Cuando Anna se despierta, Víctor se ha ido hace rato; cubre su cabeza completamente para buscar su olor entre las sábanas, pero apenas quedan vestigios de una mezcla acre de sudor y perfume de maderas. No recuerda que se fuese hace tanto tiempo… Apenas parece que han pasado unos instantes desde que el estrépito de los hunos bajando las escaleras acabase y ella, adormecida, contemplase a Víctor atándose las botas.
-Duérmete, ratón, aún es de noche y hace frío. Volveré cuanto antes -le dijo, dejando un húmedo beso en los labios antes de desaparecer. Una magnolia en la mesa queda.
Contempla su cuerpo desnudo en el espejo, la piel erizada, los pezones enhiestos por el agua fría con que acaba siempre de ducharse. Le gusta lo que ve, y le gusta que sólo lo vea Víctor; sonríe y se viste; tal vez aún consiga desayunar.
La mañana huele a nieve, a frío. Los rizos húmedos le caen sobre los hombros y la estremecen. Tomaré sólo un chocolate, gracias. En el pequeño comedor, el que doña Leonor reserva a los clientes civilizados para protegerlos del tropel de esquiadores, que Víctor llama los hunos, están los sospechosos habituales, Lola, una mujer de mirada extraordinariamente bondadosa que mata haciendo punto las horas que pasa esperando a su sobrina; junto al balcón, Olga y Daniel, un matrimonio de médicos uruguayos. Él, tan parecido al etílico escritor, que medio hotel los llama ya los Hemingway -el medio hotel con que se relaciona, que con los hunos procura Anna no tener trato-. Por supuesto, desayunan con pan de centeno, para desconcierto de doña Leonor, que asocia pan negro a postguerra y hambre, y no a excesiva abundancia.
-¿También hoy la dejaron sola? -se interesa cortésmente Hemingway-. Ese bacán es un insensato.
Anna entiende bien el español, pero con dificultades los modismos dialectales; sonríe y esboza una excusa:- Eso parece. Mi… Victor prefiere pasar el día con los muertos y la noche con los vivos.
-La noche es más interesante -interviene Olga, conun guiño de complicidad.
-Que se lo pregunten a mi sobrina -añade Lola-, que se ha ido a esquiar con esos salvajes sin haberse acostado.
Anna sonríe, cortés, pero no dice nada más. ¿De qué sirve protestar cada mañana del escándalo que arman los esquiadores al irse de madrugada si habrán de repetirlo al día siguiente? Además, no hace tanto tiempo que ella les habría acompañado, aunque ahora le parezca que su vida cambió hace siglos, que lleva desde siempre con Víctor -que aprovecha el escándalo para hacerle el amor antes de irse… Enciende un cigarrillo y sonríe. Llamas verdes crepitan en el fuego.
El silencio se huele en la calle. Reverbera el eco de las doce entre las columnas, bajo los soportales. ¿Quién recuerda ya que el ángelus conmemora la victoria de un rey húngaro contra los turcos?, dijera una vez Víctor y, desde entonces, no puede dejar de oír las campanadas de las doce sin pensar en todas sus victorias estériles. “Entonces, cómo me gustaría escaparme de la nostalgia”. A lo lejos, doña Leonor atraviesa el portal de Santa María con el paso firme de un Apollinaire.
-¿El Hotel del Molino? ¡Ah, vosotros estáis en el Kremlin-, les comentó el sardónico mecánico que lleva una semana asegurándoles que el coche estará listo mañana-, que aquí, a doña Leonor, la llamamos ‘el camarada mariscal’, con esos andares, esos abrigos largos y esos bigotes suyos.
-Me parece fantástico -interrumpió Víctor, aunque Anna percibió cómo se mordía los labios para ahogar la risa sobre el bozo de su anfitriona-. Pero cuando esté listo, cuando la pieza que viene de Alemania (siempre viene una pieza de Alemania) haya llegado, descuelga el telérono rojo y nos llama al kremlin. No podemos estar cinco días sin coche.
Ya iba para diez. No tiene nada mejor que hacer, así que irá a ver a ese mecánico que siempre está ocupado en muchas cosas, con el taller lleno de coches con el capó abierto, pero maldita la vez que lo ha encontrado trabajando en alguno de ellos; a pesar de todo, le cae simpático ese caradura, quizá porque está tan satisfecho de sí mismo y su propia inteligencia que es el único que no se molesta en escanearla de arriba a abajo. O tal vez sí, pero al menos no delante suyo. Además, con la visita tiene excusa para salir de la Ciudad Vieja, que detesta por falsa. Hoteles, museos, tiendas, oficinas, restaurantes, bares, clubes… pero ya casi nadie vive en ella, y una ciudad en la que no vive nadie ya no es ciudad, sino sólo un decorado. Un decorado pintoresco y carísimo, ridículo. Anna prefiere las casas decrépitas, apoyándose en sus porches como viejas corcovadas, con humedades y líquenes, pero vivas, con ruidos, humos y olores, que esas otras cuidadosamente inventadas, recreadas, incluso con falsos desconchones, que sólo se abren en vacaciones y algún fin de semana. Al pasar junto a ellas, le huelen a hospital.
Anna prefiere el ensanche, las franquicias honestas, donde todo está según un Plan, que esas teterías ‘auténticas’ que no son sino una copia degradada de lo que ya era una mala imitación. Por eso prefiere tomar un café con los viejos del Serrat.
-Buenos días, doctora; yo no me molestaría en subir al taller, Alfonso sigue aquí -le advierte alguien. En diez días, puede contar con los dedos de las manos las personas con las que ha hablado, pero ella es conocida por todos; es divertido, aunque en algún momento deberá empezar a molestarse en saber quién la saluda. Cuando iba a preguntárselo, el hombre ya salía con una chica joven.
En la barra, mientras se sacude los rizos que el gorro de punto le ha dejado un poco apelmazado, se descubre pensado que aquí sólo puede ser su hija. Desde el otro extremo del bar, Alfonso le paga el café, y con gestos, le indica que mañana estará listo el coche. Los dos saben que es mentira, pero ese sinvergüenza es divertido y ya no le importa tanto.
