
A Rodolfo Zanabría, cuya mariposa, sobre el lecho del mundo, me dio este cuento.
Teóricamente es posible —dijo Hans y cruzó el aposento agitándose de una manera indemostrable. Sonó un fuerte gloouuuu. Rafael miró el tubo de vidrio en forma de paraguas invertido, conectado a otros cuerpos vítreos, burbujeantes. Hans se ajustó el cinturón sobre la túnica inmaculada; se acercó al laboratorio, reguló la válvula de vapor que escapaba en cantidades mínimas; fue hacia un rincón iluminado con luz que parecía no tener origen; abrió la puertecilla de la alacena empotrada en el muro; sacó un frasco de cristal y sirvió dos vasos de un líquido violeta. Tu elixir negro —musitó Hans con tono de creyente en oración, y alargó el vaso al pintor. En vez de tomarlo, Rafael se puso en pie y miró con intensidad el líquido que Hans le ofrecía y que, al quedar expuesto a la luz, cambiaba adquiriendo un tono negro aceituna. Acercó los ojos a la superficie del vaso lleno, envuelta en llamas ondulantes de plata mercurial que volaban, de algún modo impalpables y, sin embargo, visibles en dimensiones mayores que su extraña esfera de acción. Su mirada pasó, involuntariamente, de las ondas de mercurio flamígero, a la mano que sostenía el vaso. Sintió vértigo, al ver que la mano estaba interiormente alentada por la misma llama de mercurio, gaseoso y ondulante … ¿O todo era una ilusión? ¿No ardía el mercurio en las células de aquella mano? A su pesar, alzó los ojos y encontró los de Hans. Había en ellos una febrilidad mucho más intensa que la habitual. Y también … ¿O era otra ilusión? … El deseo de dar una respuesta. Pero Rafael nunca preguntaba nada. Ávidamente tomó el vaso, mientras la hoguera fría de la superficie crecía, y las llamas se fugaban, tomaban forma de espiral, y se disolvían al contacto con el espacio de afuera.
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