De pronto todo sucedió: uno a uno los misiles eran lanzados. Emergían de la entraña que los mantuvo ocultos por no sé cuántos lustros e iluminaron con sus estelas los vastos cielos de la nación ucraniana ahora envuelta en un cataclismo sin marcha atrás.
Parecía yo poder verlo todo, contenerlo en cada uno de mis ojos; como surgía cada proyectil e impactarse, estallar creando su letal hongo. Y luego otro y otro y otro abarcando más allá de los cuatro puntos cardinales. Terroristas, separatistas, fundamentalistas, alguien decía que había sido alguien, y ese alguien quien provoco todo.
Escuchaba el rumor de cada estallido, de la aniquilación masiva y… ¡algo entro en mi oído! ¿Un fragmento? ¿Una esquirla?… un manotazo, otro manotazo y fue suficiente para despertarme y ahuyentar por un momento el persistente ataque del mosco. 3:30 a.m. la hora en que se liberan los demonios y al parecer también este bicho volador que me ataca nuevamente, enciendo la luz, espero, no pasa nada, otras vez espero que aparezca, que se deje ver al proyectar su sombra en el techo iluminado desde mi buró; no lo hace, se deja escuchar un instante y luego calla. Apago la lámpara: vuelve, la enciendo: se va.
Ya son las 4:30 a.m. de este lunes. Ya no puedo conciliar el sueño y lo peor de todo es que no sabré quien provoco el Apocalipsis de Ucrania y si logre sobrevivir a él.














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