Ernesto Palner

cuentos, poemas y pareceres

Hay un mar

Hay un mar,
y hay más.

Hay ríos,
arroyos,
y hay más.

Hay remansos,
arco iris,
bellas nubes,
y hay más.

Hay barriletes,
un sol,
niños,
y hay más.

Hay abuelas,
tejidos, sabores,
y hay más.

Hay canoas,
hay lagos,
y hay más.

Hay mujeres,
hay hombres,
hay poder.

Ay! mujeres.
Ay! hombres.

Ay! poder.

Ay!
mantener las esperanzas,
ay!

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De solsticios y equinoccios

«Cuando no tengas certezas, 
asómate al firmamento,
verás lo que allí perdura,
lo demás,
es polvo al viento»

                             Ramón Gutiérrez Hernández

Bastante antes de los 20 sonó la campana

y le sacaron el banquito.

A los 24, ya quedó al garete.

Buscó faros, guías, señales,

las diseccionó, desmenuzó,

dudó, eligió, y como pudo,

avanzó.

Llegando a los 30 se afirmó,

tenía la seguridad de que estaba haciendo todo más que bien,

seguro, contundente,

quizás fundamentalista.

Apenas pasada la mitad de la tercera década

empezó a perder certezas,

entró en pánico.

Los 40 los tomó con esas certezas perdidas ya asumidas,

pero remó, remó,

y remó…

Llegando a los 50 ya se relajó,

separó los tantos,

y gozó.

Mucho y como nunca, gozó.

A los 60 vinieron las desilusiones

como baldazos.

Comprendió la atención y los silencios de los mayores,

lo intransferible de la experiencia recogida,

la lógica soledad,

el tiempo perdido,

la decepción,

el dolor.

Al fin supo como se terminan las ganas, las fuerzas,

supo como se asume la realidad,

y como cae, irremediable,

la noche.

Gotas

Cuando saltan las gotas como si rebotaran en el suelo

formando un palito transparente con una gotita arriba

que pareciera querer volver a su nube

no querer desprenderse de ese vientre suave, mullido,

donde estaban tan a gusto,

eso quiere decir que va a seguir lloviendo todavía,

porque lo que le pasa a esa gotita les pasa a todas,

no quieren irse de ese vientre,

se caen, tocan el suelo, y vuelven a subir…

rebotan y rebotan en señal de rebeldía,

hasta que al fin lo logran.


Abrazo

Durante el día era más fácil, con tanto trabajo y sin pensar era más fácil, pero al atardecer siempre volvían los recuerdos. Recordaba su abrazo, y era tibio, sensual, tierno, excitante, todo lo sensitivo seguía  intacto en su memoria, increíblemente intacto.

Salió de la casa, eligió la caña naranja, era corta pero mucho más fuerte que las demás, también se decidió por la línea de boya blanca que le venía trayendo buena suerte, la guardó en la bolsa donde guardaba el cuchillo, el trapo, algún anzuelo de repuesto, y metió todo en el balde.  Recién estaba anocheciendo, y las luciérnagas titilaban entre las plantas bajas, arriba las miles de estrellas y una luna limpita en menguante. Podía llegar al río por el sendero sin gastar las pilas de la linterna, que ya deberían estar por agotarse. Agotarse, que era eso lo que sentía, estaba agotado. Buscando la linterna pudo encontrar la palabra y explicarse interiormente lo que sentía, agotado, estaba agotado, esa era la palabra.

Cuando suspendieron el tren, y la única forma de llegar a la ciudad era en micro, mandaban unos coches tan viejos que se rompían muy seguido, entonces los viajes podían posponerse una o dos semanas, dependiendo de cuando lo reparaban y volvía a pasar, casi siempre llevando más gente que la que traía, de a poco los vecinos iban abandonando el lugar. Él deseaba desesperado que ese día se rompiera el micro como tantas otras veces, quería tener un poco más de tiempo para encontrar algo que la retuviera, algo que no los separe. No encontró nada, tampoco sabía si de encontrarlo hubiera tenido las palabras exactas para decirlo. El último abrazo fue antes de ayudarla a subir el bolso al portaequipajes del micro, luego el beso tierno, imposible, irreemplazable. Un adiós.

La boyita blanca no le falló, al primer tiro ya picó una boga, cuando se aseguró que mordió la carnada y estaba bien enganchada, recogió el hilo con el reel y la levantó, era de un hermoso plateado con aletas casi blancas, de unos treinta centímetros de largo. La cena estaba asegurada, si conseguía pescar algunas más podría conservarlas en aceite y guardarlas para cuando empiecen las lluvias y las bogas no se arrimen a la orilla. Encarnando de nuevo el anzuelo, empezó a silbar inconscientemente una melodía. Después de lanzar la línea al agua y sentarse en un tronco a esperar el pique, reconoció  esa melodía que lo acompañaba desde chico, se le dibujó una sonrisa en la cara, veía a su padre y sus tíos con los sikus, los charangos y las zampoñas, toda la banda amiga de sikuris tan felices como  ellos, las hojitas de albahaca que les quedaban por el poncho o el pelo, la alegría en sus caras, la harina, la tierra, la vida, la esperanza, todo tan hermoso y tan lejano. Ya tenía otro pique, las luciérnagas y la boyita blanca le traían buena suerte, otra boga. La guardó en el balde junto a la anterior, encarnó, lanzó la línea, se sentó en el tronco, y empezó a silbar de nuevo, la misma, alegre, dulce, y repetida melodía.

Volvió a sentir en la piel el último abrazo, dejó caer la caña, se recostó en la tierra apoyando su cabeza en el tronco, luego se acurrucó llorando, agotado, muy agotado. Un último adiós. 


Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión o comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, o algo a cambio.

¡Salute!

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Soledades y necesidades

Fin de año. La casa de la abuela Mercedes, y casi siempre la terraza, era para estas fechas mi continente, con todos los significados de esa palabra. La abuela Mercedes, el abuelo Francisco, las tías Nely y Araceli, los tíos Antonio y José, los primos, mis hermanos, mis viejos, y durante varios años un centenar de conejos que mi abuelo criaba en jaulas de madera repartidas alrededor de todo el perímetro de la terraza. En algunos canteros ají putaparió, albahaca, perejil. Repartidas por ahí, muchas macetas con malvones rojos, blancos, rosados, lazos de amor, coronas de cristo, algún cactus traído de Córdoba, y algunas otras plantas más. Haciendo de cielo raso sobre la mesa que estaba junto a la parrilla, una parra se enroscaba en un enrejado de madera, sus ramas retorcidas, sus hojas y sus racimos, eran parte y oídos de nuestras charlas, gritos, bromas y carcajadas, más arriba, el techo de chapa crepitaba al sol.

No era raro cualquier día subir a la terraza del abuelo y encontrarse los cueros de los conejos colgados en un alambre, secándose al sol. En otra época en esa misma terraza tuvo gallinas, muchas gallinas. Era una aventura hermosa meterse en los gallineros agarrado de la mano del abuelo y juntar los huevos en una canasta, o desde la lata de dulce de batata tirarles el maíz que tanto les gustaba. Por supuesto, cada tanto se comía gallina, que el abuelo sacrificaba, me enseñaba que era muy sencillo, se agarraba a la gallina sujetándola del cuello con la mano,  abajo del sobaco izquierdo, y con los dedos índice y mayor de la derecha alrededor del cogote se daba un tironcito seco hacia arriba, y listo, después la pelaba con sus manos quitándole las plumas, y la abuela terminaba de quemar las plumitas que quedaban chamuscándolas  en la hornalla de la cocina.

Los dos abuelos nacieron y se criaron en el campo, una en Asturias y el otro en Calabria, pero las costumbres eran casi las mismas, los dos pasaron sus infancias atravesados por guerras y hambrunas. Sembraban y criaban animales para alimentar a la familia, o para canjearlos con los vecinos por otras cosas necesarias. Exactamente igual que  como lo hacen hoy mismo miles de familias en montones de lugares de nuestro suelo. Exactamente igual de llenos de todo lo necesario, y con tantas necesidades; exactamente igual de indiferentes al consumo del consumir por consumir; exactamente igual de felices por compartir; exactamente igual de inconscientes de ser tan felices; viviendo cada día, felices, viviendo.

«Necesitamos agricultores, poetas, gente que sabe cómo hacer el pan, de gente que ama los árboles y reconoce el viento.
Deberíamos estar al aire libre por lo menos dos horas al día.
Escuchar a los ancianos, dejarles que nos hablen de sus vidas.
Construirnos pequeñas oraciones personales y usarlas.
Exprimir por lo menos una vez al día la admiración hacia alguien.
Prestar atención a quien cae y ayudarle a levantarse, sea quien sea.
Leer poesías en voz alta.
Dejar cantar a quienes aman cantar.
De esta manera, no estaremos tan solos como ahora, aprenderemos de nuevo a sentir la tierra, el suelo sobre el cual apoyamos los pies y a sentir una sincera simpatía por todas las criaturas»

                                  –Franco Arminio–

Un Viaje en Moto

Primer día

Jueves 7/11/19

Comencé el viaje saliendo de Mar de Ajó a las 5am, con 5 o 6 grados de temperatura, dormí 3 horas aproximadamente, ansiedad, ganas, miedito tal vez, algo de eso, o todo junto.

Primera parada, recorridos los primeros 143 Km., fue en Las Armas, revisé el equipaje, todo atado y bien atado, a seguir camino.

La segunda parada fue a 269 Km. de la partida, en la YPF de Tandil, solamente cargué nafta. Soplaban ráfagas de viento por los cuatro lados antes de llegar, y un largo rato después de haber pasado esa ciudad. Si el viento viene de tu derecha cuando vas viajando en moto, no pasa nada, vas un poco escoradito pero se banca, pero cuando viene de la izquierda y cruza en sentido contrario un camión o micro… ja, se te llena el alma de preguntas…

Dejadas por suerte las retóricas preguntas unos kilómetros atrás, llegué y almorcé en la YPF de Bolívar, cuando salgo de comer, al lado de la moto estaba estacionada una camioneta de la firma de camping y pesca Weekend, la conducía un viajante de esa empresa, me dijo que su nombre es Néstor, es de Junín, tiene 39 años, pero antes de darme sus datos filiales, me preguntó de donde vengo y hacia donde voy, después me siguió contando que fue motero de joven, hasta de noche salían a viajar, salían del trabajo y a la ruta, salían a pescar, salían a una fiesta, a donde sea con la moto, pero después tuvo un hijo y vendió la moto, pero que estaba seguro que cuando tenga mi edad, o antes, (se corrigió sin miedo a ofenderme…) hará lo mismo que yo… jua.

Como salí muy temprano de Mar de Ajó, y venía bien con los horarios y la claridad del día, decidí pasar de largo por Pehuajó, donde tenía pensado dormir, y seguir hasta Gral. Villegas que estaba 142 Km. más adelante, calculando la velocidad que venía haciendo de promedio llegaría todavía con luz natural.

Recorrí el primer día 735 Km. en el lapso de 12 horas, tratando de parar a cada hora de viaje, pero por diferentes motivos, que viajando en moto esos motivos pueden ser cargar nafta, comer, ver que esté todo el equipaje en su sitio, hasta los motivos más sencillos como son acomodarse los auriculares, rascarse la cintura ahí, justo ahí, en el lado derecho, o fijarse quien te mandó ese mensaje que escuchaste hace unos minutos, y sí, se termina parando a cada rato. Casi todo lo que viajando en un auto se hace sin detener la marcha, y si no estás muy convencido de que haya otra vida después de ésta, mejor apearse y atender lo que acontezca. En General Villegas dormí en el Hotel Antonini que está sobre la ruta 226, $ 800 la habitación, digamos que está bien, muy económico, casi un camping, pero con la comodidad de tener la moto estacionada en la puerta, y si el ventilador de techo que hacía movimientos oscilantes muy extraños, no decidía aterrizar esa noche sobre mi humanidad, estaba todo más que bien. Digamos que por suerte, el susodicho artefacto siguió su vuelo errático sin ninguna molestia. Cené en La Parrilla, un restaurante típico de ruta que estaba casi pegado al hotel, lugar de viajantes y camioneros donde comí muy bien, y luego del postre, y de mi primer día al fin, del tan ansiado viaje en moto, al sobre.


segundo día

Segundo día

Viernes 8/11

Salida de Villegas a las 8 en punto, un vistazo a la moto, cambié de lugar los bolsos estancos, puse uno arriba del otro de tal forma que sirvan a su vez de respaldo, cambio que luego en la marcha pude comprobar que de esa manera es mucho más cómodo, y ahora sí, a la pura ruta.

La primer parada de este segundo día de viaje fue en la YPF de Realicó, al rato estacionó al lado mío un motero de Trenque Lauquen, con una Dominar 400, empezó diciendo que su moto es un fierrazo, que le costó no se cuánto dinero, que rompió una Kawasaki y dejó un ojo en el arreglo, que por supuesto tiene no sé que auto, pero las motos le gustan, que piensa vender las dos motos y comprarse una… sarasasasa sarasasese… ya entre tantos billetes y billetes que revoleaba este personaje busqué la manera, que en estos casos no me cuesta nada, de seguir con lo mío, cargué nafta, decidí la ruta, y arriba con los faroles. Con el psico-casco conectado, de lo que menos me interesa hablar, ni pensar, es justamente en don, don, don dinero. Por el contrario, la mayoría de los pensamientos,  rondan en como aprovechar y vivir la vida sin caer en la trampa de juntar, por juntar nomás…, billetes y más billetes.

Remonté rumbo hacia el norte por la ruta 35 que se encontraba en plena restauración, con el pavimento como recién arado, con infinitas rayas de diferentes grosores y profundidades paralelas a la cinta asfáltica. La moto se ladeaba en esas rayas de un lado al otro, y con el viento empujando desde el costado izquierdo, se puso bastante feito, pero fueron unos pocos kilómetros, y al fin pasó el tembladeral.

Terminado el trayecto de la arada 35, llegué a la ruta 7 para ir de Vicuña Mackenna hasta San Luis, esta ruta estaba en perfecto estado, en parte autopista doble carril. Luego pude comprobar que todas las rutas por las que anduve en San Luis estaban impecables. Me llamó la atención en este trayecto cruzar un par de autos con patente francesa. Al parar a cargar nafta justo coincidí con uno de ellos, y al rato llegaron dos más, eran parte de un Raid que atravesaban los Andes con autos de los años 60/70. Uno de esos autos era marca  Volvo, con un motor que sonaba de maravilla, en el que viajaba un matrimonio. Los otros eran un BMW y un Peugeot 403 en el que iban solamente sus conductores. Todos estos franceses eran gente de 70 o más años, y por lo que mostraban sus caras estaban disfrutando como chicos de su aventura. Cada vez confirmo más que siempre jugar hace bien, a la edad que sea, y ojalá todos tengamos la posibilidad de hacerlo cuando se nos den las reverendísimas ganas, o para decirlo más claro, las reputísimas ganas.

Almuerzo en la Shell de Villa Mercedes, o por ahí cerca. Aprovechando Internet para decidir por una cabaña en Potrero, donde pensaba hacer base y quedarme unos días, confirmé la reserva con la que me contestó primero y de muy buena manera, lo que auguraba al menos una buena atención. Ya tenía un lugar reservado, y con una piscina que iba a recibir mi cansada osamenta…  Había estacionado la moto justo delante de mi mesa para tenerla a la vista, ella y yo nos mirábamos mutuamente, y en ese almuerzo la bauticé, en homenaje al Quijote, con el bello nombre de Motante –por aquello de Rocinante… Rocín, antes…-

Llegué a Potrero de los Funes a las 16, demoré 8 horas para 465 Km., a 90/100 km/h con viento a favor la mayor parte del viaje, Cabañas Valle del Sol, su dueño se llama Matías, el valor por noche $ 1.000, un complejo chico muy bonito, en un valle con vista a las sierras, pileta y súper limpio, todo perfectirigillo.

Cena, tostadas con tomate y queso, cerveza.

Estaba en mi primer destino…, durmiendo en medio de las sierras…, y Motante, después de haber galopado en dos días un poco más de 1.200 Km… soportando a su veterano jinete en el lomo… descansando en un sitio seguro.

¡Salud!


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Tercer día

Sábado 9/11

Después de dos días seguidos de cabalgata, a darle respiro a Motante, y a los músculos glutógenos. Encaré una caminata recorriendo Potrero de los Funes, un pueblo serrano con su parte antigua y otra más moderna muy bonito, limpio y cuidado, que se reparte alrededor de un dique pequeño de aproximadamente 6 Km. de perímetro, lo único que desentona entre tanta belleza es un circuito de carreras callejero, que rodea todo el dique, y que si bien le trajo mucho desarrollo al pueblo hoy se encuentra un tanto descuidado nublando un poco la visión general. Luego de la caminata, unas brazadas en la pileta para seguir acomodando la carrocería, almuerzo con ensalada de atún, lechuga, tomate, queso, cerveza, y luego…, siesta.

A la tarde, estuve hablando con el dueño del complejo de cabañas, Matías, que tendría unos 45 años, me comentó que era de Buenos Aires, y después de recibirse de profesor de educación física, estuvo viviendo un año en París perfeccionando su francés, luego vivió un tiempo en Mar del Plata, para instalarse desde hacía 15 años en Potrero de los Funes. Arrancó alquilando las 2 ó 3 bicicletas de mountain-bike que había traído desde Mar del Plata, al poco tiempo ya tuvo una flota bastante grande, y como en el pueblo no existía una reglamentación municipal para el alquiler de bicis, él fue el encargado de hacerla y es la que se encuentra aún vigente. Cuando tenía bastante bien armado el negocio, apareció una persona si no recuerdo mal de algún lugar de Mendoza, que le compró el fondo de comercio con todas las bicicletas incluidas, para montarlo en otro pueblo. Matías, con ese dinero emprendió el complejo de cabañas donde hoy vive con su pareja y sus hijos. Historias de gente imaginativa, que trabajan, se mueven, tuvieron su preparación, su oportunidad, siguen con la misma inercia, y contagian las ganas de encarar proyectos.

Luego, revisada general a Motante, control de aceite, engrasé la cadena, limpieza de casco y parabrisas, y todo pronto pa’las rutas.

A eso de las 17 salí con la moto hacia un recorrido que me recomendó Matías, subiendo una sierra por camino de ripio desde Potrero hacia Estancia Grande, con unas vistas hermosas hacia el pueblo y sus valles. Nunca había viajado con Motante por ripio, me sorprendió como se agarra al camino, no derrapa, frena perfecto, un placer enorme. Durante ese circuito, se ven diferentes senderos para ciclistas y para caminantes, que se internan entre las sierras y arroyos de la zona, con mucha gente disfrutándolos. Por supuesto también gente que anda viajando en moto, con los cuales el saludo casi eufórico haciendo luces y poniendo los dedos en V, cosa continua en todo el viaje, es un incentivo como para pensar que no se está tan sólo en esta historieta.

Ya estaba volviendo a Potrero, pero antes seguí un camino que indicaba hacia la Quebrada de los Cóndores, una ruta de asfalto, curvas, curvas y más curvas para meter velocidad, y donde de repente tenía la imagen de esas películas italianas de los años 60, con este tipo de rutas, la señorita de rigor aferrada a mis espaldas, con sus hermosas curvas ella acordes a la situación, en un viaje onírico interminablemente hermoso, curvas paquí, curvas pallá, paquí, pallá, y así… Ya despierto, seguía no sé como conduciendo a Motante, que ya debe tener piloto automático y no me enteré… llegué al punto más alto de la Quebrada. La vista desde ahí, aparte de los cóndores planeando lentamente mucho más alto que los demás pájaros, con paisajes de valles y sierras por doquier, es hacia la ciudad de La Punta, lugar que hasta hace unos años era un desierto, y donde luego se fundó y levantó esta ciudad por un grupo de grandes empresas, entre ellas la tan incierta Mercado Libre. Desarrollo, producción, negociados, beneficios exclusivos, retornos con olor a podrido, todo eso, en este egoísta viaje… prefiero dejarlo pa’después…

Y si esto fuera poco,

Tengo mis cantos

Que poco a poco

Muelo y rehago

Habitando el tiempo,

Como le cuadra

A un hombre despierto.

Soy feliz,

Soy un hombre feliz,

Y quiero que me perdonen

Por este día

Los muertos de mi felicidad.

                                        -Silvio Rodríguez-

Vuelta a la cabaña, cena, misma cerveza, y… bona nit.


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Retornando anque concluyendo

Resumiendo, fueron 12 días intensos. Cuando un viaje sale bien, se siente haber vivido en esos días lo que no se vivió durante muchísimo tiempo, como si hubiéramos estado todos los minutos del día absorbiendo experiencias, vivencias, etc., que después haciendo el resumen tenemos la sensación de que en esos días vivimos lo que en la vida cotidiana no vivimos en años…

En este primer viaje en moto me encontré con una San Luis que no imaginaba, desde los paisajes, el estado de las rutas, de los pueblos, los puntanos siempre atentos y con una sonrisa, un lugar que es para volver y disfrutar más detenidamente, para conocer mejor, desde Potrero de los Funes, Trapiche, San Francisco del Monte de Oro, La Punta, Nogolí, La Carolina, hasta la cambiadísima Merlo. Por el lado de Córdoba, recorriendo Cura Brochero, Nono, Mina Clavero y alrededores, encontré otro panorama, un poco abandonado y no tan cuidado como sus vecinos, junto con caras un tanto alargadas…,  olvidada la sonrisa y la buena atención…, seguía en la lastimada Argentina de hoy, lo de los puntanos es de otro continente…

Arriba de Motante, quizás por estar en constante cambio junto con el clima y la vegetación, es otra la visión general de todo, como también la de los paisajes. Los momentos no tan felices, las asperezas de esta mundana vida, y otros menesteres… parece que pasan por arriba del casco y siguen su ruta, se toma nota de todo, pero se atiende cada cosa a su tiempo… Por momentos se pone incómodo, frío, mojado, cansador eso de estar parando a cada rato por diferentes motivos, pero en el balance general, es estar vivo, y es hermoso. Y si parece que estuviera hablando de la vida misma… pues algo así es.

Lo más bravo que tocó vivir en este periplo, fue a los pocos kilómetros de salir de Merlo. Se veían unas nubes no muy amables en el belo horizonte…, empezaron las primeras gotas…, paré a ponerme los guantes de neoprene y las chalupas, protegí el bolso de tanque, tome aire profundo y a seguir… Las gotitas crecieron, y crecieron… para completar la postal, se cruzaban unos rayos horizontales de un lado al otro del horizonte frente a mí y a Motante que parecían manos de brujas con unos dedos tan eléctricos como infinitos. Era notorio como los automovilistas que iban en sentido contrario, como los que nos pasaban, se quedaban viéndonos a Motante y a mí tan briosos y decididos capeando la coyuntura. A medida que avanzaba me sentía más seguro, con toda la precaución, pero no es muy diferente a manejar un auto en esos trances, lo único que realmente me creaba incertidumbre era como enfrentar un granizo grueso como el que me destrozo una vez el auto, pero como no estaba en los planes sufrir, y sí pasarla bien, seguro que esta vez no granizaría de esa forma, imposible, nadie muere en la víspera. Diluvió un rato, luego unos chaparrones intermitentes, unos con más intensidad, otros menos, más duraderos unos y más breves los otros, una granizada suave, y el viento al fin soplando fuerte para llevarse las nubes y esos dedos embrujados para otro lado.

Con el trasero mojado, las manos y parte de los brazos con las mismas humedades, y el vientito soplando de frente, se tornó frescolari…, por suerte tenía un horizonte a la vista con una claridad que auguraba resplandor, y así fue, terminada la tormenta, y después de una hora un tanto gélida, con los primeros rayos paré delante de una tranquera que se prestó gentilmente a hacer de tender, donde extendí la campera, los guantes y otras partes al reconfortante febo. Después de unos mates, unas nueces, y con la ropa si bien no seca del todo, al menos más soportable, continué viaje con la seguridad de que mientras siga el sol junto con el vientito, arriba de Motante se terminaría de secar todo en un rato, y así fue, o algo parecido… los calzones no recibían ningún rayo de sol, evidentemente.

Otro capítulo de viajar en moto, es la reacción de la gente. En principio, cuando llegaba a cualquier lugar miraban con cara de desconfianza, cosa que con el martilleo de las crónicas policiales es comprensible tener motochorros incrustados en la retina…, en cuanto me sacaba el casco y saludaba, ya se iban aflojando, bajando la guardia, y a los dos minutos ya habiendo preguntado de donde venía. La expresión: -¿DEEE DOOOONNNDE? Era una constante… Pero lo más lindo, es que cuando les contaba como empezó toda esta historia, y confesaba mi decisión de al haber cumplido los 60 años comprar la moto y preparar un viaje, cosa que hacía tiempo venía queriendo hacer, y que estaba seguro era “ahora o nunca”…, en todos veía como les empezaban a brillar los ojitos, enseguida arrancaban a comentarme de sus sueños y de cosas o proyectos que quizás ni ellos sabían en forma consciente dos segundos antes. Muy linda experiencia.

Después de tantos kilómetros de vivencias, llegó la hora del regreso. Antes de llegar a Mar de Ajó, viniendo por la ruta ya encendí la Gopro, dí vuelta a la rotonda de ingreso al pueblo, encaré al cartel gigante de acero que dice “Mar de Ajó”, y como venía nomás subí al pasto, clavé las guampas de Motante… y sin sacarme el casco, ante la mirada atónita de una familia de turistas que estaba por fotografiarse ante el cartel…, y los policías de la caminera que observaban como para retarme…, me planté delante de Motante con el cartel de fondo, alcé los puños en alto varias veces…, cada vez más altos…, y me salió un… -¡SIIIII, CARAJO! Acompañado de una especie de Sapucay, desde lo más profundo y guardado, que se nota estaba ahí desde hacía largo tiempo.

Subí a Motante, arranqué para el pueblo, saludé con un pip de bocina a la policía femenina que siguió mi secuencia y se sonreía…, y todavía hoy…, unos días después de concluido el viaje…, lo sigo festejando.

¡¡Salud!!


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Y yo digo

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Y yo digo:

–que algunas cosas esenciales son invisibles a los ojos, no todas.

–que por miedo se cometen buena parte de las maldades y crueldades.

–que por ignorancia se cometen buena parte de las maldades y crueldades.

–que la mayoría de las personas, despertando con una caricia y un abrazo, seguramente multiplicarán en los demás ese gesto en el transcurso del día.

–que por momentos vivir es muy doloroso, pero solamente estando vivos nos damos cuenta.

–que compartir el tiempo con la dulzura y la inocencia de los niños, es uno de los mayores placeres de la vida.

–que la felicidad no existe, existen solamente momentos felices.

–que el que maltrata a un niño, a un discapacitado, ó a un ignorante, merece el mayor de los castigos y el desprecio de la sociedad toda.

               –que el que maltrata, merece el mayor de los castigos y el desprecio de la                           sociedad toda.

–que solamente perdura el arte verdadero, hay un tamiz, una selección natural, un filtro en el inconsciente colectivo, que elimina lo banal, lo fútil, y lo intrascendente.

–que el individualismo nos destruye.

–que ser buenos es más fácil.

–que ser buenos, es bueno para el otro y para nosotros.

–que decir siempre la verdad, hace la vida más fácil.

–que no tomar nada en forma personal, y no hacer suposiciones, hace la vida más fácil.

–yo digo,

   y sin embargo,

   yo digo.

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Caravelle

El reclamo de Ivette, era básicamente el mismo desde hacía mucho tiempo, y él consideraba que con mucha razón por cierto. A ella le resultaba muy difícil convivir con una persona deprimida y sin ganas de vivir, con un constante desgano por todo; la entendía perfectamente, y por ese motivo se había propuesto terminar la relación, pero terminarla de una forma que ella no sienta ninguna culpa por la separación, que la responsabilidad cayera enteramente sobre él, que en definitiva era el que tenía tantos conflictos existenciales sin resolver, ó sin ganas de resolverlos.

Preparó su vehículo, le dijo a Ivette que iba a pasar un par de días en la casa de unos amigos cerca de Perpignan, lugar donde él había vivido de joven, y donde vivía aún una compañera de facultad de la cual Ivette pensaba que él seguía enamorado. El par de días se transformaron en meses, con cartas cada vez más lejanas y más indiferentes. Ivette, después de esperarlo más de un año, y tratando de recuperarlo, le advirtió que si no regresaba a París para estar con ella, se volvería a Vierzon. La idea de no volver a ver a Ivette le hizo temblar todo el cuerpo, pero tenía que ponerla a salvo de él y su depresión incurable, sería mucho mejor para ella.

Dejó pasar los días tratando de no estar sólo, visitando viejos amigos y recorriendo los alrededores. Imprevistamente, se imaginó con Ivette retomando su viejo trabajo de titiriteros, se preguntaba por qué no empezar de nuevo, por qué no intentar recuperar su vida y su compañera de tantas vivencias. En muy pocos días tenía escritos varios libretos con nuevos cuentos para las funciones de títeres, la vida empezaba a interesarle y a tomar color nuevamente, sentía que tenía que retener a Ivette, sin su amor, definitivamente se acababa su interés por la vida.

Decidido, preparó sus cosas y su viejo Caravelle, tenía que llegar a París lo más pronto posible para compartir con Ivette sus ideas y nuevos proyectos que seguramente cambiarían sus vidas retornando los días tan felices que habían vivido. Recorrió muchos kilómetros, con la grave incertidumbre de saber si llegaría a tiempo para retenerla, sabía que los domingos la entrada a París por la autopista del sur era muy concurrida, pero tenía que intentarlo de cualquier manera.

Imprevistamente, apenas salidos de Fontainbleau, se detuvo el tránsito en todos los carriles, recorrían algunos metros al paso y volvían a detenerse, otro tanto al paso, y nuevas detenciones, cada vez más prolongadas. Pasaban las horas y no avanzaba, no podía ser real, no podía estar pasándole esto, tenía que llegar a París cuanto antes.

Miraba a su izquierda buscando cómplices que entendieran su desesperación, pero encontraba una pareja en un Peugeot 203 con su felicidad avícola y su niñita; miraba a su derecha y había un Volkswagen que conducía un soldado, seguramente recién casado, muy feliz con su nueva esposa; si miraba al frente, había un Peugeot 404 con un ingeniero joven y muy sociable, tratando de conquistar a la muchacha que conducía el Dauphine de su izquierda. Más adelante todavía, adelante del 404 del ingeniero, unos muchachos en un Simca, escuchaban una música estridente a todo volumen y reían a carcajadas continuamente, como si estuvieran en una fiesta. Las únicas recatadas, y que realmente ponían interés en que el tráfico avance manteniéndose en su Citroen 2HP, eran dos monjas que estaban adelante del VW del soldado. Si se mantuvieran todos en sus autos, y con la firme voluntad de avanzar, en vez de estar hablando, comiendo, y riendo, tal vez lograrían continuar sus caminos.

Parecía que todos los que lo rodeaban, a pesar de estar estancados en esa autopista, no comprendían que su vida dependía de llegar a París a tiempo para no perder a Ivette; todos exhalaban vida y felicidad pese al contratiempo, eso lo deprimía cada vez más, no quería hablar con nadie, ni sonreírle a nadie; no quería comer ni beber compartiendo lo que tenían, como hacían todos; solamente quería llegar a Ivette, por esta vez y en mucho tiempo, quería una oportunidad de vivir, de sentir ganas de vivir.

Pasaban los días, las noches, y él seguía firme en el volante de su Caravelle, con la vista fija hacia adelante. Poco a poco, la ilusión de encontrar a Ivette todavía en París, se fue diluyendo. También la idea de empezar nuevamente con su oficio de titiritero, se fue esfumando. Los años, le caían a baldazos sobre su cuerpo a cada minuto que pasaba anclado en esa autopista, su cabeza empezaba a pesarle cada vez más, los brazos y las manos fijos al volante, pero con un peso infernal é insostenible sobre todo el cuerpo.

Cuando el ingeniero del 404, que era quien más recorría los autos vecinos, se acercó al Caravelle, notó que ese hombre callado, serio, y que no había compartido más que algunas palabras con los demás, estaba apoyado sobre el parabrisas mucho más pálido é inmóvil que lo habitual. Junto con el soldado del VW, llamaron a un médico que estaba unos autos más adelante. El hombre del Caravelle, tan pálido y serio, se había envenenado.

Los amigos de Perpignan, devolvieron una carta dirigida a él, enviada por Ivette, y que había llegado un tiempo después que el hombre del Caravelle volviera a París. Ivette la recibió, desilusionada por no tener respuesta de la persona que amó toda la vida, y a quién siguió esperando por siempre.

Consecuencias de la «La Autopista del Sur», de Julio Cortázar

Ernesto Palner

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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Continuidad de los tiempos

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Continuidad de los tiempos

de Cortázar a Arbolito y los otros

 

 “Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba del tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo por una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos”*

Aunque sabía que era una novela histórica, o sea que no era más que una ficción basada en algún hecho real, sentía los sufrimientos y las pasiones de los personajes en lo más hondo de su cuerpo.

-Oiga Sargento, aliste a los hombres. Mañana al amanecer retomamos la marcha y los quiero a todos bien pertrechados, lanzamos la última embestida y eliminamos a todos esos indios de mierda.

-Si señor, aunque la tropa está un poco cansada señor… Pero a sus órdenes señor.

-Cansadas mis pelotas!!! Prepare a esos vagos y al que se amilane lo paso por mi facón, carajo! -Respondía este militar alemán que en 1815 luchó junto al ejército prusiano en Waterloo derrocando a Napoleón Bonaparte, era el mismo que el año anterior había apoyado el levantamiento sedicioso de Lavalle contra el gobernador Dorrego. El mismo que dijera en otra oportunidad “Hoy 18 de enero de 1828, para ahorrar balas, degollamos a 28 ranqueles”.

Su mano izquierda, en estos pasajes del libro, se cerraba fuertemente, formando un puño que movía hacia arriba y abajo, rozando con los nudillos el terciopelo verde acariciado hasta hacía un momento.

A la madrugada siguiente, el ejército al mando del “guardián de las fronteras”, avanzó sobre la última toldería que quedaba a unas pocas leguas de Dolores, el primer pueblo patrio. Para economizar balas, que escaseaban en esos tiempos, el comandante mandó degollar a cuanto indio se encontrase, sean hombres, mujeres o niños. Y así se hizo, a ningún milico se le ocurría contradecir al comandante, era mejor desertar y vivir desterrado y furtivo, antes que desafiar a tan terrible sanguinario. Degollar y economizar balas era la consigna.

Se dio cuenta, cuando ya le quemaba la piel de los nudillos al rozar tan insistentemente el terciopelo del sillón, que la novela lo estaba alterando demasiado. Decidió abandonarla un momento, y servirse un whisky con bastante hielo, para de paso refrescar su colorado puño. Al tomar el vaso con su mano derecha, notó una mancha roja en la manga de su robe de chambre beige que había traído de París hacía un mes. Pese a que esa mancha llamó su atención y lo puso de mal humor, decidió seguir con su novela.

-Le aseguro a mi pueblo, que todas estas muertes serán vengadas por mí y nuestros hombres –dijo el jefe ranquel-. Y tomo personalmente el compromiso de cumplir y hacer cumplir estas palabras –sentenció en su lengua mezcla de araucano, mapuche y ranquel.

En todas las comunidades aborígenes, reinaba el miedo, la angustia, el terror por las noticias llegadas sobre esos avances sanguinarios del ejército, al mando del que se hacía llamar “el guardián de las fronteras”. La única esperanza dentro de las comunidades, era saber que el jefe ranquel que se comprometía a defenderlos, no se rendiría hasta cumplir su promesa.

Al comandante le llegó la felicitación del gobernador desde Buenos Aires. Lo premiaba por su defensa de la patria, con 500 leguas cuadradas en el lugar conquistado que él eligiese.

Habrá sido por el whisky, por un día tan largo, o no sabía porque,  pero de repente sintió mucho cansancio. Le pidió a su mayordomo que le prepara una cena liviana así se retiraba a descansar temprano, y así lo hizo. Al quitarse la bata, notó que no era  solamente una mancha roja en su manga, si no varias y por distintos sitios, tendría que avisarle al mayordomo que tenga más cuidado con su ropa.

Por la mañana recorrió la finca, se sintió conforme con la elección del personal a su cargo, había faltado un buen tiempo estando de viaje, pero se mantenía todo en perfectas condiciones. Tendría que ir pensando en delegar algunas cosas más, y dedicarse más tiempo a darse sus gustos. Almorzó en el parque, debajo de los robles, como solían hacerlo con su mujer cuando ésta aún vivía. Pidió que le sirvan el café en el estudio, se sentó en su sillón verde, con vista al parque, y se entregó a la lectura de las últimas páginas de la novela que tanto lo apasionaba.

Envalentonado por sus últimas incursiones en territorio indígena, y sintiéndose apoyado por Buenos Aires, el comandante sanguinario decidió seguir hacia el oeste, donde figuraban en su mapa otros asentamientos indígenas rebeldes.

-Preparen a los hombres y con sus sables bien afilados, mañana retomamos nuestra ardua y gloriosa labor de agrandar las fronteras de la patria –les decía convencido de su buena obra a sus oficiales. Y para incitarlos a cumplir bien su matanza, les prometía terrenos para construir sus casas, que disfrutarían con sus familias al lograr conquistar ese desierto.

Leía esas palabras y sentía que él era el único hombre en la tierra capaz de frenar semejante matanza de inocentes. No podía dejar de rozar sus puños en el terciopelo del sillón. Sentía bajo sus pies la tierra de esas pampas cubiertas de sangre, escuchaba los alaridos de las mujeres y los niños, lo sacudía el dolor de esos hombres embestidos brutalmente en nombre de la civilización. Olía la sangre, acariciaba el cabello de las ancianas degolladas por el único pecado de ser nativas de esa tierra con tantas riquezas, y tan deseadas por esos invasores asesinos.

En la desenfrenada embestida, la que fue llamada la Batalla de las Vizcacheras, el comandante observaba la lucha desde la retaguardia de sus hombres, maravillado con la facilidad con que reducían a carne muerta a esos indígenas, era real que sus soldados estaban muy bien entrenados.

Nunca se supo si fue realmente un capitán ranquel, si fue un cabo de los Blandengues, o si fue otro personaje del que se habla pero que nadie pudo identificar. En lo que si coinciden varios historiadores, es que el cuerpo del comandante, ya sin cabeza, siguió ladeado en el flanco izquierdo del caballo, enganchado por uno de sus pies al estribo, atravesando el campo de batalla y barriendo con todo su cuerpo, la tierra empapada de sangre.

De la cabeza del alemán “guardián de las fronteras”, no se sabe quién la levantó, ni tampoco si la misma mano que la llevó de trofeo por varios pueblos, fue la misma que lo decapitó de un solo golpe.

Por la mañana, el mayordomo le dejó preparado el desayuno junto al hogar, con los leños encendidos. Luego, se dirigió al estudio para recoger el vaso de whisky, que como era costumbre, dejaba su patrón en la mesita, al lado del sillón verde. Las ventanas del estudio se encontraban selladas desde hacía mucho tiempo, nadie podía salir ni entrar al parque por ahí. No entendía como llegaron esas huellas de barro color marrón rojizo al estudio, ni tampoco porque su patrón, cuando bajó a desayunar, tenía un gesto como de satisfacción, como de deber cumplido…


                                                                                                                               Ernesto Palner

*»Continuidad de los Parques» de Julio Cortázar

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Si bien este espacio es para poder sacar algunas ideas, acomodar alguna neurona, y tratar de despegar un poquito de la realidad que generalmente me empuja contra el suelo… tu opinión ó comentario siempre será muy bien recibido.

Muchas gracias por el tiempo que empleaste llegando hasta acá, espero haberte dejado algún sentimiento, una idea, ó algo a cambio.

Salute!

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Asperezas

 

Será el individualismo,

el neo-liberalismo,

el pesimismo,

o algún otro ismo,

pero últimamente

cada vez hay más sujetos

que hay que mover, y mover

de casillero.


Hoy los ponés en el de “un tanto ignorantes”,

pero mañana te das cuenta que no.


Los pasás al de “reverendos hijos de puta”,

pero luego los tenés que volver a su lugar original,

demostraron supina ignorancia.


En menos de un segundo nuevamente son mala gente,

de puro ignorantes, o no, pero mala gente,

y van pasando de casillero a casillero,

infinitamente, inconscientemente,

lastimando y abollando cuanto ser se les cruce,

sin escalas.


Así van, desorientando al prójimo,

sin poder predecirlos,

ni tan siquiera ayudarlos en su indefinida vida,

absolutos huérfanos de lógica alguna.


Hijos de puta, pero hijos de puta de verdad,

inteligentes, coherentes,

y premeditados hijos de puta,

que se pueda decir:

-¡Qué flor de hijo de puta!

muy pocos…

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…en esa desintegración que la maldad provoca

nos sentimos todos licuados…

…nos acompañamos en los ojos abiertos,

y eso en algún momento florecerá en cambios.

                                                                              Loli

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