Amancio, mi padre, deja la pintura temporalmente porque, perfeccionista como era, estando trabajando en su taller de los bajos de la plaza del Carmen, como se le ocurriese cómo mejorar una luz, un volumen o cualquier detalle del último cuadro que estuviese pintando, se escapaba los tres tramos de escalera que le separaban de casa y cogía paleta y pinceles, y daba una pincelada aquí, un brochazo allá hasta quedar satisfecho. Esto no se lo podía permitir su estricta disciplina de trabajador con ya 5 hijos que alimentar, y, con hondo pesar, colgó por unos años su caja de óleos, aunque siempre tuvo a mano algún lienzo para volver a pintar.
Toda esta gente (mencionada en la 1ª parte) se movía por nuestra humilde casa de la plaza del Carmen, bajo la mirada de la Torre de Mangana.
Pero había más gente importante. El secretario general de la Dirección General de Prensa, Manuel Camacho y de Ciria, que había sido Director General de Música con el ministro De la Cierva.
Y Emilio Sánchez Pintado, hombre de López Rodó, de los «LOpus», el de los planes de desarrollo, al que en 1971 se le concedió la Encomienda con placa del Orden Imperial del Yugo y las Flechas -toma ya!. De Sánchez Pintado y su mujer tenemos los hermanos numerosas anécdotas, como el odio de su mujer, inglesa, hacia todo lo alemán, desde que había sufrido los bombardeos en la 2ª guerra mundial. Y los objetos con los que obsequiaban a mi padre. Cuando muera Sánchez Pintado contaré alguna indiscreción de la política de los años 75 y posteriores.
Y otra persona importantísima fue un conquense que trabajaba en Madrid, le recuerdo en el Readers Digest: era David Ortega y su mujer Piluca. Y el doctor Félix Serrano Muñoz, eminente cirujano que trabajó muchos años en la Clínica de la Concepción y abrió a mi padre la posibilidad de trabajar para muchos compañeros suyos de la medicina aquí en Madrid.
Amancio tenía una fuerte personalidad pero era muy tímido. Por eso, cuando venía a Madrid a tomar medidas para hacer los muebles, comprar maderas en la calle Ponzano, pieles en Baranda, en Atocha, lámparas en Argüelles, lámparas Caballero, telas en tapicerías Serrano, barnices, pinturas…, siempre nos traía a uno de sus hijos, sobre todo los tres mayores, pero sobre todo a mí. Recuerdo que estábamos en casa de un profesor de Universidad, cuyo nombre lamento no recordar, el día en que asesinaron en la DGT a Enrique Ruano: el nerviosismo de la hija mayor de la casa, las llamadas por teléfono…
Mi padre siempre fue un hombre de izquierdas que tuvo que esconder sus ideales mucho tiempo, porque la gente que podía pagar sus trabajos no era precisamente de nuestra cuerda. Recordaba con orgullo que vendía ejemplares de «Mundo Obrero» durante la guerra, que a él le pilló muy joven. Admiró a su hermano Camilo, que se fue voluntario con los comunistas y que se libró al acabar la guerra gracias a los oficios de un cura buen amigo de la familia. Y se hizo militar, bueno, músico militar.
Volviendo a los amigos de Amancio, recordaré toda mi vida como Manuel Camacho y su mujer le propusieron a mi padre el que me dejase con ellos -no tenían hijos- y que se encargarían de mi educación. Evidentemente mis padres no aceptaron tan generosa oferta (¡Qué sería ahora de mí!)
En el año 1962, unos días después de morir el abuelo Isidoro, su padre, le tocó todo un Renault Gordini a Magdalena, así siempre lo hemos dicho en casa: el coche le tocó a mi madre. El trabajo le iba estupendamente y llegó a tener en el taller a Ángel Velasco y Félix Melero como oficiales, a Santiago como ayudante y hasta 2 ó 3 aprendices. Amancio siempre tuvo a gala ser el ebanista que mejor pagaba a sus operarios.
Pero nos cambiamos a vivir al parque de San Julián, una vivienda nueva donde uno de los promotores era el poeta Federico Muelas. Los vecinos eran hombres de estudios, médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, veterinarios… Mi padre había comprado además un ático que quería usar como estudio. Pero se enteró que no lo podía escriturar porque excedía el volumen aprobado en la construcción.
Por supuesto que habló con los promotores, constructores, arquitecto, que era vecino, que trataron de convencerlo que eso era normal, que no iba a pasar nada, que todo estaba hablado con quien tuviese que ser. Pero Amancio no se dejó convencer y devolvió el estudio.
A partir de ahí todo fueron zancadillas y trampas para hacernos la vida imposible. No éramos ni de su clase social ni de su secta, casi todos eran del Opus Dei. Así que en el año 73 no fuimos a la que sería su última casa, al parque de los Moralejos.
Durante muchos años nosotros poníamos en la dirección que vivíamos Edificio Júcar porque, mirad la fecha, no se le ocurrió al alcalde otra cosa que llamar a la calle Carrero Blanco. Menos mal que se le cambió por otra más adecuada, calle de Fernando Zóbel. Pero antes de conseguir «expulsarnos» del Parque de San Julián nº 4, 6º B, lograron que mi padre “regalase”, con hondo pesar de nuestros corazones, el mobiliario principal para la Iglesia de San Francisco porque, otra vez el arquitecto del Opus y otros vecinos, había regalado su proyecto a la iglesia y ahora le tocaba a mi padre materializarlo. Nunca mejor dicho lo de materializar porque había que regalar no sólo el trabajo, sino también las maderas y el resto de materiales. Yo, está claro, no les tengo mucho cariño a estos vecinos del Parque.
Mi padre ha conseguido la admiración y, lo que es más, la amistad de gentes de edades muy diversas. Adolfo G. de la Iglesia fue alumno mío allá por el año 76.
En el año 80 Amancio, Magdalena, Rosa y yo hicimos un viaje, la ruta de los poetas lo llamó. Se casaba mi prima Jesu en Córdoba y hacia allí fuimos, pero pasando por Alicante. La prisión donde murió Miguel Hernández y el cementerio, donde mi padre hizo su ofrenda. Y Orihuela. Luego a Granada, la finca de la Huerta de San Vicente, la calle Ángulo, donde habían vivido los Rosales y, por último, los campos entre Víznar y Alfácar, la fuente grande, donde Federico pasó sus últimas horas. ¡Cómo admiraba Amancio a Miguel Hernández, pero más a Federico porque, siendo rico, había querido mejorar la vida de los humildes!
En una ocasión, varios amigos hicieron una audición de «la casa de Bernarda Alba». Alguno de ellos –yo sé bien quién fue, al acabar el último disco, dijo: «Ahora entendemos mejor por qué matamos a este cabrón». Mi padre no dijo palabra, pero se le quedó en el alma clavada la puta frase para siempre.
Con Amancio hemos hecho, en nuestra casa del parque de San Julián, miles de fotografías, aprendiendo las técnicas del revelado y positivado hasta llegar a hacer fotografías de 2 x 2 metros en las madrugadas de los domingos para que la luz no velase los rollos de papel fotográfico.
Y he añorado largos años las excursiones a Chillarón, a 11 km de Cuenca, cuando volvíamos Choni,Amancio hijo y yo con la cara negra de la carbonilla del tren. Íbamos andando y volvíamos en los vagones de tercera. ¡Qué ricos estaban los bocadillos de escabeche que nos preparaba Magdalena! Y a la Cueva del Fraile, a la Cueva de la Zarza, a los cerros para sacar fotografías de su querida Cuenca desde todos los rincones y todas las horas. Él fue el primero en hacer la foto del «retablo conquense» desde el cerro donde se ve la Catedral, San Miguel, y las callejuelas aledañas.
Siempre buscaba mejorar lo realizado. Por eso repetía sus escritos aún después de publicados, puliendo el léxico, intentando ser más preciso.
Como trabajador autónomo no tuvo, hasta muy tarde, Seguridad Social.
Desde que, en el año 88, fue operado de corazón en el Hospital de La Princesa, guardó siempre una tremenda gratitud hacia la generosidad de todos los que aportan, con sus impuestos, los fondos necesarios para que, hoy en día, todos tengamos acceso a una sanidad pública, gratuita y de calidad. Era, la Seguridad Social, el milagro más grande jamás logrado.
Le había gustado mucho la polémica, pero en sus últimos años, los que vivió como una prórroga, intentaba pacificar las discusiones, aunque fuesen políticas, tema que le entusiasmaba desde que dejó de trabajar y pudo expresarse abiertamente. (En una ocasión Vicente, su amigo taxista con el que hemos hecho incontables viajes a Madrid, le dijo: Ten cuidadoAmancio, que algunos que se llaman amigos tuyos no lo son tanto. He oído a Axxx y a Cxxx como hablaban mal de ti, por ser de izquierdas)
Así es Cuenca, la ciudad en la vivió desde los 8 años y que nunca dejó de enamorarlo.
Cuando en la fría y lluviosa tarde del pasado día 5, iba esparciendo las
virutas sobre su ataúd, pensaba en todo el mundo que él fue capaz de abrirnos cuando éramos unos niños: la pintura -el día en que nos enseñó «el entierro del Conde de Orgaz»-, la literatura, ¿os acordáis de aquellas ediciones carísimas de las obras completas de diversos autores de Ed. Aguilar, con letra minúscula y ese papel tan fino que parecía que se rasgaría a cada instante? Y no faltaban en su discoteca obras de teatro, o poemas, o «Platero y yo», recitado por Rafael de Penagos. Y los domingos que nos llevaba a su cama y nos ponía música clásica, y nos explicaba, como si fuese un cicerone, lo que se veía a través de la música.
Este es mi pequeño homenaje paraAmancio, un hombre grande y humilde en el trato con los demás, que me enseñó la importancia del trabajo en el día a día. También que el que quiere enseñar, debe estar dispuesto siempre a aprender. Y también me enseñó a apreciar y respetar a los maestros, es decir, a todos aquellos que te enseñan, mayores o chicos, pero a elegir a los maestros.
Jesús Contreras Castellano
noviembre de 2011
Añado, a continuación, un enlace de El Día de Cuenca, de amigos que también quisieron despedirse de él.
(Páginas 14 y 15)
http://issuu.com/eldiadigital/docs/cuenca19112011/1



































