vida social había cambiado. Desde que mi padre se retiró de manera voluntaria de la administración de bienes de la familia, yo recibía invitaciones para muchos eventos públicos, en donde solía encontrarme con personas a las que, a veces, sólo conocía por referencias de periódicos o revistas. Decían conocerme, a lo que yo nunca contradecía, y por el contrario, era motivo de una inacabable charla de entremés.

Lima conserva aún a mucha de la clase aristocrática en su sociedad, era común conocer el título nobiliario de marqués, lo realmente extraordinario era saber de una condesa o de algún duque, pero nos han visitado incluso Príncipes y Reyes, y nuestra querendona ciudad obliga a toda la gente a una fabulosa intimidad.
Fue así que, en alguno de esos viejos rincones de Lima, en uno de aquellos lugares donde se detuvo el tiempo, llenos de cuentos e historias, en el viejo salón del Club Nacional y entre sus antiguos sofás estilo Belle epoque, pues un marqués y una condesa conversaban face to face hasta llegar a un beso. Era hora de cenar.

Afuera hacía frío, me encendí un cigarrillo…

8 Repelús

«Primo, trata de entender la situación, tu mal es tan antiguo como la humanidad, pero no es Licantropía. Tienes Epilepsia».
Escuché eso, palabra por palabra, me había quedado mudó, pero ahora entendía algunas cosas. Había ido a almorzar a su casa, como suelo hacerlo, ya más seguido, una vez a la semana.
Quizá mi padre me la habría heredado? aunque se dice que genéticamente no es hereditario, quizá mi abuelo, raza de locos. Incluso mi primo es demasiado excéntrico. «Hubo mucha endogamia en la familia, primo, eran otros tiempos, otras costumbres. Trata de entenderlo, ya no es nada extraño ni raro saberlo».
Sin embargo yo estaba inconsolable. Porqué me lo habían ocultado todos estos años? O era yo que no quería darme cuenta?
«Primo, lees literatura desde los cuatro años, eres la envidia en la familia, te graduaste con honores, era tu propio mundo. Pero esto es lo real, no culpes a nadie». En verdad llevé una vida plena, a mis cincuenta años seguía aprendiendo de todo, me estimulaba mucho investigar. A veces, no buscaba con el sentido común, sino que hacía uso de mis propias interpretaciones sobre la realidad, y me sumergía en ella. Fue así que después de leer los trabajos de R. L. Stevenson o de Ruyard Kipling con La Marca de la Bestia, que llegué por mi propia cuenta a la conclusión de que yo sufría de Licantropía, eran todos los síntomas de esa enfermedad. Epilepsia es otro nombre muy antiguo, tan antiguo como Hipocrates, que la conocía bien. Y también la conocieron Alejandro Magno, Dostoyevski, Napoleón Bonaparte, Beethoven, Dante Alighieri, Vincent Van Gogh, Tolstoy, Sir Walter Scott, Lewis Carroll. Pero que a mis cincuenta y siete años me hayan revelado esa verdad inconfesable no me reconforta, buscaré la versión oficial de mi madre, todavía hay cosas que no entiendo.
Por ejemplo, uno de los síntomas aún inexplicables, para mí, sigue siendo que previamente a mis desmayos siento un hambre voraz, un hambre en el sentido más pleno de la palabra, poco normal, y que al despertarme ha desaparecido por completo.
Nadie me quiere explicar, no sé si mi madre lo hará, yo no creo. Esas cosas le provocan a ella un repelús y simplemente no las soporta…

7 Selene

La Luna me trastornaba, era Luna Llena y el mundo estaba todo de un tono azul oscuro, alumbrado por esa diosa que los griegos llamaban Selene. Decían que tenía el poder de controlar el aire, de regularlo con poderes sanadores y curativos.

Invocaba en la noche a Selene, rogaba que apacentara ese virus en el ambiente, me creía capaz de hacerlo pero me sentía inmundo con los trapos que llevaba puestos. La ropa cubre nuestros miedos y estaba contaminada. Entré entonces a la ducha caliente, y notaba la limpieza resbalando por mi cuerpo. Salí desnudo a la terraza y alcé la mirada hacia Selene, y allí estaba, esplendorosamente Llena.

No hacía frío, me entregué desnudo y arrodillado en una oración, y más parecía un aullido profundo, un lamento cantado, algo que sólo divinos sacerdotes conocen. No sé cuánto tiempo estuve así, pero entonces una luz roja de lo alto despierta mi trance. Arriba mío no habían más que estrellas, miles de ellas cayendo en el infinito. Yo estaba extasiado, me sentía casi hecho un ser místico contemplando el milagro ocurrido.

Fue así que ya no salía por la noche en búsqueda de alguna caza nocturna, en donde yo era maestro y siempre regresaba a mi madriguera con alimento. Estaba encerrado y trastornado, listo para despedazarlo todo, y no entendía la actitud de las autoridades, o ellos no entendían otras formas de vida en comunidad.

Sólo cuando dieron las cuatro campanadas en el viejo reloj, y casi con el alba encima, me vestí y salí precipitadamente. Algunos soldados del ejército, en guardia aún, no me dijeron nada, pero entonces me acerqué al acecho con uno de los más rezagados, era casi un niño. «Hola, le dije, sabes dónde encuentro comida a estas horas». «Buenas noches, señor, a esta hora todo está aún cerrado». «Y no te molesta?». «A mí, no». «Ok, gracias».

Lo siguiente no lo recuerdo, casi como era mi costumbre, desperté sobre mi cama, desnudo y satisfecho. Estaba muy limpio, casi purificado, no tenía hambre ni sueño. Cuando volví a salir a la terraza, la Luna estaba ahí, pero esta vez me sonreía cómplice, Luna Creciente, reinaba la calma en el ambiente. Desde lo alto de mi cubil pude apreciar cómo despuntaba el día e iría a dormir, hasta más tarde. Quién creería que un hombre tan formal y educado tenía algunos problemas con alguien llamada Selene, a la que nadie conoce…

6 L’enfant terrible

Mientras el Coronavirus jugaba con las vidas del mundo entero, la clase dominante no dejaba de hacer negocios. Ahora teníamos que tratar con los Chinos, aquella raza tardía que se volvió un imperio a punta de sangre y fuego, dominaban casi toda Asia y viendo la oportunidad en pleno, querían dominar el mundo.
Mis tíos sugirieron al presidente del país que empezáramos a vender todo a los Chinos, y empezaron con la electricidad en Lima. Con las empresas eléctricas en manos comunistas, todo empezaría a caer como una torre de naipes, la industria estaría sometida a sus tarifas, el comercio, los servicios empezarían a tributar al Imperio Chino mediante sus recibos de luz, era el primer paso. El presidente no dudó un sólo momento en hacer el gran negocio, todo se estatizaria o se vendería al comunismo, lo más pronto.
Debo decir, por un poco de decoro personal, que me fastidiaba mucho que mi familia sea quienes preparaban el nuevo orden en mi país. Me irritaban sus reuniones a las que nunca asistía por mis dolencias físicas, en realidad nunca me invitaban, pero puesto que mi padre era la cabeza familiar y viendo mi notable mejoría, tuvieron la gentileza de mandar a buscarme. Mi padre ya no salía de su vieja mansión, estaba muy anciano para seguir haciendo el papel de viejo iluminado en medio de esos lobos grises, que siempre me consideraron l’enfant terrible.

La reunión fue en una casona de playa, vi aterrizar en plena Ensenada a dos, tres helicópteros más, uno de ellos de la Fuerza Aérea y de donde, para mi sorpresa, pude distinguir la alta y delgada figura del presidente. Nadie usaba mascarillas y se lo dije al mandatario: «Eso es para el Pueblo», me contestó sonriendo. Entramos a la casona en una playa del distrito de Canoas de Punta Sal, mis tíos reían en el recibidor cuando entró el presidente: «Hola, cómo va todo?». Callaron y le respondieron: «Pasa, siéntate, queremos hablarte de Marcona». «Oh, es mucha plata, yo quiero hablarles del Banco de China!».
Me retiré para que ellos hablaran, no me gustaban los negocios, odiaba su trato displicente, áspero y desagradable con el presidente, sólo representaba a mi padre y no tenía que estar presente en esos enjuagues. Pero me encantaba la comida!

5 El mal de los Reyes

Acaso no sabían lo que era tener a un licántropo encerrado?.
Hace cientos de años atrás los licántropos eran encerrados y engrilletados en las mazmorras, allí pasaban las noches aullando horriblemente en las tinieblas, llenando de terror a los habitantes del valle, pero seguros de que en esa noche no habrían víctimas qué lamentar por esa extraña enfermedad que agobiaba al hijo de algún marqués, esa enfermedad tan antigua de algunos nobles, la enfermedad de los Reyes.
De ese entonces a éstos días, la enfermedad se ha extendido tanto alrededor del mundo que quizá ya no suene extraño a nadie conversar del asunto en un entremés. Fue así que sucedió conmigo. No era público que se supiera de mi rara enfermedad en Lima, pero algunos amigos intuían mis padecimientos, y lo que me parecía sorprendente era que lo comprendían, con tal cordialidad que no les era tan ajeno.
Fue un primo por parte de padre, de antigua prosapia en ésta ciudad, quien un buen día me invitó a su casa y me dijo: «Te habrás dado cuenta que no somos como otras personas, primo? Estás muy delgado, tienes que comer». Intenté entonces explicarle que la comida me caía muy mal y mis alimentos eran muy frugales. Estábamos sentados platicando en una gran sala de sofás dorados, los que con la luz del sol que entraba atenuada por las cortinas y él sentado en un gran sillón Luis XV, con la melena casi pelirroja sobre el rostro, se transfiguraba y radiante me dijo: «Tengo un lechón en el horno, esta tarde saciarás bien tu hambre».
Debo decir que el almuerzo fue espléndido, devoré todo, los huesos de los brazuelos de cerdo quedaron limpios, la carne me pareció exquisita. No había tenido una satisfacción tan grande desde que salí de casa de mis padres, hace tiempo que las cocineras de la casa en que crecí ya no preparaban estos alimentos, pero recuerdo perfectamente ese sabor desde mi niñez.
Mi primo me contemplaba complacido y me dijo: «No puedes continuar así, te presentaré a algunas personas, algunos amigos con los mismos gustos gourmet que los tuyos».
No entendía muy bien lo que me quería decir, pero estaba más que satisfecho y agradecí infinitamente su arte culinario. «Mañana conocerás a un viejo marqués limeño, una persona muy importante, hoy regresa a casa y descansa, no tendrás porqué pasar más hambre».
Eso fue hace casi dos semanas atrás, mis salidas nocturnas entonces eran más placenteras, disfrutaba otra vez de un buen vino, de una buena pierna de cordero, podía socializar más sobriamente, podía volver a enamorarme sin temor alguno, sin esa sombra de los ataques de pánico y horror por mi licantropía.
Sin embargo, un día al gobierno político de mi país se le ocurrió decretar el Toque de queda, debido a un mal que les estaba ocurriendo a todos los ciudadanos del mundo, había aparecido una pandemia conocida como Coronavirus, extraña peste que los estaba diezmando por miles y que a ninguno de nosotros ni nos molestaba ni nos perturbaba, porque se trataba de una enfermedad común y pedestre. Nosotros somos noctámbulos e hiperactivos, estar encerrados en las casas de noche siempre será el peor castigo para quien sufre del mal de los Reyes.
Acaso no se han preguntado del porqué en Estados Unidos de América, el país donde más abunda nuestro raro mal, no cierran fronteras ni establecen cuarentenas en ninguna parte de esa antigua, prospera y poderosa nación? Es que nunca antes habían tenido problemas con la comida…

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