Continuamos con la célebre colección:
Hoy empieza todo. No conozco bien el origen de esta expresión. Hay un programa de Radio 3, una película francesa de Bertrand Tavernier, y una canción de Viva Suecia & Rufus T. Firefly con ese mismo nombre, pero no he encontrado un origen literario anterior. El caso es que, de todas las frases de autoayuda o automotivación que tanto gustan hoy en día (Seguramente más para mal que para bien), ésta es mi favorita. Me gusta esa idea, que yo asocio mucho a Sartre, de comienzo continuo, de fresca novedad, de la ilusión que a uno le invade cuando empieza un proyecto, mucho antes de que se transforme en aburrida rutina. Sería muy, muy bonito poder responder a la pregunta «¿Qué es la vida?» con un: Es un continuo comienzo.
Falsador posible. La gran aportación de Popper en el contexto de la búsqueda vienesa de un criterio de demarcación preciso entre ciencia y pseudociencia. Reza así: una teoría será más científica que otra cuántos más falsadores posibles tenga y, aún así, resista. Un falsador posible es cada situación en el mundo que hace que tu hipótesis sea falsa. Si tu tienes una teoría que predice que sucederá algo en el futuro con una precisión de veinte decimales, tu teoría es gran ciencia porque habrá una ingente cantidad de falsadores posibles, un montón de situaciones posibles en los que tu tesis sería falsa, pero aun así, tu teoría da en el blanco. Por el contrario, si tu hipótesis tiene el número mínimo de falsadores posibles (dos), tu teoría no es muy científica aunque acertara ¿Por qué? Siempre me gusta poner el ejemplo del adivino que te predice que hoy tendrás un buen día. Su predicción solo tiene dos falsadores posibles… Puede acertar, pero nadie diría que lo que hace es ciencia. Y la clara constatación de que los adivinos hacen pseudociencia es que nunca consiguen acertar el número del gordo de Navidad. La probabilidad del gordo es de una entre 100.000, es decir, la predicción tendría 99.999 falsadores posibles. Desde luego, una teoría capaz de predecir el gordo sería muy científica.
El ocaso de los ídolos (matar a Dios): sucedió en Salamanca allá por finales de siglo. En un conocido café, el aclamado poeta uruguayo Mario Benedetti iba a presentar un libro de haikus. Creo que era la primera vez que yo iba a ver a un intelectual famoso en persona y me encontraba en estado de éxtasis religioso. Sin embargo, cuando asistí al evento me llevé una ingrata sorpresa: Benedetti era un viejo decrépito, bajito y algo sordo. Leyó con maestría algunos de sus poemas, pero luego no estuvo demasiado brillante respondiendo cuestiones que le planteó el público. Benedetti estuvo lejos de ser el héroe de la cultura que yo había imaginado, y no porque su actuación hubiera sido especialmente mala, que no lo fue, sino porque Benedetti era un ser humano notable, pero un humano corriente y moliente al fin y al cabo, y yo no quería ver a un ser humano sino a un dios. Desde entonces tiendo a pensar que cualquiera de los ídolos que pueblan nuestros medios puede ser perfectamente tan imbécil como cualquier hijo de vecino. Esta conclusión tuvo una traumática parte mala: desencantó mucho mi mundo, lo hizo menos espectacular. Pero también tuvo una muy buena: me quitó mucho sentimiento de inferioridad, mucho síndrome del impostor. Ya no estaba tan lejos de los grandes, ahora podía codearme con ellos con muchos menos complejos. Así que te pregunto: ¿Has matado ya a tus dioses? ¿Y a qué esperas?
El mapa no es el territorio. Expresión atribuida al lingüista polaco Alfred Korzybski (si bien él mismo parece reconocer que la tomó del matemático Eric Temple Bell), con la que quería dejar claro que una abstracción mental no es lo mismo que el objeto representado por ella. Si bien esta idea puede tomarse como fundamento de todo el escepticismo y antirrealismo filosófico a lo largo de la historia, se puede entender en un sentido menos fuerte, sencillamente, diferenciando que una cosa es la realidad y otra cosa es el modelo que tengamos de la misma, aunque dicho modelo sea completamente correcto. Y esta diferenciación es crucial cuando hablamos del proyecto de la IA para construir mentes similares a la humana. Muchos defensores de lo que Searle llamó la IA fuerte, defienden, no solo que los programas informáticos son un buen modelo de la mente, sino que son mentes como tales. Eso es confundir el mapa con el territorio: una cosa es que los ordenadores sean una excelente herramienta para estudiar nuestras mentes y otra, muy diferente, es que nuestras mentes sean ordenadores. Esta confusión también puede verse con claridad en la, citada ad nauseam, frase de Derrida «No hay nada fuera del texto». Si bien él no quería decir exactamente que no existe la realidad o que todo sea lenguaje, muchos la entendieron así, y es que Derrida lo había puesto demasiado a huevo para que los críticos del postestructuralismo lo caricaturizaran. A veces creo que si Derrida no hubiera sido tan francés, quizá hasta hubiese sido un buen filósofo. En la misma línea otros han interpretado radicalmente la hipótesis Sapir-Whorf o la bonita y manida frase de Wittgenstein «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».
Lo que hacemos en la vida tendrá su eco en la eternidad. Frase falsamente atribuida a Marco Aurelio (Aunque concuerda con su espíritu no aparece en ninguna parte de su obra, ), si bien es ampliamente conocida por haber sido dicha en la Gladiator de Ridley Scott por, cómo no, el simpar Máximo Décimo Meridio, inmortalizado por Russell Crowe. Esta sentencia expresa muy bien una buena parte de mi filosofía de vida. No soy creyente, cuando muera mi alma se pudrirá junto con mi cerebro y mi consciencia se desvanecerá como la llama de una vela apagada por un soplido. Seguramente, mis hijos y mis nietos (si llego a tenerlos) me recordarán, pero hasta ahí hemos llegado. En unas generaciones nadie recordará absolutamente nada de mí y todas mis vivencias, experiencias, emociones, sueños y desdichas se perderán, como tan sumamente bien dijo Roy Batty, como lágrimas en la lluvia ¿Esto nos lleva a concluir que la vida es, necesariamente, algo lúgubre y sin sentido? No, que un suceso no se recuerde no quiere decir que no fuese maravilloso. Incluso a veces pienso que que algo se olvide tiene algo muy valioso: queda protegido para siempre. Ya nadie va a poder criticar, malinterpretar, falsear, ese suceso que no se recuerda. Algo olvidado por los hombres queda puro, escondido de cualquier mirada en la mejor fortaleza imaginable. No obstante, y volviendo a nuestro valiente Máximo, sí que creo que algo de nosotros queda en la eternidad. Si entendemos el mundo como una enorme maquinaria causal en donde todos los efectos vienen de causas anteriores, todas las decisiones y caminos que tomamos en nuestra vida han tenido consecuencias y, sobre todo, han tenido efectos en otros. Quizá dije algunas palabras a un alumno que le llevaron a hacer algo bueno, quizá enseñé a mis hijos alguna lección que les sirvió de algo, quizá alguna vez ayudé a alguien y eso animó a ese alguien a ayudar a otros… y esos otros, a lo mejor, también lo hicieron… así, como una resonancia sonora, como si el tiempo fuera un lago y nuestra vida una piedra lanzada sobre la superficie que crea ondas en todas direcciones.
Hipótesis del mundo justo. Básicamente consiste en sostener que en el mundo todo el mundo recibe lo que se merece. Vamos, lo que suele llamarse karma de toda la vida. Siempre me ha parecido muy sorprendente encontrarme esta creencia muy extendida entre mis alumnos y conocidos. Muchísima gente cree en ella cuando es del más básico sentido común negarla ¡Claro que a la gente buena le pasan cosas malas y viceversa! ¿Cuántas buenas personas habrán tenido vidas terriblemente desdichadas y cuántos psicópatas habrán muerto felices tras vidas muy afortunadas? Es del todo obvio que no existe ninguna «fuerza mágica» que premie a los santos y castigue a los malvados. El psicólogo social Melvin Lerner postuló que esta hipótesis es fundamental para el bienestar psicológico de las personas (desde luego, que fuera verdad sería harto reconfortante), pero, claro, cada día recibimos un montón de evidencias que la falsan: encendemos la tele, ponemos el telediario y vemos que, por todo el mundo, los buenos sufren desgracias ¿Cómo seguir sosteniéndola contra un flujo contínuo de evidencia? Lerner sostiene que las personas contrarrestamos esas evidencias mediante una serie de estrategias de autoengaño (parecidas a algunos de los mecanismos de defensa freudianos). En 1966 realizó un famoso experimento en la Universidad de Kansas. En él, un grupo de observadoras femeninas contemplaban como se realizaba un experimento en el que una mujer recibía descargas eléctricas, al más puro estilo Milgram, cuando se equivocaba realizando una tarea de aprendizaje trivial (la mujer era la cómplice y las descargas eran falsas). En un principio, las observadoras mostraban rechazo ante el sufrimiento de la víctima, pero se les indicó que no podían hacer nada por evitarlo. Lo sorprendente fue que, conforme avanzaba el supuesto experimento y la mujer sufría más y más, las observadoras comenzaron a devaluar y rechazar a la víctima ¿Por qué sucedía esto? Porque las observadoras querían mantener su hipótesis del mundo justo: si la mujer estaba sufriendo, seguramente era porque se lo merecía, porque era mala. De hecho, cuando se les decía que, al final, la mujer recibiría una suculenta compensación económica por realizar el experimento, la opinión de las observadoras mejoraba. Lerner sostiene que la hipótesis del mundo justo tiene una clara función: hacemos el mundo más predecible y controlable. Es mucho más tranquilizador pensar que mis buenas acciones recibirán premios que no vivir en la incertidumbre de que no existe ninguna conexión entre lo que hago y lo que pueda ocurrirme.
Imagen inicial: es el cuadro Hombre ante el abismo de niebla de Caspar Friedrich como si lo hubiera pintado Baskiat, según la interpretación de Nano Banana.
























