La no relación sexual

El lunes fue al programa de Moria Casán una invitada popular, de la calle, una incorrecta de la calle, digamos, a contar su particularidad, su reticente novedad: tiene 58 y es aún virgen.

Las panelistas y la conductora, algo preocupadas, agregaron entusiasmo allí para buscar motivos. No podría no haberlos. Se encontraron, del otro lado, a una mujer que gastó mucho tiempo y energía en el cuidado de sus padres, a una mujer que careció de oportunidades (habría que decirle que la vida no es esperarla), a una mujer ahora dedicada a la espiritualidad, a una mujer que dice estar enamorada de una figura pública (mientras más lejos esté mejor), a una mujer que confiesa -porque sí, es una confesión- estar bien así: ¡no necesita coger!

Aquí, el caso resiente una obviedad: la sexualidad podrá ser muy natural para el resto de los animales que están dichosamente excluidos del lenguaje, pero, para nosotros, los pensantes, los parlantes, la sexualidad es inquietante, un enigma, y nada tiene de natural. Al sexo hay que forzarlo, eso no sale fluido, eso no sale porque tiene que salir, eso no está a la espera de un tarde o temprano, eso no está inscrito en ningún código instintual. El cuerpo humano, con todo lo que tiene y lo que no, no está hecho para nada. Para coger tampoco; es un accidente, si se quiere, feliz. No hay cosa humana que prescinda del esfuerzo, del gasto. El humano es esa especie que, sobretodo, no sabe lo que hace.

Coger es no-natural, por no decir que es directamente contranatural. Es una actividad fallida, tiene su costado insoportable, sus oscuros. Lo molesto es el cuerpo ajeno que en apariencia se engarza y que en realidad se diluye en su opacidad, tanto se diluye que, a veces, no queda otra que preguntarle, por ejemplo, si ya acabó. Y así, de un plumazo, la mitología de que las anatomías de los sexos están hechas para entenderse (de que son simétricas) explota por los aires y deja sus restos y deja alguna insatisfacción, un par de preguntas, una risita nerviosa y la clamorosa necesidad de prender un pucho.

Comé y callate

Dentro del universo alumnos de psicología hay de todo. Algunos creen que la psicología tiene algo que ver con el sentido común, entonces se refugian en sus primitivos y forzados homo psychologicus y hacen de ese refugio la puesta en marcha de un insondable repaso de fraseologías tristemente hechas. Otros, quizás más divertidos, estudian psicología para desestimarla: no debe haber mejor modo de aprender un dominio que combatiéndolo. Hay de todo; ya saben.

El otro día, un viernes, ese día hecho para los cansados, una profesora, psicoanalista ella, presentó un caso clínico. Apenas lo presentó. El caso responde a una niña ya internada (diez años si no me equivoco) que presenta inhibición alimentaria (no come), un denso afán hablador (no deja de hablar), ciertos voluminosos arbitrios y una impostergable obediencia santa a ciertos pensamientos de orden obsesivo -que es como decir ridículos- que acuden a su mente, a su cabeza (esa especie de vocecita le pide, por ejemplo, que corra a un punto aleatorio o que se siente de rodillas y apriete sus piernas sobre su estómago). Es un caso gracioso. No deja de ser, no obstante, preocupante.

Lo presentó, sobre todo, para explicar, a partir del contraejemplo, la siguiente cita de Lacan, de un Lacan de los años 50.

«(…) prudencia en el método, escrúpulo en el proceso, abertura en las conclusiones, todo aquí nos da ejemplo de la distancia mantenida entre nuestra praxis y la psicología».

La cita es clara, no nos exhorta a una mayor ampliación. Vayamos directamente al contraejemplo presentado por la susodicha: resulta que, como respuesta a los perentorios síntomas presentados por la infante, un psiquiatra participante del interdisciplinario plantel de trabajo decidió, así sin más, hablar -conversar, diría- con la paciente. Luego del diálogo concluyó, rápidamente, a-metódicamente, que la niña estaba así -sin comer- porque se había tragado ciertos mocos durante un tiempo importante. Es una interpretación chistosa, a lo Les Luthiers. Sospecho que la joven nunca hizo uso de la figura tragarse mocos puesto que un poco en desuso está, pero no lo sé con rigor. Lo que sé, lo que sabemos los oyentes es que esa interpretación sucedió el día uno de internación lo cual es, al menos, un elemento que encastra perfectamente en este mundo fast food, en este mundo chatarra, chatarramente light.

La Profesora llegó a la siguiente conclusión: la interpretación es errada, está tirada de los pelos; y llegó, también, a la siguiente moraleja: en nombre de la eficiencia, en nombre de la velocidad, en nombre de la urgencia se puede llegar al acallamiento, cuanto menos parcial, de cada Sujeto (el psiquiatra la escucho, digamos, para no escucharla): ¡comé y callate!

Luego de presentado el caso, ciertos compañeros, quizás por golpe de alguna epifanía, se miraron al unísono y tiraron (el verbo cabe bien) la hipótesis del abuso sexual. La opción no es descabellada. El feminismo está en boga, por suerte, y nos permite dar cuenta de dos cosas: una, de que hay más abusos (infantiles y no infantiles) de los que pensábamos y, dos, de que el mundo es más horrible de lo que algunas almas bellas se animan a escrutar. Como consecuencia de estas dinamizaciones, tenemos el advenimiento de más denuncias, de más mujeres que cuentan que han sido abusadas o violentadas por hombres, de más padres atentos ante los movimientos y los síntomas de sus hijos. ¿Podría ser un abuso sexual, entonces? Sí, claro: hay muchos, el mundo está mal, está abusado.

El problema es otro. Siempre es otro. La masificación de un discurso, la avasallante y ortogonal verdad de la Época, la sobrecristalización de un sentido, el mundo convertido en un amplio salón de peluquería, la apriorística e inflexible definición de cuáles son los problemas actuales, la carencia de la duda, el pavoroso clamor, el harto ruido del día a día, son todos fenómenos que, al estar inevitablemente pegoteados, silencian al sujeto contemporáneo hasta el trágico punto de silenciarle el silencio. ¿Dónde está, por ejemplo, la palabra de esta chica de diez años, que no come, que sufre, que es caprichosa, que habla mucho cuando, así de fácil, un mundo, un mundo por demás abusado, postula una explicación alzándola al cielo cual bandera nacional antes, siquiera, de oír cuál es el timbre de su voz?

¿Podría ser, esta niña, víctima pasada o presente de un abuso sexual? Sí, por supuesto. Eso está latente. Pero podría ser víctima de cualquier otra cosa. La sobredeterminación del síntoma, la indeterminación del deseo y la no determinación del significante ilustran eso: podría ser cualquier cosa, por eso mismo es que es preferible elegir la prudencia en el método, el escrúpulo en el proceso y la abertura en la conclusiones. Sí; es más difícil de lo que suena.

El objeto testigo

Con qué suspicacia, con qué pasión, cierto progresismo arranca de cuajo a un tal Freud. Lo  descartan porque es machista y lo es, dicen, sobre todo porque puso, en su momento, al falo en el centro, ahí donde ya estaba. El problema, quizás, es que confunden falo con pene cuando, ya se sabe, hay penes chatos, hay penes torcidos, hay penes impotentes, hay penes, entonces, que no adquieren, que no pueden adquirir, por sí mismos, valor de falo.

El falo -esa construcción psicoanalítica- puede ser cualquier cosa, puede ser cualquier cosa y para ello debe dejar de ser una cosa cualquiera. Puede ser cualquier cosa si así lo permite, valga esta perogrullada, el contexto. Por ejemplo, cuando se trata de una carrera de relevos, lo que adquiere estatus de falo es el llamado objeto testigo: pues éste pasa de mano en mano, circula, y se lleva para su cuenta, debido a su brillo, las atentas miradas de todos los allí presentes. El pene, volviendo al órgano que en algún sentido parece molestar, también puede cobrar valor fálico. Esto no se desmiente. Un pene potente, un pene erecto, un pene susceptible de ser manipulado con mayor precisión, un pene susceptible de ser, digamos, usado, es, en esa condición de ser rentable, falo. Y lo es, al igual que el objeto testigo, porque se pierde, porque está hecho para perderse, porque aparece en escena con la inesquiva condición de cambiar de propietario, es decir, con la condición de no tener dueño fijo. El pene, una vez erecto, sólo sirve en la medida que se entrega. El objeto testigo sólo sirve, también, en la medida que se entrega. 

Eso es un falo: lo que se pierde, lo que se dona. Lo que se toma, incluso, en el preciso momento en que se ofrece. Un falo puede ser cualquier cosa que atraiga algunas miradas bienintencionadas, puede ser cualquier cosa que esté allí ordenando un centro y, a su vez, abriendo un surco, un espacio de pérdida. El falo es para perderse; nadie lo agarra, nadie hace uso de él sino a través del gesto de darlo a otro, de dárselo a un otro cualquiera que esté por ahí, adelante, con la mano abierta, esperando, esperando no se sabe bien qué.

 

Sobre el grado cero de tensión

La nueva Bersuit, un poco descafeinada, se pierde en la comparación: no es tan divertida como la que contaba con la virtud y el defecto de Cordera: su gracia y su a pesar. La Bersuit solía ser desprolija, un desastre, un hermoso desastre, una voz ronca, un sollozo; era lindo escuchar sus vaivenes. Hoy, su virtud y su defecto no están más, Cordera anda haciendo líos de un modo foráneo y nadie más que sus probables fieles lo festejan, y la banda perdió brillo ganando, así, contraste. Sus letras ahora son compuestas por otro cuyas rimas son a la Calamaro, a lo Chano y, francamente, no es necesario: para eso ya los tenemos a ellos.
No obstante, uno de sus canciones, una de las que más se repetía, en su momento, en las principales radios del país, me propuso esta conversación. Se trata de «Así es». El título ya es denso, se siente olor a taxi, a taxi viejo, a taxi húmedo, a taxi lanateado. No importa. Hay un fragmento lírico interesante, perogrullo, interesante igual:

Así es la vida, muñeca rica

Por un lado te da y por el otro te quita

Te da un hachazo, y una curita,

Por un lado nos da y por el otro nos quita.

Lo que se infiere del estribillo es, sin preámbulos, la subyacente creencia de que todo tiende al orden, al grado cero de tensión. Es tan claro que me exhorta a explicarlo. Se trata de la pretendida lógica de la compensación, esto es, de la siguiente fórmula: donde irrumpe la virulencia de una equis suma de displacer, se alimenta como efecto la sanción de un consuelo. Es como si, detrás del telón, hubiera un geniecito benigno o no maligno interesado, por sobre todas las cosas, en la homeostasis, en el equilibrio general del Universo y del soma. Todo eso, a su vez, se parece, sin saberlo, a la Doctrina Susana Giménez la cual se basa, principalmente, en la certeza de que el que mata tiene que morir. Eso es la compensación. Pero, por suerte, la Justicia, ese ideal, esa construcción, no adopta este modelo del ojo-por-ojo: la Justicia, por suerte, es un poco injusta puesto que el que mata, por ejemplo, no muere como consecuencia sino que es encerrado mientras se intenta germinar en él ciertas formaciones reactivas, algún por favor, algún trastorno de acumulación de tapitas para el Garrahan, etcétera para, finalmente, devolverlo al orden social.
Por otra parte, esta noción, esto del hachazo y de la curita, esto del displacer y del placer, esto del equilibrio de las fuerzas tensionales, tiene algo de ying y yang: deja entrever que no es una cosa sin la otra. Ese geniecito, que bien puede ser la esencia de lo humano (de haber alguna), alguna fuerza innata, alguna verdad del cuerpo, no provoca un desastre sin intentar remediarlo luego. Es casi de sentido común. La biología -el geniecito- no se siente a gusto en el caos. Su motivación es, insisto, el grado cero de tensión. Todo parecería apuntar al remedio, al orden, a la no necesidad. Por eso vemos tantos tatuajes, verbigracia, del ying y el yang. Es cómodo, yoicamente cómodo, creer que para hacer el bien es necesario hacer un poco el mal. Eso encaja con cualquier neurosis.
Lo que se da por sentado -esto es lo llamativo- es que primero viene el displacer, primero aparece éste sobre la nada, sobre el agradable grado cero de tensión, arruinándolo y causando, como resultante, la necesidad de un movimiento como puede ser, según corresponda, el de beber agua, el de comer, el de pegarse una curita. La secuencia que propone la canción es ese: primero viene el hachazo, luego la curita. Todo en orden: la vaca tiene hambre y come pasto, hachazo y curita. Ahora bien, ¿y si el orden fuera, para nosotros los seres parlantes, inverso? ¿y si, en verdad, este geniecito ficticio, hipotético, aquí creado por palabras, más que benigno, fuera un perverso, el genio maligno cartesiano? ¿no será que primero viene la curita, el consuelo que no consuela nada, y luego, un tiempo después, el hachazo? Así, cambiando el orden, la homeostasis se cae, se cae su dictadura teórica. Es sólo un par de preguntas. Quizás, después de todo, el consuelo venga antes del drama; quizás, después de todo, no nos interesa en lo más mínimo, como seres que hablamos, el grado cero de tensión; quizás, después de todo, nos convoca el desastre, la queja, lo desprolijo, el desequilibrio, lo irrecuperable, lo inalcanzable.