Autores costarricenses · Autores costarricenses · Narrativa

El rastro de la mariposa – Eunice Odio

A Rodolfo Zanabría, cuya mariposa, sobre el lecho del mundo, me dio este cuento.

Teóricamente es posible —dijo Hans y cruzó el aposento agitándose de una manera indemostrable. Sonó un fuerte gloouuuu. Rafael miró el tubo de vidrio en forma de paraguas invertido, conectado a otros cuerpos vítreos, burbujeantes. Hans se ajustó el cinturón sobre la túnica inmaculada; se acercó al laboratorio, reguló la válvula de vapor que escapaba en cantidades mínimas; fue hacia un rincón iluminado con luz que parecía no tener origen; abrió la puertecilla de la alacena empotrada en el muro; sacó un frasco de cristal y sirvió dos vasos de un líquido violeta. Tu elixir negro —musitó Hans con tono de creyente en oración, y alargó el vaso al pintor. En vez de tomarlo, Rafael se puso en pie y miró con intensidad el líquido que Hans le ofrecía y que, al quedar expuesto a la luz, cambiaba adquiriendo un tono negro aceituna. Acercó los ojos a la superficie del vaso lleno, envuelta en llamas ondulantes de plata mercurial que volaban, de algún modo impalpables y, sin embargo, visibles en dimensiones mayores que su extraña esfera de acción. Su mirada pasó, involuntariamente, de las ondas de mercurio flamígero, a la mano que sostenía el vaso. Sintió vértigo, al ver que la mano estaba interiormente alentada por la misma llama de mercurio, gaseoso y ondulante … ¿O todo era una ilusión? ¿No ardía el mercurio en las células de aquella mano? A su pesar, alzó los ojos y encontró los de Hans. Había en ellos una febrilidad mucho más intensa que la habitual. Y también … ¿O era otra ilusión? … El deseo de dar una respuesta. Pero Rafael nunca preguntaba nada. Ávidamente tomó el vaso, mientras la hoguera fría de la superficie crecía, y las llamas se fugaban, tomaban forma de espiral, y se disolvían al contacto con el espacio de afuera.

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Autores mexicanos · Narrativa

Un hombre enamorado – Leonora Carrington

Una noche, al pasar por una callejuela, robé un melón. El frutero, oculto detrás de su mercancía, me agarró del brazo.

—Señorita, hace cuarenta años que espero una oportunidad como ésta. He pasado cuatro décadas escondido detrás de esta pila de naranjas, esperando que alguien se robara la fruta. Y la razón es que quiero hablar, quiero contar mi historia. Si no me escucha, la entregaré a la policía.

—Lo escucho —contesté.

Me tomó del brazo y me llevó a la trastienda, entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta al fondo y llegamos a un cuarto. En él había una cama donde yacía una mujer, inmóvil, probablemente muerta. Me pareció que llevaba ahí un buen tiempo, porque la cama estaba cubierta de hierba.

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Autores mexicanos · Narrativa

Conejos blancos – Leonora Carrington

Ha llegado el momento en que debo contar los sucesos que comenzaron en el número 40 Pest Street. Parecía que las casas, de un negro rojizo, hubieran surgido misteriosamente del gran incendio de Londres. La casa que quedaba frente a mi ventana, cubierta con algunas ramas de enredaderas, se veía tan negra y vacía como una morada plagada por la peste y luego lamida por las llamas y el humo. No era así como me había imaginado Nueva York.

Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a salir a la calle; así que me quedé sentada, mirando la casa de enfrente, echándome agua cada cierto tiempo en la cara cubierta de sudor.

La luz nunca fue muy fuerte en Pest Street. Siempre había una reminiscencia de humo, que volvía el aire turbio y neblinoso; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido muy buena vista.

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Autores chilenos · Narrativa

El árbol – María Luisa Bombal

A Nina Anguita, gran artista,
mágica amiga que supo dar vida y
realidad a mi árbol imaginado;
dedico el cuento que, sin saber, escribí
para ella mucho antes de conocerla.

El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

«Mozart, tal vez» —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. «Mozart, tal vez, o Scarlatti…» ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella… Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. «No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol». ¡La indignación de su padre! «¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es retardada esta criatura».

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día declarándola retardada. «No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue». Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

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Autores hondureños · Poesía

Poemas de Omar Cruz

En el séptimo día nació el cuerno de chivo

 En el séptimo día,  

cuando Dios ya había construido todo,

los ángeles se revelaron 

y llenaron de caos y destrucción 

                               el reino de los cielos. 

Estando Dios enfurecido 

por la rebelión de sus creaciones, 

expulsó 

        a los ángeles traidores 

hacia lo más marchito del edén

y dejó caer junto con ellos

                                       un ángel 

impuro y deforme 

con las mil enfermedades 

                                     de la vida. 

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Autores colombianos · Poesía

Cráter – Tania Ganitsky

CUANDO LLUEVE, las personas se alejan
un poquito más del mundo.
Olvidan los nombres de los animales y las plantas
y sus formas solo les parecen familiares.
Pierden de vista el cielo
y miran el piso mojado
que revela el remordimiento de la tierra.
Quienes pueden prenden fuego
para calentar su hogar,
secar la ropa y los malos pensamientos.
Los amantes se abrazan
y les parece que todo el universo escampa.
Los que están solos miran por la ventana
hasta que retornan los tigres, los caballos, los abedules.

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Autores italianos · Sobre Poesía · Teoría poética · Traducciones · Traducciones por Eduardo R. Blanco

Andrea Emo – Diario filosófico 1973 (fragmentos sobre la poesía)

Toda poesía, toda música, toda obra de arte es una quimera que responde a nuestra invocación con la misma interrogación, que revela en su vacío todos los significados escondidos en nuestra interrogación, mas los expresa y los revela mediante la consciencia de su vanidad; pero tal vez puede suceder, y este es el arte de la Sirena y de la Quimera, que la quimera se convierta en esa interrogación a la que no sabemos responder —y para salvarnos debemos creer a la quimera, creer en nuestra perdición, debemos creer en la nada que es una fe absoluta, precisamente porque carece de fundamentos— la Quimera es muda mas habla con nuestra voz, demostrando la vanidad de nuestra voz, la vanidad de nuestra interrogación. Un escrito, una carta, una literatura son los ecos de un verbo desconocido; son los ecos del infinito; son la respuesta a las preguntas del infinito. Nosotros podemos captar el eco, hacerlo hablar con nuestra voz, obligarlo a hablar en silencio con los signos arabescos y oscuros por definición (aquellos que violan, que contaminan el candor del papel).

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Autores colombianos · Poesía

La noche dice nunca – Camila Melo Parra

Heridas

Hay heridas que guardamos en una gaveta que parece vacía.
Heridas que nunca sanan
y que visitamos cada cierto tiempo
para que la cicatriz le dé sentido a nuestro rastro
Heridas que, a veces, se cuelan en el hombro,
y que no las esfuma ni una embestida.
Algunas parecen nacer con nosotros,
otras las parimos,
y no perecen ni siquiera con la muerte.
Algunas trascienden, algunas otras parecieran no existir,
pero nos visitan en sueños-pesadillas.
Hay heridas que nos engañan
como quien pasa el dedo sobre el filo de una hoja de papel
que guarda algún secreto que nos rasga,
y entonces ese dolor es dulce.
Heridas que son daga,
que penetran esperanzas y esperas.
Hay heridas que nos están esperando aún
a la vuelta de la esquina,
Y otras que, solo tal vez,
………… un día
…………………… serán olvido.

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